Por: Germán Sarasty Moncada*
Fecha de publicación: 28/08/2025
Hemos sabido que la realidad muchas veces supera la ficción y que esta se nutre de aquella para poder crear relatos creíbles y ese es el compromiso del autor quien determina unos parámetros para establecer sus mundos, sus personajes, sus sentimientos, pensamientos y sus acciones y de esa manera hacer que el lector participe de su creación.
En este caso veremos como en su obra Del otro lado del jardín, Carlos Framb nos cuenta que siendo niño en el jardín de su casa había un muro que separaba ésta del resto del entorno y su curiosidad era tal que pidió un día a su madre que lo cargara para saber que había al otro lado. Se le reveló un mundo encantador que primero lo imaginó, luego lo vio y finalmente lo sufrió.
Carlos Henao Alzate (Carlos Framb) nació en 1964, en Sonsón (Antioquia), su vida ha sido la poesía con la cual ha publicado en el Fondo Editorial Eafit Antinoo y Un día en el paraíso, pero su principal poema, escrito en prosa conmovedora, lo constituye su libro Del otro lado del jardín, publicado en abril del 2009. La primera edición en la editorial Aguilar fue en enero del 2015 y su quinta reimpresión es de octubre del 2024.
Ha sido librero y profesor de literatura en varios colegios y escuelas de Medellín. Como anotan en las páginas culturales que se refieren a su trabajo: “…Carlos Framb continúa escribiendo, transformando sus experiencias en poesía y reflexión profunda. Su historia y obra nos invitan a cuestionarnos sobre el amor, la compasión y el sufrimiento humano, y a reconocer el poder de la literatura como una forma de redención y autoexploración.”
Existen diferentes tipos de amor, todos con connotaciones diversas, pero el que tenia Carlos Framb por su madre, ni él lo podía entender. Eran tantos los sentimientos encontrados ante el dolor y el sufrimiento de ella, que prefirió inmolarse para salvarla. Nunca dudó de la asertividad de su decisión, para él los contrastes entre el dolor y el amor, entre el sufrimiento y la liberación eran muy claros y determinantes.
El tiempo le había ido arrebatando todo, y había dejado apenas una envoltura de huesos frágiles, unos ojos sin luz y una sucesión de noches sin sueño y de días sin ilusiones…. Era el de mi madre un cuerpo aherrojado por dolencias, entre las que estaban la perdida casi total de la visión, a causa de la degeneración de la retina, de glaucoma y de cataratas; la osteoporosis y, como consecuencia de ella, una fractura de fémur que la torturaba y la obligaba a caminar asistida por un bastón.
Cuando murieron sus tías Rosa y Carolina, y su padre, Carlos, quedó viviendo durante seis años, solo con su madre, quien al perder la vista comenzó a desmoronarse; casi siempre estaban juntos salvo cuando salía a impartir sus clases de literatura en el colegio, de donde la llamaba un par de veces por la mañana, ella se ponía a oír la radio y a rezar su rosario, pues era muy creyente y piadosa. Su ausencia le causaba angustia e impotencia. Ella, lo sé, para entonces lloraba mucho cuando estaba sola. Se sentía tan disminuida, tan inútil, tan torpe. En mi ausencia y contra mi deseo, intentaba hacer algunos alimentos, pero siempre algo ardía o se rompía o se regaba.
Toda esta angustia y dolor comenzaron a atormentarlo y a hacerlo sentir impotente ante la situación, pues si bien era cierto su amor inquebrantable y su dedicación amorosa, esto no podía devolverle la visión, las ganas de continuar, ni aliviar sus dolores. Él por su parte se sentía frustrado porque no estaba escribiendo, no tenía pareja ni a nadie en su vida, toda ella giraba en torno a su mamá, quien lo colmaba plenamente y sabía que si ella le faltaba, él no tendría motivo para continuar. Así que decidió acompañarla.
Me consolaba pensar que, además de liberarse de sus padecimientos actuales, se ahorraría los posibles tormentos del ensañamiento terapéutico: los artilugios, las sondas, los vendajes, las punciones, la inmovilidad forzosa, la imposibilidad para hablar y asearse, la desfiguración del cuerpo, la indiferencia ajena, la extrema soledad, las mentiras piadosas, el dolor atroz, las llagas, los gemidos, la vida artificial: en una palabra, la indignidad.
Tratar de hacer entrar en razón a su madre constituía toda una permanente lucha. Ella sumida en sus creencias religiosas y él, en su escepticismo sobre el pecado y su relación con el suicidio, como una digna solución, un alivio y una posición de determinación, era un tema recurrente. La correspondencia que sostenía con su amigo intelectual Ebel Botero, con quien, cuando se conversaba se asistía a una cátedra de cultura y humanismo, fueron aclarando su posición, que él mismo compartía. Sus razones muy similares permitían traslucir su fatiga, desespero y falta de compañía. Así se lo había comunicado: No tengo, fuera de casa, ningún amigo íntimo, y muy pocos conocidos con quien conversar. En definitiva, me encuentro muy solo y perdido en un camino cada vez más estrecho y oscuro, acompañado de fantasmas del pasado y pesadillas del presente…
Es necesario ir puntualizando, el término “eutanasia” proviene del griego y significa “buena muerte”. En la práctica, la eutanasia se refiere a la intervención médica que, a petición del paciente, termina con su vida de manera rápida y sin dolor, con el objetivo de aliviar su sufrimiento. La Corte Constitucional colombiana ha establecido que este procedimiento está constitucionalmente protegido y, por lo tanto, no es penalizable.
Por la dignidad de una persona, por evitar el sufrimiento de tener una vida artificial controlada por una máquina, por conservar a un ser vegetativo, inconsciente, un verdadero despojo mortal, es imperativo tomar decisiones contundentes, cuando el concepto de existencia real ha sido tergiversado. Es el morir orgullosamente cuando ya no sea posible vivir con orgullo, como decía Nietzsche.
Como su madre no decidía aceptar la propuesta, optó por volcarse completamente por el poco bienestar que podía prodigarle. Determiné consagrarme por entero a ella, dulcificar más mi trato, desplegar más abrazos, más ternura, pasar más tiempo a su lado, leerle más, animarla, confortarla, hacerla reír. Y, ante todo, ser más transigente, eludir cualquier disgusto, cualquier contrariedad… Aunque procuraba no llorar en mi presencia, cada vez con más frecuencia sus ojos se deshacían en llanto frente a mí. Si yo me impacientaba o trataba de consolarla, me decía, Déjeme, que tengo mucho por qué llorar.
Efectivamente un día que llegó temprano del colegio la encontró desconsolada llorando y se conmovió profundamente, pues le dijo, No quiero vivir más, así tan ciega, no quiero. Fue no solo un detonante, sino un acelerante a su determinación.
Fácil tarea es quitarse la vida cuando ya no se la ama, cuando la muerte es vislumbrada no con temor sino con impaciencia, cuando se está martirizado por los órganos y hasta el menor movimiento resulta doloroso, cuando se está ciego, cuando se está viejo, cuando se está solo, cuando no hay ilusiones y ya no siquiera el sueño de las noches mitiga las pesadillas de la vigilia.
El 20 de octubre del 2007 se cumplió lo pactado y Luzmila Alzate tomó el coctel de morfina preparado por Carlos. Luego él tomaría la misma dosis letal. Cuatro días después despertaría para darse cuenta de la muerte de su mamá, él seguía vivo y la Fiscalía lo acusaba de homicidio agravado. El relato ahora fue adaptado al cine y reflexiona sobre la dignidad en el final de la vida. La película ganó el galardón de Mejor largometraje de ficción iberoamericano en los Premios India Catalina 2025.
Mientras estuvo en la cárcel se dedicó a la meditación y la reflexión de que lo que había hecho era lo indicado y que otras circunstancias modificaron el complejo resultado final, para su bien. Tuve ocasión de reflexionar ampliamente sobre la libertad y descubrí que al menos en mi caso, está asociada con las alegrías menudas de la vida y más que nada con los placeres e incertidumbres de la calle, con ese deambular sin rumbo y sin afanes al atardecer, mezclado con la muchedumbre animada y envuelto en la atmosfera abigarrada y luminosa de las grandes vías.
Su encierro le permitió dimensionar la verdadera amistad, pues fueron muchos los que lo alentaron, incluso aquellos a quien poco frecuentaba y eso hizo contrastar la ausencia de los que creía incondicionales, la volubilidad a flor de piel. Es en la adversidad cuando se forja y acrisola la verdadera amistad, el acompañamiento y solidaridad sin preguntar ni juzgar. De aquellos que no piden explicaciones, ni exigen razones. Esos son los nuestros.
* Profesional en Filosofía y Letras Universidad de Caldas.