Por: Mario Armando Valencia *
Fecha de publicación: 06/04/2026
EN LA OBRA DE JOSE MARTIN RODAS VALENCIA
“Diablo: Causante de todos nuestros males y propietario de todas las cosas de este mundo que merecen la pena.”
Ambrose Bierce, “Diccionario del diablo”.
Vivimos en un mundo compuesto por sociedades que hace mucho atravesaron la línea que nos separaba la “sociedad sin pecados”, de la que hablaba el escritor venezolano Luis Britto García, es decir, sociedades sin límites: geográficos, ideológicos, culturales, disciplinares, epistémicos, sin límites afectivos, sexuales, morales, sin límites entre lo humano y no-humano, es decir, sin límites antropológicos, donde ya no sólo no se oculta, sino se exhibe lo raro, bizarro, lo excéntrico: “Vamos hacia la sociedad sin pecados. Las heterodoxias sexuales ya no son ocultadas, sino orgullosamente exhibidas. La corrupción no es castigada, sino exaltada como habilidad. La ignorancia ha dejado de ser vergonzosa: la celebran o la fingen los analfabetos que no escriben más que para atacar a los intelectuales. La nueva permisividad sólo rechaza dos categorías de parias: los leprosos y los panfletarios.” [1]
En el caso de José Martin Rodas Valencia (Neira, Caldas, 1964), esta desterritorialización de la que habla Britto García procede de su trayectoria transdisciplinar, primero como estudiante de Derecho, luego como editor grafico en periódicos regionales importantes (la Patria, El diario del Otún), por supuesto, como poeta y cronista, de sus incursiones como performer en la elaboración de le entidad “Cipriano el escribano”, además de su actual oficio como editor del Centro de Estudios Avanzados en Niñez y Juventud del Cinde y la Universidad de Manizales, pero, sobre todo, de la puesta en escena diaria de sí mismo como poeta caminante-deambulante, urbano, activada cada día, cada fin de semana, sobre las calles de la ciudad. Lo que ha producido una variada y polifacética obra: “Altitud 2150. La ciudad invisible” (historietas), beca de creación Ministerio de Cultura. (1998) – “Baladas de Cipriano El Escribano” (2016), “El papel deambulante” (2017), “Anatomía” (2019), entre otros, además de un extenso recorrido como colaborador en periódicos y publicaciones diversas.

Martín Rodas Valencia
Poética del antiheroísmo abyecto
Ojos y mirada de duende, de diablo pequeño, expresada a través de un breve y delgado, pero rutilante rayo flamígero que se proyecta desde sus azules ojos, Rodas Valencia nos mira directamente y nos grita, a todo pulmón, una poética abiertamente antiheróica. Su auto rebajamiento responde a una versión radical de antiheroísmo: aquella actitud frente al mundo que no solo renuncia a todo heroísmo “moralmente correcto”, y reconoce la derrota como característica vital central, sino un antiheroísmo que va mas a fondo, aquel que se sitúa frente a las debilidades humanas y las celebra, incluso hasta idolatrar sus “flaquezas” , “oscuridades” y “defectos”; y que, a partir de allí, crea, tomando como referencia y material de su obra, las dimensiones moralmente mas bajas de la condición humana: la perversión, el rencor, la ira, la lascivia, la intolerancia, el remordimiento, lo abyecto.
Como parte de su pensamiento ateológico y de su postura cínica, el filosofo de Otraparte Fernando Gonzales, confesó en 1935, lo siguiente: “El hombre asciende en virtud del remordimiento: despreciamos al ser actual y actuante que somos, porque la inteligencia nos muestra seres que obran mejor y deseamos ser como ellos. De allí que nuestros actos nos remuerdan.” [2]. En un claro alineamiento con esta corriente ateológica, (la cual se enuncia aquí como crítica de todos los teísmos y dogmatismos religiosos), Rodas Valencia desplaza su atención del instante presente y enfoca sus pensamientos sobre su pasado borrascoso, y crea, cediendo a la tentación de extraer del remordimiento, energía para la creación: en su escatológica poesía, Rodas Valencia re-muerde el “…dolor producido por la objetivación de los actos propios que no están acordes con el ideal que percibe nuestra inteligencia.” [3]
Este poeta colombiano extrae poesía de la cruda prosa de la vida, concretiza su poema con base en volver a sentir lo ya sentido, en hurgar en la herida, hasta plasmar los componentes crueles de un severo castigo infringido: la supresión violenta del nombre: “He sido nombrado/ “El Innombrable”/, el Sin Huellas,/el Sin Voz.” [4] Ausencia absoluta que hace añicos la aspiración heroica de todo amante de ser inolvidable, presencia eterna, a diferencia de esto, la vida lo pone ante la pura negatividad; Rodas Valencia ancla el ser al olvido y a la espera eterna y lo celebra sin vacilación. En lugar de la serena calma que caracteriza el corazón apaciguado del héroe, en “La carta”, la memoria dolida estalla iracunda desde el dolorido recuerdo, rompiendo toda jovialidad clásica, y hace de sus poemas un Laocoonte estridente y ruidosamente moderno: “El cartero buscó en el fondo de su mochila/ al menos un pedazo de papel,/ un retazo de esperanza./ Sólo encontró́ la textura fría y áspera de la tela/ mientras balanceaba la cabeza en un NO infinito… Levantó sus ojos al otro/ para al menos entregarle una mirada,/ un silencio largo, una espera eterna.” [5]. Otro tanto acontece con “Tesoro”, “Rabia”, “Mi torturador”, “Recuerdo”.

La estética del remordimiento deviene en este poeta anhelo y absurda costumbre de vivir, así lo deja ver la angustiosa pregunta de “Cambio de rueda”, el abismo insoportable de no encajar en ninguna parte, de temer la partida tanto como la llegada: “Estoy sentado al borde de la carretera,/ mientras el chofer cambia la rueda./ No me gusta el lugar de dónde vengo./ no me gusta el lugar a dónde voy./ ¿Por qué miro el cambio de rueda/ con impaciencia?” [6]

Rodas Valencia da cuenta de un variado espectro de degradaciones de la condición moral humana, con disímiles intensidades que van desde la autoincriminación hasta la ambigua exploración de la frontera entre la queja y el chantaje como sucede en “Duele”; pasando por la valoración positiva del “canal de evacuación” que cualquier hombre utiliza para deshacerse de lo abyecto, como lo muestra en “Artes menores”: “Enarbolar banderas,/ bien alto,/ para que el enemigo/ entienda/ mensaje superior,/ recojan a todas/ juntas;/ ellos no,/ sólo para mi,/ el seductor/ el psicópata/ el depredador;/ ellas si, para mi,/ ellos no.” [7], hasta sentenciar el dominio de la polaridad entre la magnanimidad y la insignificancia de la experiencia de la vida de un escritor, en “La gota de tinta”.
Poética de la agonía y la identidad
No es de extrañar, entonces, que un radicalismo poético semejante desemboque con tanta naturalidad en una poética de la agonía, expresada bajo la forma de un profundo extrañamiento frente a sí mismo. Esto explica la necesidad de construir una identidad doble, un alter ego en el personaje urbano de Cipriano el escribano: un ser de otro tiempo, que el poeta, ocasionalmente, personifica, que, sentado en un taburete viejo y una mesa pequeña de madera, esgrime su pluma para escribir (por encargo), cartas de amor y textos de diversa índole.
Esta escisión del yo, como fractura poética de la personalidad, produce también, como resultado, autoconciencia, aceptación y celebración de la sombra, algo claramente expresado en “Ojo de agua”: “El rostro reflejado, / que no es el mío, / eso creo, /grita desesperado/ clamando salir. (…) Esos ojos ahuecados, / que no son los míos, /eso creo, /escarban en la oscuridad/ buscando a ese otro, /que creen, / eso creo, / soy yo.” [8] Esta desestructuración consciente del ser, puede percibirse en los esparcidos vestigios de las abyecciones poéticas diseminadas a lo largo de su obra, huellas rastreables de un trayecto que oscila entre lo sórdido de la vida y la fractura de la identidad. Entre el poeta blasfemo y el devoto. En este aspecto, la poesía de Rodas Valencia encuentra desahogo bajo la forma de un canibalismo (y autocanibalismo) blasfemo, que tiene tinte sacrílego en la “ultima cena”, en donde el yo directo del poeta despresa y reparte el cuerpo del “sagrado”, y su Yo directo, escoge sin vacilación, para su cena la mejor parte: “Para mí el corazón,/ que todavía palpita;/ para ellos,/ según sus necesidades nutricionales/” [9], en la dura crudeza de “la carne” (Anatomía), pero también en la tersura autocompasiva bajo la forma de abrazo con la sombra, en el anterior poema referido, en donde lo escatológico se resuelve como celebración fatal de un destino oscuro, sin luz.

Ilustración de TiN (papel de cuaderno, lapicero y color negro)
Un yo desnudo y panfletario
Sí “toda metodología no es más que la manera de hacer comunicable una intuición.” [10]. La metodológica de investigación-creación de este poeta claramente se resolvió en una apuesta frontal por la primera persona; optó por comunicar sus intuiciones mediante la activación y ubicación intencional de sí mismo como foco, a través del cual, se expresa directa y transparente el YO. Lo cual significa, renunciar al velamiento que permite la segunda o tercera persona, las cuales, al poner distancia entre el sujeto que enuncia y aquello enunciado, resguardan la creación de la “verdad”. Al contrario, al encarar la escritura desde la primera persona, el escritor prescinde de la verosimilitud, el artificio retorico sofisticado desaparece, sustituido por la voluntad de una verdad propia y personal, que pone en riesgo la intimidad del ser. Un riesgo que transmite la sensación de agonía en Martin Rodas.
Ligado a la apuesta por la primera persona desencarnada, encontramos su estilo panfletario. Lejos de reducirse al discurso político explícito, el panfleto es una forma retórica mas potente y riesgosa: “… el panfleto es un escrito altamente personal, subjetivo y emocional, que contiene un ataque violento (…). Por antítesis, podemos crear la categoría antagónica del discurso elevado, el cual sería un mensaje altamente impersonal, objetivo e impasible…” [11]
Rodas Valencia no es un antiacadémico, es anti academicista: profesa respeto por los primeros y repudio por los segundos, aquellos que adoptan posturas presuntuosas y elitistas y se camuflan en jergas incomprensibles para disimular su vana incapacidad, su mentira, porque: “…el discurso elevado permite la única mentira posible: la ocultación del yo.” [12].

El Brujo. (Dibujo a TiNta china sobre pergamino de TiN).
El yo desnudo y el panfleto toman dos formas generales básicas en su poesía: la balada y la oración. Ambas partes de ese yo panfletario se expresan, como escatología grotesca, en la misma línea del malditismo clásico francés: “Cada libra, / cada kilo/ de mi carne/ penden/ de mis huesos. / Cuelgan cada libra, / cada kilo/ de mi carne/ que se arrastra lentamente esperando el corte final.” [13]. Mas claramente expresado en “la morada de mis demonios”: “Los gusanos se arrastran lentamente/ bajo mi piel/ y el hormigueo que produce/ su andar/ es la polifonía que me habla desde lo más profundo/ de la carne… (…) … Son mis demonios/ en su morada, (…) … Ahora, / que no los niego, / que no deseo eliminarlos, / juego con ellos/ al canibalismo, (…)” [14]
Este trágico antiheroísmo desarrollado en la obra de Martin Rodas Valencia abraza, decididamente un canibalismo y auto canibalismo espiritual, blasfemo, en donde la agonía adopta un aspecto extrañamente litúrgico y sacro, mediante la entrega a la oración, mediante la consagración a una suplica paradójicamente grotesca; como si desde lo mas hondo de su corazón latiera una petición de perdón cometiendo sacrilegio. Lo que recuerda el poeta romántico Jean Paul, quien en su celebre “Alba del nihilismo” pone a blasfemar a Jesús (el cristo), quien afirma que ha buscado incansablemente a Dios, por todos los rincones del universo, y no lo ha encontrando, que Dios, su padre, no existe.
REFERENCIAS
[1] Britto, García, Luis, Fundarte, “Elogio del panfleto”, Alcaldía de Caracas, Caracas, 2012, pág, 11.
[2] Gonzales Fernando, El remordimiento, Biblioteca Fernando Gonzales, Fondo editorial EAFIT, 2012, pág, 187.
[3] Gonzales Fernando, El remordimiento, Biblioteca Fernando Gonzales, Fondo editorial EAFIT, 2012, pág. 190.
[4] Rodas Valencia, Martin, “Baladas de Cipriano El Escribano” “El innombrable”, Editorial “Ojo con la gota de tinta”, Manizales, \2016, pág. 3.
[5] Rodas Valencia, Martin, “Baladas de Cipriano El Escribano” “La carta”, Editorial “Ojo con la gota de tinta”, Manizales, 2016, pág. 6.
[6] Rodas Valencia, Martin, “Baladas de Cipriano El Escribano” “Cambio de rueda”, Editorial “Ojo con la gota de tinta”, Manizales, 2016, pág. 21.
[7] Rodas Valencia, Martin, “Baladas de Cipriano El Escribano” “Artes menores”, Editorial “Ojo con la gota de tinta”, Manizales, 2016), pág., 37
[8] Rodas Valencia, Martin, “Anatomía”, “Ojo de agua”, Gobernación de Caldas, 2019, pág. 21
[9] Rodas Valencia, Martin “Anatomía”, “Ultima cena”, Gobernación de Caldas, 2019, pag.9.
[10] Britto, García, Luis, Fundarte, “Elogio del panfleto”, Alcaldía de Caracas, Caracas, 2012, pág. 13.
[11] Britto, García, Luis, Fundarte, “Elogio del panfleto”, Alcaldía de Caracas, Caracas, 2012, pág, 11.
[12] Britto, García, Luis, Fundarte, “Elogio del panfleto”, Alcaldía de Caracas, Caracas, 2012, pág, 12.
[13] Rodas Valencia, Martin “Anatomía”, “La morada de mis demonios”, Gobernación de Caldas, 2019, pág. 11.
[14] Rodas Valencia, Martin “Anatomía”, “La morada de mis demonios”, Gobernación de Caldas, 2019, pág., 13-16.

* Escritor.