Una ferretería de Corea del Norte: brevísimas reflexiones sobre Volúmenes del presente de Juan Sebastián Oliva

Hace poco mi algoritmo de Instagram me recomendó un reel que mostraba una tienda en Dubai, a simple vista colmada de una variedad de productos de la canasta familiar, que comercializaba versiones squeezable de artículos de grandes empresas de abarrotes. Los nombres de Colgate, Ariel, Coca Cola, Nutella, Ajinomen, entre muchos otros, acaparaban los estantes del negocio. Aunque en un primer vistazo su apariencia pudiese generar la ilusión de que se trataba de víveres comunes y corrientes, la opacidad de sus superficies, sus bordes carentes de ángulos y el gran tamaño de los empaques evidenciaban que aquellas eran falsificaciones ¿Tendrían permiso de uso de marcas? En los comentarios de la publicación los usuarios opinaban que tal emprendimiento era un despropósito, que no tenía sentido, que era una fachada para lavar dinero y que lo único que producían era basura difícil de degradar para el medio ambiente. Coincidía con las réplicas, salvo quizás las que afirmaban que así eran los supermercados de Corea del Norte ¿Sabía alguien a ciencia cierta cómo eran los almacenes del régimen de Kim Jong-un?

No resulta difícil trazar aparentes paralelos entre aquella tienda medioriental y la exposición de grado, Volúmenes del presente, del artista Juan Sebastián Oliva, inaugurada el lunes 4 de mayo a las 6:00 p.m. en el primer piso del Centro Cultural Universitario Rogelio Salmona, en una sala contigua a la entrada del joven Museo Universidad de Caldas y con curaduría a cargo de Sebastián Rivera, profesor del programa de Artes Plásticas de la Universidad de Caldas y asesor de tesis de Oliva. La muestra exhibía réplicas hechas en cerámica de herramientas de uso cotidiano tales como atomizadores, mosquetones, alicates, tijeras, tubos y un pequeño tarro de popper, alivio cómico dentro del solemne recinto; también se encontraban expuestos algunos de los moldes que sirvieron para producir aquellas réplicas de arcilla. Quizás la pieza que generó más revuelo, conjeturado por la cantidad de stories que vi sobre ella en Instagram, era un reluciente y agrietado atomizador a tamaño real, adornado con barnices y añadidos que simulaban muy convincentemente la textura del moho y la descomposición, demostrando la notable pericia de su autor con el manejo de la cerámica y los engobes.

En cuanto a las temáticas tratadas por la muestra, encontré que se proponían dos líneas oficiales al respecto. La primera, difundida por Rivera a través del texto curatorial que hizo para la exhibición, planteaba que el proyecto de Oliva era “un pequeño sabotaje a la lógica utilitaria” que le da sentido a las herramientas dentro de la sociedad contemporánea: si un alicate no sirve para agarrar, cortar o doblar entonces ¿merece que se le dé atención alguna? señalando a su vez que la materialidad de las obras, un medio delicado como la cerámica, representaba una propuesta “donde lo industrial se vuelve frágil, donde lo rígido se vuelve poroso, donde lo exacto se permite el error” (Rivera. S, comunicación personal, 4 de mayo de 2026).

La segunda perspectiva la ofrecía la cuenta de Instagram del MUC (2026) en una publicación, subida el 28 de mayo a modo de cierre de la exposición, donde se citaba el texto La belleza del objeto cotidiano del autor japonés Soetsu Yanagi, concretamente un extracto en el que este, primero hacía un elogio de la creación artesanal: “La mano es el don más precioso que la naturaleza ha concedido a la humanidad. Sin ella, la belleza no existiría”, para luego proceder a lamentarse por la proliferación de la manufactura automatizada a cargo de las máquinas. El post sugería una mirada distinta a la aludida por Rivera, una centrada en la dicotomía entre lo manual y lo industrial, en donde lo más importante no es preguntarse por la razón de ser en el mundo contemporáneo de una herramienta que no puede cumplir función alguna, sino reflexionar sobre el valor de la creación análoga en una época en la que prima la rapidez y la mecanización.

Ahora bien, yo me aventuraría a proponer una tercera mirada de la muestra como un espacio donde simplemente se resalta el valor estético que poseen los objetos de nuestro día a día. Porque probablemente la mayoría de nosotros usamos atomizadores a diario, pero cuántos nos hemos detenido a detallar su diseño, las diferencias que existen entre el atomizador para limpiar la mesa del comedor, el que mantiene húmeda la arcilla en el taller de cerámica, el que rocía alcohol en las máquinas del gimnasio, el que desinfecta los consultorios médicos, el que humedece el cabello en las peluquerías. Considero que Volúmenes del presente es, antes que nada, un elogio a la disciplina del diseño que invita a contemplar la belleza de los objetos en general, más allá de su carencia o no de utilidad y de la forma en la que estos fueron manufacturados.

Dicho esto, me hubiese encantado que Oliva se hubiese atrevido a experimentar más con el espacio de exhibición, a saber, cambiando alguno de los enchufes o de las luces por copias hechas en cerámica (siguiendo obviamente protocolos que garantizaran que no existiesen riesgos de electrocución para los asistentes) o tal vez proponiendo un diálogo directo con la materialidad de la estancia: las paredes, puertas o el suelo. Incluso, hubiese sido interesantísimo que el artista hubiese planteado el montaje de la exposición como un ejercicio performático abierto en el que las piezas de su autoría terminasen mezclándose y dialogando con las herramientas de ensamblaje del MUC.

Pese a sus similitudes, a diferencia de la tienda de conveniencia de “juguetes” dubaití, la muestra de Oliva sí que me gustó y me parece muy valiosa, no sólo porque se aleja y de alguna forma crítica las lógicas mercantiles de producción y consumo masivo que dan como resultado, entre otras cosas, el nacimiento de aquella tienda viral del Medio Oriente, sino porque, a nivel local, sus cuestionamientos van más allá de los cómodos lugares comunes a los que la mayoría de estudiantes del pregrado de Artes Plásticas recurren al momento de proponer su proyecto de grado: lo íntimo, el hogar, la pérdida, el duelo, el cuerpo, el archivo personal, etc.

Aunque en últimas lo verdaderamente importante es preguntarse si Volúmenes del presente evidencia cómo se ven las ferreterías de Pionyang. Pero eso ya tendrá que explicárselo Oliva al Bowibu.

REFERENCIAS:
Museo Universidad de Caldas. [@museo.muc]. (28 de mayo de 2026). ✨Soetsu Yanagi, en La Belleza Del Objeto Cotidiano, dice: “El arte popular debe ser, necesariamente, un arte manual. [Fotografías]. Instagram. https://www.instagram.com/p/DY4s5ZFFirf/?img_index=1

* Tesista Artes Plásticas Universidad de Caldas. Integrante del Semillero de Mediaciones y Teorías del Arte Contemporáneo.

La magia de Grau y la Pinacoteca de la Universidad de Caldas

Se cumplen 22 años de la muerte de Enrique Grau y en mayo se celebra el día internacional de los museos. El tiempo es pertinente para hablar de la Universidad de Caldas que se esfuerza por mantener viva su colección de arte y por cultivar tradiciones museísticas en sus ciudadanos.

Según Andrea Ospina Santamaría, docente del programa de Artes Plásticas de la Universidad de Caldas, la colección de arte de la Pinacoteca de la misma universidad podría catalogarse como extraña y especial. En ella hay obras de artistas que lograron reconocimiento nacional y mundial, pero varias de las obras que legaron a la colección corresponden a etapas de sus carreras en las que ese reconocimiento no había llegado a niveles de eso que llaman “consagración”.

Por ejemplo, hay un cuadro en acrílico de 90 x 74 cm firmado como ‘GRAU 54’. En él se retrata a una persona afro vestida de traje y sombrero que sostiene una manivela. El personaje está entre dos muebles de madera que componen una máquina mágica. El mueble de adelante tiene dos inscripciones: “Valor de la boleta 5 centavos”, y “Una mirada en su porvenir”. El mueble que está atrás es un cajón elevado en tres patas en el que vive una cabeza de mujer con aspecto de pitonisa.
Pararse frente a ese cuadro implica aguantar la mirada fija de sus personajes. Casi que es obligatorio preguntarse ¿qué hace la manivela?, ¿cómo funciona esa máquina?, ¿cuál porvenir?, ¿quién es Grau? y si es Enrique… ¿Cómo encaja esta pieza en su obra?, ¿cómo llegó a Manizales? “Hay mitos o rumores de pasillo que dicen que Grau intentó recuperar la obra de la Pinacoteca. Se dice que hasta ofreció a cambio obras suyas que ya valían millones”, cuenta la profesora Andrea.
Al artista ya no se le puede preguntar nada sobre el cuadro. Por estos días, el arte cumple 22 años sin Enrique Grau (18 de diciembre 1920 – 1 de abril 2004). Lo prioritario hoy para la Universidad de Caldas es poder hacerle preguntas a toda la colección de su pinacoteca donde no solo está ese Grau. También se custodian obras de Alipio Jaramillo, Hylduara Mejía, Alberto Pino, Luciano Jaramillo, Olga de Chica, obras sin firma y obras con firmas más difíciles de identificar o recordar.
Entre pinturas y esculturas, la colección tiene alrededor de 130 obras que reposan apretadas en un cuarto cerrado del Palacio de Bellas Artes. Alejandra Murcia, docente y directora del programa de Artes Plásticas, explica que el mobiliario y las instalaciones para mantener la colección de manera adecuada requieren de  asignaciones presupuestales que, en lo público, no son fáciles. “Si nosotros viéramos lo que tenemos a nivel administrativo las obras estarían en un pedestal”, agrega.
La Universidad de Caldas tiene seis facultades, 34 pregrados y una población de más de 15.000 estudiantes. Darío Arenas Villegas, Vicerrector de Proyección, explica que el reto no es solo la colección de la Pinacoteca, la Universidad tiene varias colecciones diseminadas por el campus, también dice que “lo ideal sería tenerlas todas en un solo lugar, pero eso implica esfuerzos económicos que la institución no puede hacer sola, no más en la colección de arqueología tenemos más de 20 toneladas en elementos”.
Darío también cuenta que como primer paso en el camino de gestionar adecuadamente las colecciones se inauguró el Museo de la Universidad de Caldas (MUC) en diciembre del año pasado. El museo necesita que más personas se involucren con estos elementos. La curaduría actual del MUC propone una conversación entre las colecciones alrededor de un concepto de montaña en formación y paisaje en movimiento.
Las profesoras Andrea y Alejandra, como gestoras de la colección de la Pinacoteca, seleccionaron algunas obras para este propósito del MUC. Una mujer indígena reflexiva pintada en óleo por Alipio Jaramillo resalta entre esta selección. Las dos profesoras concuerdan en que conocer la colección no solo tiene que ver con el cliché de acercarse a la historia para no repetir errores, sino que también es una forma de apropiarse del territorio que se habita y de plantearse de otras maneras lo que se conoce.
Por eso, desde el lugar de formación que es Bellas Artes, es prioritario buscar estrategias para hacerle preguntas a la colección y mantenerla viva. Por ahora, el cuadro de Grau no hace parte del material trasladado para la exhibición del MUC, pero sí fue el corazón de la muestra Cinco centavitos, una curaduría en la que Alejandra, Andrea y el profesor Pedro Rojas invitaron a estudiantes a reinterpretar algunas de las obras de la colección.
La estudiante Ana María Yepes se centró en la “pitonisa de Grau”. Explica que, un poco desde la incertidumbre de saber cuál es el futuro de Colombia, fue a la plaza de mercado en busca de “La mona”, una señora que vende ramas y da consejos esotéricos. Por ella, el resultado de su reinterpretación de Grau fue Albahaca, una instalación escultórica en el que una cabeza envuelta en ramas llora cuando alguien se acerca.
Otro estudiante, Alejandro Quintero, tomó un fragmento del lienzo Autodefensa, en el que Alipio Jaramillo representa la lucha obrera, y lo replicó en varilla corrugada. La varilla se vuelve trazo y genera reflexiones sobre el obrero actual que se gana la vida levantando edificaciones en las ciudades. “Ver a los estudiantes bajar al artista del pedestal y pensárselo en su vida personal es muy potente”, señala la profesora Andrea que además opina que, con Cinco centavitos, la colección se transformó en nuevas obras, textos, vídeos, podcast y muchas otras cosas.
Con estas estrategias la comunidad académica se ve impactada desde muchas aristas. Todos los estudiantes que participaron hacían parte de diferentes semilleros de investigación del programa. A la inauguración de la muestra llegaron muchas personas. Alejandra Murcia cuenta que las inauguraciones en la Pinacoteca siempre superan las expectativas en convocatoria de público “…lo difícil es en los días posteriores a la inauguración, hacer que incluso la comunidad universitaria se desplace hasta Bellas Artes es un reto”, comenta y agrega que “…la Pinacoteca no tiene personal de planta que pueda encargarse solo de convocar y atender público”.
Convocar públicos y fomentar una cultura museística es un reto que también afronta el MUC, a pesar de que su sede se encuentre en el Centro Cultural Rogelio Salmona cuya ubicación es más cercana al campus que el Palacio de Bellas Artes. Esto puede deberse a que, aunque Manizales es una ciudad pequeña con reputada tradición cultural y un circuito universitario presente en casi toda la ciudad, su foco cultural no ha sido muy fuerte en cuanto a museos.
Un estudio de la Universidad Nacional* revela que en Manizales los museos representan el 0.4% de la oferta cultural local. El estudio también arroja cifras sobre la naturaleza mixta de las organizaciones culturales que ofrecen formación, adaptan salas temporales para exhibir y desarrollan estrategias para captar públicos de otras actividades. Laura Valeria Buriticá, directora del MUC, cuenta que el museo estuvo abierto durante la Feria de Manizales y eso les permitió “captar mucho público”, visitantes no habituales del lugar.
Además, Laura expresa que los desafíos de formar y convocar públicos también los asume el MUC desde la idea de generar diálogos no tan técnicos, sino de encontrar temas y formas más cercanas a la gente. “La idea es que el museo deje de ser ese lugar sagrado donde nada se toca, para convertirse en un espacio de mediación y diálogo con el visitante”.
Actualmente, en el MUC se está trabajando para contribuir a la programación especial que la ciudad ofrecerá desde la Red de museos de Caldas el 18 de mayo, día internacional de los museos. Aunque en varias ciudades del país, como Bogotá, se ofrece una programación especial en noviembre, Laura explica que a Manizales le conviene hacerlo en mayo porque el calendario académico determina en gran medida la afluencia de públicos en la ciudad.
Entender y aprovechar estos ritmos de la ciudad es clave pues la Pinacoteca, el MUC y las colecciones viven si la comunidad de Manizales acude a ellos. Solo así puede que se active la máquina de Grau o puede que pase lo que dijo el profesor Pedro Rojas en el texto curatorial de Cinco centavitos “Quizá adviertan que —a pesar de la angustia de saber que existe una Colombia que fue y ya no será— persiste el deseo intenso y poético de comprarle a la vida cinco centavitos de felicidad”.
Tomado de Revista ARTERIA 2.0. Texto y fotografía Periodista Robin Tamayo. Museo Universidad de Caldas.

La Ruta Botero y la democratización del arte

“Preludio de lanzas llaneras” y “Vientos de libertad”. Plaza de Bolívar de Manizales.

El Centro Cultural del Banco de la República se prepara este año para liderar un ambicioso proyecto que vincula el arte y el espacio público en favor de la construcción de ciudadanía. La iniciativa llamada La ruta Botero, busca rendir homenaje al reconocido escultor Guillermo Botero Gutiérrez, y surge como parte de una colaboración entre la institución y el artista y curador Diego Escobar Correa. Según Ivonne Mendoza, Gerente del Centro Cultural, el proyecto se propone celebrar la obra del maestro Botero desde una perspectiva novedosa.

Tal como mencionó, la visita a las obras del Maestro en La Ruta Botero trasciende la mera contemplación estética. Este proyecto adquiere gran fuerza porque, en su primera etapa, se analizará la interacción entre el arte y el espacio público.

Guillermo Botero Gutiérrez, nacido el 17 de abril de 1917 en Pácora, Caldas murió en Manizales en noviembre de 1999, dejó una sólida huella en el ámbito artístico como escultor y dibujante. Su trayectoria trascendió fronteras. Fue fundador y profesor de la escuela de Artes Plásticas de la Universidad de Caldas. En Manizales y otras ciudades del mundo su legado perdura tanto en el espacio público como en numerosas colecciones privadas, consolidándose como una figura emblemática del arte local e internacional.

El Maestro y escritor Carlos Enrique Ruiz, invitado a la presentación de este proyecto, en su completa disertación se refirió en uno de sus apartes al Maestro Botero su gran amigo: “Desde pequeño fue rebelde, controvertía a lo establecido como cuestión permanente y consagrada. Su espíritu lo lanzó a buscar la manera de manifestar el sentir de poblaciones y de ideas elaboradas en el estudio y el ajetreo riesgoso por los caminos. Pronto se empeñó en el dibujo y fue delineando su futuro en su fragilidad por la intuición ambiciosa para desentrañar el alma de los materiales.

“Formado en el trabajo intenso, fue diverso en el tratamiento de la piedra, la madera, la cerámica, el vidrio. Además, acentuó el tono poético en sus obras materiales. Es hombre grande, de los grandes entre los espacios públicos y en los escritos testimoniales de su paso por el mundo, con creatividad y solidaria amistad”.

Por su parte para el gestor del proyecto, artista Diego Escobar Correa, La Ruta Botero es más que revisitar sus obras, de releerlas, de discutirlas, también se trata de visibilizar el estado en que se encuentra el patrimonio público del maestro Guillermo Botero. “Creo que la ruta, más allá de ofrecer una mirada sobre su memoria artística en el espacio público, también es un llamado de atención a los diferentes estamentos para que reactivemos la discusión sobre su conservación y protección”.

Los recorridos por las obras del maestro Guillermo Botero, en lo que corresponde a La Ruta Botero, se realizarán los días 12 de mayo,18 de junio y 16 de julio.

 

“Otras formas de ser en el fin del mundo”

El colectivo Armatoste se conformó a partir de la idea que tuvieron los artistas manizaleños Mateo Correa y Stephania Ayala Giraldo, y en la cual luego incluirían al también artista local Tomás Marín Puerta, de presentar una propuesta a la Convocatoria de Estímulos Culturales y Artísticos de la Secretaría de Cultura y Civismo de Manizales de 2025. Pese a ser aún artistas emergentes (entre 18 y 35 años de edad), entre los tres contaban con una experiencia para nada deleznable tanto en la conceptualización como en la producción de exposiciones, por lo que no fue difícil para ellos diseñar el esquema de lo que más adelante llevaría el nombre de “Otras formas de ser en el fin del mundo”, un proyecto transdisciplinar, que constaría de una muestra artística y una serie de talleres y charlas, que se preguntaría sobre la influencia de la cultura audiovisual contemporánea dentro del quehacer artístico local y que involucraría principalmente a artistas emergentes de la ciudad, atendiendo no sólo a cuestionamientos teóricos del colectivo, sino a una necesidad dentro de la región: la urgencia de abrirle un espacio dentro de la oferta cultural a creadores emergentes locales, porque ¿cuántas exposiciones, que no respondan a procesos académicos y que sean producidas o involucren de alguna manera a artistas locales de menos de 35 años, se pueden ver a lo largo de 12 meses en Manizales?

Por suerte, el proyecto fue acreedor de un estímulo y fue ahí que inició un arduo trabajo de investigación que desembocaría en la formulación y difusión de una convocatoria abierta, dando como resultado un listado de artistas del cual el colectivo seleccionaría seis nombres: Julián Luján, José Gabriel Bastidas, Ana María Fonseca, Mishell Castaño, Sergio Arias y Rafael Gómez, quienes, junto con obras de los tres miembros de Armatoste, conformarían el line up de la exposición del proyecto. Pero ¿qué clase de creaciones se exhibirían en la muestra? Si bien tendrían que seguir un par de indicaciones, las obras debían de ser inéditas e ir en línea con la temática curatorial, los artistas contaban con total libertad en cuanto a lo que a soporte se trataba; todo ello lo dejó muy claro el colectivo durante varias reuniones que sostuvieron con los seleccionados, encuentros caracterizados por la horizontalidad y la apertura al diálogo. Fue así como los participantes plantearon obras que iban desde la instalación hasta la animación digital, pasando por el video performance, la ilustración análoga, el tejido, la escultura y la producción editorial.

Ahora bien, una exposición de nueve artistas requería de un espacio adecuado para llevarse a cabo y, gracias a la generosidad de Laura Buriticá, directora del Museo Universitario de Caldas, la muestra pudo realizarse en la amplia e iluminada sala de exposiciones del cuarto piso del Centro Cultural Universitario Rogelio Salmona. Pero el MUC no sólo facilitó un lugar de exhibición, sino que suministró los equipos y gran parte de los soportes necesarios para llevar a cabo el montaje de la exposición, convirtiéndose en un aliado esencial para la iniciativa.

Respecto al montaje, el proyecto contó con la ayuda de Juan Alzate y Fleider Soto, pertenecientes al equipo del MUC, y de Daniel Ruiz y Diego Alejandro Quintero, artistas emergentes que fueron contratados por Armatoste. El proceso tuvo algunos percances menores, como el estropeo de un televisor o el desprendimiento de una parte de pared a causa de un soporte para saco de boxeo, pero en general tuvo un correcto desarrollo.

La muestra fue inaugurada el día 31 de julio de 2025 a las 6:30 p.m. La actividad tuvo una inmensa acogida, contando con la participación de alrededor de doscientas personas, destacando especialmente la positiva recepción de las obras entre el público, más teniendo en cuenta la variedad de técnicas y formas en que los artistas abordaban la temática curatorial. En cuanto a las actividades propuestas en el contexto del proyecto se tuvieron: dos talleres de creación de fanzine, un recital de poesía, un conversatorio sobre drag, un coloquio sobre animación regional, un taller de graffiti para dummies, un laboratorio de collage, una sesión de dibujo y un taller de animación en 2D; la mayoría de eventos fueron llevados a cabo en el CCU Rogelio Salmona, pero el coloquio sobre animación regional y la sesión de dibujo se realizaron en Cebolla Estudio y en La Fábrica Terminal respectivamente, espacios culturales independientes de la ciudad. Vale la pena señalar que el registro fotográfico de la inauguración y de todas las actividades estuvo a cargo de Maria Victoria Gutierrez y Juan Hurtado, también artistas emergentes que fueron contratados por el colectivo.

La exposición, además, fue seleccionada, gracias de nuevo a la ayuda de Laura Buriticá, para hacer parte de la programación del X Mercado D+A+T organizado por el Vivero Creativo del CCU Rogelio Salmona y realizado los días 21 y 22 de agosto de 2025.

El proyecto llegó a su cierre el día 30 de agosto del 2025, pero al darlo por finalizado, Armatoste quedó con un amargo sabor de boca: de los nueve artistas participantes únicamente tres eran mujeres y resultaba claro que esa cantidad no era suficiente para dar a conocer el inmenso talento creativo de las artistas regionales. Es por ello que este año decidieron apostar por la producción de un proyecto un poco más ambicioso: dar a conocer la obra de nueve artistas emergentes del Eje Cafetero, yendo más allá de Caldas y adentrándose en los departamentos de Quindío y Risaralda. Pero, antes de revelar más información al respecto, queda la expectativa por los resultados de la Convocatoria de Estímulos Culturales y Artísticos de la Secretaría de Cultura y Civismo de Manizales 2026.

Para más información y fotografías del proyecto visite la cuenta de Instagram @colectivoarmatoste

* Tesista Artes Plásticas Universidad de Caldas. Integrante del Semillero de Mediaciones y Teorías del Arte Contemporáneo.

Colombia está de luto con la muerte de la Maestra Beatriz González

Colombia llora el fallecimiento de la Maestra Beatriz Gonzáles, un emblema del arte nacional de todos los tiempos. Nació en Bucaramanga en 1932 y por más de cuatro décadas realizó incalculables aportes al arte y a la cultura colombiana,  representados en pinturas, dibujos, grabados, esculturas en los que sobresale el tema de la violencia en Colombia. Su obra hace parte de las colecciones de los museos más importantes del mundo.

El Banco de la República se pronunció lamentando la pérdida de Beatriz Gonzáles, quien además fue historiadora,  “magistral narradora de la memoria y referente luminoso de la escena artística nacional”.

Este es el perfil que hizo la institución de la artista, no sin antes considerarla “figura esencial del arte y la cultura en Colombia, colega y amiga”.

“El nombre de Beatriz González sobresale en la historia del arte colombiano, no solo por su trayectoria como artista, que la hizo un referente en el país y a nivel internacional, sino también por su labor como investigadora, historiadora, crítica y maestra. Beatriz González desarrolló una carrera de más de sesenta años. Su obra, caracterizada por una práctica figurativa influenciada por la apropiación de imágenes asociadas con la historia del arte occidental y los medios de comunicación masiva en Colombia, presenta una perspectiva única sobre la cultura popular y la situación política del país.

Beatriz González nació en Bucaramanga, estudió Bellas Artes en la Universidad de los Andes en Bogotá (1958-1962) y grabado en la Academia Van Beeldende Kunsten de Rotterdam, Holanda (1966-1967). Tuvo como profesores a la crítica e historiadora del arte Marta Traba y a los pintores Juan Antonio Roda y Carlos Rojas, y al filósofo Danilo Cruz. Por ese entonces entabló una gran amistad con el pintor Luis Caballero, de la que Beatriz recogió un magnífico testimonio en el libro ¡Pobre de mí, no soy sino un triste pintor!: cartas de Luis Caballero a Beatriz González (Universidad de Bogotá Jorge Tadeo Lozano, 2014). En 1964, realizó su primera exposición individual, en el Museo de arte Moderno de Bogotá (MAMBO), siendo la primera artista joven en exponer allí. Su mirada crítica a la noción de “buen gusto” la llevó desde entonces a rechazar las reglas estéticas de la “buena” pintura, motivo por el que, en palabras del crítico Germán Rubiano, fue conscientemente poco refinada y deliberadamente opuesta a la sofisticación.

González manifestó su interés en la “originalidad” y su deseo de crear una obra claramente novedosa desde el principio mismo de su práctica como artista. Esto se vio reflejado en su exploración de diversos medios, que la llevó a abandonar el lienzo y a encontrar en los muebles y en los textiles un soporte para sus creaciones. Su obra comprende desde pinturas sobre tela, dibujos, serigrafías y cortinas, hasta mobiliario tridimensional y objetos cotidianos. Armarios, camas, mesas, bandejas, televisores y hasta papel de colgadura han servido como soporte a varias de sus pinturas, caracterizadas por el aplanamiento de las figuras y el uso de una paleta de color fuerte.

De Beatriz González podría afirmarse que es una de las historiadoras del arte que mejor ha conocido la Colección de Arte del Banco de la República, una aliada de la Subgerencia Cultural desde los años ochenta cuando, entre 1984 y 1989, fungió como curadora e investigadora. Durante ese periodo fue nombrada miembro del Comité Asesor de Artes Plásticas y, a partir de entonces, estuvo encargada de una diversidad de proyectos curatoriales de suma importancia para la institución. Entre ellos se destaca la investigación sobre la caricatura en Colombia (1), que confluyó en la exposición “La caricatura en Colombia a partir de la Independencia”, presentada en la Casa Republicana, Biblioteca Luis Ángel Arango, Bogotá (diciembre 2009 – junio 2010), proyecto que permitió reconstruir la trayectoria de la caricatura en el país.

Beatriz González también participó en el montaje “Cinco miradas, cinco siglos” de la Colección de Arte del Banco de la República, un ejercicio multivocal inaugurado en 2014, y para el que tuvo a su cargo la investigación y curaduría del capítulo “Rupturas y continuidades. Arte del siglo XIX”, que abarca dicho periodo y plantea reflexiones sobre la polémica en torno a si el arte asumió innovaciones radicales con la Independencia o si, por el contrario, prevalecieron los sistemas de expresión de la sociedad colonial. En 2017, junto con Verónica Uribe Hanabergh, realizó la curaduría de la exposición “Libretas de dibujos. Reencuentros de memoria gráfica”, Casa Republicana, Biblioteca Luis Ángel Arango (octubre 2017 – junio 2018), para la que trabajó en la selección y documentación de libretas científicas, diarios de viaje y libretas de artistas, presentes en las colecciones de arte y de la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República.

Como miembro del Comité Asesor de Artes Plásticas del Banco de la República, Beatriz González asumió la responsabilidad  de acompañar la conformación de una Colección de Arte con un enfoque colombiano que, además, generara conexiones con obras internacionales, en los más altos niveles de calidad y pertinencia. Esta copiosa y fundamental tarea fue realizada por ella con el mayor de los compromisos hasta la etapa final de su vida. Por más de cuarenta años, la maestra trabajó junto a varias generaciones de curadores, historiadores y coleccionistas que han guiado la consolidación de la Colección de Arte y los proyectos de difusión de las artes, promovidos por el Banco de la República.

Sus aportes a la cultura y a la Institución son incalculables. En 2020, Beatriz González donó su archivo y biblioteca personal al Banco de la República, con el fin de garantizar su acceso gratuito y público. El Archivo Beatriz González Aranda no solo contiene material fundamental para conocer su obra artística, sino también documentos que dan cuenta de su trayectoria como educadora, curadora e historiadora. Además, permite estudiar la historia del arte nacional a través de la colección de documentos que reunió como parte de sus investigaciones. Este archivo, conformado por cerca de 100.000 unidades documentales, abarca temas como la violencia, la política, la caricatura y la educación artística en Colombia.

A través de esta entrega, Beatriz González quiso poner a disposición de jóvenes y adultos, un testimonio amplio del arte colombiano y de sus procesos de investigación y creación, así como de su pasión por conservar y organizar documentos del pasado. Este archivo, que incluye documentos personales, recortes de prensa, correspondencia, afiches, folletos y fotos, entre otros materiales, fue conformado por la artista desde 1954 hasta 2024, e incluye documentación del siglo XIX a la fecha. Su cobertura geográfica abarca principalmente a Colombia. El Archivo Beatriz González Aranda puede consultarse presencialmente en la Sala de Arte e Imagen de la Biblioteca Luis Ángel Arango de Bogotá, y de manera remota, en el área cultural del Banco de la República en Bucaramanga.

Además de su vínculo con el Banco de la República, el trabajo de Beatriz González en el sector cultural reúne otros dos grandes capítulos; su trabajo en el Museo de Arte Moderno de Bogotá (MAMBO) y en el Museo Nacional de Colombia. En 1971, Beatriz inició su labor educativa en el Museo de Arte Moderno de Bogotá donde, basada en la experiencia de algunos museos latinoamericanos, en 1978 fundó la Escuela de Guías, a la que pertenecieron inicialmente artistas y críticos como Doris Salcedo, Daniel Castro y Carolina Ponce de León, entre otros. Esta experiencia y metodología de formación de mediadores fue replicada en otras instituciones, como el Banco de la República, y puso en evidencia la importancia de la labor de mediación en los museos. En 1977 Beatriz fue nombrada asesora de historia del arte en el Museo Nacional de Colombia, antes de vincularse al Banco de la República y a su Comité Asesor de Artes Plásticas. En 1989, el presidente Virgilio Barco la nombró curadora en jefe del Museo Nacional de Colombia, cargo que desempeñó hasta 2004. Como investigadora y curadora, González coordinó y organizó diferentes exposiciones, además de realizar el guion curatorial de la Colección permanente del Museo Nacional.

Como artista plástica su trabajo fue siempre excepcional. Sus estrategias artísticas y temáticas se caracterizaron por ser impredecibles e innovadoras. La profundidad con la que González abordó el duelo individual y colectivo son lo que constituye sus más representativas contribuciones al arte contemporáneo. El inconfundible lenguaje artístico de Beatriz González ha sido reconocido en numerosas exposiciones nacionales e internacionales, entre ellas las muestras “Radical Women: Latin American Art, 1960-1985”, Hammer Museum, Los Ángeles (EE. UU.) en 2017, la “Documenta 14” en Atenas (Grecia) y Kassel (Alemania) en 2017, “Beatriz González. Retrospectiva 1965-2017”, Museo de arte Contemporáneo (CAPC), Burdeos (Francia) en 2017-2018, la Bienal de Berlín, Berlín (Alemania) en 2014.

Su primera exposición retrospectiva en Estados Unidos se realizó en 1998 en el Museo del Barrio, bajo el título “Beatriz González: Qué honor estar con usted en este momento histórico, obras 1965-1997”. Más recientemente, una serie de importantes exposiciones retrospectivas tituladas “Beatriz González: Una Retrospectiva” tuvo lugar en ese país: primero en el Pérez Art Museum de Miami (PAMM) y posteriormente en el Museum of Fine Arts de Houston (MFAH), ambas en 2019. Este proyecto, curado por Mari Carmen Ramírez y Tobias Ostrander, se presentó en el Museo de Arte Miguel Urrutia del Banco de la República, en Bogotá (Colombia), en 2020, y en la Pinacoteca del Estado de São Paulo en agosto de 2025. En 2026, el Barbican Centre de Londres albergará esta importante exposición en sus instalaciones.

La obra de Beatriz González forma parte de colecciones públicas de gran relevancia a nivel internacional. Algunos de sus trabajos integran acervos de museos en Estados Unidos, Londres, España y Alemania. Asimismo, una muestra representativa de su producción se encuentra en la Colección de Arte del Banco de la República, que reúne cerca de sesenta obras de su autoría, entre pinturas, grabados y serigrafías. Entre las más representativas se encuentran Decoración de interiores (1981), una monumental cortina estampada, cargada de ironía, sátira y mordacidad, que se burla de la frivolidad y el cinismo del poder; el díptico Zócalo de la comedia y Zócalo de la tragedia (1983), una yuxtaposición teñida de ironía y humor en la que la artista confronta la hipocresía social, enlazando la grandilocuencia del poder con la atroz realidad de la vida cotidiana; y La muerte del pecador (1973), perteneciente a la serie de muebles o estructuras metálicas pintadas con esmaltes, en las que incorpora imágenes de prensa e iconografía popular, reinterpretadas críticamente, entre otras obras de la colección.

A lo largo de su vida, Beatriz González fue galardonada con diversos premios y reconocimientos a su vida y obra. En abril de 2025, a sus 92 años, la Alcaldía Mayor de Bogotá le otorgó la Medalla Orden Civil al Mérito en el Grado Comendador, un galardón que exalta su invaluable legado y su profunda huella en la historia del arte y la cultura en Colombia. El mismo año, la artista colombiana fue galardonada con el “Regional Grant Award” en la sexta edición del International Award for Public Art 2024 en China, por su obra “Auras Anónimas” (2). En 2020, recibió el doctorado honoris causa de la Universidad de los Andes, siendo la primera mujer en recibir este reconocimiento en la institución educativa. En 2006, recibió el Premio Vida y Obra, otorgado por el Ministerio de Cultura de Colombia, como reconocimiento a su labor en el campo de las artes. En el año 2000, recibió el título honoris causa de maestra en Artes Plásticas de la Universidad de Antioquia y en 2003, obtuvo la condecoración Julio Álvarez Cerón de la Universidad Industrial de Santander.

Beatriz González fue un faro de rigor, vocación y conocimiento, como bien lo describe la investigadora Natalia Gutiérrez Montes, y su camino fue el de la disciplina. Un camino extenso que comenzó a trazar décadas atrás, cuando aún era una niña. Esa misma niña cuya pulsión por recolectar imágenes la llevó a crear un álbum de fotografías de estrellas de cine, iniciado con una postal de Shirley Temple. Artista única y prolífica cuya obra la posicionó como una de las artistas latinoamericanas con mayor proyección.

La Subgerencia Cultural del Banco de la República expresa su más profundo reconocimiento a la dedicada labor que la Maestra Beatriz González realizó en el campo artístico y el apoyo que brindó al Banco de la República y a las instituciones educativas y culturales a lo largo de su carrera. Gracias a su espíritu crítico, su búsqueda transgresora, su disposición siempre atenta al diálogo y su importante labor educativa, varias generaciones de curadores, historiadores, artistas y educadores de museos seguirán nutriéndose de su visón para cultivar una mirada crítica y sensible del país.(3)

Nuestra gratitud, cariño y admiración a Beatriz González”

* Unidad de Artes y Otras Colecciones Subgerencia Cultural, Banco de la República.

[1] Wills, Londoño María. “Coleccionismo de arte en transformación”. En Banco de la República: cien años de patrimonio y cultura. Bogotá: Banco de la República, 2023. Pág. 156.

[2] Este premio otorgado por el Instituto Internacional de Arte Público de la Universidad de Shanghái reconoce iniciativas que transforman espacios públicos y generan impacto social.

[3] Pérez, Ángela. (2020). “Presentación”. En Ponce de León, C., Sánchez Gómez, G., & Ligua Viva Traductores, traducción. (2020). Beatriz González: una retrospectiva / textos de Carolina Ponce de León, Gonzalo Sánchez; traducción Ligua Viva Traductores. Banco de la República. Presentación Ángela María Pérez. Pág. 9.

Foto de Hernán Díaz.

 

 

Amor al arte y a Manizales, el legado de Alberto Moreno

Amor al arte y a Manizales es el legado del arquitecto Alberto Moreno Armella, fallecido el sábado 18 de octubre de 2025. Su memoria y nombre están ligados a la vida cultural de la ciudad, especialmente al Museo de Arte de Caldas, uno de sus fundadores y del que fue curador los 25 años de existencia de esta institución. Alberto nació en Barranquilla y desde hace más de 40 años se estableció en Manizales donde fue además profesor en las universidades Nacional y de Caldas.

Alberto Moreno fue ante todo un Maestro. En una conversación con el periódico Quehacer Cultural en mayo de 2001, a un año de creado el Museo de Arte de Caldas, nos enseña: “Un estudio realizado por el Museo Pompidou de París, en la década de los 80*s, establecía que el público de los museos podría semejar una analogía de carácter zoológico. Por lo tanto, para su diseño, el de los nuevos museos, se deberán tener en cuenta las mariposas, los saltamontes y los ratones, queriendo decir con esto que el visitante mariposa, es aquel que con la mirada rápida recorre las salas del museo sin detenerse en nada particularmente, algo parecido a hojear revistas en una peluquería o salón de belleza. El visitante saltamontes sería aquel que recorre las salas de un lado a otro sin seguir ningún orden y sólo mirando las obras que más llaman su atención. Y el visitante ratón es aquel que, como los roedores de laboratorio, siguen obstinadamente el orden del montaje de la exposición mirando cada una de las obras exhibidas en riguroso orden, o sea, siguen el plan previsto para la exposición. El estudio del Museo Pompidou concluía que, una exposición bien montada debe permitir la presencia y lectura, simultánea, de las tres categorías de visitantes: mariposas, saltamontes y ratones, Pero aún más, un Museo bien diseñado debe poder contener en su espacio una exposición de tal naturaleza.

La directora del Museo de Arte de Caldas, Elvira Escobar de Restrepo, lamentó su partida: “El Museo de Artes de Caldas es una creación de su amor al Arte, a la ciudad y a los universitarios, para que a través de él las nuevas generaciones se apropien y conozcan el arte. Una gran pérdida para el museo, y el vacío que deja como AMIGO es infinito. Descansa en paz amigo del alma”.

Por su parte, Clarita López de Estrada, directora del Centro Colombo Americano, dijo: Muy sentida la partida de Alberto a quien desde su conocimiento profundo del arte y acompañado de Elvira y una junta comprometida, debemos la visión y perseverancia para mantener vivo el sueño del Museo de Arte de Caldas, aún a la espera de una inaplazable sede que le ha sido esquiva por décadas! Descanse en paz entrañable amigo, profesional y gestor de las artes.

Foto tomada de Barequeo.

En Cebolla Estudio se conectan el arte, la conversación y la gastronomía

Las artistas plásticas Yisell Tsoi y Camila León, inmersas en sus ideas, obras y actividades, cuentan la historia de su emprendimiento Cebolla Estudio en Manizales, la ciudad que las acogió.

Mi nombre es Giselle Montaño Soy. Nací en Valledupar, pero desde hace ocho años resido en Manizales. Vine aquí con el propósito de estudiar Artes Plásticas y trabajar en lo que siempre ha sido mi vocación. No fue una decisión basada en buscar algo más fácil de aprender, sino que elegí lo que siempre había soñado desde niña. Decidí trasladarme a Manizales porque, entre otras cosas, estaba bastante lejos de Valledupar, y necesitaba ese cambio. Provengo de una familia de muchas matronas: mi mamá, mi abuela y mi bisabuela siempre me cobijaron con un afecto inmenso, pero yo sentía la necesidad de encontrar más independencia. Sabía que, si escogía un lugar cercano, como Cartagena por ejemplo, terminarían cuidándome igual: lavándome la ropa, cocinando para mí o acompañándome a todos lados. De alguna forma, quería salir de ese entorno protector para explorar mi propio camino.

Cuando llegué a Manizales, me sorprendió lo frío que era comparado con mi tierra. Viví en Chipre, y algo que disfrutaba muchísimo era bajar caminando a la universidad, deleitándome con la neblina que envolvía el paisaje. Me enamoré de esta ciudad tan tranquila, donde puedes caminar, sacar tu teléfono sin miedo y disfrutar de la seguridad que siento aquí. Aunque ocurren cosas como en cualquier lugar, Manizales me parece un sitio pacífico, lleno de calidez humana.

Yo soy María Camila Alzate León, aunque generalmente me presento como Camila León porque utilizo el apellido de mi mamá. Nací en Palmira, pero también llevo muchos años viviendo en esta ciudad. Desde muy joven tuve claro que quería estudiar Artes Plásticas; era algo que sentía como parte de mí desde siempre.

Ambas somos tesistas de la Universidad de Caldas y compartimos un amor por las actividades del hogar. Hace dos años nos conocimos en la universidad y fue allí cuando comenzamos a soñar con tener un taller propio. Hace tres meses surgió esta oportunidad inesperada. Todo ocurrió tan rápido que apenas pasamos frente a esta casa, vimos el aviso de arriendo, llamamos y a la semana ya estábamos instalándonos aquí, un sueño llevaba tiempo gestándose. Conversábamos sobre la falta de espacios para artistas emergentes en la ciudad y cómo los pocos lugares existentes solían estar destinados a círculos cerrados o un tipo específico de propuesta artística. Así nació la idea de abrir este espacio, primero para nuestros compañeros de carrera, quienes tienen un talento increíble, pero carecen de oportunidades para mostrar su trabajo debido a las largas listas de espera en las salas de exposición. También queríamos ofrecer un lugar donde pudiéramos ejercer desde la práctica artística y generar otro tipo de experiencias porque el arte no solo se trata de exposiciones; también nace dentro de los talleres, las charlas y las dinámicas colectivas.

Así fue como surgió Cebolla Estudios, un proyecto que responde a nuestras necesidades como artistas en busca de ambientes diversos y dinámicos. Elegimos este nombre porque ambas amamos cocinar y nos identificamos con los ingredientes y los procesos que se dan en la cocina. La cebolla es mágica: tiene varias capas, flores hermosas y múltiples colores; para nosotras simboliza algo multidisciplinario y acogedor que incluye a todo y todos. El ambiente aquí es como el de una casa, algo esencial en Cebolla Estudio desde el inicio. Quienes nos visitan se sienten cómodos y como en su hogar.

Cebolla Estudio crece orgánicamente. De manera permanente ofrecemos café, chocolate y cerveza para quienes vienen al espacio. En los eventos preparamos comida de nuestra inspiración. A lo largo de estos meses hemos organizado varias exposiciones, incluida una subasta con motivo de la quinta Semana de los Museos y Espacios Expositivos que se efectuó en Manizales; también realizamos recitales de poesía cada quince días. Otro evento interesante que hemos desarrollado es Noches de Vino y Tinta, donde exploramos la relación entre el arte y esa bebida fascinante. Así mismo hemos tenido noches relajadas de juegos como parqués acompañadas por boleros. Feria del Revuelto en la que comercializamos diversas creaciones: pinturas, prendas, ilustraciones, grabados en espejos, tatuajes e incluso comida, junto con música a cargo de varios DJ. Una venta especial de arte de archivo con trabajos que tanto nosotras como otros artistas tenían guardados.

Lo fundamental para Cebolla Estudio es conectar personas nuevas y reunirlas en torno al arte y la conversación. Muchos espacios no abren la puerta al diálogo; aquí eso ocurre naturalmente. La distribución del lugar invita a conversar mientras compartes la gastronomía o interactúas con extraños en alguna actividad artística o lúdica.

Dirección: Calle 76 No. 19-86. Barrio Milán. Teléfono 3248804945

Monumento a la resistencia

Casting

En el Distrito de Agua Blanca, Cali, hay una obra de arte colectiva, surgida a partir de las luchas sociales… del estallido social. Una mano gigante empuña un cartel que dice: “Resiste”. Este monumento fue realizado por la comunidad como una creación colectiva, pues muchas mentes, corazones y manos la realizaron.

Pero para un sector de la sociedad esta no es una obra de arte, porque para ellos se trata de un esperpento, una cosa fea que no merece ser declarada Patrimonio Cultural de la Nación, como ha propuesto el Ministerio de Cultura. Entonces aquí empieza la discusión sobre qué es arte… y para mí eso depende del contexto ideológico. En las sociedades conservadoras, arte es lo “bello”, lo “sublime”, lo “perfecto”… ¿¿¿???… y ahí llegamos al meollo del asunto, porque según esta ideología estrecha, lo que no encuadre en los cánones impuestos de la belleza no puede ser arte.

Por eso se han creado en la sociedad capitalista los museos de arte y las subastas, regidas por normas estrictas basadas en el dinero, para el cual “obra de arte” es lo que logre precios astronómicos… todo en este mundo es plata… inclusive creaciones de arte contemporáneo que se instalan en lo conceptual, como un banano pegado en la pared y que los críticos, “gurús el arte”, han convertido en pieza multimillonaria por estos días. Detrás de todo esto hay todo un aparato argumentativo que justifica su valor… no, más bien su precio… $$$…

Pero cuando es una comunidad menospreciada la que se atreve a materializar procesos sociales libertarios de lucha y resistencia en monumentos, entonces el sistema inmediatamente los descalifica y con un brochazo lingüístico los borra de la escena artística.

¿Qué valida al “Monumento a la resistencia” como obra de arte?, pues su naturaleza de creación colectiva, comunitaria, social, en donde los parámetros estéticos rebasan los límites de mentes estrechas. Es obra de arte porque así lo considera el pueblo que la hizo y eso es suficiente. No necesita para ser obra de arte la enrevesada conceptualización de súper especialistas, a esos los dejamos para las subastas de Christie´s, en donde muchas veces venden por millonadas verdaderos esperpentos.

La comunidad de Agua Blanca, en Cali, está feliz con su obra de arte, producto de sus luchas, y eso es lo más importante, porque estas obras de arte surgen de la dignidad, de la justicia y del corazón.

 (Imagen de Widipedia)

* Poeta, anacronista y pintor; editor de «ojo con la gota de TiNta (una editorial pequeña e independiente)».

Maestro del color, las formas y las texturas

“Luis Felipe Millán Parra es un personaje que está entre el mundo de la plástica, el color, el diseño, el vestuario, las máscaras, soy una simbiosis de estas expresiones del arte”. Es la presentación de quien ha participado desde el año 1993 con el vestuario y puesta en escena de 60 montajes del Taller de Ópera de la Universidad de Caldas, ha diseñado para 10 cuadrillas del Carnaval del Diablo de Riosucio y 22 obras de grupos de teatro de Manizales y otros municipios, y para el Festival Internacional de Teatro de Manizales.

Tal es el inventario a vuelo de pájaro de Luis Felipe Millán encargado durante 31 años de gestar, crear y sacar adelante una expresión artística en Manizales, indispensable para el desarrollo de las artes escénicas, como es el vestuario.

Nació en Ibagué donde estudió 8 semestres de música, pero para él la vocación se dirigía hacia las artes plásticas por lo que resolvió radicarse en Manizales, ciudad donde existía la carrera. “Arribé en 1988 un domingo a las 5:00 p.m. con 25 años, ya viejito para estudiar”. El Maestro Nelson Monroy llegó a Manizales con ganas de hacer ópera y solicitó a la decana de ese momento, Oliva Manchola, una persona para ayudar en el vestuario y me recomendó. Me gustaba mucho porque me crie en ese mundo: mi hermano sastre, mi mamá modista, un tío músico”.

Su mamá le enseñó a coser y esa habilidad le ha servido, tanto para confeccionar su propia ropa como para sacar a flote una profesión en la que brilla.

 

Y así comenzó a aflorar el talento de este artista qué con su capacidad estética y formación ha contribuido a complementar, como pedagogo apasionado, el pensum académico de la Licenciatura en Artes Escénicas de la Universidad de Caldas, en su rol de profesor, desde 1995, en las materias de escenografía, vestuario, color y plástica teatral.

Dados sus estudios musicales, el lenguaje de la ópera tampoco le ha sido extraño. El primer montaje como vestuarista con el equipo de trabajo del Taller de Ópera de la Universidad de Caldas fue Orfeo. El Maestro Nelson Monroy, su director, le dijo en el momento, “hay 500.000 pesos, usted verá que hace con eso y elaboramos un vestuario casi de papel. Muchas veces nos ha tocado sin presupuesto, pero ya tenemos de donde echar mano y de donde organizarnos para adaptar y transformar, que es una de las cuestiones que pongo en práctica”.

En los inicios lo instalaron en un “cuartico oscuro” en el edificio de Bellas Artes al que le decían La Cueva, hoy nos recibe Luis Felipe en su taller, bien iluminado, situado en el edificio Bicentenario del alma mater caldense, donde crea plácidamente rodeado de vestidos de todas las épocas, dispuestos a llenar de majestad un nuevo montaje de un proyecto como el Taller de Ópera que le ha dado lustre no solo a la universidad sino a Manizales, en el concierto nacional. Lo acompaña también una máquina de coser y feliz porque llegarán otras cinco donde sus estudiantes podrán aprender el oficio de la modistería que tantas satisfacciones le ha dado.

La dinámica de sus propuestas para la ópera comienza con una reunión con el director general, la coreógrafa, el director de escena, se ponen de acuerdo en la estética de la obra, tanto del maquillaje como del vestuario. “Si hay presupuesto mucho mejor porque podemos hacer las cosas grandiosas que uno se imagina. Como diseñador de vestuario empiezo a tomar medidas, cuantos solistas, cuantos bailarines, selecciono los colores y las formas y lo presento al equipo de trabajo. En estos 31 años debo agradecer a mis compañeros porque me dejan mucha libertad y eso para mí es muy importante, implica más compromiso porque creen en mí, no es un sacrificio, al contrario, me reafirma y me hace feliz”.

En este momento está embarcado en un proyecto de investigación con profesores de Artes Escénicas y otros departamentos de la Universidad de Caldas, al que han denominado Dionisio el diablo y como resultado final harán una puesta en escena de calle para presentar en el Festival Internacional de Teatro de Manizales.

 

Millán Parra se pensionará el año entrante y siente tristeza porque deja una de sus razones de vivir, pero también, dice, se siente contento porque va a descansar y a dejar el camino a los jóvenes que vienen detrás, ya expertos en confección, diseño, color, habilidades que han adquirido a través de los lenguajes que habla a sus estudiantes: el color, las formas y las texturas.

“Cuando me jubile voy a extrañar esto. Yo sé que uno pelea con estudiantes, tiene diferencias con los compañeros docentes porque no todo el mundo piensa igual, pero de eso se trata, esta es mi segunda casa, aquí tengo mi complemento intelectual y creativo. Aquí transmito mis conocimientos a mis alumnos para que formen parte de este mundo mágico”.

Cuando se retire, Luis Felipe retomará el taller que tuvo con su hermana, el que debió suspender por la carga académica, donde, afirma, seguirá trabajando con el entusiasmo de siempre, “me quedaré en Manizales donde me reconocen y me pagan por lo que me hace feliz, vivo muy agradecido con la vida”, concluye.

Cuestionamientos para una descolonización: sobre “El Rigor de la Mirada: Diálogos situados a partir de la colección de Arte del Banco de la República” y sus antepasados

Hace años era común que mi mamá viajara por su trabajo a capacitaciones dictadas en varias ciudades del país; Bucaramanga, Medellín, Pereira, Barranquilla y Bogotá fueron algunos de sus destinos. A raíz de ello nos surgían dudas, no recuerdo bien si a mi hermano o a mí, sobre el tamaño de las urbes nacionales, haciendo de este un tema de conversación familiar recurrente. En un intento por resolver nuestras inquietudes, dado el escaso conocimiento que entonces teníamos de municipios distintos al que éramos oriundos, mis papás nos hablaban de la extensión de las poblaciones tomando como referencia el área de Manizales, incrementándola o reduciéndola según se requiriese; “tal ciudad es como dos veces Manizales”, “esta otra es como cinco veces” o “esa es más o menos igual”, eran algunas de sus respuestas. De todas ellas nunca dejó de maravillarme el ratio que usaban para hablar del tamaño estimado de la capital del país: “Bogotá es como diez veces Manizales, puede que incluso más”. Me gustaba hacer el ejercicio mental de proyectar la panorámica de mi propia versión de Manizales, que en ese tiempo estaba constituida únicamente por lo hallado entre el control de busetas de Villa Pilar y la torre del Cable, para luego multiplicarla una decena de veces y alinear cada uno de los productos en una larga metrópolis cuyo límite resultaba imposible de apreciar hasta para la poderosa imaginación de un niño ¿Quizás aquel parangón parental había sido un poco exagerado?

Es posible, pero inclusive con esa corta edad sabía lo suficiente sobre las dimensiones de la capital del país como para no dudar en ningún momento de la veracidad de lo afirmado por mis padres. Hoy en día basta con conectarse a internet para comprobar que, en realidad, el área territorial de Bogotá equivale a más o menos tres veces la misma de Manizales; una idea de primeras chocante, teniendo presente la imagen de ciudad pequeña que se guarda de la capital de Caldas, mas no inconcebible tratándose de magnitudes totales, dentro de las  cuales se deben incorporar las dimensiones de las amplias y verdes laderas manizaleñas: grandes olvidadas al momento de estimar las longitudes del municipio pero que en este caso terminan siendo, en conjunto, más extensas que la totalidad del espacio urbano de Bogotá. Aunque, eso sí, en cuanto a lo estrictamente metropolitano, es sorprendente saber que las proyecciones de mi familia se quedaron cortas: según cálculos realizados a partir de medidas y planos oficiales alojados en la red, para lograr abarcar una superficie como la de Bogotá se necesitarían, aproximadamente, trece Manizales y medio. Supongo que el haber residido desde siempre en una urbe considerada como un pueblo grande, donde es sensato dirigirse caminando a los sitios y no es una locura utilizar las escaleras en los edificios, hizo que desarrollase un cerebro cateto, pero la simple pretensión de pensar en la inmensidad equivalente a una trecena de áreas metropolitanas de Manizales me producía agobio y dolor de cabeza.

No resulta insólito, entonces, que en una localidad de tales magnitudes se erija una biblioteca del tamaño de la Luis Ángel Arango: la más grande de Colombia y cuya extensión, retomando las comparativas, equivale a casi diez veces la de toda la estructura del Centro Cultural del Banco de la República de Manizales, que ostenta, entre el conjunto de bibliotecas de la entidad, el título de la segunda más grande del país. La mole capitalina de cuarenta y cinco mil metros cuadrados está dedicada a albergar millones de libros y, a manera de exhibiciones temporales, centenares de las piezas pertenecientes a la Colección de Arte del Banco de la República; cifra que salas expositivas, galerías e incluso museos enteros de muchísimas partes del país añorarían estar en capacidad de disponer para su público. A raíz de ello, y luego de leer la Guía de Estudio de la última muestra inaugurada en la Sala de Exposiciones del Centro Cultural del Banco de la República de Manizales, me hice a la idea de que tal exhibición, exclusiva de la sucursal, era un innecesario intento por atiborrar la máxima cantidad posible de obras, dentro de un espacio de dimensiones modestas en términos capitalinos, de la gigante “Ires y Venires: Diálogos en torno a la Colección de Arte del Banco de la República”, otra curaduría de la Unidad de Artes del organismo que, según la Guía de Estudio, había sido el “punto de partida” de la recién alojada exposición ¿No hubiese sido mejor dejar de lado a “Ires y Venires”, a sabiendas de que esta era imposible de exhibir íntegramente en el sitio disponible, y crear un producto diferente?

“El Rigor de la Mirada: Diálogos situados a partir de la colección de Arte del Banco de la República” se estrenó en la sede manizaleña del Banco de la República el miércoles trece de septiembre de dos mil veintitrés a las seis de la tarde, luego de una breve presentación con gran parte de quienes conformaban el proyecto investigativo. La curaduría de la exhibición le correspondió a seis personas, la mayoría ajenas al circuito del arte y sin experiencia en procesos de investigación-creación, a las que les unía un largo historial de luchas por los derechos de las mujeres y la población LGBTIQ+ en Caldas. Yolanda Villa, Carlos Buriticá, Leonardo Gil, Johana Patiño, Andrea Zúñiga y La Diva se propusieron transmitir, a través de una serie de piezas de la Colección de Arte del Banco de la República que habían hecho parte de la muestra “Ires y Venires”, sus vivencias, saberes y formas de ver el mundo acumuladas a lo largo de años llenos de búsquedas identitarias y labores en defensa de sus comunidades, todo ello bajo el concepto de “la mirada” y su “rigor” dentro de un departamento caracterizado por sus tendencias y perspectivas conservadoras.

Por su parte, “Ires y Venires” estuvo expuesta en Bogotá, entre el dieciocho de marzo de dos mil veintiuno y el cuatro de julio de dos mil veintidós, en un sector de la BLAA denominado como la Casa Republicana. Curada por Sigrid Castañeda, Julien Petit y la comisaria invitada Estrella de Diego, la exhibición se preguntaba por la manera en la que conceptos relacionados con las ideas de viaje, frontera y territorio, en sus sentidos más amplios, habían sido abordados dentro de más de ciento cincuenta obras colombianas, seis veces la cantidad presente en la muestra manizaleña, pertenecientes al acervo artístico del Banco de la República. Ahora bien, dicho interés investigativo, retomado también por “El Rigor de la Mirada”, así como la inclusión de la española De Diego en el comité curatorial de la exposición, compartían un origen en común: una exhibición celebrada en el Viejo Continente en el marco de la Feria Internacional de Arte Contemporáneo de Madrid (ARCO) durante su versión del dos mil dieciocho.

¿Qué tan grande es Bogotá cuando se la compara con una metrópolis del primer mundo como la capital de España? Un par de consultas en la internet, junto con una secuencia de operaciones básicas de división, arrojan que, ciñéndose de nuevo a lo estrictamente urbano, Madrid es alrededor de un tercio más grande que Bogotá; ni hablar de las diecisiete Manizales que se requerirían para abarcar un territorio casi correspondiente al de la urbe ibera. Curiosamente, un inmueble como el Centro Cultural del Banco de la República de Manizales, con una sala de exposiciones en la que sería difícil, sino imposible, presentar curadurías que se acerquen al centenar de obras, posee un área de más de cuatro veces el Edificio del Banco Mercantil e Industrial de Madrid, domicilio de la Sala Alcalá 31 donde, entre el diecinueve de febrero y el veintidós de abril de dos mil dieciocho y bajo el nombre de “Campo a través: arte colombiano en la colección del Banco de la República”, se instalaron ciento treinta y cuatro piezas de autores colombianos elegidas, de entre las miles que componen el inventario artístico del Banco de la República, por la académica madrileña Estrella de Diego, curadora del proyecto. Pese a su valor divulgativo, es innegable que la premisa de aquella exhibición, presentar ante un público extranjero un compendio de producciones culturales foráneas seleccionadas, a su vez, por una extranjera, no resultaba muy sugestiva y su encanto, acaso, daba la impresión de residir sobre todo en la inédita presencia de ciertas creaciones del conjunto en suelos europeos. Por ello llama la atención que “Campo a través”, aparentemente tan insulsa, propiciase la producción de una dupla de relecturas ceñidas en gran medida a la forma y contenido de su propuesta teórica.

Comentaban Estrella de Diego y Sigrid Castañeda en la conferencia inaugural de “Ires y Venires”, realizada de manera virtual el veinte de marzo de dos mil veintiuno en el canal de Youtube “Banrepcultural”, que el Banco de la República, posterior a la estadía de “Campo a través” en el Viejo Continente, sintió interés por exponer la recién llegada muestra en la BLAA y se lo hizo saber a De Diego (Petit, Banrepcultural et al., 2021). La idea fue bien recibida pero, debido a objeciones, tanto individuales como colectivas, al interior del comité curatorial, se decidió que era imprescindible reorientar la exhibición con la intención de que esta lograse cobrar mayor valor dentro de un contexto distinto para el que había sido formulada en primera instancia; uno en el que no parecía apropiado volver a mostrar obras que gozaban de amplio reconocimiento nacional como, por ejemplo, los retratos de las monjas muertas que tanto habían cautivado a los europeos, sino creaciones que no fuesen tan discernibles entre los locales (De Diego et al., 2021). Se dio así la concepción de la primera heredera directa del linaje expositivo de “Campo a través”: “Ires y Venires: Diálogos en torno a la Colección de Arte del Banco de la República”.

Como buena estirpe, las similitudes entre el par de exhibiciones, más allá del repertorio de obras que comparten entre sí, son evidentes. Primero, ambas muestras giran en torno a tres ejes curatoriales: “Campo a través” se halla separada en las líneas de “Anatomía y Botánica”, “Guía de Viajes” y “Ciudades Invisibles”; mientras que “Ires y Venires” está categorizada en: “Conquistas”, “Umbrales” y “Corografías”. Y aunque podría parecer una comparación superficial, al revisar lo trabajado dentro de cada división de la dupla resulta sencillo trazar fuertes confluencias temáticas entre sectores de las dos; por ejemplo, tanto al apartado de “Guía de Viajes” como al de “Corografías” las une un interés por el amplio abanico de idiosincrasias que artistas colombianos transmiten a través de sus creaciones, y no es difícil identificar los cuestionamientos en torno a las ideas de territorio y de frontera presentes en las ramas de “Ciudades Invisibles” y “Umbrales”. En cuanto a diferencias, dejando de lado la pequeña disparidad entre la cantidad de piezas que hacen parte de la una y de la otra, podría argumentarse que, en el ámbito teórico, las exposiciones se distinguen principalmente por la forma en la que deciden abordar sus ejes iniciales: mientras “Anatomía y Botánica” propone una serie de obras que giran en torno a la idea de “cuerpo”, en todas sus acepciones, y su representación a través de la historia del arte en Colombia, “Conquistas”, a pesar de también verse muy interpelada por conceptos de lo corporal, se centra sobre todo en interrogantes respecto a las transformaciones que han sufrido las nociones de poder en la sociedad y los modos en que estas se han visto reflejadas dentro de las producciones colombianas de la Colección de Arte del Banco de la República.

Al ser fiel creyente de la premisa de que no existe ninguna creación inédita, pues toda obra ha sido motivada por otra pese a lo fuerte o débil que la conexión entre ambas aparente ser, no me desconcertó en ningún momento el hecho de que “Ires y Venires” fuese “una curaduría de una curaduría”: al fin y al cabo, tal y como reza el enunciado propuesto, todas las curadurías son, en menor o mayor medida, investigaciones surgidas gracias al estímulo de alguna producción cultural anterior. Eso sí, ello no implica que toda creación sea precisada y, una vez revisados los asuntos tratados dentro del par de exhibiciones y la manera en la que estos fueron desarrollados, dudaba de si sus características individuales terminaban siendo lo bastante distinguibles como para no aventurarse a afirmar que, puestos a proponer dos muestras tan similares, se debió de acomodar a “Campo a través” en la Casa Republicana de la BLAA y prescindir de “Ires y Venires”, aunando todo esfuerzo investigativo en la consolidación de un producto totalmente diferente. Ahora, ¿en qué convertía tal razonamiento a “El Rigor de la Mirada”? Era curioso, pero aun cuando tras su inauguración cobró para mí sentido el hecho de tildar a la exposición manizaleña de ser “dispensable”, apenas llegados a este punto, luego de horas de investigación y sabiendo desde el principio que las dos exhibiciones habían sido engendradas, en esencia, bajo la búsqueda idéntica de ofrecer una reinterpretación localizada de otra curaduría, empecé a considerar que, sólo quizás, “Ires y Venires” podía ser merecedora de aquel mismo calificativo. Pero, ¿cuál era mi problema con “El Rigor de la Mirada”?, ¿por qué la juzgaba, pecando abiertamente de incoherente, como un producto de distinta categoría a “Ires y Venires”?

Gozando de una mayor claridad sobre sus inspiraciones, volví a visitar “El Rigor de la Mirada” y me topé con que, en realidad, su grado de semejanza con “Ires y Venires” era mucho menor de lo que en un primer momento pensaba; fútil cualquier esfuerzo de atreverse a equiparar aquella “similitud” con la que existía entre la muestra bogotana y la exposición madrileña: más que la de un progenitor y su progenie, dicha afinidad se acercaba más bien a la que podía darse entre un par de primos lejanos. Para comenzar, contrario a lo que hacía creer su Guía de Estudio (2023), en donde se señalaba que la exhibición era resultado de un “ejercicio curatorial polifónico” que buscó “un diálogo situado de las piezas que hicieron parte” de “Ires y Venires”, menos de la mitad de las veinticinco obras dispuestas a lo largo de la curaduría manizaleña habían integrado la muestra capitalina. Y es que, a pesar de incluir en pleno creaciones como “Nefandus” de Carlos Motta o “Miss Fotojapón” de Juan Pablo Echeverri, presentes en su momento en “Ires y Venires”, para “El Rigor de la Mirada” se optó por alterar algunos de los conjuntos de piezas originalmente recopilados, como los de Ramón Torres Méndez y Viki Ospina. Por otro lado, aunque maestros como Miguel Ángel Rojas, Fernell Franco y Luis Caballero, incorporados en su momento en el listado de artistas de la curaduría bogotana, aparecían, de igual modo, en la Sala de Exposiciones del Centro Cultural del Banco de la República de Manizales, en este último lo hacían con creaciones del todo diferentes a las anteriormente alojadas en la Casa Republicana de la BLAA: en lugar de “Grano”, de Rojas se exhibía “La Esquina Rosa”; en lugar de fotografías de la serie “Amarrados”, de Franco se exhibían imágenes de su serie “Prostitutas”; y en lugar de algunos de sus dibujos de hombres dormidos, de Caballero se exhibían una sugestiva litografía, un erótico boceto y un óleo gigantesco. Adicionalmente, cimentando la brecha de piezas entre exposiciones, se anexaron a “El Rigor de la Mirada” obras de Débora Arango, Jhona John Campo y Juan Camilo Uribe, autores que no habían figurado dentro de la exhibición santafereña.

Claro está, la distinción objetual más evidente entre las muestras se hallaba a la vista de todos los visitantes de la exposición manizaleña: un par de botas de caucho, una carta, una serie de publicaciones independientes, una cuchara, dos libros de poesía y unas fotografías que, pese a no pertenecer a la Colección de Arte del Banco de la República, se repartían por la galería tras urnas de cristal, acompañadas por grabaciones de sonido que ofrecían un breve contexto sobre el motivo de su presencia. Ahora, si bien en la exhibición bogotana también se incluyeron objetos ajenos al bagaje artístico de la entidad bancaria, como un grupo de cartografías y unas fotografías de José Marulanda propiedad de la BLAA, al tratarse de piezas de los archivos personales de los curadores de la muestra, el sexteto presente en “El Rigor de la Mirada” distaba de gozar del estudio, catalogación y pedigrí que recaía sobre sus compañeros de “Ires y Venires”. No obstante, al conjunto caldense le correspondía una responsabilidad diferente a la de su contraparte capitalina, funcionando como dispositivo museográfico que, al ser, junto con un parco texto curatorial, únicos proveedores de información sobre la exposición dentro de la sala, debía de no sólo intrigar a los asistentes, provocando que estos se interesasen por escuchar sus audios, sino transmitir el sentido personal y anecdótico que fundamentaba a la curaduría.

Mas el contraste entre exhibiciones no era consecuencia en exclusiva de una discrepancia de piezas. La Guía de Estudio de “El Rigor de la Mirada” (2023) especificaba que la muestra manizaleña se basaba en una rama en concreto de “Ires y Venires”, definiendo al producto como: “el resultado de un ejercicio (…) en el que (…) se cuestionó, resignificó y enriqueció el concepto de ‘corografías’, eje de la curaduría original”. Y aunque es innegable la importancia y pertinencia de la noción de “la mirada” al hablar de un término como “corografía”, al examinar lo planteado a nivel teórico por “El Rigor de la Mirada” y el cómo esto se veía materializado en su resultado, daba la impresión de que la inspiración conceptual compartida en la Guía de Estudio no era más que un mero formalismo y que, así como se eligió la línea corográfica para justificar la razón de ser de la exposición, su comité organizador hubiera podido decantarse por alguna de las otras categorías curatoriales de la exhibición capitalina sin que el producto se hubiese visto de alguna manera afectado. Ello tenía poco que ver con que la muestra caldense partiese de una exposición permisiva, en la que cualquier obra podía alternar entre divisiones temáticas sin desencajar ni arruinar el conjunto, tal y como lo aludía Sigrid Castañeda en la conferencia inaugural de “Ires y Venires” (Petit, Banrepcultural et al., 2021); y estaba más relacionado con un impulso de “El Rigor de la Mirada” por justificar su existencia y su conexión con “Ires y Venires” mediante lo que tuviese a disposición, aspirando, seguramente, a demostrar su “valía” ante los ojos de un circuito artístico “docto” que no dudaría de tildar de ingenua a una curaduría formulada en su mayoría por personas que, sin gran conocimiento sobre el círculo del arte, se hubieran propuesto hablar de ellas mismas más que de las preciadas obras que optaron por incluir. Es así que, mientras en “Ires y Venires” se determinaron y dispusieron piezas específicamente porque sus contenidos daban cuenta de la manera en la que habían sido abordados ciertos conceptos a través de siglos de arte colombiano, para “El Rigor de la Mirada” lo verdaderamente importante no era el elegir creaciones según lo que sus autores habían querido decir con ellas o la coyuntura en la que se enmarcaban, sino el cómo estas, escogidas en muchos casos con base en criterios tan “triviales” como el gusto, daban a conocer más sobre la vida y los intereses de quien las había seleccionado.

Viendo hacia atrás, no podía negar que, al momento de su inauguración y sin dejar de lado el desconocimiento propio de quien experimenta algo por primera vez, “El Rigor de la Mirada” contaba con las suficientes singularidades manifiestas como para no haber suscitado, de ninguna forma, la opinión radical que me formé al inicio sobre ella ¿De dónde había surgido, entonces, mi desestimación? Revisando mis palabras al comienzo de este texto es claro que lo primordial que influyó en mí para lanzar tales agravios fue la brecha dimensional entre muestras pero, ¿significaba eso que, tal y como un niño que define el valor de una ciudad por su extensión, había desestimado a “El Rigor de la Mirada” sencillamente porque estaba constituida sólo por veinticinco obras en contraste con las más de ciento cincuenta de la cuantiosa “Ires y Venires”? Admito, con vergüenza, que sí, aunque, reflexionando al respecto, sentía que, más que tratarse como una mera manía infantil, el asunto debía de abordarse, en últimas, como la intrincada consecuencia de la instalación en el inconsciente del rigor de una mirada occidentalizada.

En el audio que acompañaba al par de botas de Carlos Buriticá (2023) exhibidas en la Sala de Exposiciones del Centro Cultural del Banco de la República de Manizales, el curador manifestaba la compleja relación que había experimentado a lo largo de su vida con aquella dupla. Decía:

“Las botas de caucho son un elemento de primera necesidad para la vida en el
campo: son identidad para el campesino. Las usamos desde que estamos muy
pequeños para evitar que nos piquen los pies las hormigas, nos tallen las piedras de
los caminos o se nos mojen los pies cuando caminamos por lugares empantanados.
Es en la adolescencia cuando empezamos a sentir la vergüenza de tenernos que
poner estos elementos porque la gente del pueblo, de las ciudades, se burla de
nosotros porque, según ellos, las botas son sinónimo de pecueca. Mucho tiempo
peleé con ellas, peleé con mi papá para no ponérmelas, al punto de preferir que se
me mojaran los pies o me picaran las hormigas con tal de no tenerme que poner
esos elementos y no exponerme al ridículo que representaban. Poco a poco, en esta
vuelta a la tierra, he ido resignificando lo que significan esos elementos, he ido
entendiendo que es un elemento de la identidad, que es un elemento que nos ha
permitido ser. Por eso, estas botas están hoy acá en esta exposición”.

A pesar de no verse relacionado directamente con un asunto de tamaños o cantidades, identificaba lo experimentado por Carlos durante años, esa vergüenza de lo propio instigada por el escrutinio de personas de esferas sociales distintas y la necesidad de demeritar su  identidad para evitar la humillación, como el origen de mis agudos prejuicios hacía un producto del que, en su momento, no sabía prácticamente nada: a fin de cuentas mi parecer, ante el cual era claro que se había cercenado a “Ires y Venires” y se le había dado a Manizales una de sus pequeñas partes bajo la edulcorada excusa de que se trataba de una curaduría novedosa, no hacía otra cosa que obedecer, además de al pensamiento capitalista de que más siempre es mejor, a la implantada narrativa occidental de que todo lo creado en los centros urbanos es superior a sus equivalentes provinciales, simples imitaciones de las muestras culturales capitalinas; y si bien, en este caso, la cuestión implicaba a dos ciudades capitales, una de ellas era indudablemente percibida como provincia dentro del imaginario colectivo local, regional y nacional.

Eso sí, ello no implicaba que “El Rigor de la Mirada” no tuviera fallos, o que no se la pudiese criticar por nada pues, por poner un ejemplo, personalmente sí que me chocaba el aparente despropósito de sus elementos exhibidos y el hecho de que los criterios concretos detrás de la selección de cada una de sus piezas terminaran siendo un misterio para quien, incluso informándose por medio del material que se disponía en la sala donde se ubicaba, no pudiera asistir a las visitas guiadas con los curadores de la exposición: espacios donde se desvelaban fundamentales e interesantes entresijos detrás del proceso curatorial. Sin embargo, para mí lo que sí conllevaba el asunto era la necesidad de, al momento de emitir una valoración positiva o negativa, analizar con precisión desde dónde surge esta y si se encuentra o no arraigada a alguna creencia impuesta que lleve a jerarquizar entidades, objetos o lugares, de índoles diferentes y peculiaridades enriquecedoras, midiéndolas a todas por el mismo rasero.

“Nos acusan a través del rigor de la mirada”, mencionaba La Diva (2023) al final de su grabación para “El Rigor de la Mirada” que acompañaba a una bella cuchara labrada en una cárcel: un regalo de un admirador. “La mirada la podríamos entender (…) como una especie de vehículo de la conquista” apuntaba, por su parte, Julien Petit (2021) en la conferencia inaugural de “Ires y Venires”. Al final, tras un extenso ejercicio de introspección y psicoanálisis, me quedo con muchos aprendizajes y ganas de presenciar más muestras culturales locales que, como “El Rigor de la Mirada”, den cuenta del poder de acusación de ese vehículo de la conquista, no sólo para recordarnos todo el tiempo que nosotros mismos, voluntaria o involuntariamente, somos pilotos de tales máquinas, sino para ayudarnos como sociedad a detenerlas.

REFERENCIAS

. Petit, Julian, Banrepcultural [@banrepcultural] et al. (2021, marzo 20). Conferencia Inaugural Exposición Ires y Venires: Diálogos en torno a la colección. Youtube. https://www.youtube.com/watch?v=8cwAnO1u6Aw
. De Diego, Estrella et al. (2021) Ires y venires: diálogos en torno a la Colección de Arte del Banco de la República. Bogotá: Banco de la República.
. Guía de estudio No. 257, El Rigor de la Mirada: Diálogos situados a partir de la colección de Arte del Banco de la República. (2023). Banco de la República.
. Buriticá, Carlos (2023). El Rigor de la Mirada: Diálogos situados a partir de la colección de Arte del Banco de la República [Curaduría]. Botas de caucho, Manizales, Colombia.
. La Diva (2023). El Rigor de la Mirada: Diálogos situados a partir de la colección de Arte del Banco de la República [Curaduría]. Cucharita, Manizales, Colombia.

* Estudiante Artes Plásticas Universidad de Caldas. Integrante del Semillero de Mediaciones y Teorías del Arte Contemporáneo.

Nosotros: Crónicas de Migrantes, del artista Adrián Preciado *

Una estructura es más bien como una serie de base descomponible (…) El mapa es abierto, es conectable en todas sus dimensiones, desmontable, reversible, susceptible de recibir constantemente modificaciones.

Gilles Deleuze
Felix Guattari

En la urgencia de reivindicar el territorio, de representarlo y hacerlo Imagen, se suscitan una serie de condicionantes, propias de los contextos en los que estas han de emerger, como es el caso de  Nosotros: Crónicas de Migrantes, del artista Adrián Preciado (Colombia – Venezuela. 1983), cimentadas en el desplazamiento actual de los venezolanos, una diáspora abyecta, desencadenada por la pulsión desbordadora de límites, enfocada en conseguir caminos dadores de espacios de crecimiento, espacios fértiles en posibilidades, de un habitar, de una reestructuración de significados, de símbolos, los cuales se han visto forzados a transformarse por los caminos escabrosos en los que transitan, de los que se desprenden  miles de historias marcadas por la dureza del desarraigo, donde surge la complejidad de algunos conceptos como territorio, distancia, frontera, desplazamiento, sentido de pertenencia.

Adrián Preciado se apropia de estos conceptos y los aborda desde su espacio privado, desde su propia experiencia, para imponer un nuevo orden simbólico, una reestructuración que permite una movilidad de pensamiento, de estructura, dejando líneas que suturan el espacio de lo viejo con lo nuevo y a la vez diluyen las fronteras desde donde se permite (re)dibujar sus mapas, su Mundo, para (re)plantear sus cartografías personales, que se convierten en estructuras profundas, flexibles, en constante movimiento,  modificándose y reconstruyéndose una y otra vez, desde sus líneas de fuga, con la capacidad transformadora de desterritorialización de los límites, de las fronteras.

En esta apropiación, se desprende una relación afectiva con la (re)organización de sus mapas, la movilidad o variabilidad de estos está estrechamente conectado con el desplazamiento de sus afectos, con los que el reconoce como suyos: su familia, sus amigos, su país y los nuevos territorios que se van convirtiendo parte de él. En su resignificación de territorio y en la mutabilidad de estos, se permite reordenar y controlar las fronteras, disolver las distancias para expandir su espacio vital, su posibilidad de seguir en crecimiento.

En este reordenamiento de su Mundo, el artista se vale de elementos simbólicos claves, la golondrina como alegoría de desplazamiento, el árbol que alude a la fuerza, la resistencia, el crecimiento y el arraigo, y el estandarte empleado como emblema de firmeza haciendo alusión a las cruzadas de la diáspora venezolana. En esta cadena de significantes que establece desde la constitución de lo simbólico en sus obras, Adrián Preciado los enlaza con su parte más sensible, su acción de crear, acompañada de su memoria familiar, su huella, proyectada en el centro de su concepción de crecimiento, de apertura, de sustento, representado en el trabajo de la costura, el bordado, labor heredada de su madre, y utilizada como elemento clave de creación en sus obras, cada puntada es un trazo, un camino recorrido y a la vez, un camino por recorrer.

* La exposición se encuentra en la Alianza Francesa de Manizales.

** Artista y Curadora nacida en Venezuela.

 

 

 

 

Ligero declive de lo cotidiano

2022 fue un año en el que históricamente los índices y las cifras de la economía nacional incrementaron más de lo esperado. Según el Departamento Nacional Administrativo de Estadística (DANE), el costo de vida en Colombia, es decir, el IPC aumentó de 5,62 % al cierre de diciembre de 2021 a 13,12 % para el cierre de 2022. (Departamento Nacional de Estadística, 2022).

El diario La República en un artículo publicado el 30 de diciembre de 2022 indica que “El aumento del IPC afectó la capacidad de consumo de los hogares. Hoy un mercado de alimentos cuesta 27 % más que en noviembre de 2021”. (Velásquez, 2022), cifras que afectan a la mayoría de los hogares colombianos que, ante el incremento de los precios de los alimentos básicos de la canasta familiar, se ven en serios aprietos a la hora de suplir las necesidades de nutrición de sus familias.

Y es que según el DANE, “el sector de los alimentos y las bebidas ha sido el más golpeado por la mayor inflación registrada en el país en los últimos 5 años.”; si en enero de 2022 un kilo de cebolla cabezona blanca valía, en promedio, $ 2.400, para el cierre del año quedó en $ 4.400, una importante variación registrada por Corabastos, la central de abastos de alimentos más importante de Bogotá (Corabastos, 2022).

Ante este panorama, el acceso a una buena alimentación se convierte en un privilegio del que pocos pueden disfrutar; por lo que es necesario generar espacios, procesos o acciones que inviten a la reflexión y la conversación alrededor de temáticas cotidianas que, como ésta, afectan nuestro diario vivir.

Una de las oportunidades para poner en contexto situaciones determinantes de nuestra existencia ha sido y es el arte, como lenguaje que expresa emociones, ideas y sentimientos, y a la vez, que denuncia hechos o situaciones a las que como individuos y sociedad nos vemos expuestos.

“La creación artística posee una fuerza interior que le confiere una lógica interna y, en tanto, atiende al mundo interior del hombre, a sentimientos y pensamientos que aluden al problema vital de la existencia, a las grandes preguntas, genera una conciencia social.” (Vygotsky, 2006).

Es así como “Ligero declive de lo cotidiano”, la obra de la artista Angie Paola Montenegro Velasco[1] exhibida por estos días en Manizales, en la exposición Imagen Regional 9, territorios guardianes[2], del Banco de la República, nos invita a generar conciencia social, mientras nos lleva a reflexionar alrededor de la canasta familiar, su valor simbólico y económico, y la forma como estas variables determinadas por diversos fenómenos afectan la calidad de vida de los hogares colombianos.

“Ligero declive de lo cotidiano” es una instalación, a partir de estantería de metal, en la que se observan 50 esculturas de cemento blanco que representan alimentos básicos de la canasta familiar como sal, arroz, azúcar, enlatados, embutidos y harinas.  La estantería, típica de tienda de barrio, juega de manera simbólica con sus contenidos al presentar una leve inclinación que genera la percepción de que esta va a caer al piso.

La obra fue creada en 2018 y parafraseando a la artista, es una obra que se realiza a partir de motivaciones personales con relación al papel de tendera que ejerció su abuela materna en un barrio de Florida, Valle; experiencia que la lleva a preguntarse sobre el desarrollo y el sostenimiento de la clase popular. Angie Paola utiliza técnicas tradicionales como la pintura y la escultura para señalar la manera en que se ve afectada la clase popular con el alza en los precios de la canasta familiar básica.

Al observar la obra, en una primera impresión, nos remitimos de manera casi que inmediata a esos recuerdos de barrio, a la tienda como eje fundamental de la cuadra, no solo para la alimentación, sino también para el encuentro social, a la esquina, al tendero, a la disposición de los alimentos, a las “devueltas”, al fiado y a toda una dinámica social de muchos de los barrios de nuestro país.

Al detallar la obra nos encontramos con una estantería verde, pelada y un poco corroída e inclinada que tiene la apariencia de haber sido usada durante mucho tiempo.  Da la sensación de estar a punto de caerse al piso, está al límite mientras preserva su equilibrio; como muchos hogares que se sostienen en vilo, en la incertidumbre de un futuro incierto donde el desayuno no está asegurado. Está a punto de caer, pero se mantiene y sobrevive.

Sobre cuatro mostradores se encuentran distribuidos diferentes alimentos básicos. En el primero y el segundo, de arriba hacia abajo, encontramos harina de trigo, sal y leche en polvo, entre otros. En los dos últimos nos encontramos con una serie de embutidos y latas que parecen contener diferentes clases de alimentos. Causa curiosidad el hecho de que algunos empaques de los productos aparezcan con marcas y otros en blanco, denotando diferencias en la relación precio – calidad.

Ante esto, la autora nos comparte: “Si me coloco en el papel del comprador diría que tengo preferencia por algunas marcas que se vuelven populares y apetecibles, además de ajustarse a mi sueldo o a lo que gano a diario. Por otro lado, están los productos que generan desconfianza y sabemos que no alimentan como los embutidos y los enlatados, pero se adquieren por gusto, costumbre o desvare, como se dice coloquialmente”.

Angie Paola se remite a sus memorias de infancia en la casa de su abuela y a la representación simbólica para invitarnos a pensar en la manera cómo las dinámicas económicas impactan la calidad de vida de los hogares. Nos lleva a pensar en la riqueza alimenticia que pueden proporcionar los suelos de nuestro campo, pero que tristemente solo unos pocos pueden disfrutar en su máximo esplendor.

Nos conduce hacia una reflexión social del alimento como testimonio de la desigualdad en el acceso a los recursos básicos, una realidad que afronta la mayoría de los hogares colombianos pues según el DANE  (Departamento Nacional de Estadística, 2022), en 2021 el total nacional de la pobreza monetaria fue 39,3 % y la pobreza monetaria extrema fue 12,2 %; es decir, que por lo menos el 51,5 % de los colombianos se ven en serias dificultades para acceder a recursos básicos en los que se incluye la alimentación. Muchos hogares sobreviven con una comida diaria.

Esta es una triste y desesperanzadora realidad de la que el arte no se aparta, por el contrario, y como lo vemos en la obra de Angie Paola, es una posibilidad de denuncia, de llevarnos a la generación de una conciencia crítica frente a las realidades de nuestros territorios, de exponer esa crudeza que se hace paisaje.

Es una invitación a construir relatos de país con énfasis y prioridades distintas que busquen un bienestar común, a partir de una conciencia colectiva de acción conjunta, pues el arte, como lo menciona Vygotsky, “completa la vida y amplía sus posibilidades, revela las contradicciones, surge de la insatisfacción en el vislumbre de otras alternativas y ayuda a la toma de conciencia de lo realmente sustantivo de la vida”. (Vygotsky, 2006).

[1] Angie Paola Montenegro Velasco. Maestra en Artes plásticas. Hizo parte de la convocatoria Imagen Regional 9, del Banco de la República. Sus exploraciones giran en torno a la estética de los productos que componen la canasta familiar de la clase popular.

[2] La exposición puede ser visitada en el Centro Cultural del Banco de la República en la ciudad de Manizales hasta el próximo 4 de febrero. Información en: https://www.banrepcultural.org/manizales/actividad/imagen-regional-9-territorios-guardianes

Bibliografía

Corabastos. (30 de Diciembre de 2022). Corabastos. Obtenido de Corabastos: http://boletin.precioscorabastos.com.co/

Departamento Nacional de Estadística. (Diciembre de 2022). DANE. Obtenido de DANE: https://www.dane.gov.co/

Velásquez, J. T. (30 de Diciembre de 2022). La inflación llega a 12,53%, el desempleo a 9,5% y el PIB avanza hasta 7,1%. Diario La República.

Vygotsky, L. (2006). Psicología del arte. Barcelona: Grupo Planeta (GBS).

* Profesional en Gestión Cultural y Comunicativa de la Universidad Nacional. Especialista en Gerencia de proyectos.

Una ventana frente a la fugacidad del Paisaje

La obra pictórica de Oscar Naranjo.

En el Taller del Artista, la ventana revela los vertiginosos lienzos que los días van dibujando frente a sus ojos, cargados de sugerencias, de desafíos, de derrotas estéticas o júbilos creativos, entre los cuales el artista va recopilando sus apuntes, sus matices, sus observaciones, para llevarnos a la obra propia, no como copia o reproducción, sino como reinterpretación y fusión interior.

Repasar la obra pictórica de Oscar Naranjo es reencontrar las variadas manifestaciones de un paisaje que nos identifica entre tantos entornos naturales del país; es recuperar nuestros cielos cambiantes, de azules intensos y grises borrascosos; es recorrer con deleite estético las insinuaciones del lienzo, que se van apropiando de lo múltiple del espacio inconmensurable, que por el trazo definido deja de ser realidad intangible y lejana, para humanizarse en la creación, enfrentada siempre al capricho de los elementos y a la ferocidad de su influencia.

En el legado de Oscar Naranjo hay una crónica visual de nuestros paisajes locales, una especie de reflexión pictórica del artista frente al entorno que habitó con regocijo y curiosidad durante tantos años, que nos enseña a mirar otra vez lo que creemos conocer, lo que miramos sin comprender por cotidiano y habitual, lo que acaece frente a nosotros sin la complicidad de nuestra emoción o el estímulo de nuestro asombro.

En su obra está, por ello, la fuerza inquietante de nuestro territorio; la presencia majestuosa de nuestras emblemáticas montañas; la callada pregunta por la correspondencia entre el ser humano y la naturaleza que lo sustenta y lo abruma; siempre el anhelante trazo en el manejo de la luz, el color y las atmósferas de sus desaforados atardeceres, que nos remiten –en esa perspectiva suya sobre la historia del Arte– a la invención del concepto de paisaje en Occidente, como  ventana que enmarca e ilumina.

En los ocasos, el artista meditaba frente a su ventana las labores del día, los temas de sus lecturas, los diálogos del Taller, sus vicisitudes como creador, buscando en la última luz de cada jornada los juegos cromáticos que fugaces aparecían y desaparecían en el horizonte, en esa evanescencia del tiempo vivido que finalmente se hace perceptible en su obra, gracias a la interiorización de su experiencia estética y a una sensibilidad peculiar que logró tantos equilibrios en sus lienzos, entre el sentimiento, la imaginación y el trabajo obsesivo.

No en vano sus palabras manifiestan su deuda creativa con nuestra ciudad:

A Manizales he querido darle lo mejor porque me ha brindado sus paisajes, sus atardeceres heredados de
su color, nevados y cordilleras que cantan a diario su reciedumbre y agresividades inconmensurables.

Un artista, aunque lo mueve un tema dominante, es un explorador que navega entre diferentes puertos, los bodegones, los quijotes, las batallas y muy especialmente el mundo taurino por su color y movimiento, fueron para Oscar temas recurrentes.

Dentro de ese vasto mundo de la expresión los momentos de introspección muda, la música y la poesía fueron su tabla de salvación, cabe recordar en una de las etapas de búsquedas, la cercanía que tuvo con el Canto General de Pablo Neruda, la obra de esta etapa se caracteriza por una tonalidad oscura, con figuras que brotan del fondo o paisajes en colores tierra con delicadas espigas en el primer plano, las cuales brotan y sus semillas germinan como un resurgir en una explosión de color que se manifiesta en su obra posterior.

*Artista Plástica.

Texto del catálogo de la exposición abierta en el Museo de Arte de Caldas.

Teatro Los Fundadores. Piso 1.

Entrada libre.

¿Hace ruido una mata de un vivero de Samaná al caer si nadie está ahí para escucharla?

Tres exposiciones se inauguraron en tres sitios de Bellas Artes (la Pinacoteca, la Rotonda y el Galpón) el día martes 18 de octubre en el marco del XXI Festival Internacional de la Imagen. La primera, titulada: “Cortina de Ruido” y ubicada en la Pinacoteca, es una obra instalativa del artista Juan David Duque Ocampo en la que se presenta un dispositivo, similar a unas persianas verticales hechas con cuadrados de madera unidos unos con otros, junto con un vídeo en donde se enseña el proceso de su manufactura. El artefacto se activa por medio de un sensor puesto en el umbral de la sala en la que se ubica, el cual envía una señal al dispositivo cuando algo se mueve en su campo de visión, produciendo el movimiento de las ‘persianas’ y de cada una de sus partes que resultan chocando entre sí y generando un sonido, al principio hipnótico, casi relajante, que se torna en un molesto ruido entre más tiempo pasa y más iteraciones se presencia. La pieza plantea una reflexión en torno al ruido y su existencia ligada al movimiento, a la vida: si la sala se queda sola la pieza no se acciona y reina el silencio. “Cortina de Ruido” resulta siendo una forma curiosa en la que el artista replantea el conocido cuestionamiento de “si un árbol cae en un bosque y nadie está cerca para oírlo, ¿hace acaso algún ruido?”, ofreciendo su respuesta: sólo hay ruido si hay alguien ahí para oírlo.

“Yerberito” es el segundo de los productos expositivos lanzados el martes en Bellas Artes. Aunque pueda parecer que esta exhibición se halla emplazada en la Rotonda, los dibujos de plantas, las macetas con plantas y el televisor distribuidos en dicho espacio circular no son más que la superficie de un proyecto alojado principalmente en la internet: un herbario en el que se habla de doce plantas y de sus usos medicinales, cuatro videos en los que varias mujeres hablan desde la biología y la tradición, el cultivo y la comercialización sobre las plantas y, por último, el registro de una video instalación. Aunque, eso sí, la muestra presencial ofrecía una deliciosa aromática con hierbas, manzana, maracuyá y uvas que, claramente, resultaba exclusiva de la exhibición física.

Por último, el Galpón de Bellas Artes albergó una serie de propuestas que iban desde lo documental a lo performático. En “Soñando Presentes” se habla de la memoria histórica de un par de corregimientos del municipio de Samaná, Caldas: San Diego, del que se reflexiona en torno a la figura histórica del padre Daniel María López quien participó en la fundación y consolidación del corregimiento; y Encimadas, para el que se proponen una serie de entrevistas y fotografías en las que se conversa sobre conceptos como el hogar, el apoyo y la resistencia. “Animales en la Guerra”, localizada también en el Galpón, es un videoperformance en el que unos jóvenes de Sucre meditan sobre cómo el conflicto armado afectó, no solo la vida de las personas habitantes de las zonas de guerra, sino también la de los animales que vivían en dichos territorios. Y aunque según la programación, “Mujeres Cocineras de Ideas” estaba agendada para ser presentada también en el Galpón, no se habló de ella durante el recorrido presentado.

Ahora, habiendo visto tales exposiciones queda la duda: ¿será que hace ruido una mata de un vivero de Samaná al caer si nadie está ahí para escucharla?

*Estudiante Artes Plásticas. Universidad de Caldas.

¿Qué hay del telón de boca del Teatro Los Fundadores del Maestro Luciano Jaramillo?

Con el autor de este artículo nos preguntamos ¿Qué hay del telón de boca del Teatro Los Fundadores del Maestro Luciano Jaramillo? Y agregamos ¿Por qué no lo volvieron a exhibir al público? ¿Está en buenas condiciones? Este texto nos ayudará a conocer y entender el inmenso valor patrimonial de esta joya del artista nacido en Manizales (Noviembre 29 de 1938 – Bogotá, diciembre 1984).

EL TELÓN DE FUNDADORES

Estaban en la fase final de la construcción del Teatro Los Fundadores (1964-1965). Mientras el arquitecto Jorge Gutiérrez Duque dirigía la construcción, Fausto Galante y Doménico Parma hacían cálculos, el ingeniero Alberto Montes Sáenz se dedicaba a la interventoría; algunos de estos arquitectos: Hernando Arango G., Germán Arango L., Jorge Arango Uribe, Gonzalo Botero J., Alfonso Carvajal E., Hernando Carvajal E., Enrique Gómez G., Roberto Vélez y Agustín Villegas B se movían de un lado para otros e impartían órdenes, el Maestro Luciano Jaramillo pintaba el telón de boca.

Por otro lado, instalaban las tramoyas y equipos especializados diseñados por el ingeniero alemán Wolfang Hannemann; los trabajadores del belga Paúl Parent extendían las instalaciones eléctricas, tableros de control y fosos móviles y los enviados de Akoestach Advies Bureau, de la Phillips, de Holanda probaban la acústica.

En silencio, Guillermo Botero ensamblaba en las paredes sus magníficas tallas sobre la colonización de Manizales mientras que Luciano Jaramillo, trepado en un andamio, como un Miguel Ángel rejuvenecido, pintaba el telón de boca para el escenario central.

En mi memoria quedó grabada aquella visión como si estuvieran construyendo una nueva Capilla Sixtina o la fastuosa Ópera de París. Febril entusiasmo y admirable acoplamiento de un grupo de profesionales guiados por una causa noble y común a ellos.

Ese Luciano Jaramillo, encaramado en ese andamio, era el mismo que había representado a Colombia en la Bienal de Sao Paolo (1963), había expuesto con Antonio Roda y Augusto Rivera, en 1964, y quien, a pesar de su juventud, había colgado sus obras en galerías de Estados Unidos, otros países suramericanos y Colombia.

El telón, con una superficie de 162 metros cuadrados de lienzo pintado en tonos ocres, se descubrió al público asistente a la ceremonia inaugural del Teatro Los Fundadores el 22 de octubre de 1965, acto en el que el Maestro Jorge Zalamea leyó, de viva voz, El Sueño de las Escalinatas.

La temática del telón de boca es una soberbia alegoría del teatro griego. No es un simple telón. La obra de Luciano Jaramillo pintada para Fundadores, como vimos arriba, hace parte integral de la obra arquitectónica y se gestó al mismo tiempo que el resto de la estructura. No fue comprada a última hora, ni mandada a traer para decorar un espacio. Se trata, si se quiere, de un elemento estético relacional e irremplazable.

Los caldenses, en general, sienten que este magnífico lienzo hace parte de su patrimonio cultural y por eso tienen las siguientes preguntas para que los encargados del Teatro Los Fundadores las respondan: ¿cuál es su estado de conservación?, ¿hay que restaurarlo?, ¿quién estaría en capacidad profesional y técnica para acometer semejante compromiso y quién sufragaría los costos?

Se supone que quienes, en la década de los noventa del siglo XX, cambiaron el telón de boca de Luciano por otra cosa con discutible valor en cuanto a creatividad artística, no conocían el gigantesco valor para el arte colombiano de ese lienzo. Fue como cambiar el baldaquino de la catedral por una simple mesa de altar de menor trascendencia. Sustituir la obra de Luciano Jaramillo ha sido un atentado cometido contra el Arte (con mayúsculas) para instalar una obra de arte (con minúsculas).

LUCIANO JARAMILLO, ARTISTA MAYOR DE CALDAS
A estudiosos del arte moderno en Colombia ha intrigado por qué, en la década de los sesenta del siglo XX, Luciano Jaramillo no disfrutó el nombre y la gloria que compartían otros artistas de la plástica, también de provincia, (eran de Medellín, Cartagena, Pamplona, Popayán, dos españoles de origen y un peruano), recién llegados a la capital del país, en donde se conocieron, compartieron ocio y juicios de la papisa Marta, fuera de que disfrutaban de una juventud y unos arreos no muy diferente que los suyos.

Los otros colegas nacieron alrededor de los años treinta, como Luciano (1938), el más joven de esa camada, con Luis Caballero, viajaron al exterior a estudiar como lo hizo el caldense cuando estudió en París (1951-1958); regresaron y se dedicaron a enseñar lo que habían aprendido, como Luciano y Luis Caballero a la sombra de Roda, en la Universidad de los Andes; a participar en el prestigioso Salón Nacional, como lo hizo Luciano, en los años 1958,1959,1961,1962,1964, y a producir sin descanso un cuerpo de obras de sobresaliente valor artístico.

DENTRO DEL EXPRESIONISMO

Luciano Jaramillo se puede ubicar, con mucha holgura, en la prestigiosa escuela del expresionismo alemán, que, en Colombia, tuvo aventajados discípulos de la talla de Norman Mejía, Carlos Granada, Manuel Camargo y Leonel Góngora con las variaciones que los diferencian e identifican.

El mirar atrás de los jóvenes artistas colombianos llevó a Marta Traba a hablar de los sesenta como la década de los artistas menos convencionales del país. Ellos no se lanzaron al vanguardismo sino que continuaron como discípulos de sus maestros en París, Madrid, Londres, Nueva York. Otros jóvenes recurrieron al expresionismo alemán vigente en la primera mitad del siglo XX para investigar, aproximarse y experimentar con los movimientos de arte internacional en el hemisferio norte, para realizar su propia obra en un ambiente sofocante como era el trópico.
Con contadas excepciones, los anteriores expresionistas centraron su trabajo creador en la figura humana más que en paisajes, naturalezas muertas, objetos independientes, escenografías atiborradas de personajes y muebles, hazañas históricas para exaltar nacionalismos o recrear situaciones. Hicieron retratos expresionistas al estilo de Francis Bacon.

La mayor parte de las obras se presenta en ambientes provocadores que convierten al espectador en un auténtico voyerista de situaciones no tratadas en estos medios pacatos o poses salidas de las normas tradicionales. Hay que observar, por ejemplo, el sensual movimiento de los pies de la mujer en Striptease o la forma como se desnuda ante los dos viejos verdes que seguramente la han invitado.

En la mayoría de las obras el fondo es difuso; no confuso. Edward Munch es uno de los grandes maestros del expresionismo que se preocupó por hacer la escenografía minuciosa del lugar o, como en sus obras básicas, corrientes de aire de colores vivos que sobrecogen por el frío glacial que transmiten. James Ensor diluyó ese fondo en los que ubicó las figuras grotescas o dolientes. Ernst Kirchner empasteló de colores vivos lo que serían pisos en los que resaltan sus mujeres elegantemente vestidas.

Luciano Jaramillo estudió con dedicación las escuelas de arte moderno y sus principales representantes arrancando con Matisse hasta los agresivos expresionistas. Si fuese posible extraer con bisturí ciertas influencias diríamos que tiene de Ensor las figuras grotescas y de Nolden y Kirchner los fondos difuminados.

Fotografía del telón de Carlos Pineda.

*Escritor.

Salón de Artistas se toma Centro de Innovación para Caldas

El Salón Nacional de Artistas eligió al Centro de Innovación para Caldas de la Universidad de Caldas, ubicado en La Dorada, como una de las residencias para la instalación, durante el segundo semestre de 2022, del programa de exposiciones y proyectos de “Inaudito Magdalena” que se llevará a cabo en diferentes territorios de la cuenca del Río Magdalena y estará compuesto de exposiciones en sala, estaciones puerto, obras en espacio público y un programa alterno audible y de publicaciones.

De acuerdo con los curadores de la exposición, “Inaudito Magdalena” es una apuesta para explorar el impacto de nuestra relación con la naturaleza, sus consecuencias y cómo ha moldeado nuestros cuerpos, nuestro lenguaje y la vida cotidiana y se constituye en un un ejercicio de imaginación de nuevas mitologías, unas que puedan ser capaces de abordar no solo las complejidades que estructuran a Colombia como nación y como sociedad, sino otras ecológicas, sociales y económicas que suceden en todo el planeta.

“Queremos que esta exposición sea muy exitosa y nos permita posicionar no sólo los temas planteados en el centro de innovación, sino también los temas culturales y artísticos”, indicó la vicerrectora de proyección universitaria de la Universidad de Caldas, Patricia Salazar Villegas.

El Salón Nacional de Artistas es uno de los eventos culturales más antiguos del país, creado en 1940 como un espacio de encuentro entre los artistas y los públicos. A comienzos del siglo XXI se reformuló su estructura de manera que desde la versión 40 ha sido el resultado de procesos de investigación curatorial que han involucrado componentes de formación así como publicaciones diversas.

Alimento para el futuro: sobre En Razón de las Tumbas

 “AZADAS” reza la inscripción en la cara superior de un hexaedro color cian. Contrario a lo aludido por dicho epígrafe, sobre el poliedro no se disponen un grupo de herramientas concebidas para labrar la tierra: una vasija de arcilla, tono melocotón claro, con los números veintiocho, cuatro y dos mil veintiunos grabados en su cuerpo y una roca clavada en su costado derecho, corona al paralelepípedo azul. Mientras que los dígitos hacen referencia a la fecha en que dio comienzo el Paro Nacional 2021, una de las mayores movilizaciones sociales de la historia reciente de Colombia, no queda claro cuál es la lectura que se debe de hacer respecto a la roca: ¿es acaso una metáfora sobre la fuerza de las protestas o es, simplemente, un adorno?

“ARTEFACTOS LÍTICOS” dice el rótulo de un cartel donde se habla acerca del papel de la piedra en el antiguo pueblo Quimbaya (la civilización indígena que habitó la región media del Río Cauca durante los siglos previos a la conquista española). A la izquierda de dicho afiche se ubican un par de escaparates que exhiben decenas de elementos pétreos precolombinos y, junto con un grupo de lascas, hachas, maceradores, raspadores y media docena de azuladas bases hexaédricas, a la vasija del Paro Nacional 2021. Como es de esperar, la información compartida en el cartel enriquece la apreciación de los objetos líticos Quimbaya de las vitrinas al brindar datos sobre su creación, períodos a los que pertenecen y funciones que cumplían en el día a día; más el efecto resulta ser contrario en el caso del recipiente melocotón pues el póster no sólo resalta su impropiedad temática, también hace que se ponga en duda la pertinencia de su inclusión: ¿qué sentido tiene incorporar una pieza contemporánea sobre el Paro Nacional 2021 en un sector enfocado en los usos de la roca en la antigua cultura Quimbaya?

Personalmente nunca había visto u oído sobre alguna propuesta con un montaje similar, a nivel local y regional, al planteado dentro de la última exposición artística dispuesta en el Centro de Museos de la Universidad de Caldas: “En Razón de las Tumbas” del artista Alejandro Valencia. Inaugurada el pasado 16 de septiembre y por medio de una serie de más de cincuenta obras, entre las que se cuentan esculturas modeladas en arcilla, collages hechos con hojas de árboles y páginas de libros con dibujos en barro, “En Razón de las Tumbas” habla sobre la tierra, materia prima para la vida, el territorio y la conexión e importancia de ambos conceptos en la construcción de la historia nacional. En su marco se plantea una inesperada intervención a las tres galerías que el museo universitario destina para albergar exhibiciones científicas (las salas de Arqueología, Historia Natural y Geología & Paleontología) con una parte de las obras de arte traídas, las cuales, debido a la necesidad de mantener en todo momento disponible la oferta de divulgación científica del Centro de Museos, terminan expuestas junto a fósiles de miles de años de antigüedad, animales disecados y productos de orfebrería Quimbaya, entre otros valiosísimos artículos; pero, no contento con esto, “En Razón de las Tumbas” multiplica el desconcierto, y por ello mismo la novedad, al no definir fronteras entre las piezas que ingresa y las piezas que ya estaban presentes en las galerías, una elección atrevida, aun cuando las obras de arte contemporáneo resultan ser fácilmente distinguibles de los elementos regulares de las muestras científicas, al tratarse de objetos de exposiciones diferentes, creadas por sujetos distintos y con objetivos y temáticas dispares. El resto de piezas de “En Razón de las Tumbas” se reparten entre la sala Temporal (el espacio del Centro de Museos tradicionalmente encargado de acoger las muestras itinerantes) y los pasillos y escaleras del museo universitario, lo que hace del proyecto no sólo un producto con una puesta en escena innovadora, sino una de las más grandes (en términos de espacios abarcados) intervenciones artísticas exhibidas en las instalaciones del Centro de Museos de la que se tenga memoria.

Vale la pena entonces, al disponer de una idea más o menos concreta de lo planteado en la exhibición artística, retomar la duda central de uno de los cuestionamientos formulados al inicio de este texto y preguntarse de nuevo: ¿qué sentido tiene incorporar obras de arte contemporáneo en exposiciones de contenido científico? El texto curatorial de “En Razón de las Tumbas”, facilitado en la entrada de la sala de Arqueología, señala:

“El proyecto EN RAZÓN DE LAS TUMBAS del artista Alejandro Valencia explora las relaciones entre la tierra y el territorio como aspectos importantes de la identidad colectiva de Colombia utilizando el museo como un dispositivo de memoria.

La exposición involucra las colecciones de Arqueología, Geología e Historia Natural del Centro de Museos de la Universidad de Caldas estableciendo diálogos entre el pasado y el presente, que cuestionan las formas en que se originan las narrativas de nuestra historia” (Valencia, 2021).

A pesar de su uso de verbos ambiguos, el segundo párrafo del escrito ofrece una, aunque vaga, respuesta a los motivos tras la inclusión de las obras de arte en las exposiciones científicas al mencionar que “En Razón de las Tumbas”: “(…) involucra las colecciones de Arqueología, Geología e Historia Natural del Centro de Museos de la Universidad de Caldas” con el objetivo de “(…) establecer diálogos entre el pasado y el presente, que cuestionen las formas en que se originan las narrativas de nuestra historia”. Sin embargo, tales palabras provocan, a su vez, el surgimiento de nuevos cuestionamientos en torno a un grupo de objetos, entre ellos la vasija del Paro Nacional 2021, que, pese a hacer parte del proyecto artístico, no parecen interesarse por “involucrar y dialogar” con los elementos de las colecciones del museo universitario; y es que, aun cuando es normal toparse dentro de un producto expositivo con un par de piezas que dan la impresión de no ir en la misma línea de intereses del conjunto (al fin y al cabo las exposiciones son ejercicios investigativos, de un fuerte componente teórico y cuyas decisiones curatoriales son a veces, por su naturaleza, confusas y cuestionables), luego de recorrer “En Razón de las Tumbas” queda claro que no se está tratando únicamente con “un par” de obras desentendidas de los objetivos compartidos en el escrito curatorial.

“ACUERDO FINAL PARA LA TERMINACIÓN DEL CONFLICTO Y LA CONSTRUCCIÓN DE UNA PAZ ESTABLE Y DURADERA” dice la frase entallada en el cuerpo de un recipiente de arcilla. Hallado a poco más de tres metros del afiche sobre artefactos líticos Quimbaya, dentro de una vitrina que sólo le alberga a él, el recipiente se caracteriza por tener motivos romboidales levemente impresos en su superficie y múltiples huecos y grietas que se reparten por toda su figura, además de por su clara referencia a los acuerdos de paz pactados entre el Gobierno colombiano y las extintas FARC. El recipiente del Acuerdo, así como la vasija del Paro Nacional 2021, resulta temáticamente bastante ajeno a la narrativa Quimbaya de la sala donde se ubica; si a ello se le suma lo directo de su mensaje crítico sobre la implementación de los Acuerdos de Paz y su lejanía del resto de elementos exhibidos en la galería, se tiene una obra que, aunque hace parte del inventario de “En Razón de las Tumbas“, no transmite ningún tipo de interés por crear lecturas conjuntas con la colección, en este caso, arqueológica del Centro de Museos.

Algo similar sucede con un grupo de piezas de arcilla con forma de semillas cortadas coronalmente y con letras en relieve que sobresalen de uno de sus lados, expuestas en la sala de Geología & Paleontología. Las “semillas” se ubican en un sector de la estancia en el que, a través de la interacción del espectador con ciertos objetos, se busca divulgar algunas de las propiedades físicas y químicas de los minerales. Por desgracia, estas no solo no aprovechan la cualidad lúdica de dicho espacio como medio para fortalecer la propagación de sus contenidos, tampoco da la impresión de importarles entablar diálogos con las colecciones del museo universitario, teniendo en cuenta su concienzudo distanciamiento de las piezas geológicas y paleontológicas que se exponen en la sala y su expresa ajenidad a los temas planteados a su alrededor.

Composiciones hechas con hojas de árboles, un rodillo con una inscripción que clama “NOMASMASACRES” y un ala gigante modelada a partir de tierra. Pero también un conglomerado de vasijas con la palabra “AUTOARQUEOLOGÍA” grabada en su corteza y un conjunto de figuras antropomorfas con “NUDAVIDA” inscrito sobre ellas: todas se unen al listado de piezas de “En Razón de las Tumbas” aparentemente indiferentes a las ideas de “involucrar y dialogar” con su entorno; una lista que, a medida que se recorre la propuesta, se hace más y más larga. Y es que el desdén de las bases teóricas del proyecto va, incluso, más allá de las obras de arte: el folleto de la muestra artística, en el que se facilita un plano de las salas del museo universitario junto con el listado de todas las creaciones participantes, sugiere un recorrido, dictaminado por el orden ascendente de los números asignados a las piezas, en el que no se nombra ni se invita a interactuar con ningún elemento distinto a las obras de arte traídas por “En Razón de las Tumbas” y, dado que también se ofrece la ubicación exacta de cada una de las creaciones, queda claro que las temáticas tratadas dentro de las exposiciones científicas y los objetos de las colecciones de la Universidad de Caldas no fueron considerados como relevantes al momento de la concepción del folleto. Pero entonces, ¿por qué ingresar piezas de arte contemporáneo dentro de exposiciones consolidadas si a estas se les ve únicamente como una bonita decoración de fondo?, ¿no hubiese sido mejor, y más efectivo, exhibir “En Razón de las Tumbas” de manera convencional en una galería vacía?

Ahora, ¿y qué sucede con las piezas pertenecientes a “En Razón de las Tumbas” que sí dialogan con las colecciones de la Universidad de Caldas?

“Figura antropomorfa extrajudicial” es el título de una obra, exhibida en la sala de Arqueología, compuesta por una escultura de arcilla de forma humanoide y una varilla de metal que le atraviesa por la mitad. La figura tiene una cifra grabada en su parte posterior, “6402”, que hace referencia al número aproximado de víctimas entre los años 2002 y 2008 de los llamados “falsos positivos”, civiles asesinados por militares que luego los hacían pasar por guerrilleros dados de baja en combate. A la derecha de la pieza se halla un cartel titulado: “CAUCA MEDIO SIGLO XVI”, donde se menciona brevemente el genocidio sufrido por los Quimbaya a manos de los españoles, con el mariscal Jorge Robledo a su cabeza, durante el arribo de estos al valle medio del rio Cauca a lo largo del siglo XVI. A diferencia de la clara desconexión temática entre la vasija del Paro Nacional 2021 y el afiche de los artefactos líticos Quimbaya, tanto la obra sobre los Falsos Positivos como el cartel sobre las víctimas de la Conquista tocan el asunto de la violencia en el territorio nacional, lo que lleva, con su apreciación conjunta, a reflexionar sobre la persistencia de este tipo de hechos en el país: ¿cómo es que, con el pasar de los siglos, Colombia sigue siendo un territorio donde prevalece la violencia? Se produce así lo que “En Razón de las Tumbas” describe en su texto curatorial como “un diálogo entre el pasado y el presente” que legitima a la novedad de incorporar obras de arte contemporáneo en exposiciones científicas como algo más que una ocurrencia sin valor conceptual. Pero, ¿por qué la figura logra entablar un diálogo con su entorno si, hasta el momento, gran parte de sus compañeros habían, a simple vista, fallado?, ¿se deberá simplemente a la conexión temática entre la obra y el afiche? Quizás comprender cómo se logró tal diálogo dejaría ver ciertas uniones entre las obras de arte y los objetos científicos en las que no se había reparado (o que a lo mejor habían sido malinterpretadas).

En su texto: “Desde la mirada del arqueólogo-curador. La construcción de los guiones de la región del Cauca Medio y el Vuelo Chamánico para el Museo del Oro 2004”, María Alicia Uribe Villegas, actual directora del Museo del Oro, comparte su experiencia al momento de construir el guion museográfico de las salas del Cauca Medio y el Alto Cauca y del Urabá y el Chocó en el Museo del Oro de Bogotá, y propone lo siguiente:

“Los objetos arqueológicos ‘hablan’ por los significados que los investigadores hemos puesto en ellos. Sin las interpretaciones científicas las colecciones sugieren poco o nada, aunque estas interpretaciones a su vez han sido elaboradas a partir de los objetos y otros tipos de evidencias” (Uribe, 2004, p.41).

Aunque Uribe habla sobre artefactos arqueológicos, y por ende sobre colecciones de ese mismo tipo, su idea de que “los objetos arqueológicos ‘hablan’ por los significados que los investigadores han puesto en ellos” y “sin las interpretaciones científicas” dichos objetos “sugieren poco o nada” puede generalizarse, tratándose en ambos casos de productos de ramas de la ciencia, a: “los objetos de colecciones científicas ‘hablan’ por los significados que los investigadores han puesto en ellos” y “sin las interpretaciones científicas” estos “sugieren poco o nada”, ¿o es que un trozo de piedra con visos verdosos, un montón de huesos o un animal disecado le comunican algo, más allá de lo superficial, a un espectador sin conocimientos especializados?, ¿no requerirán también, como lo menciona Uribe, de “interpretaciones científicas elaboradas a partir de los objetos y otros tipos de evidencias”?  Es así que, según lo expresado por Uribe y teniendo en cuenta que al buscar “involucrar y dialogar” con objetos de una exposición científica se debe trabajar bajo las dinámicas y lógicas propias de esta, para que las obras de arte incorporadas pudiesen generar lecturas conjuntas con las colecciones de la Universidad de Caldas estas deberían de trabajar con “los significados e interpretaciones científicas que los investigadores han puesto en” las piezas de las galerías en las que se adentran. Es por ello que la figura de los Falsos Positivos, al tratar conceptos sobre la violencia que conversan con “los significados que los investigadores han puesto en” el afiche de los estragos de la Conquista, logra conectar con su entorno y generar una lectura conjunta que no existiría si la obra hubiese sido exhibida en una estancia, por defecto, vacía; y objetos como la vasija del Paro Nacional 2021, el recipiente de los Acuerdos de Paz y las “semillas”, por mencionar algunos, resultan ajenos no sólo porque ignoran “los significados que los investigadores han puesto en” las salas y colecciones del Centro de Museos, sino porque buscan generar sus propios “significados” yendo en contravía del objetivo de involucrar a su entorno.

Y es que, aun después de entender el cómo una pieza como “Figura antropomorfa extrajudicial” conversa con la narrativa de la sala de Arqueología, y de que, al volver a reexaminar el inventario de obras de arte de “En Razón de las Tumbas” incorporadas en las exposiciones científicas, surgieran un par de creaciones que generan “un diálogo entre el pasado y el presente”, como “Urna funeraria para líderes No.1” que provoca una reflexión sobre el asesinato de líderes sociales en Colombia a través de la apropiación de “los significados que los investigadores han puesto en” las urnas funerarias Quimbayas, es claro ya en este punto que solo una pequeña minoría de las obras de arte de la propuesta intentan siquiera “involucrar y dialogar” con los elementos y narrativas de las exhibiciones en las que ingresan. Pero entonces, si el producto artístico está, a fin de cuentas, tan alejado de los objetivos relacionales planteados en su texto curatorial, ¿qué es lo que termina por ofrecer?

“UN ESPACIO QUE SE COMPARTE”. Encima de la frase el dibujo de una colina en la que se asienta una vivienda Quimbaya en ruinas. Al fondo la silueta negra de unos edificios entre los cuales una iglesia que, a juzgar por su tamaño en contraste con las construcciones del conjunto y el contexto en el que se inscribe la imagen, representa a la Catedral Basílica de Nuestra Señora del Rosario de Manizales. A unos tres metros a la izquierda de este cartel hay otro con la misma oración al que se le suma más texto, con la intención de precisar lo que el póster reproduce: “UN ESPACIO QUE SE COMPARTE VIVIENDA PREHISPÁNICA TÍPICA”; en este caso se muestra la figura de una colina con guadua plantada en sus suelos, en medio de la que se erige una choza Quimbaya, en el fondo una línea punteada sugiere el contorno de unos edificios y una iglesia, la Catedral de Manizales, que no terminan de estar allí.

Los dos afiches hacen parte de la exhibición de la sala de Arqueología. Su intención es la de brindar un soporte esquemático a un párrafo estampado en un retablo, localizado unos pasos a la derecha del segundo cartel, en el que se habla sobre la relación espacial directa entre la vida y la muerte en las culturas indígenas del Cauca Medio, que tenían por costumbre, como ha sido hallado en excavaciones y documentado en crónicas de la época, depositar en tumbas construidas debajo de sus hogares a sus muertos. No recordaba haber visto estos pósteres en específico en alguna de mis anteriores visitas a las instalaciones del museo universitario, pero en mi segunda pasada por “En Razón de las Tumbas” me fijé en ellos. No fue algo fortuito, la muestra tuvo mucho que ver con el interés provocado en mí por los afiches: al fin y al cabo tanto la frase de la que sale el nombre de la exposición artística como la dupla de carteles tocan temáticas sobre la muerte, el pasado y su papel en la construcción del presente y el futuro. Porque sí, el título de la exposición no sale de la nada, nace de un fragmento, compartido junto con el texto curatorial en la entrada de la sala de Arqueología, del discurso profesado por el caudillo liberal Jorge Eliécer Gaitán en el Teatro Colón de Bogotá el año de 1946:

“(…) el hombre es como las plantas. Que la planta da fruto y flores no por la planta misma, sino por el surco y la tierra donde ha aprendido, y que el hombre y un pueblo no pueden ser grandes y fuertes sino en razón de las tumbas donde tiene el alimento para su futuro” (Gaitán, 1946).

Ahora que, al revisar las exposiciones científicas, se ve a una pareja de azadas de piedra sobre la cara superior del hexaedro color cian con la inscripción “AZADAS”, que el espacio donde se ubicaban las “semillas” de arcilla se encuentra vacío, que no hay más piezas de “En Razón de las Tumbas” repartidas por el Centro de Museos, se puede con seguridad afirmar que, aun con todos sus fallos e inconsistencias, el espíritu subversivo e innovador del proyecto artístico que se atrevió a experimentar con una nueva forma de exponer obras de arte, seguirá presente dentro del museo universitario. Pues al final el Centro de Museos no es más que un cementerio lleno de tumbas que, a su vez, alimentan a un hermoso jardín donde, muy probablemente, surgirán nuevas propuesta que perfeccionen lo planteado por “En Razón de las Tumbas” para, en este caso, estimular la reflexión en torno a nuevas formas de plantear muestras artísticas dentro de los espacios museísticos.

REFERENCIAS

Gaitán, J. (1946) Discurso de la Candidatura Liberal Para las Elecciones de mayo de 1946. Bogotá, Colombia.

Valencia, A. (2021) En Razón de las Tumbas [Folleto]

Uribe, M. (2004) Desde la mirada del arqueólogo-curador. La construcción de los guiones de la región del Cauca Medio y el Vuelo Chamánico para el Museo del Oro 2004. Boletín Museo del Oro, No. 52. Bogotá: Banco de la República.

*Estudiante Artes Plásticas. Universidad de Caldas.

Una joya, investigación sobre el YIP

De Carlos Pineda he sido conocido desde hace años, desde antes de emprender su vida académica y profesional por fuera del país. Desde su regreso, y ambos vinculados a los estudios para sustentar la declaratoria del Paisaje Cultural Cafetero, por la UNESCO, he estrechado con él algo la amistad y acrecentado mi admiración por el gran fotógrafo que es. Se ha convertido en quien mejor ha plasmado el Paisaje Cultural Cafetero, tema que domina y retrata con soberbia belleza en sus fotografías. Es ahí en donde el YIP aparece como ese magnífico elemento cultural de la producción cafetera y su economía.
Ahora, para mi sorpresa, nos regala este magnífico libro que esta semana anunciara por las redes. Contacté a Carlos de inmediato, me lo vendió y con sólo mirar la tapa, empieza uno a quedar cautivado. Atrapa por la magnífica estética del libro, por la copiosa presentación de las ya bien ponderadas fotos, pero, además, por el consistente desarrollo del texto. Queda uno admirado por advertir que se trata de una verdadera investigación sobre ese maravilloso vehículo que es el Jeep Willys. Nos lleva a entender su historia, que comenzó concebido como un medio para la guerra (como tantos otros descubrimientos y desarrollos científicos y tecnológicos con que cuenta la humanidad) para luego, en su proceso evolutivo de muchas etapas, convertirse en ese magnífico vehículo. Ha sido aclamado por su utilidad en la agricultura y para la vida familiar, y galardonado más de una vez por la belleza de sus diseños sucesivos.
Es este libro pues, una joya por su contenido, pero también, repito, por su esmerado diseño visual, por lo creativo y novedoso. Debemos agregar que presenta un texto muy bien redactado, que se lee como un relato ameno casi novelado, con la adicional cualidad de ser preciso y de extensión justa. ¡Felicitaciones y gracias, Carlos!!!
Enero 7 de 2022

Deuda V

Nadam Guerra, Artista Mago II

 Es una pregunta que se hace a sí mismo ¿cómo hacer para no encajar del todo? Estuvo trabajando con teatro, esto lo llevó a espacios de performance y ahí pasó a hacer cerámica. Estoy hablando del comienzo de su carrera. Solo después hizo trabajo autoral y ya este trabajo no cabía en el teatro. Ahí formó grupo UM con Domingos Guimaraens, y llevaron a cabo proyectos como el Cinema Manual, proyecto de sombras. Las personas comenzaron a identificarlos como performance, el objetivo era organizar eventos juntos, invitaban grupos de artistas, el trabajo artístico (esto me interesa muchísimo pues es algo que también he hecho con amigues en colectivos a lo largo de mi carrera profesional, y que es una instancia estética bellísima basada en la solidaridad y la reciprocidad y en el placer que genera simplemente dar y/o compartir). Se trataba de acompañar y producir el trabajo de otros en eventos, o sea la obra artística se trataba de apoyar o mostrar procesos de otres. Después hizo algunas parcerías (como se dice en portugués) con Domingos, hicieron varios trabajos juntos. Debo aclarar a la lectora que conozco a Domingos de varias situaciones, la última vez que le vi físicamente (de pronto también fue la primera) fue en Nueva York cuando estuvo exponiendo un performance con el colectivo con que trabaja actualmente, llevé una botella de vino que destapamos en Central Park para celebrar.

El doctorado le ayudó a ubicarse en el lugar que están hoy sus procesos de arte. También se guía mucho ahora por los sueños. Lo que hace en YT e IG lo vio en un sueño, el sueño le decía cómo llamarse: artista mago, ese sueño venia de un estudio que venía de la narrativa del mito que estaba trabajando en el proyecto de arte popular y contemporáneo que estaba desarrollando.

Dentro del doctorado tomó una clase de Arte popular que también hablaba de cosmología y tomó otra clase que era Estudio de formaciones cosmológicas. Tomó esa materia en la carrera de Física, y estudiaban cómo se concebía desde la etimología también por ejemplo la creación de mundos, y estuvo estudiando también por esos días artes sacras y teológicas, por ejemplo, arte sacra medieval, tomó elementos de muchos lugares y al mismo tiempo produjo desde estos campos superficialmente, dice. Cuando dice superficialmente Nadam lo hace refiriéndose a que a pesar de que tomó elementos de estos conocimientos y clases, debe aceptar que son conocimientos en sí mismos, cada tema, entonces termina por aceptar que tomó lo que le interesó, dentro de lo que pudo ver al asomarse de manera superficial. Aquí él nos está hablando de estas clases de física, por ejemplo. No de las de Artes, en sus proyectos de Artes Nadam es todo menos superficial. Pero él tomaba elementos de diferentes lugares.

Nos está contando de su historia de cómo llegó a ser un artista mago, de cómo aprendió que los objetos están cargados de energías y son conductores de energía (una noción muy chamánica, metafísica, artística y alquímica, muy Joseph Beuys también).

Para dar un ejemplo de esto Nadam me habla del santo sudario, un objeto falso dice de entrada, pero que precisamente sirve de ejemplo pues tiene efectos en las personas que ponen en él deseo y magia de sus creencias, algo así. En estas dinámicas de lógicas anti lógicas entonces pasan cosas también fantásticas. También emerge indudablemente lo superficial, estéticas pop, como cuando produjo un video montaje donde nos muestra a Madonna dando un testimonio para este proyecto de ficción y así cambiando la vida del objeto del que habla, así Nadam crea mitos, después por ejemplo también entrevista ficcionalmente a un historiador que dio testimonio también y a un astrónomo (estas estrategias de testimonios para mockumentaries me recuerda indudablemente a Zelig, 1983, donde Woody Allen produce falsos testimonios incluyendo el de Susan Sontag. O a Un Tigre de papel, 2008, el falso documental de Luis Ospina sobre Pedro Manrique Figueroa). Este tipo de preguntas y procesos lo llevó a reflexionar sobre la ‘psicomagia’ propuesta o nombrada así por Jodorowsky. Nadam ahora entiende y me cuenta que es otra forma de proceso artístico. Para su tesis doctoral estudió artistas modernos magos o magas y dice que este hecho ‘mágico’ o ‘espiritual’ es, aunque no lo sabemos generalmente, una base espiritual de arte contemporáneo (como ejemplo Nadam ve presente este interés en lo espiritual más allá de la producción de objetos en la Bauhaus). En estos procesos habla de artistas fundacionales como Mondrian o Dalí, estos artistas hablan de procesos rituales y de alquimia, por ejemplo.

En sus estudios Nadam logra identificar un problema y encuentra el conflicto ejemplificado en las formas que proponen escuelas de pensamientos como las de Kant o Marx, por ejemplo, con La estética Kantiana, quien intenta en sus nociones limpiar a les artistas de todo lo que no sea arte ´pura´ y en Marx, por ejemplo, en las narrativas y vidas de los y las artistas ¡incluidos les surrealistas! la magia es excluida o apagada (en portugués así se dice borrar). Esto se da por disputas narrativas, intereses o fuerzas del mercado, históricas, políticas, pero no tanto por los verdaderos intereses de les artistas. Y entonces estas teorías dicen que no se puede hablar de espiritualidades. Nadam concluye: – La Arte (en portugués es femenina) transforma al mundo ¿qué hace la magia? transforma el mundo, de lenguaje, de símbolos, transforma el mundo invisible y así transforma a fin de cuentas el mundo visible.

Yendo más en retrospectiva en el trabajo de Nadam, me cuenta que su mamá organizaba un espacio en Rio que tenía que ver con conocimientos de Osho, cosas espirituales. Cuenta que su mamá le leía una carta de tarot todas las mañanas en el desayuno.

Cuando hace el proyecto en 2008 llamado Materializador de sueños, hacía en cerámica los sueños de la gente. El material que resultó de esto fueron cincuenta esculturas que hizo a partir de cincuenta sueños, después de los primeros diez sueños, notó varias coincidencias, tuvo un sueño que le hablaba, había soñado con la muerte, y justo al día siguiente en un viaje en bus de regreso Curitiba – Rio, el bus chocó, murieron las personas que iban en el carro contra el que se accidentaron. Cuando llegó a Rio notó que no era coincidencia banal, a veces son banales y a veces no lo son. Percibió para sí mismo que cada sueño era como una carta de tarot. Eso lo llevó a crear su baraja, y para este trabajo empezó a tirar las cartas para él mismo y vio qué le salía, y también a otras personas, y ese tarot le empezó a dar material para una clase donde trabajaban a partir de sueños. Terminó diseñando y dictando un curso de lectura de sueños. Allí los sueños son vistos como instrucciones. Impartió un curso en 2017, Cómo hacer su propia baraja. Son formas, medios y estrategias que ven arte desde lo literal. La baraja no deja de ser arte porque tenga una función terapéutica o recreativa. Y así el sueño no deja de ser arte tampoco a pesar de sus funciones o disfunciones.

Ahora Nadam se define públicamente como artista mago y aunque siente que podría ser leído peyorativamente (por el desconocimiento o los preconceptos que se tienen de la magia) ha ido entendiendo y encontrando personas que se interesan o se relacionan bien con el termino como dice él sobre todo después de explicar que Duchamp o Frida Kahlo eran artistas magos. Entonces las personas comienzan a entender de qué se trata, no es el artista como medio, es más como agente de transformación, concluye Nadam.

*Artista Visual.

Uso de la madera en la historia del mueble  

Un capítulo del libro “Eliseo Tangarife, el Miguel Ángel de la Cordillera”,  escrito por el investigador Fernando Macías Vásquez y editado por Hoyos Editores. Una presentación de lujo, coproducida por la Fundación Escuela Taller de Caldas, con profusión de fotografías a color de la obra de este Maestro de la madera, nacido el 13 de octubre de 1866.

Con esta publicación se pretende rescatar y exaltar el legado artístico, concebido y elaborado en Salamina, del Maestro Eliseo Tangarife, quien tras “llevar una vida repleta de privaciones y grandes necesidades, sin sospechar siquiera que estaba inscribiendo su nombre en la página más brillante de la ebanistería nacional y que su lenguaje como diseñador arquitectónico y ejecutor de sus proyectos, sería el cimiento definitivo para que la “Ciudad Luz” fuera propuesta como Monumento Nacional, declarada después como Bien de Interés Cultural del Ámbito Nacional, entrara a formar parte de la Red Turística de Pueblos Patrimonio y reconocida mundialmente, pero que le debe el bronce al inmortal Maestro Tangarife haciéndole honor a su trabajo, a su escuela y a sus discípulos”.

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El origen del mueble de madera puede situarse, según algunos historiadores, en el antiguo Egipto, influencia que es recogida en Grecia, donde evoluciona al ritmo del pensamiento filosófico, apareciendo primero el “Kline” bellas camas para comer acostado y de patas torneadas, del que se deriva el “triclinio”, litera en forma de U en el que se podían acostar tres personas, con lo que se comienzan a llenar las habitaciones de muebles cómodos y bien pensados.  

En el Imperio Romano, el mueble cobra inusitada importancia, apareciendo una extensa variedad de sillas, camas, mesas, arcones, veladores, candelabros, etc. algunos con incrustaciones en bronce, popularizándose el “curul” para los personajes públicos, las mesas soportadas en mármol conocidas como “cartibulum” y armarios pequeños llamados “lararium”.  

La madera fue utilizada en los grandes templos de la antigüedad tanto por egipcios como griegos y romanos, componiendo sus formas en base al uso de la madera. Así, las metopas y triglifos del orden dórico responden a formas arquitectónicas en madera, de la misma manera en que las columnas palmiformes egipcias reproducen los postes rematados con hojas de palmera con las que se delimitaban recintos sagrados o se señalaban tumbas menfitas antes de la III dinastía.  

El mueble paleocristiano-bizantino, especialmente después de la paz de la iglesia (edicto de Milán 313) cuando se construyen nuevos edificios consagrados al culto, son ricamente adornados con tallas y composiciones de arquerías, popularizándose la fabricación de “pyxis” o cajitas para reliquias, produciéndose una simbiosis entre el arte romano y elementos helénicos y orientales a partir de la división del Imperio, apareciendo el  llamado arte románico que tiene aportaciones germánicas, bizantinas e islámicas, caracterizados por la fortaleza y pesadez de los muebles construidos en pino, tilo, nogal, roble y castaño, ornamentados con pinturas y formas esculturales tomadas de la arquitectura, la aplicación  de hierro forjado y marfil, muchos de ellos desarmables para facilitar su transporte, perfeccionándose la ebanistería con el empleo de otros materiales de excelente calidad (ébano, bronces, cobre, nácar y marfil). Proliferan entonces los faldistorios y sitiales para la nobleza y la clerecía, las mesas octogonales o circulares soportadas en un solo pie, los arcones con decoraciones geométricas y estrellas y todo tipo de ajuares de madera.  

Seguirían después, el estilo tardo-gótico, de uso simple y funcional, de limpia construcción en maderas como nogal, roble y pino, herrajes de hierro, guarniciones en cuero y tejido con acabado natural y algunas piezas doradas y plateadas, las sillas denominadas caderas y el cassoné de origen italiano de fácil transportación.  

En España, el estilo Plateresco abarca principalmente la época de Carlos I, permite un renacimiento ornamental en el primer período, predominando los medallones con bustos de perfil, las tornapuntas en “S”, los balaustres y los motivos vegetales con reminiscencias góticas, diferenciándose del segundo período caracterizado por las ordenes renacentistas y la aplicación de columnillas, dinteles, serianas y frontones en un afán perfeccionista y muy rebuscado que domina la segunda mitad del siglo XVI. Los acabados van desde el color natural de la madera, hasta el estucado, el policromado, el dorado y el estofado, técnicas éstas de gran riqueza, aflorado el mueble “bargueño” formado por un arco, con tapa y cajones, sostenido por patas torneadas y decoraciones geométricas en marfil inspiradas en el arte musulmán.  

Ya en la segunda mitad del siglo XVI sobresalen dos estilos: el Manierista, muebles tallados en relieve de gran fidelidad y excelencia con técnicas escultóricas y pictóricas con dorados y cromados y, el “Escorial”, caracterizado por muebles elegantes, complementados con elementos tectónicos como columnas de orden toscano, pilastras estriadas, frontones triangulares, remates en forma de bola o pirámide, volutas en espiral, espejos convexos y cartuchos enlazados.

 

En el testamento de Felipe II se encuentran importantes pistas sobre el mobiliario de esa época construido en acaná y caoba de las Indias y muebles de plata como una cama de 105 kilos de peso. El arca se transforma   con decoraciones renacentistas, presentando dos puertas en su frontal (arca armario) y se inicia la fabricación de escritorios, arquemesas y contadores para complementar el ajuar doméstico.  

Vendría el Barroco que puede dividirse en tres épocas, Felipe III, Felipe IV y Carlos II, cuando se producen obras magníficas como el escritorio que entrega la Junta de Obras y Bosques a la realeza, construido en ébano, marfil, columnillas de cristal y figuras de plata y oro; la cama del rey, de madera de palo santo y bronce. Cabe destacar la aparición del mueble escaparate en España y la importancia de aspectos ornamentales, con frontones curvos, arquerías, columnillas salomónicas y montantes en forma de columna toscana, sin que pierdan vigencia los ornamentos geométricos y el gusto naturista, el aumento de la molduración y la talla y la complejidad del torneado adherido a la influencia portuguesa.  

El etnólogo Xaquin Lorenzo  en su libro Os oficios propone seis tipos de carpinteros : fraguadores: los que se encargaban de la construcción de los carros del país; felleiros: expertos en la construcción de herradas para el almacenamiento de líquidos; carpinteros de rivera: asentados en las orillas de los ríos y encargados de la construcción naval y principales trabajadores en astilleros; cuberos y torneros: encargados de la fabricación de cubas y toneles, como también los que trabajan con tornos; carpinteros de taller: como una síntesis de los anteriores incluyendo a los ebanistas (calificados como la nobleza de todos los carpinteros por su trabajo de maderas finas y elegantes torneados) y carpinteros de armar (trabajan con piezas gruesas y bastas con las que cierran los tejados de las casas preparando así una armadura de madera en la que colocar las tejas o las pizarras).  

Para la comercialización, propiamente dicha, los llamados marquejadores calculaban el largo, el ancho y el grueso de cada madero para marcarlo, según una progresión descendente en sus dimensiones, como totxo, milloria, sisa, madero, quadern, sisè, roden, cabrio, o cabiró. En definitiva, esta relación servía de guía para determinar el precio de cada madero. La documentación refleja con claridad la difusión de una habilidad afianzada, establecida por la frecuencia de los usos, tan determinada que con repetición las medidas adecuadas a cada grado se evadían en los reconocimientos y obstaculizan nuestro examen. Resulta imposible fijar una fecha estricta para su creación, sólo se entrevé un intervalo que abarcaría los siglos XIV y XV, ya que en el primer cuarto del XVI se encontraba vigente y completamente confrontada.

Eliseo Tangarife. Obra del artista Fernando Toro Ceballos. Única imagen que se conoce del Maestro.

Escritor e investigador Fernando Macías Vásquez.

Fotografías del libro “Eliseo Tangarife, el Miguel Ángel de la Cordillera”.