Por: Aoife Itziar Bernal Mcgee
Fecha de publicación: 29/06/2026
OFRECEMOS esta serie literaria en la que autores de columnas de opinión de la región, hombres y mujeres, nos invitan a leer cinco de sus libros preferidos, independientemente de géneros y categorías, nacionalidades, épocas, características temáticas y estilísticas.
AOIFE ITZIAR BERNAL MCGEE. Filósofa. Master Universitario en Estudios Avanzados en Inglés en la Universidad de Salamanca y la Universidad de Valladolid, candidata al Doctorado en Lenguas y Culturas de la Universidad de Huelva. Profesora Universidad de Caldas. Codirectora Feria del Libro de Manizales.

Cartografía de cinco heridas que no estaba buscando
Llevo semanas leyendo de una forma extraña, como si cada libro supiera del anterior, como si alguien —no yo— estuviera decidiendo el orden. Empecé el primero porque alguien lo vio y pensó en mí. Seguí con el segundo por una curiosidad muy mía, casi heredada. Llegó el tercero de la mano de alguien que me advirtió que no saldría ilesa. El cuarto me lo dieron como quien entrega algo que le costó. Y el último apareció solo, caminando, sin que lo buscara. No elegí esta temporada de lectura, ella me eligió a mí y solo al final entendí por qué todos estos libros insistían en lo mismo. Me llevaban a mirar lo que normalmente se deja al margen, lo que no entra en ningún atlas oficial, lo que la historia, la familia o la costumbre deciden que es menor. Por eso, mientras los leía, no podía dejar de pensar en la cartografía que este año propone la Feria del Libro de Manizales, un mapa que no mide ciudades, uno que mide lo que nos habita por dentro.
Ellas editan de Margarita Valencia y Paula Andrea Marín Colorado (Ariel, 2019)
Hay libros que llegan porque alguien que te conoce los ve antes que tú y, al verlos, te ve. Ellas editan llegó así, alguien cercano lo encontró y pensó en mí sin que yo hubiera pedido nada. Hay algo desarmante en eso, que otro cuerpo reconozca en un libro un lugar que es tuyo antes de que tú mismo lo sepas.
El libro recupera la historia de mujeres que editaron, publicaron y sostuvieron proyectos culturales en Colombia, casi siempre desde sitios que nadie se ocupó de señalar. No se trata de una lista de nombres para memorizar, es algo más parecido a una genealogía que no sabíamos que teníamos. Se trata de manos que decidieron qué historia merecía existir, mucho antes de que alguien se preguntara quién estaba detrás. Leerlo es sentir que una parte de la propia vida —no solo la de quien escribe esto, sino la de cualquiera que alguna vez sostuvo algo sin que se lo reconocieran— estaba ahí, esperando ser nombrada.
Un lugar pagano de Edna O’Brien (Errata naturae, 2017)
De esa búsqueda de lo invisible salté a Un lugar pagano por algo que es, a la vez, curiosidad y herencia, se trata de la necesidad de encontrar las palabras exactas para nombrar lo que se siente al volver a un lugar que es propio sin haber nacido ahí. Hay dos palabras, de dos lenguas que tampoco son las mías, que se acercan: el hiraeth galés, esa nostalgia por un hogar al que quizá nunca se pueda volver del todo, y la ghorba árabe, el extrañamiento de quien vive lejos de su tierra incluso cuando la lleva puesta. Este libro me prestó, si no las palabras exactas, al menos la certeza de que ese sentimiento sin nombre en español tiene compañía en otras lenguas y eso ya es una forma de consuelo.
O’Brien escribe esta novela autobiográfica en segunda persona, como si se estuviera hablando a sí misma desde la distancia; se trata de una niña que crece en la Irlanda rural de los años treinta y cuarenta, entre el peso de la Iglesia, el silencio de las mujeres de su casa y un padre que decide todo lo que se puede decidir sobre un cuerpo que no es el suyo. No es una novela de trama, es una novela de atmósfera, del calor asfixiante de lo que no se puede decir en voz alta hasta que ya es demasiado tarde para quedarse callada. Reconocerme ahí, en ese paisaje que conozco y habito, pero que no es del todo mío, fue entender algo más amplio y es que hay una forma de crecer que comparten muchas mujeres, sin importar dónde, la de entender que el amor por su gente no les impide, también, tener que irse.
Un detalle menor de Adania Shibli (Hoja de lata, 2019)
De la opresión que se vive en la intimidad de una casa pasé a una que se vive a la escala de la historia entera. Un detalle menor me lo dio alguien que me conoce bien, alguien que me advirtió, antes de pasármelo, que no iba a poder leerlo sin desbordarme en llanto. No era una exageración.
La novela se construye sobre un hecho real, a saber, en 1949, soldados israelíes capturan, violan y asesinan a una joven palestina beduina en el desierto del Néguev y la entierran ahí mismo, como un incidente sin nombre en medio de una guerra. Décadas después, una mujer palestina contemporánea descubre por azar una mención mínima a ese crimen —ocurrido, descubre con escalofrío, exactamente veinticinco años antes de su propio nacimiento— y se obsesiona con reconstruirlo. Shibli no necesita levantar la voz para que el libro duela, lo escribe con una frialdad quirúrgica que es, en sí misma, una forma de denuncia porque muestra cómo el poder decide qué cuenta como tragedia y qué queda reducido a un «detalle menor». No se llora por lo que el libro dice, sino por todo lo que decide no decir y que una completa solo, con el cuerpo entero, por ser una historia compartida.
Mayday de Jackie Kay (Picador, 2024)
Después de una herida tan antigua, llegó un libro que habla de duelo, pero también de cómo seguir cantando. Mayday me lo dio alguien para quien este poemario marcó la vida entera y entendí por qué en cuanto lo abrí.
Kay, que fue poeta nacional de Escocia, escribió estos poemas tras la muerte de sus padres, militantes comunistas y sindicalistas que le enseñaron que el amor y la lucha política podían ser la misma cosa. El título tiene dos caras, por un lado, MayDay, la señal de auxilio que se lanza cuando algo se está hundiendo y, por el otro May Day, la fiesta del trabajo que sus padres celebraban con el cuerpo entero. Hay un poema en el que está en la ambulancia con el cuerpo recién muerto de su madre y el celular de un paramédico suena con una canción que su madre habría encontrado graciosísima; hay otro donde la imagina convertida en pájaro, posándose cerca solo para que ella la note. No es un libro que consuela desde lejos, es un libro que se sienta a tu lado y te toma la mano mientras te recuerda que el amor, incluso roto, sigue siendo una forma de resistencia; mensaje que resulta urgente en estos días.
Un ramo de malas hierbas de Alex Nogués (A buen paso, 2024)
Y, para cerrar, después de tanto duelo y tanta herida, un libro que llegó de la única manera en que deberían llegar las cosas buenas: caminando, sin buscarlo, con una amiga al lado, en medio de una feria del libro.
Un ramo de malas hierbas es, literalmente, eso, un paseo. Nogués va recogiendo plantas que nadie cultiva ni cuida —la borraja, la bolsa de pastor, el sauco— y cuenta su historia, sus usos, sus secretos, mientras las ilustraciones de María Pascual les dan un cuerpo que casi se puede tocar. Es un libro pensado para volver a él, no para terminarlo de una sentada. Y leerlo después de cuatro historias sobre lo que el mundo decide ignorar —mujeres, países, cuerpos, duelos— se siente casi como una declaración de principios y es que hasta lo que llamamos «mala hierba», lo que crece sin permiso en los márgenes de la acera, tiene una vida entera adentro, esperando a que alguien se agache a mirarla.

Una cartografía compartida
Si algo tienen en común estos cinco libros es que ninguno mide el mundo por sus ciudades ni por sus fechas oficiales. Lo miden por lo que duele, por lo que se calla, por lo que insiste en crecer aunque nadie lo riegue. Son mapas de otra clase, trazados con cuerpos, con silencios habitados, con vínculos que sostienen o que rompen.
Por eso no puedo separar esta lista del trabajo que me ocupa este año. La 17ª Feria del Libro de Manizales se llamará Cartografía de la intimidad y será exactamente esto, siete días para explorar los territorios que compartimos sin saberlo —la fragilidad, el deseo, la memoria, la soledad— y para recordar que los libros han sido, desde siempre, el instrumento más preciso para trazar esas rutas invisibles. Hablaremos del cuerpo como geografía propia, de los archivos emocionales que guardan las cartas y los diarios, de las voces que nacieron de la fractura y aprendieron a convertirla en dignidad. Nos preguntaremos qué le queda a la intimidad cuando todo se vuelve público y aprenderemos también del silencio, de lo que se insinúa antes de decirse. Porque leer es un acto íntimo, sí. Pero en cuanto se comparte, deja de ser solo nuestro. Y si estos cinco libros me enseñaron algo es que la intimidad más verdadera no ocurre en soledad, sino en el momento exacto en que dos personas leen el mismo libro y descubren, sin haberlo planeado, que hablaba de ellas.
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