Por: Rubén Darío Zuluaga G. *
Fecha de publicación: 30/09/2025
CRÍTICA TEATRAL
57 FESTIVAL INTERNACIONAL DE TEATRO DE MANIZALES
GRUPO: CONGREGACIÓN TEATRO
OBRA: EL LUGAR DEL OTRO
Las últimas obras vistas en el Festival de la Congregación han sido verdaderos éxitos de público, han tocado las fibras más sensibles del alma humana y valga decir que la experiencia se ha humedecido con lágrimas, ha despertado emociones, solidaridad; un acercamiento vibrante a la tragedia y en general unos contenidos muy originales, un tratamiento de los temas atravesados por el realismo, cierta poética de las historias cotidianas y aspectos formales muy desenfadados, ágiles, minimalistas; son puestas íntimas, sin enormes despliegues o estructuras, logran enganchar de inmediato; cercanos a la gente, interpretan sus dolores y afugias.
“El lugar del otro”, como casi toda las obras anteriores, es localizada, con nombres propios de la ciudad, con historias de sus calles. Ahora nos cuenta una “autoficción”, un suceso del futuro, cuyo lugar es el Metro y allí sucede el hecho truculento, la explosión mayor, la conflagración, el abandono del padre, el hijo que odia y la madre que muere. Es común el relato de los hijos olvidados y negados por sus progenitores y la Congregación trae el tema de manera descarnada, directa.
Es narración elemental, básica, sin complejos o intrincados nudos dramáticos, sin exceso de metáforas o analogías para interpretar, no, el lenguaje es directo, sin ambages, ni tramas por resolver, todo se pone de frente: la madre fue una mujer fácil de una noche, el padre es Lucho, porque salió su vivo retrato. Le pasa lo que a muchos padres, eluden su responsabilidad, no asumen su compromiso por juventud, indecisión o incapacidad moral y crecen los hijos con su frustración, luego viejos, vuelven sobre sus pasos, no toleran la distancia y llegan los rezagos cristianos de la culpa, el arrepentimiento y cuando el B.B. crece y los mira a los ojos, ellos se derrumban, la flojera los carcome y quieren resarcir lo no resarcible.
“El lugar del otro”, es mímesis del formato de la obras anteriores, allí está Johan Velandia, como director, dramaturgo y su equipo versátil de intérpretes. Sin embargo, el realismo tiene sus fisuras, pues a veces no nos permite ver la esperanza en el horizonte y nos quedamos anclados en la catástrofe, entrampados en la maraña, medio bazofia y medio miserable, esa que se expresa en el último escalón de la dignidad humana y que pareciera no tener voluntad para ascender, para visualizar hacia adelante la posibilidad de salvación, más acá de la muerte y que la metáfora no termine en planos metafísicos, aturdida negación de la felicidad.
El teatro es metáfora en movimiento, nos da la posibilidad de tomar distancia y tal vez la tragedia requiera ser mirada con un lente, que para la Congregación se tiñe progresivamente de escepticismo; hay placer en el dolor, en reconocer situaciones límites; la crudeza en la narración es un estilo propio de esta estética, depurada, de simbolismos muy estrangulados, de verdades crueles y expresadas sin tapujos: así nos trata la vida, será necesario que así nos trate el teatro también. La pregunta es si el teatro nos tiene que acariciar, dorar la píldora, pasar la realidad por filtros, alejarse y decirnos mentiras para que aspiremos a un cielo después de atravesar el infierno. O si el teatro está en el deber moral de mostrar la herida abierta y sangrante de la tragedia humana.
Ahora repito lo que decía una compañera de butaca al terminar la obra: “…Final catastrófico y sin esperanza que me recuerda la crudeza de la realidad… ¿yo pagué por esto?”
* Crítico teatral.
Fotografía Festival Internacional de Teatro.