Un libro publicado en España en 1994, cuya novena edición corresponde al 2004 y la última al 2021 para así completar más de una treintena de ediciones, tiene que tener mucho atractivo y es el trabajo que adelanto Javier Marías con su novela Mañana en la batalla piensa en mí. Este magnífico escritor, traductor y editor español, estudió Filosofía y Letras en la Universidad Complutense de Madrid y fue miembro de número de la Real Academia Española desde el 2008 hasta su fallecimiento, nació y murió en Madrid (20 de septiembre de 1951- 11 de septiembre de 2022).
Entre 1983 y 1985 impartió clases de literatura española y teoría de la traducción en la Universidad de Oxford, en 1984 en el Wellesley College y entre 1987 y 1992 en la Complutense de Madrid. Sus obras más notables han sido: Corazón tan blanco (1992), en la que se mezclan novela y ensayo, la cual tuvo un gran éxito y fue traducida a varios idiomas. Su siguiente novela, publicada en 1994, Mañana en la batalla piensa en mí (título tomado de un verso de Shakespeare), recibió importantes premios en Europa y América, como el Premio Rómulo Gallegos (fue la primera vez que este galardón se otorgó a un español) y el Premio Fastenrath, de la Real Academia Española. Sus obras se han traducido a 40 idiomas y se han publicado en 50 países.
El escritor nos hace una inmersión tal que nos parece estar a veces leyendo un tratado psicológico o un análisis de introspección al que nos sometemos con la certeza de salir mejores o al menos procurar serlo. Al recibir el Premio Rómulo Gallegos y referirse a los balances que hacemos de nuestras vidas en las que normalmente analizamos solo nuestros logros y realizaciones como si eso fuera todo, enfatizó:
Y olvidamos casi siempre que las vidas de las personas no son solo eso: cada trayectoria se compone también de nuestras pérdidas y nuestros desperdicios, de nuestras omisiones y nuestros deseos incumplidos, de los que una vez dejamos de lado o no elegimos o no alcanzamos, de las numerosas posibilidades que en su mayoría no llegaron a realizarse –todas menos una, a la postre–, de nuestras vacilaciones y nuestras ensoñaciones, de los proyectos frustrados y los anhelos falsos o tibios, de los miedos que nos paralizaron, de lo que abandonamos o nos abandonó a nosotros…
Nos presenta Javier Marías a un personaje muy singular pues es un escritor fantasma, o sea, quien escribe para que otros sean aclamados, bien sea en discursos escritos, notas periodísticas, guiones cinematográficos o similares. De todas maneras es alguien encantador y así fue como sin pretenderlo resultó el ser ideal de quien se sentía no solo solitaria sino ansiosa de cariño, pues a su esposo lo sentía cada vez más distante.
Tiene el escritor tanto dominio de su oficio que se atreve a presentarnos en el primer párrafo de su libro un hecho tan directo que pensaría uno ya no hay más que leer, pero es tal la maestría que por el contrario nos incita a abordar sus 420 páginas para tratar de entender lo expuesto.
Nadie piensa nunca que puede ir a encontrarse con una muerta entre brazos y que ya no verá más su rostro cuyo nombre recuerda. Nadie piensa nunca que nadie vaya a morir en el momento más inadecuado a pesar de que eso sucede todo el tiempo, y creemos que nadie que no esté previsto habrá de morir junto a nosotros.
El inicialmente agraciado Víctor Francés es invitado por Marta Téllez a su casa en Madrid para una cena romántica en ausencia de su marido, Eduardo Deán, quien ha partido en viaje de negocios a Londres dejándola con su hijo Eduardo de casi dos años, quien ante la presencia de un extraño, se resiste a acostarse. En esas circunstancias llega un momento de vacilación de Víctor, quien se siente más un intruso que un invitado. A todas estas la mujer se siente indispuesta y él trata de calmarla, pero la situación se complica y muere y con ella todas sus ilusiones. Él trata de comunicarse con el marido ausente así ello complique más las cosas, pero no lo logra. No sabe cómo dejar al niño solo, aunque ya esté dormido. Que incertidumbre.
Sabe que Marta muerta ya no podrá decirle nada a sus marido, ni ella podrá escucharle el relato de su viaje, así sea mentira. Con ese cargo de conciencia él trata por todos los medios en acercarse a la familia para saber en que terminó todo y por eso, además de asistir al entierro de incognito, busca la manera de tener contacto con la familia de ella y lo logra. Solo él sabía lo ocurrido pero era incapaz de soportarlo, necesitaba hablar. Mientras tanto. aparecen una serie de reflexiones sobre la vida y su fragilidad, la muerte y sus consecuencias y el papel de cada uno en ese macabro juego. Sería en el cementerio en donde encontró sobre una tumba un escrito que lo interpeló: Cuando hablan de mí no me conocen y al hablar me calumnian; los que me conocen callan, y al callar no me defienden; así, todos me maldicen hasta que me encuentran, mas al encontrarme descansan, y a mí me salvan, aunque yo nunca descanso.
Obviamente era la muerte que así se manifestaba, y nos damos cuenta que a veces tanto esfuerzo en vano, cuántas desavenencias innecesarias, tanta fatiga para no lograr al final nada, en lugar de evitar tanto desgaste innecesario y tantas vanas frustraciones. Ese desenfreno que a veces nos impide disfrutar de lo simple por andar en la permanente búsqueda de lo que en realidad, no es tan trascendental. Que desgaste de energía.
Serán muchas las circunstancias que se deben afrontar para finalmente lograr que Eduardo Deán, el marido, pueda encontrarse con Víctor y éste logre descargar su conciencia al poder concluir el relato que le tocó iniciar, lo cual alentó a Eduardo a confesarle que no viajó solo sino que lo acompañó una enfermera, su amante, quien iba a practicarse un aborto en una clínica de Londres y que las circunstancias se complicaron demasiado. Luego, con lujo de detalles le contó el engaño que acarreó esa relación y su fatal desenlace. A todo esto Víctor meditó: “Vivir en el engaño o ser engañado es fácil”, pensé, “y aun más, es nuestra condición natural: nadie está libre de ello y nadie es tonto por ello, no deberíamos oponernos mucho ni debería amargarnos”. Eso había dicho Deán, aunque había añadido: “Sin embargo nos parece intolerable, cuando por fin sabemos”
Muchas veces en nuestras meditaciones aseveramos ya no ser lo que fuimos y buscamos reivindicaciones aunque tardías, pues solemos culpar al destino, como si no fuéramos los artífices del mismo, pues todo lo que hagamos u omitamos tendrá consecuencias, por lo cual es mejor meditar antes de actuar y no dejarnos ofuscar por lo inmediato, a veces tan engañoso. Y en cuanto a lo ocurrido, para no cargar con culpas permanentes, hay que considerar que:
… hay que convivir con ello una vez que sabemos que fue, buscarle un lugar en nuestra conciencia y en nuestra memoria que no nos impida seguir viviendo porque sucediera y porque lo sepamos. Lo acontecido es por eso mucho menos grave que los temores y las hipótesis, las conjeturas y las figuraciones y los malos sueños… a diferencia de los sucesos, que se hacen más leves por su propia naturaleza…
La muerte es lo único certero que tenemos por lo cual hay que aceptar que aunque creemos contar o contarnos nuestras vidas de una manera más o menos razonada, sabemos que hay sombras, episodios inexplicables o inexplicados, opciones desaprovechadas, razones que ignoramos, aspectos de los cuales o no nos acordamos o preferimos no hacerlo, así el pasado es inestable y aun lo que parece firme no lo es para siempre, pues lo que no fue, puede aun serlo. Por eso, sigamos andando y haciendo todo con cuidado, pues no sabemos.
* Profesional en Filosofía y Letras Universidad de Caldas.























