Acompañando a la muerte

Un libro publicado en España en 1994, cuya novena edición corresponde al 2004 y la última al 2021 para así completar más de una treintena de ediciones, tiene que tener mucho atractivo y es el trabajo que adelanto Javier Marías con su novela Mañana en la batalla piensa en mí. Este magnífico escritor, traductor y editor español, estudió Filosofía y Letras en la Universidad Complutense de Madrid y fue miembro de número de la Real Academia Española desde el 2008 hasta su fallecimiento, nació y murió en Madrid (20 de septiembre de 1951- 11 de septiembre de 2022).

Entre 1983 y 1985 impartió clases de literatura española y teoría de la traducción en la Universidad de Oxford, en 1984 en el Wellesley College y entre 1987 y 1992 en la Complutense de Madrid. Sus obras más notables han sido: Corazón tan blanco (1992), en la que se mezclan novela y ensayo, la cual tuvo un gran éxito y fue traducida a varios idiomas. Su siguiente novela, publicada en 1994, Mañana en la batalla piensa en mí (título tomado de un verso de Shakespeare), recibió importantes premios en Europa y América, como el Premio Rómulo Gallegos (fue la primera vez que este galardón se otorgó a un español)  y el Premio Fastenrath, de la Real Academia Española. Sus obras se han traducido a 40 idiomas y se han publicado en 50 países.

El escritor nos hace una inmersión tal que nos parece estar a veces leyendo un tratado psicológico o un análisis de introspección al que nos sometemos con la certeza de salir mejores o al menos procurar serlo. Al recibir el Premio Rómulo Gallegos y referirse a los balances que hacemos de nuestras vidas en las que normalmente analizamos solo nuestros logros y realizaciones como si eso fuera todo, enfatizó:

Y olvidamos casi siempre que las vidas de las personas no son solo eso: cada trayectoria se compone también de nuestras pérdidas y nuestros desperdicios, de nuestras omisiones y nuestros deseos incumplidos, de los que una vez dejamos de lado o no elegimos o no alcanzamos, de las numerosas posibilidades que en su mayoría no llegaron a realizarse –todas menos una, a la postre–, de nuestras vacilaciones y nuestras ensoñaciones, de los proyectos frustrados y los anhelos falsos o tibios, de los miedos que nos paralizaron, de lo que abandonamos o nos abandonó a nosotros…

Nos presenta Javier Marías a un personaje muy singular pues es un escritor fantasma, o sea, quien escribe para que otros sean aclamados, bien sea en discursos escritos, notas periodísticas, guiones cinematográficos o similares. De todas maneras es alguien encantador y así fue como sin pretenderlo resultó el ser ideal de quien se sentía no solo solitaria sino ansiosa de cariño, pues a su esposo lo sentía cada vez más distante.

Tiene el escritor tanto dominio de su oficio que se atreve a presentarnos en el primer párrafo de su libro un hecho tan directo que pensaría uno ya no hay más que leer, pero es tal la maestría que por el contrario nos incita a abordar sus 420 páginas para tratar de entender lo expuesto.

Nadie piensa nunca que puede ir a encontrarse con una muerta entre brazos y que ya no verá más su rostro cuyo nombre recuerda. Nadie piensa nunca que nadie vaya a morir en el momento más inadecuado a pesar de que eso sucede todo el tiempo, y creemos que nadie que no esté previsto habrá de morir junto a nosotros. 

El inicialmente agraciado Víctor Francés es invitado por Marta Téllez a su casa en Madrid para una cena romántica en ausencia de su marido, Eduardo Deán, quien ha partido en viaje de negocios a Londres dejándola con su hijo Eduardo de casi dos años, quien ante la presencia de un extraño, se resiste a acostarse. En esas circunstancias llega un momento de vacilación de Víctor, quien se siente más un intruso que un invitado. A todas estas la mujer se siente indispuesta y él trata de calmarla, pero la situación se complica y muere y con ella todas sus ilusiones. Él trata de comunicarse con el marido ausente así ello complique más las cosas, pero no lo logra. No sabe cómo dejar al niño solo, aunque ya esté dormido. Que incertidumbre.

Sabe que Marta muerta ya no podrá decirle nada a sus marido, ni ella podrá escucharle el relato de su viaje, así sea mentira. Con ese cargo de conciencia él trata por todos los medios en acercarse a la familia para saber en que terminó todo y por eso, además de asistir al entierro de incognito, busca la manera de tener contacto con la familia de ella y lo logra. Solo él sabía lo ocurrido pero era incapaz de soportarlo, necesitaba hablar. Mientras tanto. aparecen una serie de reflexiones sobre la vida y su fragilidad, la muerte y sus consecuencias y el papel de cada uno en ese macabro juego. Sería en el cementerio en donde encontró sobre una tumba un escrito que lo interpeló: Cuando hablan de mí no me conocen y al hablar me calumnian; los que me conocen callan, y al callar no me defienden; así, todos me maldicen hasta que me encuentran, mas al encontrarme descansan, y a mí me salvan, aunque yo nunca descanso.

Obviamente era la muerte que así se manifestaba, y nos damos cuenta que a veces tanto esfuerzo en vano, cuántas desavenencias innecesarias, tanta fatiga para no lograr al final nada, en lugar de evitar tanto desgaste innecesario y tantas vanas frustraciones. Ese desenfreno que a veces nos impide disfrutar de lo simple por andar en la permanente búsqueda de lo que en realidad, no es tan trascendental. Que desgaste de energía.

Serán muchas las circunstancias que se deben afrontar para finalmente lograr que Eduardo Deán, el marido, pueda encontrarse con Víctor y éste logre descargar su conciencia al poder concluir el relato que le tocó iniciar, lo cual alentó a Eduardo a confesarle que no viajó solo sino que lo acompañó una enfermera, su amante, quien iba a practicarse un aborto en una clínica de Londres y que las circunstancias se complicaron demasiado. Luego, con lujo de detalles le contó el engaño que acarreó esa relación y su fatal desenlace. A todo esto Víctor meditó: “Vivir en el engaño o ser engañado es fácil”, pensé, “y aun más, es nuestra condición natural: nadie está libre de ello y nadie es tonto por ello, no deberíamos oponernos mucho ni debería amargarnos”. Eso había dicho Deán, aunque había añadido: “Sin embargo nos parece intolerable, cuando  por fin sabemos”

Muchas veces en nuestras meditaciones aseveramos ya no ser lo que fuimos y buscamos reivindicaciones aunque tardías, pues solemos culpar al destino, como si no fuéramos los artífices del mismo, pues todo lo que hagamos u omitamos tendrá consecuencias, por lo cual es mejor meditar antes de actuar y no dejarnos ofuscar por lo inmediato, a veces tan engañoso. Y en cuanto a lo ocurrido, para no cargar con culpas permanentes, hay que considerar que:

… hay que convivir con ello una vez que sabemos que fue, buscarle un lugar en nuestra   conciencia y en nuestra memoria que no nos impida seguir viviendo porque sucediera y porque lo sepamos. Lo acontecido es por eso mucho menos grave que los temores y las hipótesis, las conjeturas y las figuraciones y los malos sueños… a diferencia de los sucesos, que se hacen más leves por su propia naturaleza…   

La muerte es lo único certero que tenemos por lo cual hay que aceptar que aunque creemos contar o contarnos nuestras vidas de una manera más o menos razonada, sabemos que hay sombras, episodios inexplicables o inexplicados, opciones desaprovechadas, razones que ignoramos, aspectos de los cuales o no nos acordamos o preferimos no hacerlo, así el pasado es inestable y aun lo que parece firme no lo es para siempre, pues lo que no fue, puede aun serlo. Por eso, sigamos andando y haciendo todo con cuidado, pues no sabemos.

* Profesional en Filosofía y Letras Universidad de Caldas.

 

 

 

“La seducción simbólica a partir de lo inestable, en la obra integral de Carlos Mario Uribe Álvarez”

(El valor de la crítica)

“-Querido, usted ya conoce el terror que siento por los caballos y los coches. Hace un rato, mientras atravesaba el bulevard, apresuradamente, dando saltos entre el barro, a través de ese caos tornadizo donde la muerte llega de golpe por todos los costados a la vez, mi aureola, al hacer un movimiento brusco, resbaló de mi cabeza y cayó al macadam de la calle. No tuve valor para recogerla.”

 (“La perdida de la aureola”, Baudelaire, Charles, Poemas en prosa, Áncora Editores, Bogotá, 1993, pág. 130).

La trayectoria que va de la literatura tradicional (clásica y moderna) hacia la literatura contemporánea, está determinada por el sisma de la industrialización de la literatura, la muerte de la novela y del arte en general. En medio de estas traumáticas transformaciones, provocadas por el paso de la sociedad industrial hacia la postindustrial, quedó atrapado el artista, el poeta. Quiere decir esto, que la realización individual y profesional del “vate” se perdió en la vorágine de la sociedad capitalista y sus genealogías.

Hablo de desgarres evolutivos, que determinaron los modos de ser del poeta moderno y postmoderno, y sus formas de relacionamiento con la sociedad y el poder. Mutaciones que van del “artista-vate” protegido por mecenazgos (siglo XIX y antes), hacia el post-poeta devenido empresario u operador cultural, estructuralmente subordinado y ocupado en su auto precarización, pasando por el gestor (aficionado) sujeto a hilos de poder de políticos, empresarios culturales y burócratas.

El campo literario, en este marco, determinó la naturaleza, la “solvencia” (material y social) y la “distinción” del poeta, signada por su inestabilidad estructural como creador. El sujeto quedó escindido entre la imperiosa sobrevivencia digna, condicionada por indicadores económicos, y las dinámicas que debía satisfacer para los proveedores o facilitadores estructurales (estatales y privados), que apalancan el “emprendimiento”, y la autonomía indispensable para el trabajo de gestión cultural y de creación. La obra en su conjunto (la artística propiamente dicha y (+) la producción de estructuras simbólicas para la construcción social), pasaron a ser gobernadas por las “circunstancias” socio-culturales y económicas dominantes del medio.

En este marco socio-estético, la obra integral de Carlos Mario Uribe Álvarez (Manizales, 1968), ejemplifica esta inestablilidad estructural, es decir, un estado vital y estético en el que, según Pierre Bourdieu “Se produce a partir de entonces una autentica subordinación estructural…”[1] Momento en el que, la inestabilidad ocasiona pérdida de equilibrio: social, cultural y moral, que se expresa en el poeta, en patrones de conducta y acción caracterizados por un relajamiento extremo que termina resolviéndose en una ontoestética de la seducción.

Carlos Mario Uribe Álvarez

Proyectada desde el origen, por subjetividades poderosas, entes y redes de intereses: empresarios, políticos y burócratas, que consideran, per se, sus actividades “mas allá del bien y del mal”, la inestabilidad produce un sujeto estético “débil” que actúa desde un relativismo extremo, en una versión antagónica del intelectual orgánico, esta vez reconvertido en intelectual (poeta) funcional, carismático, provocador y lúdico.

Esa inestabilidad es claramente identificable en la obra (integralmente considerada: gestión cultural y (+) obra poética) de Uribe Álvarez, cuando pasó de ser un poeta “puro” a convertirse en un poeta-operador cultural postfordista, una versión degradada por el capitalismo, del “autor productor” que visualizó Walter Benjamin como “poeta orgánico”. El balance sociocultural en su obra refiere, por una parte, a la casi nula existencia de los resultados de impacto cultural de mas de una década de gestión como director de la Fundación “La nave de papel” y director del “Festival Internacional de Poesía de Manizales”, y de otra, a la transformación de los contenidos y estructuras de su producción artística (poesía), que antes expresaban un fuerte hermetismo (recurso literario posible, gracias a la total autonomía de creación de la que disponía antes el poeta), lo que le permitió, en su momento, auscultar a fondo los claroscuros de la condición humana y su marginalidad, hasta las producciones actuales: procesos, proyectos, acciones estéticas, y escritura blanda, basada en formas liquidas, [2], translúcidas, dedicadas a exaltar nombres y cuerpos, a consagrar pequeñas  y selectas personalidades y animar escenarios bizarros noir, en una espectacularización general de experiencias estéticas de todo tipo, sin fondo conceptual, desprovistas de curaduría rigurosa, ni norte que lleve los procesos en dirección de algún propósito serio en el campo social, cultural y/o político.

Ésta, a mi modo de ver, involución del proceso creativo liberador del antes negado, que retrocedió de la insubordinación estructural del poeta marginal, hacia la subordinación estructural del poeta-micro-empresario, encuentra su versión simbólico-estética en los cambios acaecidos en su socio-estética. La inicial presencia de la visión urbana, su acento (trascendental) mediante un despliegue de sentido poético que retiraba la luz al desafuero personal, e instauraba el enigma para proponer un encuentro misterioso con su lector, presente en sus primeros libros, se transformó en puesta en escena y animación estética al servicio de la sacralización de apariencias, el encantamiento de la simulación, la ironía lúdica, la sobre erotización de la realidad, todo ello, al servicio de acontecimientos, cuadros y tramas sociales.

Carátula, Final del viaje, Manigraf, 2000.

El barroco trascendental, hermético y esotérico, que domino la poesía de Carlos Mario Uribe Álvarez, cedió, en el lapso de algo más de una década, al coqueto seductor social de la escena literaria, asumiendo estratégicamente que: “La seducción es más fuerte que la producción. Es más fuerte que la sexualidad, con la que no hay que confundirla nunca. No es un proceso interno a la sexualidad, a lo que se la rebaja generalmente. Es un proceso circular, reversible, de desafío, de sobrepuja y de muerte.” [3]

Fenómeno que un observador desprevenido, podría atribuir a cambios de estilos y contenidos (en la vida y en el arte), normales en un escritor, pero que, desde la sociología de la literatura, se explican como resultado integral de las formas de relacionamiento que el poeta asume frente a las tramas del poder (el campo), y como resultado estético del proceso de adhesión e incorporación a nuevos micro-círculos sociales específicos.

Lo urbano crítico y trascendental de “Los textos de la Estrige”, de “Los espejos Mortales” (desconozco si estos libros de Uribe Álvarez, que leí sobre pruebas finales hace ya muchos años, aún perviven como tales), y de los cuales, algunos de sus poemas aparecieron finalmente en “El final del viaje” (2000), ignoraban decididamente la técnica de seducción simbólica integral, en aras de la exploración de una literatura que trascendiera registros, evitando naufragios socio-libidinales.

La pesada atmósfera generada por el caos de la ciudad, la gravedad del cotidiano y el rigor de la vida desgarrada, se expresaban mediante vigorosas metáforas sobre la angustia humana: “Hay cosas aquí/Días tórridos, bocas agrias/ con sus propios abismos/ Repentinos gritos de marinos ebrios/ descubriendo otra isla en su cerebro”, en busca de la imposible forma del paisaje del no-paisaje: “El silencio aclama una ciudad en ruinas/ la hierba muerde y avanza sobre cúpulas y catedrales derruidas”, o plasmaban una pintura literaria rallada de escepticismo, en blanco y negro, negadora de todo pigmento en clave seductora, que sólo proyectaba la densidad de la vida : “Hay/ quien sabe de las caricias/ de  quienes guardan tardes en sus ojos/ aunque saben de las caricias de la luna/ y esconden en agrio cinismo/ el horror de la ciudad contemporánea.”

Estos contenidos, tonos y formas se sostenían con intermitencia, en la obra de Uribe Álvarez hasta muchos pasajes de “El pez rojo” (2019), para cuyo prologo escribí: “Por lógica de probabilidades y deseos íntimos, Carlos Mario Uribe será muy seguramente el último poeta de tiempo completo vivo que yo habré de conocer…”; vaticinio que no solo se cumplió, en relación al medio literario, sino con relación a él mismo, pues, después de éste libro y de otros acontecimientos trágicos en su vida personal, el poeta “de tiempo completo”, es decir: el creador insubordinado que aun no había sido reducido por el campo literario, ni navegaba en los  perfumados  hedores de la sociedad literaria, desapareció cuando decidió dar la espalda a su locus de enunciación.

Carátula, “El pez rojo”, Editorial “La nave de papel”, Manizales, 2019.

 Sostenía Stevenson, citado por E.R. Curtius que “todo libro es en sentido intimo, una carta circular a los amigos”[4]; yo diría que la obra de todo autor (poeta-narrador) constituye, al final, una carta a su sociedad, en un círculo que se mueve a manera de espiral que nunca se cierra, lo cual significa que la “carta” no funciona como atadura o mordaza, ni de los amigos ni de esa sociedad; sino, por el contrario, convoca la voz interpretativa e interpelativa, de esos amigos y de esa sociedad, para meditar sobre el texto abierto inicial y contribuir a una comprensión general de la sociedad. En otras palabras, ese libro/obra-carta, no cierra un vínculo de complicidad, ni sella el diario del autor, ni se hace candado para un catálogo de secretos, sino resuena en el pensamiento e incita a la reflexión y al diálogo crítico.

Si alguna función le queda al “arte” y al pensamiento, es la de convocar lecturas, revolcar conciencias, animar transformaciones, no adhesiones ciegas, ni a hombres ni a “cifras literarias”, cuya penumbra cuidan celosamente quienes comparten ese alfabeto secreto. El ideograma literario, así como la mejor literatura social de clase media: José Agustín, Parménides García, Gustavo Sainz (la Ola mexicana, en general, por ejemplo), afincaron su valor en la propuesta de sistemas socio-simbólicos que, aunque referencialmente precisos, tenían la característica de poder impactar anomalías concretas: injusticias, opresiones, exclusiones y marginaciones. Ese otro tipo de poeta “marginal” de clase media, explora y denuncia la sordidez de esa clase media, un tipo muy distinto de la “sordidez lumpen”, pero, al fin y al cabo, sordidez.

Este tipo de poeta marginal (autor-productor crítico), al ser producto de la inestabilidad estructural, no ambienta, no edulcora la anomalía estructural, ni rebaja su mezcla hasta volverla golosina de “fiesta urbana”. Cuando la obra (orgánica) de un poeta, entendida como ese círculo no-cerrado (espiralado) devenido carta personal y social, sacrifica la conciencia crítica, cuando se entrega al idilio con la galería y el balcón, al into de wild de apartamento, pierde todo su sentido y potencia. El de Uribe Álvarez, no es un caso aislado, lamentablemente, son la mayoría de los poetas-micro-empresarios funcionales de hoy, sobre todo en las pequeñas ciudades colombianas (unos más, otros menos) es, tristemente, el destino recurrente de ese sujeto estético (artista post), blando, que se ve obligado a ser un creador de la auto precarización, ese “vate” que tan magistralmente denunció Simón Mesa Soto en su película “Un poeta”; y no me refiero al personaje “Óscar”, sino al personaje que representa al poeta-empresario, dueño y organizador del festival. Porque los “Óscares” de la poesía, son el costo “a fondo roto”, que impone el sistema.

Sor Juan Inés y Nicanor Parra (enfrentados a distintos campos histórico-literarios y a sociedades disímiles), hicieron explotar secretos, no estilizaron oscuridades, como no lo hizo la música de Janis, ni la arquitectura mudéjar, ni los infiernitos literarios de Andrés Caicedo o Jorge Hernán Flórez Hurtado.

El sistema tritura poetas, la cultura diluye talentos, la sociedad los consume.

Carátula, “Derivas del cuerpo”, editora Johana Patiño, coordinación editorial “Ojo con la gota de tinta”, Manizales, 2016.

REFERENCIAS

 [1] Bourdieu, P. Las reglas del Arte, Anagrama, Barcelona, pág. 82.

[2] Baugman, Z. Modernidad líquida, F.C.E. Argentina, 2002.

[3] Baudrillard, Jean, “De la seducción”, Ediciones Cátedra, Madrid, Barcelona, pág. 47.

[4] Curtius, R.R, Marcel Proust y Paul Valery, Losada, 1941, pág 7.

* Escritor.

“Las Guerras Civiles de Colombia en el siglo XIX” en 11 tomos

La colección “Las Guerras Civiles de Colombia en el siglo XIX”, escrita y editada por el historiador y gestor cultural manizaleño Pedro Felipe Hoyos Körbel (a través de Hoyos Editores), es uno de los proyectos historiográficos y de divulgación más ambiciosos y rigurosos dedicados a reconstruir la confrontación bélica y política del país durante su primer siglo republicano, una obra concebida como una cronología analítica en 11 tomos, abarcando de forma exhaustiva desde los primeros roces de la Independencia hasta el desenlace de la Guerra de los Mil Días y el periodo posterior de consolidación nacional.

“Cada tomo tiene, fuera de la historia de la guerra, dos secciones, una al inicio y otra al final del libro donde se presentan momentos culturales que sucedieron paralelos a las guerras y de ese manera complementar la visión que se debe tener de cada una de las épocas donde la cultura dejaba una huella profunda e indeleble en la gente, manifestada en unas expresiones bastante precisas”. Con este párrafo termina la presentación de la Colección “Las guerras civiles de Colombia en el siglo XIX” el historiador Pedro Felipe Hoyos,

“Está muy investigada y muy publicitada la Guerra de los Mil Días, pero las demás están contenidas en  libros muy tediosos, muy difíciles de conseguir y muy parciales.  Si uno no conoce el contexto político del momento que causó esa guerra, se queda embolatado. Con la versión castrense se conoce dónde se luchó, qué montañita se cogió, qué pueblo se quemó, y así es poco lo que uno logra entender. En mi versión cada guerra tiene su libro porque hay que analizar en extenso. Hay unas muy cortas, pero sumamente interesantes en su contexto. Como la Guerra del 51 en la que hay una serie de mitos y una serie de conceptos establecidos con los cuales no comunico. Yo trabajo con documentos primarios, o sea, periódicos de la época, que están todos en línea, memorias y epistolarios”, explica el autor.

Este es un resumen de los contenidos con los que adelanto la investigación:

  1. Documentación documental y de archivo: Sistematiza proclamas, diarios de campaña, correspondencia oficial y privada, y mapas de época para ofrecer un contexto preciso de las dinámicas bélicas.
  2. Enfoque en el ámbito regional y territorial: A diferencia de las historias centralistas escritas desde Bogotá, la colección hace especial énfasis en las dinámicas territoriales del Cauca Grande, Antioquia, el Gran Caldas y los valles interandinos, donde la geografía condicionó el desarrollo militar.
  3. Perspectiva socio-política: No se limita al relato de batallas, sino que analiza las causas ideológicas, las reformas constitucionales, el peso de la Iglesia y las tensiones entre las élites locales y los caudillos.

“Hay historiadores de estas guerras muy buenos, pero yo quiero buscar la mía propia y, por ende, me contagio, me sumerjo en los documentos originales. Cuando uno lee los epistolarios, resulta, en general, muy diferente a lo que viene planteando la historia conocida”.

Dice que “la historia colombiana está muy viciada, como todas las historias, porque son versiones de política de un grupo o de otro grupo. Finalmente es lo mismo, pero hay que separar quién dijo qué y por qué lo dijo. Desde ahí resulta una historia mucho más interesante, mucho más humana, mucho más política, entender que hay unos conflictos que hoy los vivimos, pero que hace 100 años también fueron de importancia”.

Afirma el historiador que estos libros no van a ayudar a dar soluciones a la guerra que vivimos “pero si espero que ayuden a conocernos y comprender que estas guerras han derivado en los problemas que tenemos hoy en Colombia”.

Con esta exhaustiva y documentada obra, Hoyos espera llenar un vacío porque está convencido de que no hay nada parecido. “No hay un historiador que haya estudiado este tema tan complejo, tan rico de la manera como yo lo estoy haciendo. Ahora claro, como soy un historiador viejo, tengo muchas horas de lectura y mucha información”. Está convencido que innova y facilita una herramienta muy interesante para conocer y aprender de nuestra historia. Además, les deja una pauta a los historiadores regionales para profundizar en cada guerra y explicar que sucedió en el ámbito local durante los conflictos.

Estas fueron las 9 guerras civiles nacionales del siglo XIX en Colombia:

  • Guerra entre centralistas y federalistas (1812-1814): También conocida como la época de la “Patria Boba”, fue el primer conflicto interno tras la independencia, donde las provincias se enfrentaron para definir si el país debía organizarse bajo un poder central fuerte o como una federación de estados.
  • La Guerra de los Supremos (1839-1842): Iniciada por motivos religiosos (la supresión de conventos menores en Pasto), escaló hasta convertirse en una lucha por el poder entre caudillos regionales conocidos como los “supremos”.
  • Guerra civil de 1851: Enfrentó a los partidos Liberal y Conservador. Los conservadores y terratenientes se levantaron en contra de las reformas del gobierno de José Hilario López, especialmente por la abolición de la esclavitud y la expulsión de los jesuitas.
  • Guerra civil de 1854: Fue un conflicto peculiar, ya que se originó como una respuesta unida de liberales y conservadores para derrocar el golpe de Estado militar y la dictadura del general José María Melo, quien era respaldado por las sociedades democráticas de artesanos.
  • Guerra de las Soberanías o Guerra civil de 1860-1862: Un enfrentamiento a gran escala entre el gobierno de la Confederación Granadina y los liberales radicales liderados por Tomás Cipriano de Mosquera. Dio origen a los Estados Unidos de Colombia, una república profundamente federal.
  • Guerra civil de 1876-1877: Promovida por el Partido Conservador en contra del gobierno liberal, bajo el argumento de la defensa de la religión católica frente a las políticas educativas y laicas impulsadas por el radicalismo liberal.
  • Guerra civil de 1885: Enfrentó al liberalismo radical contra el movimiento de “La Regeneración” liderado por Rafael Núñez (apoyado por los conservadores). Su victoria derivó en el fin del federalismo y la promulgación de la Constitución de 1886.
  • Guerra civil de 1895: Una insurrección breve organizada por el Partido Liberal para intentar derrocar el gobierno conservador centralizado, la cual fue rápidamente sofocada por las fuerzas oficiales.
  • La Guerra de los Mil Días (1899-1902): La más devastadora, cruenta y la última de las guerras civiles. Enfrentó al Partido Liberal contra el gobierno nacional (hegemonía conservadora). Dejó cientos de miles de muertos, arruinó la economía y propició la separación de Panamá en 1903.

 

 

La terrible violencia

Aunque la acción de las autoridades trate de restablecer el orden y el control para la tranquilidad ciudadana, a diario nos enteramos de nuevos actos criminales que nos hacen estremecer, muchas veces por su crudeza y por su persistencia. Lo puntualiza el editorial de El Tiempo del 3 de mayo así:

“En Bogotá, la sensación de inseguridad está alimentada por el flujo de imágenes con asaltos espectaculares y balaceras a plena luz del día. En Barranquilla, el alcalde Alejandro Char expresó recientemente su preocupación por el aumento de la extorsión y la inseguridad, además de las amenazas de las que ha sido víctima. En Cali, esta semana, de nuevo el terrorismo se hizo sentir con una buseta bomba en inmediaciones del Batallón Pichincha, mientras que en Medellín el aumento de los robos propició un operativo de grandes proporciones en el centro de la ciudad.”

La sevicia como maldad extrema que vemos en la realidad, algunas veces sobrepasa la ficción a la que nos tienen acostumbrados los escritores de novela negra y que nos narran en sus obras, como tantos hechos presentados por Mario Mendoza en sus libros, el último de los cuales La hora de los lobos, publicado este año, está lleno de odios, delitos, venganzas, traiciones y todo aquello que no creería uno fuera obra de un ser racional. Mendoza (Bogotá, 1964) es licenciado en Letras y especialista en Literatura Hispanoamericana por la Fundación José Ortega y Gasset de Toledo, España. Además, cuenta con una maestría en Literatura. Es autor de más de veinte obras entre novelas, cuentos y ensayos.

Nos presenta el recorrido vital de Bruno Guerrero desde su niñez hasta su edad adulta, mostrando cómo se gesta la vida de un delincuente influenciada no solo por las carencias económicas, la falta de verdaderas oportunidades de desarrollo, las injusticias a las que son sometidos los menesterosos y las oportunidades que la mala vida puede deparar, que luego se constituyen en trampas que conducen a estados más precarios que aquellos de los cuales se quiso salir.

Vivía con sus padres en un miserable barrio con calles sin pavimentar, insuficientes servicios públicos y vecinos tan pobres como ellos. Su padre un obrero en huelga luchando por los derechos sindicales, su madre en silla de ruedas, después de un accidente laboral del cual la empresa no respondió, se dedicaba a la costura y él a su estudio en un colegio de sacerdotes salesianos. Con apenas nueve años, su padre fue asesinado para presionar el levantamiento de la huelga y a la semana siguiente Rómulo, el amigo de su papá fue decapitado. Los trabajadores se rindieron y la normalidad volvió a la fábrica. Bruno tuvo que ir casa por casa a pedir algo para el entierro de su padre, fuera de doloroso, humillante. Fue enterrado como un indigente en una fosa común, ningún compañero de la fábrica pudo ir por temor a ser fichados por los dueños de la empresa. Luego se sabría que la banda de Los ninjas de quienes se decía usaban espadas, fueron los autores.

Fuera de su estudio se dedicó a aprender artes marciales y a leer con avidez. A sus quince años su colegio fue invitado por otro del norte a una competencia de taekwondo lo cual le dio oportunidad de conocer algo diferente de su entorno: parques, aire limpio, avenidas pavimentadas, elegantes almacenes, atractivos restaurantes y toda la sofisticación a la que ellos no tenían acceso. Por la escasa preparación deportiva, la deficiente alimentación y todos los demás contrastes el resultado fue desastroso:

La competencia fue una humillación total. Perdimos en todas las categorías y ninguno pasó de su primer combate. Nos hicieron pedazos. Al final regresamos al bus del colegio en silencio y con el ánimo en el suelo. Los ganadores ni siquiera nos dirigieron la palabra. No preguntaron por nuestros nombres ni de dónde veníamos, nada. Éramos unos monigotes, bolsa de cuero que les habíamos servido para patear y entrenar un rato. Quedamos con la moral destruida. Ninguno dijo una sola palabra en el trayecto de regreso al agujero en que vivíamos.

A toda derrota se presenta una alternativa y fue así como logró por su profesor de gimnasia conseguir una beca en el Instituto de Recreación y Deporte para aprender Tai Chi con el maestro Wang, un chino que llevaba treinta años viviendo en Colombia y tenía un grupo de solo diez personas. Su primera recomendación: La clave no está en los pies, sino en el cuerpo entero. Pesamos mucho. Hay que aprender a ser más aéreo, más sutil, menos denso…Estamos rodeados de lobos, están a la izquierda y a la derecha. Están dormidos. Si los despertamos, se lanzarán sobre nosotros y nos devorarán…  

En el colegio había conocido a Alberto Múnera, un niño muy amanerado que con los días decidió volverse Salomé y siguieron siendo buenos amigos; le comentó que a su pareja lo habían también decapitado y ella sabía quienes habían sido, pero por temor callaba. Eran los mismos que habían matado a otro conocido de Bruno, y le habían propinado una paliza a él y a un amigo, además de quitarles las bicicletas, un combo de matones con ínfulas de guerreros orientales que usaban kimonos y practicaban artes marciales. Yo sabía que un hermano de mi amigo Silvio, era uno de ellos según me dijo: Él es un sayayín, un guerrero urbano. La calma se rompió cuando desapareció Salomé sin dejar rastro, Bruno se apersonó y siguió sin que se diera cuenta al hermano de Silvio.

Luego, siempre guardando una distancia prudente, lo seguí hasta un callejón cerrado que quedaba en la ladera de la montaña. Era una zona de indigentes y drogadictos callejeros llamada El Infiernillo. Era legendaria porque toda el hampa del sur de Bogotá movía negocios en ese barrio. El hermano de Silvio se saludó con un  par de malandros y entró en una calle cerrada y en custodiada por unos gorilas que estaban recostados en las esquinas. No me atreví a cruzar esa frontera urbana y me devolví sin llamar la         atención.

Cuando finalmente después de una rigurosa y secreta preparación se tomó control por parte de las autoridades, fue muy deprimente y azaroso todo lo encontrado, agentes y policías secuestrados  y torturados, niños y niñas robados y prostituidos, profesionales, artistas, dueños de fincas y comerciantes que se encerraban tres y más días a soplar todo tipo de substancias alucinógenas, la viva perdición, sin vergüenza.

Con la certeza de que el hermano de Silvio hacia parte de ese corrompido estado de cosas, Bruno planeó cobrarle lo hecho a Salomé, lo esperó en un sitio solitario, que tenía unas escaleras de cemento muy largas, de ciento doce peldaños, se ubicó en la cima pues sabía que siempre tomaba esa ruta. Lo saludó por desconcertarlo. No le di tiempo de nada más y lo golpeé en el esternón con la mano abierta en un movimiento fugaz que se llama Tui Shou. No alcanzó a reaccionar. Se cayó de para atrás y empezó a rodar escaleras abajo…

La vida siguió su rumbo y Bruno encontró nuevos oficios, esta vez en una discoteca en donde por sus habilidades marciales calmaba a los revoltosos y además allí proporcionaban todo tipo de drogas, ayudaban a cobrar deudas o planeaban venganzas, hacían desaparecer a indeseables, etc. todo un explosivo coctel. Todo exceso conducía a situaciones inéditas y la imaginación no alcanzaba a imaginar la maldad que se incubaba en esas perdidas mentes. La sofisticación de las torturas como medios para lograr delaciones no conocía límites.

De la discoteca pasó a la cárcel, en donde utilizó y perfeccionó sus habilidades, conoció a un narcotraficante a quien protegería de sus enemigos, se ganó su confianza y después de una espectacular fuga sería su sucesor, después de su muerte, al lado de la hija de ese narco, Zafiro,  la cual lo conmovió más que la de su propio padre.

La noticia me cogió fuera de base y de inmediato sentí que algo se me desgarraba por dentro. No sabía por qué le había cogido tanto cariño a ese hombre. Supongo que se debía al hecho de que mi relación con Max no fue la relación de un padre con un hijo. En cambio, en la cárcel Atila y yo nos habíamos jugado el pellejo juntos y él decidió protegerme y darme una segunda oportunidad en la vida…

La triste historia de quien nada tuvo y cuando tuvo no pudo disfrutarlo. Todas las personas que quiso y lo quisieron le fueron arrebatadas en circunstancias a veces muy dolorosas. Las venganzas que planeó y ejecutó tampoco le dieron la calma que siempre persiguió y nunca logró en forma permanente. Un alma en pena que luchó por todos los medios por encontrar algo tan volátil como la felicidad o al menos la tranquilidad, pero no lo logró.

* Profesional en Filosofía y Letras Universidad de Caldas.

 

La “lunática” poesía de Mercedes Valencia Ocampo

En los términos de la Antropología y la psicología profunda, la de Mercedes Valencia Ocampo (Chinchina,1954), poeta y filósofa, es claramente una poesía de régimen nocturno, huelga decir: femininidad pura.

En una noche de torvas melodías, rodada, cuesta abajo, por la avenida paralela de Manizales, después de cantar y libar varias de Mercedes Sosa y Silvio Rodríguez, vestida de noche profunda y melancolía, y ubicada por el azar en ese punto donde se encuentran fatídicamente el ínfimo ultimo instante de claridad, y emerge, con toda potencia, la mas intensa sombra, la poeta tomó la decisión de lanzarse a la luna y arroparse con su manto de cristal.

Hizo  todo el recorrido de la carrera de Filosofía y Letras en la Universidad de Caldas, hasta su trabajo de grado sobre el poeta peruano Cesar Vallejo; bajo las inevitables influencias en la década del ochenta, de las reformulaciones contraculturales del posestructuralismo francés, (sobre todo la deconstrucción de los elementos filosóficos constitutivos del poder desde Foucault y Deleuze), en medio de la explosión del rock en español y la emergencia de un cierto tipo de espíritu rebelde (distinto al de mayo del 68), en Colombia, apareció Valencia y se instaló para participar activamente en aquellos lugares de tertulia literaria y política.

Poseedora de un vivaz espíritu emancipatorio, socialmente determinado por el estallido de bombas y magnicidios, y por la violencia del narcotráfico y la subversión que, aunque no se sentían sobre la vereda, si llegaba retumbando desde todos los lugares del país, irrumpió el espíritu nocturno de Mercedes Valencia Ocampo y su escritura, a la vez gobernada formalmente por la jaris griega (algo lógico en una filósofa cultora del clasicismo) y un agresivo desasosiego, propio de su ser en conflicto con todas las formas de poder y amante desaforada de la libertad.

“Berretín, el parque de los poetas”, “De aquelarre citadino”, “Antología” y “Sedas lilas o ¿Sabes algo de los colores del cielo?”, son algunos nombres que nos conducen a obras (o a fragmentos de ellas), de Valencia Ocampo. La única obra completa que permite acceso claro y directo a la poética de esta poeta es “A merced de los andenes y otras lunas”, publicada por el Instituto Caldense de Cultura de Manizales en el año 2000. En ella, el imaginario arquetípico que construye está dominado por su régimen nocturno: es decir, nuestra condición pre humana que arrastra a la inmersión en la sombra, desde cuyo abismo se intenta la comunión con el todo; esa sombra, alude específicamente a la angustia, la muerte, el sin tiempo, lo intimo, el agua, la noche, el erotismo, la “oscura” parte de lo que somos antropo-sicológicamente, cuya otra parte, es la diferencia y la claridad; todo ello simplificado en el arquetipo de La luna.

“A merced de los andenes y otras lunas”, presenta una estructura de calidad desigual, en la que coexisten poemas impecablemente solidos, con intentos fallidos, y extravíos líricos que oscilan entre lo líricamente potente y lo decididamente precario. Un conjunto a través del cual se expresa simbólicamente una polaridad que, “según Bachelard (…), está determinada por un ritmo que va de lo superficial a lo profundo, esto es, de lo directo a lo indirecto, de lo más claro a lo más oscuro, de lo diurno a lo nocturno… (Durand; 1979).”[1]

El polo opuesto, equilibrador del anima (potencia femenina), nocturna y rota, hiperdesarrollado en esta poeta, lo constituye el animus, el logo-centro (potencia masculina), que, al parecer, impugnó Valencia Ocampo desde el propio instante de  su “lanzamiento” a la luna. El animus, lo vivió esta poeta en permanente guerra, como irresoluble contradicción, como peligro y amenaza, sin posibilidad de reconciliación, porque en su temeraria inmersión chocó y entró en conflicto con el mundo logocentrado y falocentrado de la sociedad hegemónica.

Lo anterior implica que el femenino exaltado se enfrenta a una prolífica, pero traumática apertura hacia múltiples realizaciones. No se es, ni se decide ser, solo mujer, sino también escritora, poeta, teatrera, filósofa, polemista, librepensadora, transgresora, errante, etc. No se elige entre un camino u otro, sino se transita simultáneamente todos aquellos caminos que la sociedad dominante no tolera, en coexistencia compatible con lo “claro” y “puro”. Lógicamente, al asumir la compleja totalidad, en contradicción con lo establecido social, moral, y culturalmente, la vida se hace insostenible por la magnitud y las consecuencias de cada choque.

En la profundidad de lo nocturno, todo lo diurno se vuelve herida: “El agua es una herida/ El árbol que de verde se estremece es/una herida/la luz es una herida (…) /solo mi herida es fiel”[2], declara su poema. Habitar el mundo de lo diurno, de los poderes instituidos con base en lo moralmente convencional, de lo claro, lo masculino, desde el alma nocturna pero transparente, no solo es vivir en el riesgo sino a merced del riesgo; de alguna forma se asume una existencia dispuesta peligrosamente a resolverse hasta consumirse, deliberadamente, en el riesgo.

Para una sociedad sostenida por el régimen diurno, el espíritu libre no tiene posibilidades de respetabilidad, la espontaneidad niega la responsabilidad, la aventura es algo peligroso que se opone a todo plan o programa de vida considerado “serio”; la libertad sexual “destruye” la familia, el orden “productivo” sustituido por el caos creativo “pare” la tragedia e instaura el drama porque “hackea” el sistema. Lo nocturno, a la luz del orden social “normal”, es opaco y “sucio”, penumbroso y peligroso; y la poeta sabe de eso, vive en medio de eso y a eso le canta: “Es para la bestia la noche de la estrella/ El sigilo atraviesa la sombra  que altanera/ Con su rayo fecundo ilumina la tierra del azar/ La tragedia desmoronada en pausas el límite/ De espuma que se esconde en sus piernas/ Y atraviesa la espina dorsal que te sostiene/ Como un canto que fluye/ irremediablemente.”[3]

L@s poetas nocturnos (porque son mayoritarios l@s poetas diurn@s), son loc@s que huelen mal. Y no me refiero al poeta “maldito” de catálogo, que actúa desde la performance del desdichado, melancólico y desamparado y, desde allí, sostiene un casting. Me refiero a quien se abrió al pleno delirio, a quien encontró sintonía con otra razón, a quien atravesó el mundo de lo ordinario para vivir en lo extra-ordinario y jamás volvió. Un tipo escaso de poeta, que renunció a la vida de las alcobas y aceptó la escalofriante experiencia de vivir la muerte en los andenes y las sombras.

De esta estirpe resulto ser Mercedes Valencia Ocampo, quien configura su poética desde un imaginario lunar, plagado de arquetipos a través de los cuales “expone la fuerza y los peligros del mundo de las apariencias y de lo imaginativo (…) la vía lunar (intuición, imaginación, magia), distinta de la vía solar (razón, reflexión, objetividad) y cargada así mismo de sentido negativo y fúnebre.”[4]

Desde un simbolismo claramente moderno, soporta su creación y encuentra un espléndido camino bajo el dominio del anima, en una dislocación, que determina las condiciones de creación de su poesía, dado que el arte moderno piensa predominantemente en términos de símbolos: Designar indirectamente, lo cual quiere decir que la significación viene en segundo momento, significa algo sin serlo y siéndolo a la vez, sin buscar lo útil ni funcional y usa formas de pensamientos naturales e intuitivos. Semióticamente se elije lo denso, lo implícito, y se intenta transformar el fenómeno en idea y, a ésta a su vez, en imagen.[5]

Sobre esta estructura antropo-estética, en medio de un cielo falsamente azulito (como la tapa de su libro), y antes de que caiga la noche, aparece “…un águila que me sorbió la vida”[6], “Para decirle al mundo que quisiste ser águila”, en una clara confesión de sus truncados anhelos de trascendencia. Navega su barco, ebria en la cicuta de los amores perdidos, y deshilacha las prendas de su libertad, porque solo así se puede vivir y soñar, desde el ámbito en el que se encuentra: “…cuando no pertenezco a ningún modo de conciencia”[7]

Ese “ámbito” por el que viaja Mercedes Valencia, está totalmente dominado por el miedo; entonces, asombrada ante tanta noche, la poeta, como Virgilio, se hace amiga, y seduce el miedo: “Como será mi miedo/- le dice-/De que color le gustará vestirse/Preferirá boina, sastre o pantalón de lino/ La boca de mi miedo tendrá su protegida sombra…”[8]. Proximidad que, paradójicamente, le permite poner a distancia al miedo, controlarlo, incluso atreverse a ver y meditar sobre el miedo de otros, porque “El miedo tiene su propia estatura” [9].

Al rodear, con maestría budista, el miedo, al bordearlo en su mas profunda comprensión, devenida poema del “DESPERTAR”, como el arrojado que en su devenir pasa de ser algo caído, a convertirse en la caída misma, la poeta se mira y, pletórica de paciencia, comprende que no siente miedo porque ella es el miedo mismo; entonces sabe que resistirá la abatida del miedo mas cercano: “…la propia muerte enamorada de uno.”[10]

REFERENCIAS

[1] Valencia, Mario, Armando, “Beatriz: lo femenino como categoría estética”, Universidad del Cauca, 2006, pág. 107.

[2] Valencia, Mercedes, “A merced de los andenes y otras lunas”, Instituto Caldense de Cultura, 2000, pág, 12.

[3] Valencia Ocampo, Mercedes, “A merced de los andenes y otras lunas”, Instituto Caldense de Cultura, 2000, pág. 14.

[4] Cirlot, Juan Eduardo, “Diccionario de símbolos”, Ediciones Siruela, Barcelona, 2008, pág. 293.

[5] Cf. Valencia, Mario, Armando, “Beatriz, lo femenino como categoría estética”, 2006, pág. 113.

[6] Valencia Ocampo, Mercedes, “Y  VA A CAER LA NOCHE”, en “A merced de los andenes y otras lunas”, Instituto Caldense de Cultura, 2000, pág. 15.

[7] Valencia Ocampo, Mercedes, “DESPERTAR”, en “A merced de los andenes y otras lunas”, Instituto Caldense de Cultura, 2000, pág, 24.

[8] Valencia Ocampo, Mercedes, “DESPERTAR”, en “A merced de los andenes y otras lunas”, Instituto Caldense de Cultura, 2000, pág, 24.

[9] Valencia Ocampo, Mercedes, “DESPERTAR”, en “A merced de los andenes y otras lunas”, Instituto Caldense de Cultura, 2000, pág, 24.

[10] Valencia Ocampo, Mercedes, “DESPERTAR”, en “A merced de los andenes y otras lunas”, Instituto Caldense de Cultura, 2000, pág, 25.

* Escritor.

 

 

Nueva mirada al viejo continente

Salir del país constituye una gran oportunidad para entender que el mundo se extiende de una manera increíble, como las costumbres, las comidas, las diversiones y en general todos los aspectos que conforman la convivencia, por eso hay que saber entender y asimilar las culturas para poder primero expandir la mente y segundo disfrutar plenamente el viaje.

Esta vez salimos en agosto del 2025 por un mes para Europa a visitar a nuestras dos hijas y sus familias. Silvana vive con su esposo Willem en Bélgica en la localidad de Mol y Alejandra, la mayor, vive en Barcelona con Ignacio (Nacho) su esposo catalán y nuestra nieta Julia de diez años. Estuvimos tres semanas con Silvana y Willem y luego la última semana con Alejandra, Nacho y Julia. La idea era hacer el recorrido sin afanes y, sobre todo, como ya habíamos viajado varias veces, hacer los programas más especiales que permitieran disfrutar esas ricas culturas. Ya veremos.

Cada vez que se tiene la oportunidad de viajar a Europa no deja de sorprender la forma como las personas cuidan su entorno, respetan las señales de tránsito, sean semáforos, cebras, pasos preferenciales, y colaboran para que todo funcione adecuadamente, sin temor a normas o restricciones, lo hacen por convicción y formación en el ejemplo. Otra cosa es la puntualidad marcada por los estrictos horarios de los trenes, buses y aviones. Igual sucede con los paraderos de buses y las zonas de acopio de taxis, están demarcados y se respetan, aunque nadie vigile.

En los aeropuertos internacionales, como los de Madrid, Bruselas y Barcelona, la señalización es muy clara y está en varios idiomas, los paneles con la información de llegada y salida de los diferentes vuelos están por doquier. Vale decir que parecen ciudades por la cantidad de almacenes, librerías, bares, restaurantes, salas de espera, sanitarios muy limpios como las demás áreas, mostradores para atención de los viajeros, etc. Es impresionante y funciona 24 horas.

Bélgica se divide en tres regiones federales: Flandes (Región Flamenca) al norte donde se habla neerlandés, Valonia (Región Valona) al sur, predominantemente francófona y Bruselas-Capital el corazón bilingüe del país. La localidad de Mol se ubica en la región flamenca de la provincia de Amberes con una superficie de 114.3 km² (Manizales tiene en su área urbana 508 km²). Un vividero muy tranquilo, con sitios muy agradables para disfrutar la comida y los helados belgas en Isidoor Ijs (“El helado resuelve todo”) y las hamburguesas donde Mr. Faluche. Tiene casas campestres con extensiones de tierra en donde los lugareños cultivan sus productos o tienen sus animales. Muchos de sus habitantes trabajan en municipios cercanos y se desplazan en tren, buses intermunicipales o en sus vehículos.

En Bélgica el tema de las cervezas es un capítulo aparte, su rica tradición cervecera sigue vigente. Existen unas 400 cervecerías en el país, considerando grandes industrias internacionales y pequeñas destilerías artesanales. Hay aproximadamente 1.600 cervezas belgas originales. La mayoría de las cervezas se embotellan, rara vez se enlatan, y casi todas tienen su vaso o copa de forma exclusiva. El uso del vaso correcto mejora, supuestamente, el sabor de la cerveza. Los diferentes tipos de elaboraciones son: Las cervezas trapenses elaboradas por monjes o bajo su estricta supervisión dentro de monasterios. Las cervezas de Abadía y Ale Rubias Fuertes, se inspiran en las recetas históricas de los monasterios, aunque algunas son producidas por fábricas comerciales.  Y las cervezas de Trigo y Frutales.

La gastronomía belga tiene influencia de varias culturas: la francesa, la del norte de Europa y la propia. Sus elementos claves  son el chocolate, la cerveza, los mejillones, las patatas fritas y las endivias. Veamos algunas de sus características:

Moules-Frites (Mejillones con patatas fritas): Es el plato nacional por excelencia. Los mejillones se cocinan al vapor (generalmente con vino blanco, ajo y cebolla) y se sirven acompañados de una buena porción de crujientes patatas fritas belgas.

Carbonade Flamande: Un reconfortante estofado de ternera cocinado a fuego lento con cerveza negra belga, cebolla y especias. Su sabor es ligeramente dulce y combina a la perfección con puré de patatas o frites.

Gofres (Waffles): Famosos a nivel mundial, destacan dos variedades: el de Bruselas (rectangular, ligero y crujiente, ideal para comer con nata, fresas o chocolate) y el de Lieja (más pequeño, denso y con azúcar caramelizado en su interior).

Patatas fritas belgas (Frites): Son un símbolo nacional. Tienen el secreto de ser cortadas más gruesas y freírse dos veces en grasa (tradicionalmente de buey), logrando un interior tierno y un exterior súper crujiente. Se sirven en conos de papel con una amplia variedad de salsas, como la salsa andaluza o la mayonesa tradicional.

Viajar en tren por Europa constituye una grata experiencia no solo por la comodidad, la velocidad de desplazamiento, los paisajes en su recorrido y muchas otras cosas gratas. Los vagones son limpios, las sillas adecuadas y la información en altavoces y pantallas es la pertinente, además en varios idiomas. Las estaciones del tren constituyen otras sorpresas, pero nada comparable con la de Amberes, conocida como la “Catedral del ferrocarril”, y desde luego no desmerece este apelativo, porque es una estación de tren impresionante, no sólo de Flandes, sino del mundo.

Recordar es vivir.

LaEstación Central de Amberes, también llamada “Antwerpen Centraal” (su nombre original en neerlandés) fue construida entre 1895 y 1905 y sustituyó a una estación construida en 1854 por el ingeniero Auguste Lambeau. Pero fue el rey Leopoldo II quien, a finales del siglo XIX, ordenó construir una estación que pudiera conectarla con el resto de Europa. Louis De la Censaire, se encargó del espectacular hall, que por petición del rey de Bélgica está inspirado en la estación Lucerne de Suiza y el Panteón romano. Construido en piedra, tiene elementos neo-renacentistas e influencias del Art Nouveau y del neo-barroco. Sus impresionantes columnas dóricas, jónicas y corintias, y el hecho de que está decorada con más de veinte tipos diferentes de mármol y piedra, hacen que se conozca a esta estación como el “Templo de mármol”.

Los andenes están cubiertos por una enorme bóveda de hierro y cristal, que fue restaurada en los años 90. Tiene 185 metros de largo y 44 metros en su punto más alto. La plataforma y las vías originales están elevadas y los dos niveles inferiores se agregaron más tarde para la conexión del tren de alta velocidad a Ámsterdam y París. La Estación Central consta de cuatro niveles y catorce pistas para los diferentes trenes que llegan o salen.

Y ya estando en Amberes, capital mundial del comercio de diamantes, una visita obligada es ir a un buen restaurante y a la sombra de la Catedral de Nuestra Señora de Amberes, en el centro histórico se encuentra el edificio que hoy alberga desde 1425 el Elfde Gebod Cathedral, sobreviviendo a varias guerras y conflictos. En un momento dado, pasó a ser propiedad de la iglesia y se le conocía como Het Paradijs (“El Paraíso”). Este es el restaurante más antiguo de Amberes. Su nombre en neerlandés significa “undécimo mandamiento”: Beberás cerveza y disfrutarás de la vida.

Pero lo más singular del restaurante es su interior, repleto de una magnífica colección de arte cristiano que incluye estatuas y figuras antiguas de Jesús, María, santos y ángeles, además de algún que otro objeto con contraste irreverente. La música ambiental obviamente no es religiosa. Las bebidas, la comida, la atención y todo lo demás inigualables. Para ir a la fija hemos pedido los típicos: Moules-Frites (Mejillones con patatas fritas) y Carbonade Flamande.

Al salir satisfechos llegamos a la plaza al frente de la catedral en donde encontramos en el piso una figura escultórica de un niño y su perro, abrazados y cobijados con periódicos, un homenaje a Nello y su fiel perro Patrasche. Él, un huérfano que no pudo estudiar por ayudar a su abuelo a repartir leche en un carro que tiraba su perro, el cual habían encontrado muy maltrecho y lo recuperaron. A Nello le gustaba dibujar por lo cual cada vez que iba a la ciudad con su perro visitaban la catedral para admirar las pinturas de Rubens. En un diciembre, con un invierno muy severo, quisieron asistir a una exposición del pintor en la catedral, pero la entrada era pagando por lo cual no pudieron entrar y se quedaron a la intemperie. Al día siguiente los encontraron congelados por el penetrante frio y ventisca.

Los juguetes han sido parte esencial en nuestras vidas, siempre recordaremos nuestro preferido. A través del tiempo se han desarrollado, evolucionado y adaptado diferentes tipos de ellos, utilizando todo tipo de tecnologías. En Malinas son plenamente conscientes de esto y han sido capaces de reunir una de las colecciones de juguetes más grandes de toda Europa en el Museo del Juguete en una edificación de cuatro plantas.

En la primera planta vemos, a través de diferentes salas, una evolución, desde los juguetes más primitivos encontrados en Flandes hasta los más actuales. Durante este 1recorrido por la historia del juguete, encontramos una gran colección de muñecas de todo tipo, juguetes móviles, hasta llegar a los videojuegos. En otra de las plantas encontramos salas dedicadas a marcas de juguetes míticas, como Playmobil o Lego, con varias maquetas gigantes y figuras de tamaño real. Además, hay salas dedicadas a famosas sagas cinematográficas que han sido protagonistas de una gran cantidad de juguetes, como Star Wars,  a tipos específicos de juguetes, como los coches, o juegos de mesa, y a juguetes típicos de todas las zonas del mundo.

El recorrido está ilustrado con paneles que narran aspectos del desarrollo e importancia de los juguetes tanto para los niños como para aquel que llevamos oculto los adultos y no debemos dejar crecer para no frustrar la imaginación y el asombro que caracterizan a la infancia. Muy diciente:

Todo el mundo juega. Pequeños y grandes, jóvenes y menos jóvenes, todos jugamos a lo largo de nuestra vida/Cada uno juega a su manera. Y tú también. ¿te gusta reflexionar largo tiempo? o ¿prefieres obrar rápidamente? En esta sala podrás descubrir qué tipo de jugador eres./Nada más sencillo: juega los juegos que más te gusten. No olvides observar cómo juegan los demás./Es el momento de dar alegría a tu corazón.

También en Amberes encontramos el Museo del chocolate en donde logramos una visión amplia sobre el cacao y cómo se transforma en esos deliciosos chocolates de fama mundial como Côte d’or o Leonidas. Se puede ver en acción a los maestros chocolateros preparando sus diversas variedades que luego podremos degustar. Al final del recorrido hay fuentes de chocolate: blanco, ruby, con caramelo, con leche y negro. Te proporcionan cucharitas para poderlos degustar y en la tienda podrás hacer tus compras.

Una visita a la región francesa de Champagne para conocer la cuna de ese tradicional vino espumoso, los cultivos de diferentes uvas, su elaboración, los pasajes subterráneos en donde se guarda su producción y enterarse en una visita guiada que incluye el recorrido a 18 metros de profundidad y la respectiva degustación, es una gran aventura. Es obligado visitar en Reims después de recorrer su catedral, en la plaza san Nicasio, la Maison Taittinger, sede de esta champaña de fama mundial.

El recorrido en carro por cómodas autopistas en las cuales no se pagan peajes, permite apreciar las extensas áreas de cultivo de maíz usado como forraje para alimento del ganado, de la misma manera apreciar la cantidad de molinos modernos de energía eólica, conocidos como aerogeneradores, que transforman la energía cinética del viento en electricidad.

Quedan muchas historias en el tintero como la emblemática tienda de Le Petit Prince en todo el centro de París, el espectacular hotel Van der Valk en Luxemburgo con amplias y cómodas habitaciones en donde tienen un asistente robot para colaborar en el comedor, el Manneken Pis en Bruselas, la abadía de Orval y su deslumbrante construcción que data del siglo X, ocupada por monjes benedictinos venidos de Italia que se instalaron allí en 1070, el emblemático sitio de la batalla de Waterloo al sur de Bruselas, en donde Napoleón fue derrotado, el recorrido por Pelckmans un gigantesco almacén en donde se encuentran desde una planta de adorno hasta una piscina para una finca. Lo relativo a Barcelona merece otro capítulo que espero complementarlo en nuestro próximo viaje ahora en agosto.

Profesional en Filosofía y Letras Universidad de Caldas.

“Fragmentación y búsqueda de unidad”. La atormentada poética de Alejandra Quintero

Una multiplicidad de espirales que se acercan y se tocan, le dan forma a la compleja estructura de la obra poética de Alejandra Quintero (Cali, 1960). En la poesía de esta doctora en letras y profesora de Literatura, una multiplicad de ondas temáticas giran sobre si mismas, aparecen y desaparecen, para luego reaparecer, en rápidas y móviles constelaciones de las que solo percibimos resplandores, no la unidad de un tema que se aborda, se desarrolla y agota en la forma lógica y lineal, sino las refulgentes curvas de un bucle que se sobrepone sobre su propia continuación, sobre sus curvas hacia “abajo” o  hacia “arriba”; en un cúmulos de “signos en rotación” moviéndose hacia lo profundo o hacia la superficie del otro poema, en donde vemos reaparecer el mismo motivo de uno anterior; o los significados de un libro posterior que, misteriosamente, nos dan la siembra que revela los sentidos latentes en uno previo que ya hemos leído. Así, los motivos de su poesía siempre están en fuga, porque el Dasein del ser-poeta también lo está (sobre todo en fuga ontológica de si misma); por eso ambos, poesía y poeta, están en movimiento fluido de permanente presencia-ausencia.

La obra poética reunida de Alejandra Quintero “Devenir de la ausencia” (2022), se resuelve a través de resonancias intradiegéticas con ella misma, y con nosotros como lectores, sobre los avatares existenciarios que desocultan nexos entre una y otra versión del mundo poético de la escritora; permanentes flujos-reflujos desequilibradores, resultado de la pugna con la vida, que la poeta emite con alta intensidad a su lector, situándolo frente a imágenes de traumáticas reacomodaciones y transformaciones vida/muerte, pulsión de vida y desesperanza, desasosiego y anhelo, el lodo del desamor y su antagónico: el éxtasis y la euforia. Series de duplas ligadas, pero trágicamente inconexas y en desarmonía entre ellas mismas que, en su vertiginoso movimiento espiralado, unas veces revelan un lado de la cara y en otras, la otra. Porque la espiral, no ordena secuencialmente los acontecimientos en el tiempo, no los separa causalmente, ni alinea su sentido: en este tipo de estructura (“loco” crono-topo poético), y en esta forma de ser del ser: el devenir ausencia, como el titulo de su obra lo manifiesta, el pasado, el presente y el futuro coexiste en un juego “siniestro” de apariciones y desapariciones.

Invoco aquí el poema “Existencia”, penúltimo del libro “La mirada de sal” (2004), que funge, para mi, como uno de los portales o entradas fundamentales a este complejo sistema, que acciona no uno sino múltiples pasadizos, ventanas, túneles, válvulas y puertas giratorias y, por lo tanto, opera como origen-delta, dinámico y multicausado, de cascadas de signos poéticos de la obra de Quintero:

XXIX. Existencia

“Sobre la multiplicidad me hago y me deshago.
Construyo
desbarato mis castillos
los laberintos iluminados donde suelo volar.
¡Astros perfectos definiendo el contorno de mi noche!
¡Soledad!
¡Demonios por los que rehago mi juego!
¡Por los que rompo mis ataduras!
Ser otros
todos
ninguno.
Déjalos ser
déjalos ser en su propio paraíso.

Nos abandonaron los dioses.
Crecimos a una orilla del paraíso buscando adentro un dios rebelde.
Hurgando con mirada sin final el río
dejándolo pasar
ser años
huyendo de la sombra que siempre caminó a nuestro lado.

Siempre el sueño nos reveló otra verdad que al despertar se extinguió encandilada con el día.
Y tuvimos que aceptar figuras de trapo a cambio
y ancestrales dinosaurios colgando de los árboles
y enormes frutos rodando bajo los cascos de los caballos.

Después de muchas noches he vuelto a soñar.
Quienes hace mucho tiempo no veía volvieron con un lenguaje que creía olvidado.
Y volvió el fuego de las dos de la tarde en calles empolvadas.
Desérticas dos de la tarde
agobiantes dos de la tarde cuando no hay esperanza de sombra
anónimas dos de la tarde en que pedí a mis pasos establecer su propio rumbo para no tener qué pensar.

Y cuando fui en el sueño cuerpo que se deja llevar
otros dentro de mí hablaron
otros reclamaron ser golpeando mi corazón y mi espalda desde adentro
otros
ángeles y demonios
otros
pidiendo romper mis ataduras.” [1]

Traigo, e izo este poema-símbolo, lo mas visiblemente posible, para dejarlo sembrado como índice y clave de interpretación de la onto-estética de Elvira Alejandra Quintero.

Este fragmento de la obra de la poeta, que constituye, para mi, un manifiesto ontológico, me permite observar el fondo abisal de sus constelaciones de vivencias, pues como ella lo afirma: “No me interesa fantasear, persigo la realidad existencial, eso tiene que ver con la profundidad de la indagación existencial individual y ese choque con los elementos de la realidad histórica en que nos movemos (…) pasar de la vida a la palabra es un trabajo fuerte, que mi poesía logre ser fiel, que no sea mentirosa, sino que logre construir la imagen de ese desgarramiento, del asombro, del desconcierto.” [2]

De este modo, la poeta se auto constituye como lo primeramente interrogado, desde la pre-comprensión de sí, como ser arrojado y fragmentado, dando lugar a re-flexiones circunvaladas y a las rotaciones a las que antes me he referido: bucles líricos girantes, devenidos meditación sobre el tiempo como origen, recuerdo, nostalgia, mecánica de cronos y kairos, y sobre el espacio, cuánticamente doblado en ciudad, barrio, esquina, casa, hogar, campo, territorio. Resultado filosófico de un pensar-se, entendiendo lo que dice Heidegger, que: “Sin embargo, o precisamente por eso, el Dasein es ontológicamente lo más lejano. Ciertamente a su modo más propio de ser le es inherente tener una comprensión de este ser y moverse en todo momento en un cierto estado interpretativo (***) respecto de su ser.”[3]

Desde el origen de ambas agrupaciones de motivos, encuentro marinada en una profunda melancolía, el magma de una poesía atormentada que busca desesperadamente la unidad, impulsada por el anhelo metafísico de comunión con el origen, de restauración del vinculo con la otredad, de una posible (siempre fallida) re-unión con el mundo a través de una eventual “fe” en la “iluminación”, a su vez, producida por un laborioso trabajo con la palabra y la belleza.

Con ese telón de fondo y en medio de ese atormentado tour de forcé ontológico, percibimos como se activa, y se instala, en la poética de Quintero, la fragmentación como principio de incertidumbre en su vida, y como clave creativa de su obra.

Ahora encontramos la develación. Los canales por entre los cuales fluye esa existencia en estado de fragmentación, producto de múltiples obstrucciones, han acumulado tanto oxigeno que, al aumentar circunstancialmente la presión, la válvula de regulación creadora, a la más mínima apertura, explota y libera el fluido, esparciendo esquirlas sobre la superficie simbólica que privilegia la existencia de Quintero: el poema. Entonces, en un estertóreo devenir, este “percepto” (la fragmentación como principio dinámico de su existencia, y como clave creativa de su obra ), se expresa en versos episódicos, párrafos impensados, alusiones y manifestaciones sobre: El doble, la visión fragmentada e idílica del padre, el origen de la desesperación, el fenómeno bifronte apego/desapego, la precipitud, el final y el comienzo como muerte permanente, la vida en caída, el paraíso perdido de la infancia,  la cara oculta (penumbrosa) de la dicha, la irreversibilidad existenciaria, el sinsentido del tiempo, entre otros cúmulos de imágenes-mundo.

Al auto-percibirse en fragmentos, a la vez lejanos y cercanos, la comprensión de sí, exige la disposición permanente hacia una actitud meditativa que busca asir lo des-integrado y devolverlo a su unidad, y para ello, se empeña en develar las claves de los mecanismos que gobiernan la existencia, y al mismo tiempo, elaborar un imago como sistema (una poética), de articulaciones, tramas y veladuras, a través de las cuales, da cuenta del sentido pre ontológico de sus heridas: “La escritura siempre fue para mi la expresión de un acto de buscarme, en el sentido de que toman forma las ansiedades, las preguntas que siempre han tenido que ver con el estar, con el mal estar del estar; porque, aunque sé que hay bien estar, en gran medida pesa mas el mal estar…¨[4]. Por eso la poesía de Quintero está permanentemente inclinada hacia la reflexión. Porque la poeta esta en permanente comparecencia ante sí misma, pasando, en cada obra transitoriamente terminada, del estado de comprensión al de contemplación.

Quiere decir esto, que el ser, trágicamente, no logra recobrar la unidad, pero la poeta, en su contemplación, si puede acceder a los significados profundos e implicaciones vitales de la imposibilidad del intento, y a la complejidad de sus sentidos: “Sinceramente -nos dice- creo que hay algo que buscamos con la poesía y con la escritura, y es la valentía; lograr la valentía que en la vida material solemos no tener. ¿Qué me ha impedido? la cobardía. De lo que me he dado cuenta, con el paso de los años, es que había cosas que me planteaba de una manera y que no eran así, que había otra forma. De alguna forma hay cosas que son más livianas de lo que las percibía antes. (…) en la juventud había mucho laberinto que con los años se va limpiando y las preguntas ya no son esas.”[5] . Así, la existencia, como devenir-angustia, continúa, pero el conocimiento sensible-poético calma, por eso mismo, la poeta siempre aplaza la huida definitiva, porque sabe que no hay nada definitivo.

Referencias

[1] (Quintero, Elvira Alejandra, “Devenir de la ausencia”, Vinciguerra, Buenos Aires, 2022, pág. 195).

[2] Quintero, Alejandra, entrevista con Mario Valencia, Julio 24-2026, Popayán.

[3] Sic. Heidegger, Martin, Ser y tiempo, Trotta, Madrid, 2016, pág. 36.

[4] Quintero, Elvira Alejandra, entrevista con Mario Valencia, Julio 24-2026, Popayán.

[5]  Quintero, Elvira Alejandra, entrevista con Mario Valencia, Julio 24-2026, Popayán.

* Escritor.

Gustavo Adolfo Garcés entre uno y otro silencio

El pasado 11 de julio murió el poeta colombiano Gustavo Adolfo Garcés. Vivió en Manizales durante la primera década de este siglo. Trabajaba para La Procuraduría General de la Nación como asesor de la Procuraduría Delegada para la prevención en materia de derechos humanos y asuntos étnicos.

Lo conocimos todos los poetas en esos años, trabó amistad especial con el poeta Flóbert Zapata Arias, juntos y en compañía de los también poetas colombianos Jorge Cadavid, Alberto Vélez, Antonio Céspedes, Patricia Valenzuela y bajo la coordinación editorial de Rubén Darío Galeano, financiado por ellos, publicaron un plegable que llegó a más de 36 números bajo el nombre de Musa Levis. Allí, nombres de jóvenes escritores y de escritores consagrados aparecían cada mes. Era el 2 de septiembre del 2004.

La primera vez que lo leí fue en el libro BREVES DÍAS, el mismo que le valió el Premio Nacional de Poesía de Colcultura en 1992, cuyos libros llegaban a las bibliotecas públicas del país y a instituciones y organizaciones culturales.

Este concurso tuvo unos jurados de lujo: el gran José Manuel Arango, la inolvidable María Mercedes Carranza y el reconocido poeta mexicano Tomás Segovia. Garcés se dio a conocer en 1987 con el LIBRO DE POEMAS, e inicia así un sólido camino en la literatura nacional.

Traslada, en los años 80, su residencia a Bogotá, traba amistad con los directores de la Revista Ulrika, órgano de difusión y consolidación del Festival de Poesía de Bogotá. Nombres como Rafael del Castillo Matamoros, Jorge Mario Echeverry, los hermanos Guillermo y Fernando Linero, le fueron cercanos.

Tuvo un emotivo homenaje por su labor literaria en la edición número 31 del Festival Internacional de Poesía de Bogotá, así como en la FILBo (Feria Internacional del Libro de Bogotá) en el año 2023. Con este motivo la revista Ulrika y el Instituto Caro y Cuervo publicaron INTENTO UN VERSO DE ESPÍRITU LEVE, una antología que recoge parte de su valiosa obra.

Publicó más de quince libros de poemas. Como todos lo sabemos, su poesía se destacó por su brevedad, casi epigramática. Todos los temas le fueron cercanos, desde la guerra y lo social, las poéticas y la naturaleza, la celebración de otros autores, hasta la infancia y el amor. El silencio en el poema fue muy cuidado por Gustavo Adolfo Garcés, más que nombrar, sugirió todo el tiempo en sus versos y tal vez, desde las poéticas de su amigo José Manuel Arango, supo que el silencio en el silencio habla, como dice el poeta argentino Hugo Mujica.

El poeta español Francisco José Cruz en el prólogo a su libro UNA PALABRA CADA DÍA, publicado el 2 de enero de 2015 en la colección de Poesía a Letra a Letra, al cuidado de Luz Eugenia Sierra, nos dice sobre sus poemas “Una palabra cada día mantiene en todos los aspectos creativos la  despejada y sutil atmósfera de sus libros anteriores, acordes con las fijaciones sensibles y emotivas de un poeta auténtico que sabe que las experiencias diarias,  por mucho que se repitan –o precisamente por ello– nunca se agotan”.

Ahora desde estas páginas lo recordamos a través de algunos de sus poemas como un tributo póstumo al poeta colombiano Gustavo Adolfo Garcés.

Infancia

La infancia

regresa en silencio

siento que me aprietan

las manos de mi padre

 

Abuelo

En las noches

por el ruido

de tu respiración

te sabíamos

presa de fantasmas

pero los mediodías

te llegaban

con un calor dulce

y dormías como un ángel

con quién sueñas

Francisco

ahora que llevas

tantos días de siesta

 

Mis amigos

Tuve un insomnio feliz

pasé la noche en vela

pensando en mis amigos

increíble tanta risa

en la memoria

 

Dificultades de la poesía

La idea era

beber un poco

ponernos alegres

pero nos emborrachamos

en exceso

y lo que hicimos

fue tener una opinión

demasiado buena

de nosotros mismos

 

Li Po

 Ebrio

caminé por el bosque

hasta llegar al riachuelo

llené el cuenco de agua

se salieron todas las estrellas

 

936

Palabras

que llegan

después

de un día

oscuro

 

el poema

 

La oración de Noé

Dios mío

permite

que las lenguas

de mis hijos

encuentren

las palabras

del amor

nunca quise

alcanzar otro cielo

 

Las voces del agua

La última invención

fue la lluvia

esa noticia hermosa

del cielo

entonces la nostalgia

cambió de bien perdido

y las voces del agua

cantaron la oración

 

El mar

Rezo

agradezco

el alba

oigo

el aliento

de Dios

* Escritor. Bibliotecario. Gestor Cultural.

 

Migración y fuego cosmopolita en la poesía de Rafael Urrea Soto

Tanto Rafael Urrea Soto, como yo, a principios de este siglo, migramos hacia el silencio de los lenguajes artísticos, él recogiendo la tradición de la imagen en movimiento del cine y yo los de las artes visuales expandidas, él a partir de la génesis de sus búsquedas en la tradición de la imagen barroca del surrealismo y el realismo mágico, y yo, a partir de la conceptualidad de la poesía visual-concreta latinoamericana contemporánea (Haroldo y Augusto do Campos, Oswald de Andrade, etc.), en un diametral giro que llevó a Urrea hacia el norte: Medellín y New York, y a mí, hacia el sur: Popayán, Quito y Brasil.

Ambos caminos de profundización en las traducciones inter-semióticas y en las transestéticas multimediales, que abrían posibilidades de conectar mas eficazmente con la explosión de los lenguajes poéticos del nuevo siglo. Rafael Urrea se hace guionista, documentalista y realizador cinematográfico, yo, curador y escritor en diversas claves transestéticas colaborativas y decoloniales; ambos conservando la poesía como corazón y lenguaje de la experiencia.

Rafael Urrea Soto.

Lejos de la tersura de Palabras grises y otras cenizas (1990), en País de cintas rojas (2004), Rafael Urrea (Manizales, Colombia, 1969),  claramente perfilado desde un realismo crudo,  nombra la violencia, el homicidio, el desplazamiento por su nombre, en planos cerrados, con sonido ambiente y sin edulcoración de banda sonora alguna: “Y hay quienes van a la guerra/ vuelven cargados de sonrisas/ las de los muertos, /las de los cadáveres/ regados en extensos/ salones / de hospitales e iglesias”.[1]  En la misma clave y tono que habría de consolidar años mas tarde de la mano de su maestro en su “exilio”, el poeta imprimió sus perturbadores dibujos con precisión, delineó el gesto violento del agresor, capturó y dijo de la contundencia del golpe mortal, el desgarro de la carne y del alma provocado por la “blanca” arma, y amplificó el grito desesperado de quienes fueron  lanzados al abismo: “Volvieron por la cosecha de maíz/ y algunas niñas para sus oficios./ Pasaron un sábado y se llevaron a las mujeres/ mataron a algunas delante de sus niños,/  quemaron el rancho.”[2].

Este tono impetuoso, trepidante, casi iracundo, resultaba demasiado estridente para su medio, una zona del país que ve la crudeza de la guerra por televisión, tomando cafecito tipo exportación desde aireadas terrazas con vista a un paisaje que amortigua cualquier conmoción, que considera de mal gusto, escaso talento y falta de estilo, ver y escribir sobre masacres y genocidios, sobre sicarios y malandros. Sin embargo, por el codificador poético y el ojo cinematográfico de Urrea, solo discurrían, inconteniblemente, estremecedoras imágenes de lo fúnebre, paisajes duros y escatológicos: “La muchacha del barrio se fue con los paras, /el día de su muerte, una flor violeta le creció entre las manos.”[3]

País de cintas rojas, Revista de poesía el gato naranja, 2004.

Urrea Soto, migra, movido por la insatisfacción estructural al sentir que Cumanday, como espacio de creación, era insuficiente y asfixiante. Pero también, porque la tolerancia a otros lenguajes, menos conservadores, en su ciudad natal, no era posible, no se habían desarrollado los códigos, ni los canales, ni la estructura, ni la plataforma para avanzar hacia el cine y la imagen en movimiento. Hay un punto en el espíritu creador en el que la estrechez (espacial y física, pero también mental, comunicacional y semiótica) se vuelve constreñimiento y fuerza la migración: “La migración entendida como un irse de la tierra propia a una tierra ajena y extraña (a menudo hostil), un lugar al que se llega lanzado, expulsado de otro, ignoto y sin destino conocido, …”[4]

Entonces, Medellín y Nueva York le permiten la expresión de una incontenible voluntad de experimentación con la vida y el lenguaje. Urrea migra, del poema sutilmente elaborado a la luz del surrealismo, hacia el poema crudo, al signo abrupto y directo, descarnado; y de allí salta a la fusión de la estética literaria con la cinematográfica dando total prelación a la imagen, y activando, de esa forma, los vehículos ontológicos, canales semióticos y los dispositivos necesarios para una descompresión vital, operada desde el exilio existencial y literario, entonces “… las técnicas al mismo tiempo que bloquearon el campo propio, también activaron otros campos que las hicieron resonar bajo otros códigos y en otros lugares.”[5]

El mismo tono, pero desarrollado y potenciado en los tórridos ambientes de la creación colaborativa, bajo la tutela de Víctor Gaviria, envuelve las llamas del Caleidoscopio de Venus (2020). Un flamígero libro que arde en llamas, como su autor. En él, hecha candela a su poesía, la lleva al punto de ebullición, al fundirla inconfundiblemente con la prosa, gracias a la re-configuración de la imagen cinematográfica, en imagen poética-literaria. Proceso creativo que se vale de la mediación de los lenguajes de la pantalla de cine, que funge de puente consciente e inconsciente, entre la encendida imagen del prehistórico candil (tulpa para nuestros más remotos antepasados), y los ardorosos centelleos de las pantallas de todo tipo.

A través de una regulada poética del fuego, Rafael Urrea Soto tramita simbólicamente la fuerza explosiva de sus instintos, dado que, desde el psicoanálisis del fuego, “quienes se sientan junto al fuego se identifican con las llamas; el parpadeo inspira pensamientos sin propósito práctico, y, a través de estos pensamientos, se pierden en el fuego. El fuego, entonces, es una imagen de la fusión de los instintos de autoafirmación y vida, y de auto abandono y muerte.” [6]

Urrea Rafael, Caleidoscopio de venus, Los cuadernos de East Village, 2020.

La pantalla del caleidoscopio (versión sensible-mental del fuego artificial de la antigua tulpa), describe cómo Urrea se lanza a las llamas, una y otra vez, hasta consumirse, libera y pinta las formas y los temas en una actualización de presencias latentes, desde lo mas inconsciente; por tanto, no desaparecen sino reaparecen los motivos crudos y estremecedores, casi snuff, presentes ya en País de cintas rojas: la consumación en el fuego de la experiencia, el incendio y la ráfaga de ametralladora (soy testigo) sobre el asfalto de la vida que se camina, inhalando el fosforo de la pólvora del revólver que entra por la ventana y llega hasta el cuarto del migrante, en una  descripción fina de la devastadora incandescencia de la vida (¿auto?) destruida.

Entonces, la pira arde, y el punto máximo de ebullición se desencadena a través de un plano-secuencia en “Willie Punk”, en donde: las llamas avanzan y se desplazan del ardiente nido de deseos de Dalia fuego (envuelta en la candela de the Plasmathics que hace explotar un automóvil sobre el escenario), hacia la descarga de puñaladas y balas que cocina la agónica sangre de hombres caídos en la escena underground newyorkina del poema.

El caleidoscopio hace paneos y travellings, acercamientos y focalizaciones de la violencia y la miseria, realiza, no una  filmografía sino una grafía visual, imágenes de la miseria humana a través de palabras;  el poeta  alumbra y quema,  somete a la expiación del fuego de la cámara subjetiva, el lugar en donde “… los perros son inmensos y la gente camina de prisa, a bajar a la garganta de grava, donde el humo negro y los sonidos infinitos se tragan a la gente, donde se ven los muchachos desgarbados, sin zapatos, correr a sacar debajo de los puentes su alimento. Donde el sol quema y las mujeres raspan las paredes para ilusionarse, para vivir de algo, donde el olor de la quema de basura te hace llorar, después te hace dar rabia, en contraste con un niño que sale con sus botas de caucho, una gorra de dormilón y un busito azul de rayas.” [7]

Rafael Urrea con Víctor Gaviria en el estreno mundial de “La mujer del animal” (2016).

Esta migración ontológica de Urrea Soto, “no se da en términos de paradigmas narrativos, no es un cambio de escuela literaria o de teoría de la comunicación. El cambio es transformacional a nivel ontológico en el campo de la sensibilidad”[8], porque el salto transfigurativo ocurre plenamente cuando se transforma la estructura perceptual que alimenta la creación y se traslada a la obra. La vida que arde necesita desarrollar otras formas de expresión, la vida cotidiana se transforma sustancialmente, porque, en la practica, se percibe el mundo de otra manera, orientan otros sentidos y se resuelve la creación desde otros modos de hacer.

Entonces, Urrea Soto, por ejemplo, se lanza al documental y plasma con luminosa fuerza el alma del migrante y del exiliado, la melancolía que palpita bajo los timbales y campanas de la fiesta cubana en New York. En Imposible azul: la rumba cubana en el Central Park de New York (2021), Urrea se con-funde con la volcánica alma de los cubanos, se abraza al otro migrante y universaliza la alegría de vivir desde la mas honda tristeza; en el Central Park, en medio del frenesí de la fiesta, la melancolía de los de abajo encuentra su alborotada poética; tránsito hacia una sensibilidad cosmopolita, con el sello de quien da la cara a los traumas de un país, como a “hongos radioactivos”  que no cesan de producir “ Masacres en blanco y negro”.

Referencias

[1] Urrea Rafael, “Y en este nuevo siglo”, en “País de cintas rojas”, Edición electrónica.

[2] Urrea, Rafael, “No vendrán nunca más” en “País de cintas rojas”, Edición electrónica.

[3]“Nad” y “E” en 16 mm. “País de cintas rojas”. Edición electrónica.

[4] Valencia, Mario, “Transfiguraciones, mudanzas ontológicas de la sensibilidad en la literatura digital latinoamericana, Popayán, 2017, pag. 43.

[5] Valencia, Mario, “Transfiguraciones, mudanzas ontológicas de la sensibilidad en la literatura digital latinoamericana, Popayán, 2017, pag. 47.

[6] Bankston Carl, L. “El psicoanálisis del fuego” de Gaston Bachelard, EN EBSCO, 2022. Disponible en: https://www.ebsco.com/research-starters/literature-and-writing/psychoanalysis-fire-gaston-bachelard#the-psychoanalysis-of-fire-by-gaston-bachelard)

[7]Urrea Rafael, “Caleidoscopio de venus”, Los cuadernos de East Village, 2020, pág, 15

[8] Valencia, Mario, Transfiguraciones, mudanzas ontológicas de la sensibilidad en la literatura digital latinoamericana, MAIA, Popayán, 2017, págs. 93-94.

* Escritor

Aoife Itziar Bernal Mcgee. Cinco libros que me están atravesando este año

 

OFRECEMOS esta serie literaria en la que autores de columnas de opinión de la región, hombres y mujeres, nos invitan a leer cinco de sus libros preferidos, independientemente de géneros y categorías, nacionalidades, épocas, características temáticas y estilísticas.

AOIFE ITZIAR BERNAL MCGEE. Filósofa. Master Universitario en Estudios Avanzados en Inglés en la Universidad de Salamanca y la Universidad de Valladolid, candidata al Doctorado en Lenguas y Culturas de la Universidad de Huelva. Profesora Universidad de Caldas. Codirectora Feria del Libro de Manizales.

Cartografía de cinco heridas que no estaba buscando

Llevo semanas leyendo de una forma extraña, como si cada libro supiera del anterior, como si alguien —no yo— estuviera decidiendo el orden. Empecé el primero porque alguien lo vio y pensó en mí. Seguí con el segundo por una curiosidad muy mía, casi heredada. Llegó el tercero de la mano de alguien que me advirtió que no saldría ilesa. El cuarto me lo dieron como quien entrega algo que le costó. Y el último apareció solo, caminando, sin que lo buscara. No elegí esta temporada de lectura, ella me eligió a mí y solo al final entendí por qué todos estos libros insistían en lo mismo. Me llevaban a mirar lo que normalmente se deja al margen, lo que no entra en ningún atlas oficial, lo que la historia, la familia o la costumbre deciden que es menor. Por eso, mientras los leía, no podía dejar de pensar en la cartografía que este año propone la Feria del Libro de Manizales, un mapa que no mide ciudades, uno que mide lo que nos habita por dentro.

Ellas editan de Margarita Valencia y Paula Andrea Marín Colorado (Ariel, 2019)

Hay libros que llegan porque alguien que te conoce los ve antes que tú y, al verlos, te ve. Ellas editan llegó así, alguien cercano lo encontró y pensó en mí sin que yo hubiera pedido nada. Hay algo desarmante en eso, que otro cuerpo reconozca en un libro un lugar que es tuyo antes de que tú mismo lo sepas.

El libro recupera la historia de mujeres que editaron, publicaron y sostuvieron proyectos culturales en Colombia, casi siempre desde sitios que nadie se ocupó de señalar. No se trata de una lista de nombres para memorizar, es algo más parecido a una genealogía que no sabíamos que teníamos. Se trata de manos que decidieron qué historia merecía existir, mucho antes de que alguien se preguntara quién estaba detrás. Leerlo es sentir que una parte de la propia vida —no solo la de quien escribe esto, sino la de cualquiera que alguna vez sostuvo algo sin que se lo reconocieran— estaba ahí, esperando ser nombrada.

Un lugar pagano de Edna O’Brien (Errata naturae, 2017)

De esa búsqueda de lo invisible salté a Un lugar pagano por algo que es, a la vez, curiosidad y herencia, se trata de la necesidad de encontrar las palabras exactas para nombrar lo que se siente al volver a un lugar que es propio sin haber nacido ahí. Hay dos palabras, de dos lenguas que tampoco son las mías, que se acercan: el hiraeth galés, esa nostalgia por un hogar al que quizá nunca se pueda volver del todo, y la ghorba árabe, el extrañamiento de quien vive lejos de su tierra incluso cuando la lleva puesta. Este libro me prestó, si no las palabras exactas, al menos la certeza de que ese sentimiento sin nombre en español tiene compañía en otras lenguas y eso ya es una forma de consuelo.

O’Brien escribe esta novela autobiográfica en segunda persona, como si se estuviera hablando a sí misma desde la distancia; se trata de una niña que crece en la Irlanda rural de los años treinta y cuarenta, entre el peso de la Iglesia, el silencio de las mujeres de su casa y un padre que decide todo lo que se puede decidir sobre un cuerpo que no es el suyo. No es una novela de trama, es una novela de atmósfera, del calor asfixiante de lo que no se puede decir en voz alta hasta que ya es demasiado tarde para quedarse callada. Reconocerme ahí, en ese paisaje que conozco y habito, pero que no es del todo mío, fue entender algo más amplio y es que hay una forma de crecer que comparten muchas mujeres, sin importar dónde, la de entender que el amor por su gente no les impide, también, tener que irse.

Un detalle menor de Adania Shibli (Hoja de lata, 2019)

De la opresión que se vive en la intimidad de una casa pasé a una que se vive a la escala de la historia entera. Un detalle menor me lo dio alguien que me conoce bien, alguien que me advirtió, antes de pasármelo, que no iba a poder leerlo sin desbordarme en llanto. No era una exageración.

La novela se construye sobre un hecho real, a saber, en 1949, soldados israelíes capturan, violan y asesinan a una joven palestina beduina en el desierto del Néguev y la entierran ahí mismo, como un incidente sin nombre en medio de una guerra. Décadas después, una mujer palestina contemporánea descubre por azar una mención mínima a ese crimen —ocurrido, descubre con escalofrío, exactamente veinticinco años antes de su propio nacimiento— y se obsesiona con reconstruirlo. Shibli no necesita levantar la voz para que el libro duela, lo escribe con una frialdad quirúrgica que es, en sí misma, una forma de denuncia porque muestra cómo el poder decide qué cuenta como tragedia y qué queda reducido a un «detalle menor». No se llora por lo que el libro dice, sino por todo lo que decide no decir y que una completa solo, con el cuerpo entero, por ser una historia compartida.

Mayday de Jackie Kay (Picador, 2024)

Después de una herida tan antigua, llegó un libro que habla de duelo, pero también de cómo seguir cantando. Mayday me lo dio alguien para quien este poemario marcó la vida entera y entendí por qué en cuanto lo abrí.

Kay, que fue poeta nacional de Escocia, escribió estos poemas tras la muerte de sus padres, militantes comunistas y sindicalistas que le enseñaron que el amor y la lucha política podían ser la misma cosa. El título tiene dos caras, por un lado, MayDay, la señal de auxilio que se lanza cuando algo se está hundiendo y, por el otro May Day, la fiesta del trabajo que sus padres celebraban con el cuerpo entero. Hay un poema en el que está en la ambulancia con el cuerpo recién muerto de su madre y el celular de un paramédico suena con una canción que su madre habría encontrado graciosísima; hay otro donde la imagina convertida en pájaro, posándose cerca solo para que ella la note. No es un libro que consuela desde lejos, es un libro que se sienta a tu lado y te toma la mano mientras te recuerda que el amor, incluso roto, sigue siendo una forma de resistencia; mensaje que resulta urgente en estos días.

Un ramo de malas hierbas de Alex Nogués (A buen paso, 2024)

Y, para cerrar, después de tanto duelo y tanta herida, un libro que llegó de la única manera en que deberían llegar las cosas buenas: caminando, sin buscarlo, con una amiga al lado, en medio de una feria del libro.

Un ramo de malas hierbas es, literalmente, eso, un paseo. Nogués va recogiendo plantas que nadie cultiva ni cuida —la borraja, la bolsa de pastor, el sauco— y cuenta su historia, sus usos, sus secretos, mientras las ilustraciones de María Pascual les dan un cuerpo que casi se puede tocar. Es un libro pensado para volver a él, no para terminarlo de una sentada. Y leerlo después de cuatro historias sobre lo que el mundo decide ignorar —mujeres, países, cuerpos, duelos— se siente casi como una declaración de principios y es que hasta lo que llamamos «mala hierba», lo que crece sin permiso en los márgenes de la acera, tiene una vida entera adentro, esperando a que alguien se agache a mirarla.

Una cartografía compartida

Si algo tienen en común estos cinco libros es que ninguno mide el mundo por sus ciudades ni por sus fechas oficiales. Lo miden por lo que duele, por lo que se calla, por lo que insiste en crecer aunque nadie lo riegue. Son mapas de otra clase, trazados con cuerpos, con silencios habitados, con vínculos que sostienen o que rompen.

Por eso no puedo separar esta lista del trabajo que me ocupa este año. La 17ª Feria del Libro de Manizales se llamará Cartografía de la intimidad y será exactamente esto, siete días para explorar los territorios que compartimos sin saberlo —la fragilidad, el deseo, la memoria, la soledad— y para recordar que los libros han sido, desde siempre, el instrumento más preciso para trazar esas rutas invisibles. Hablaremos del cuerpo como geografía propia, de los archivos emocionales que guardan las cartas y los diarios, de las voces que nacieron de la fractura y aprendieron a convertirla en dignidad. Nos preguntaremos qué le queda a la intimidad cuando todo se vuelve público y aprenderemos también del silencio, de lo que se insinúa antes de decirse. Porque leer es un acto íntimo, sí. Pero en cuanto se comparte, deja de ser solo nuestro. Y si estos cinco libros me enseñaron algo es que la intimidad más verdadera no ocurre en soledad, sino en el momento exacto en que dos personas leen el mismo libro y descubren, sin haberlo planeado, que hablaba de ellas.

Lea más libros recomendados: https://quehacer.co/nuestros-opinadores-recomiendan/

Los valores reales

Al leer a Franz Kafka siempre pensamos que como se dice, eso es solo la imaginación del escritor, cuando narra todo esos laberintos de diversas oficinas que aparentemente no sirven para nada más que para crear confusión y desespero de quienes tienen que someterse a esos interminables trámites oficinescos, pero será Luis Fayad quien nos los acerca y contemporiza en una historia también kafkiana o en este caso Fayadesca.

Luis Fayad (Bogotá, 16 de agosto de 1945) escritor y poeta colombiano de ascendencia libanesa, reconocido por destacar la literatura en realismo e imaginación. Estudió Sociología en la Universidad Nacional de Colombia, trabajando al mismo tiempo como guionista para radio y televisión, además de iniciar su carrera como periodista, que le ha llevado a vivir en varias ciudades europeas, como París, Barcelona, Estocolmo o Berlín, donde reside. De su obra publicada se tienen las novelas: Los parientes de Ester, 1978, Compañeros de viaje, 1991, La caída de los puntos cardinales, 2000, Testamento de un hombre de negocios, 2004 y Regresos, 2014.

Su obra se localiza casi siempre, en Bogotá de la cual hace memorables descripciones no solo de sus calles, avenidas y uno que otro laberinto para ir de esa manera descubriendo barrios, plazas, parques y sitios emblemáticos con ricas caracterizaciones. Igualmente se solaza presentando todo tipo de personajes típicos de todas las condiciones socioeconómicas con oficios desde menesterosos hasta gerentes generales, pasando por toda clase de burocracia, de ventas ambulantes o de increíbles actividades o proezas para sobrevivir en ese caos retratado.

La crítica a la administración pública, apática al atender al ciudadano es constante, al igual que a las políticas que posibilitan y favorecen las desigualdades y las discriminaciones con su indiferencia por las carencias de los más necesitados a quienes solo les resta una vejez miserable llena de limitaciones pues las oportunidades se han posibilitado no justamente para los más urgidos.

En su último libro Regresos nos presenta la situación que afrontó el antropólogo Ernesto Gonzaga con un posgrado en Canadá, quien después de veinte años decide regresar a ocupar un cargo que parecía a su medida y con el cual tendría su futuro despejado y así lo manifestó.

Las dificultades disminuyeron después de graduarse, pero no desaparecieron, con la maestría consiguió trabajos temporales de profesor por encargo, uno en la Facultad de Arqueología, y oficios al margen, como bibliotecario y corrector de pruebas de monografías sociológicas. Los contratos de los años siguientes no fueron malos pero su tiempo limitado no le permitía cotizar para la jubilación–. En los últimos años me          financiaron una investigación, la hice sobre los indígenas del Amazonas.

El trabajo en el ministerio le permitiría conseguir una casa para que vinieran a vivir con él, su mujer y sus hijos, además de poder comprar un carro para desplazarse con más facilidad. El trabajo realmente era poder desarrollar su tesis sobre los indígenas del Amazonas y eso le venía como anillo al dedo, pero una cosa piensa él y otra las circunstancias que rodean unos organismos aparentemente con una buena planeación en las actividades que les competen y otras las consecuencias de una priorización de los escasos recursos gubernamentales, de lo cual fue víctima inmediata, pues su cargo inicial y finalmente, tenía una duración de tres meses, al final de los cuales iniciaba un tortuoso proceso burocrático para la prórroga del dichoso contrato.

Lo hicieron sentarse frente a la mujer con el ruego de que tuviera paciencia. Los papeles no estaban a la mano y, como disculpa, ella dijo que de la otra oficina no los habían enviado a tiempo. Pero fue amable y lo felicitó por la categoría de su puesto y le deseó suerte con la prórroga. Le entregaron un sobre con tres formularios que debía devolver rellenos en tres oficinas diferentes. Él se sorprendió de que ese día no lo mandaran a hacer mas diligencias. La mujer le dijo que por lo pronto se encargara de ordenar los papeles, en su casa o durante el trabajo, sin apresurarse. Una semana iba a ser el tiempo más corto de las primeras vueltas.    

Un trámite que parecía simple llegó a complicarse hasta el punto de necesitar asesoría para su diligenciamiento y ni se diga para conseguir todos los anexos a incluir para cada ejemplar a dejar en diferentes oficinas plenas de personas encargadas de entorpecer aun más esas entregas y creando cada vez nuevos requisitos, horarios, colas para cada averiguación y así colmar la paciencia del más calmado.

Mientras tanto, y aun sin vencer el tiempo de su contrato inicial, los inconvenientes empezaron a aflorar pues las condiciones económicas hacían variar continuamente el desarrollo de los proyectos asignados como en su caso, en donde el trabajo a desarrollar en el Amazonas ya no tenía recursos, como si la planeación no se tuviera en cuenta o si, pero sin contar con los recursos necesarios.

Las relaciones con sus compañeros de trabajo, dada la hipocresía que caracteriza al ser humano o los celos por la permanencia en los cargos públicos por la inestabilidad política que los caracteriza y las envidias de todo tipo aunadas, a los celos profesionales, se volcaban sobre el primer aparecido que trataba de usurpar jerarquías y derechos establecidos, desconociendo de esa manera el conocimiento especializado, constituían otra presión insoportable.

Cada vez que estaba en la calle por alguna de las diligencias propias de su prorroga o por el recorrido entre su apartamento y la oficina, o por las visitas a algunos nuevos amigos, se maravillaba de ese abigarramiento que presentaban las calles llenas de personas unas andando desaforadamente, otras plantadas en una esquina a la espera de lo inesperado y otras con su paso cansado por los años o por la angustia que arrastraban. En esa esquina confluían oficinistas libres de la jornada y clientes que entraban y salían  de los almacenes, vendedores ambulantes en el cruce de los semáforos, loteros y labriegos y aldeanos desplazados, y unos malgeniados que caminaban a empujones aunque tuvieran el paso libre.

Su aporte en la oficina a los jóvenes recién vinculados, mientras se definía su contrato, variaba continuamente pues primero era prioritario un proyecto sobre explotación técnica de maderas que luego lo cambiaron por otro de pesca marina y luego desembocaron en una explotación carbonífera, todo fruto de la inepta dirigencia de todos los niveles, la caótica asignación, recorte y desviación de escasos recursos, la confrontación entre la burocracia y la tecnocracia en donde prima la política.

Para sobrevivir en esa caótica incertidumbre de un nuevo puesto o una posible prórroga del contrato inicial, tuvo la entereza de aceptar nuevos desafíos que no tenían nada que ver con su formación académica, y fue, por medio de los conocidos que le presentaba la vida, como pudo colmar su tiempo desempeñándose como tutor de niños de primaria, conductor de camioneta, acarreador de frutas y verduras y otros oficios muy dignos y a través de los cuales pudo apreciar al verdadero ser humano lejano de vanas pretensiones pero con anhelos por cumplir, así encontró y disfrutó la compañía de seres inmejorables que le permitieron retomar su regreso a pesar de la aprobación de su nuevo cargo pero sin el proyecto del Amazonas, lo cual lo habría convertido en un empleado sin ilusiones.

* Profesional en Filosofía y Letras Universidad de Caldas.

 

 

El “Conatus”[1] poético de Francisco Gómez Campillo

(El valor de la crítica)

La poesía de Francisco Gómez Campillo (Itagüí , Antioquia, 1968 , es reflexiva y meditativa, alterna estos dos modos de pensar y de ser. La elucubración elaborada que no esconde vestigios modernistas, disputa su concentración con la contención y brevedad del poema reposado y corto de sus Tankas y sus coqueteos con el haiku.

Con respecto a la primera forma de ser y crear, poéticamente, Gómez Campillo pareciera exponer aquel tipo de inteligencia que postuló Alfonso Reyes en sus debates sobre la inteligencia americana al momento de discernir el fundamento de nuestro sentir y pensar,  inmerso en el dilema cosmopolitismo euro-occidental vs pensamiento propio: “De ambos recibimos inspiraciones (…). De un modo general, la inteligencia de nuestra América (…), parece que encuentra en Europa una visión de lo humano universal, más básica, más conforme con su propio sentir.”[2]

La segunda forma de realización del poeta payanés (de origen antioqueño), sería una inclinación “natural” a la serenidad y el reposo, al rumiar lento y al cultivo del aquietamiento, estimulada tanto por medios ordinarios (en la meditación del caminar y moverse en bicicleta), como al seguir la senda de William Burroughs y Bruno Mazzoldi al adentrarse en el mundo de los estados no-ordinarios o alterados mediante la ingesta de enteógenos; ambas estrategias de creación y de expresión del mismo bailarin taoísta que: “/Danza/Dentro/De la/Complejidad/De ser/El múltiple/Bailarín/Que danza/Dentro/De la/Música/Que está/Dentro/De sí misma/Sonando/Como/Suena/El cielo/Vacío/Y luminoso/Que en los/Ojos/Del bailarín/No cesa.”[3]

Francisco Javier Gómez Campillo

La tenebrosa dualidad de su estar-siendo, explica no solo la disparidad formal de su obra (escindida entre sus “canciones cortas” y sus elaborados y densos poemas existenciales), sino también parte de las claves de su intensa “lucha por la vida”; lo que denominaré: su voluntad de conatus.

La clave, y los códigos antropo-estéticos del régimen nocturno que despliega La tiniebla luminosa (Bogotá, 1993), son de origen romántico alemán y escenario favorito del surrealismo francés y de lo que, de las dos corrientes, llegó a Latinoamérica. Como lo afirmó Quessep sobre este libro, allí se encuentran los “dolores, el purgatorio, la verdad y la belleza”[4];  un cúmulo de figuras simbólicas nocturnas[5] que concilian los contrarios, como lo postula su paradojal título: “tiniebla luminosa”, donde el poeta  fusiona lo bueno y lo malo, el día y la noche, la luz y la obscuridad, el sueño y la vigilia, en ciclos ambiguos y cambiantes que disuelven lo “real” y liberan la portentosa energía vital  que desata el choque de los opuestos antes de conciliarse, como un ciego que  solo “ve”: “…sombras infinitas/infinitos pozos de agua oscura/(…)/rostros que solo emiten gritos/ (…) Tinieblas desesperadas en busca de luz/ (…) Lámparas ciegas que gritan…”[6]

En relación dialéctica negativa, en El viento y los colores, Gómez Campillo se sube a la esquina más alta de su libro y lanza una manifestación: “Sé que estoy vivo”. Y, años mas tarde, en un sofisticado ensayo sobre la poeta venezolana Yanuva León, comienza declarando: “Se escriben poemas a condición de estar viva. Pero se está viva a condición de hacer vivir el poema.” [7]

La tiniebla luminosa, Colcultura, Bogotá, 1993.

Las difíciles formas de “La tiniebla luminosa” contrastan intensamente con la transparencia y levedad de “El viento y los colores”[8], lo que da cuenta, y revela, una puesta en abismo de una existencia en tensión que subyace como furioso pulsar de la vida. De la enmarañada trama de fuerzas e impulsos latentes que ponen en pie, a diario, al poeta.

Desde un extremo hasta el otro, la poesía de Gómez Campillo, transmite la vibración del conato del ser en pugna por su existencia, las atmósferas de sus versos rea-activan imaginativamente en el lector tormentas de sombras, seres extraviados, éxtasis y agonías, delirios e iluminaciones. Desde La tiniebla luminosa se yergue un Yo,  y si,  un Ego, un soplo inmaterial que  flota inmerso en un denso cuerpo de agua que lo arrastra a la magnanimidad de lo desconocido, porque  “Desde el punto de vista de la teoría del  “…egoismo esencial que subyace a todo lo existente, defendida tanto por Hobbes a través de su principio del conato, como por Spinoza en su teoría de las pasiones (…) “cada cosa se esfuerza, cuanto está a su alcance por perseverar en su ser”[9]

El viento y los colores, Universidad del Valle, 2005

En pleno trance de conato, un día cualquiera, Gómez Campillo entró al laberinto de Spinoza. El mismo laberinto que siglos atrás visitaron Giordano Bruno, Pascal, Leibniz y todos los teósofos del siglo XVII, que quisieron demostrar (racionalmente), la existencia y naturaleza de Dios. En el año 2018, el poeta presentó su proyecto de investigación doctoral titulado “Po-ética del lenguaje en Baruch Espinosa”, investigación pensada en un diálogo profundo, con otro “cofrade” proscrito de Espinosa: el suicida de Partbou, Walter Benjamin.

Al dividir en dos partes el termino “poética”, convirtiéndolo en: po-ética, su autor acentuaba fuertemente la pretensión del desarrollo de una filosofía moral, desde el interior de la experiencia poética misma: “La expresión «po-ética» que intentaré llenar de contenido filosófico- escribió Gómez Campillo en su proyecto de investigación doctoral -, quiere remarcar y aprovechar la presencia de la palabra «ética» al interior de la palabra «poética»”[10]. A ese laberinto se lanzó, y el minotauro se lo tragó. Esa fue la última vez que vi al académico. Unos años más tarde, un abrazo nos reunió en algún rincón de la ciudad, pero él ya no era el mismo; el académico había sido “arrojado” a la exterioridad[11]: frente a mi, solo vi el poeta expoliado, retornando de los suburbios.

Baruch Espinosa

Cuando un intelectual es marginado de la academia, para el ethos moderno[12], el impacto que tiene, equivale a la expulsión de la “santidad académica”, al exilio hacia la abisal tiniebla, al lugar social del despojo del mérito y la “virtud” que sostiene a un intelectual que vive del trabajo de educar en los “templos del saber”; en tal situación, la fragilidad de  la “virtud” es socavada por el enemigo rumor: porque “Si un rumor/Te forma,/Un rumor/Te diluye,/Un rumor/Te traspasa (…) Rumor/Primero/Y último,/Rumor/O muerte”[13]. Las fauces de la noche vestida de rumor se tragan la luz.  La máscara blanca de la “ciudad letrada”, devora a su hijo, como lo hace el temible Saturno, en la inenarrable noche de Goya.

Como se sabe, el filósofo judío sefardí de origen español, nacido en Amsterdam y muerto en la Haya, que influye y apasiona al poeta, fue desterrado de la sinagoga con el siguiente anatema: “Excomulgamos, maldecimos y separamos a Baruch Espinosa, con el consentimiento de Dios bendito y con el de toda esta comunidad; delante de estos libros de la Ley, que contienen trecientos trece preceptos (…); que sea maldito de día, maldito de noche; maldito cuando se acueste y cuando se levante; maldito cuando salga y cuando entre; que Dios no lo perdone; que su cólera y su furor se inflamen contra este hombre  y traigan sobre él  todas las maldiciones escritas en el libro de la Ley, etc..”[14]

Adjetivos nada “sacros”, gélidamente burocráticos, sentenciaron lo propio para el poeta payanés, al ser separado del santuario de la moderna “sinagoga del conocimiento”. En una muestra explosiva de un acontecimiento que ilustra el complejo rizoma vital y el sentido de su existencia poética, devenida conato.

La conciliación de opuestos que el poeta logra, en su obra, en uso del régimen nocturno, le permite visualizar y, por qué no, anticipar las caídas del alma humana, incluida la propia, dado que “(…) Entre la noche y oscuridad cósmica y la noche humana psicológica, mística o religiosa hay unos lazos de relación tan profunda, que es lo que hace que también hoy, en un mundo más conceptual que el semítico, el lenguaje de lo nocturno siga prestando un gran servicio para expresar realidades profundas del ser humano.”[15]

Una poesía rica y atormentada, elusiva y profunda marca el ritmo de este trihiller de terror en el que se convirtió la vida del autor que, en pleno conatus, como el ladrón que ha robado el absoluto en su poema, como el  transgresor al que instiga y anima complicemente, cruzando los tiempos, se escurre a toda velocidad por la calle del cacho y grita a si mismo: “Corre duro,/No te dejes/Agarrar ladrón,/Es tuyo/Lo que has/Robado,/Que tus piernas/No fallen,/Dios es/Un policía,/Oye sus/Horribles/Sirenas/Dando aviso/A la humanidad,/Corre duro/Hacia ese/Punto/Donde correr/Es el sol/Absoluto/Que has/Robado,/Es tuyo ladrón,/Corre hacia/Donde correr,/Corre,/Absolutamente.”[16]. Francisco Gómez Campillo, desatado, y libre (tal vez), brazos al aire en acompasados y festivos movimientos giratorios, cual juego de veletas propinando fuertes golpes de abanico para mover el viento y los colores, y mantener encendida la llama del fuego de la vida.

De quien he escrito hasta aquí, hoy ya no queda casi nada. En “Miseria de la poesía colombiana” (2017), “Objetos fractales porno” (2020) y “La poesía me importa un pito”, Campillo se instala decididamente en la post-poesía, expande su contraído posmodernismo, migra hacia el silencio de la imagen, libera su ironía y se place en la irreverencia, experimenta hasta el límite: nace un Francisco II, o reaparece el francisco 0.0., el oculto, pero latente transgresor que caminaba por los claustros bajo el peso y la sombra del académico “correcto”. Pero esto es harina de otro costal, tema para otro capitulo.

REFERENCIAS

[1] Conatus en latín: “esfuerzo; empeño; impulso, inclinación, tendencia; empresa; afán”, es una inclinación innata de algo a seguir existiendo y a desarrollarse.

[2] Reyes, Alfonso América, en “America el pensamiento de Alfonso Reyes”, F.C.E, Mexico, 2012, pag, 122.

[3] Gómez Campillo, Francisco, “El viento y los colores”, Universidad del Valle, 2005, pag, 37.

[4] Cf. Quessep Giovanny, Rincón del bibliófago, Magazín Dominical, el Espectador, SF.

[5] Durand, Gilbert, Estructuras antropologías de lo imaginario, 1991.

[6] Gómez Campillo, Francisco Javier, La tiniebla luminosa, Colcultura, 1993, Bogotá, pág. 9.

[7] Colegio de señoritas edición 93, noviembre 28 de 2025. Disponible en: https://poesia.uc.edu.ve/colegio-de-senoritas-de-yanuva-leon-por-una-micropolitica-del-poema/

[8] Del que su “camarada” y colega Cesar Samboní dice: “La palabra constituye el espacio donde habita el poeta, es allí donde se entiende y se esclarecen sus asuntos esenciales. El viento y los colores es en relación a esa palabra, la apertura hacia una levedad zen que se manifiesta como una disminución de peso en la sustancia formal del poema” (Samboní, Cesar, en “El viento y los colores”, Universidad del Valle, 2005, contra carátula).

[9] Peña García Vidal, 2017: 16, en Valencia, Mario, “Sanación en la creación: Posibilidades y límites del cuidado de lo sensible” en “Estéticas para el cuidado de lo sensible”, Universidad Distrital Francisco José de Caldas, 2021, pag.65.

[10] Gómez Campillo, Francisco, “Po-ética del lenguaje en Baruch Espinoza”, proyecto de investigación doctoral, 2018.

[11] Gómez Campillo, Francisco, “El viento y los colores”, Universidad del Valle, 2005, pag, 22.

[12] Echeverría, Bolívar, “Discurso critico y modernidad”, Ediciones desde abajo, Bogotá, 2011.

[13] Gómez Campillo, Francisco, “El viento y los colores”, Universidad del Valle, 2005, pag, 37.

[14] Vidal Peña, en “Ética demostrada según el orden geométrico”, Spinoza, Baruch, Tecnos, Madrid, pag.29.

[15] Noche, oscuridad, tiniebla y Dios JOSÉ DAMIÁN GAITÁN, Revista de espiritualidad, Julio-Sept de 1998 (57), Madrid, págs., 399-430, pag. 402. Disponible en https://www.revistadeespiritualidad.com/index.php?Seccion=verportada&Id=8

[16] Gómez Campillo, Francisco, “El viento y los colores”, Universidad del Valle, 2005, pag, 47.

* Escritor.

 

 

Las escritoras centenarias del Gran Caldas lograron visibilizar su legado en un libro

El proyecto Mujeres Escritoras Centenarias del Gran Caldas “dio a luz” un impecable y hermoso libro, resultado de un proceso iniciado hace cuatro años bajo la dirección de la escritora y periodista Adriana Villegas Botero, en alianza con el Banco de la República, el periódico La Patria y la Universidad de Manizales.

Este libro de 312 páginas, con ilustraciones de Natalia Manzano Ávila, contiene reseñas bibliográficas a cargo de otros escritores e investigadores de la región, fragmentos de las obras de 21 autoras nacidas en la región del Gran Caldas entre finales del siglo XIX y principios del XX, fotografías, varias de ellas las únicas que se encontraron de estas literatas, códigos QR que permiten acceder a la biografía y conferencias de este ciclo y eruditos ensayos de presentación y epílogo.

Muchas de estas escritoras fueron mujeres que escribieron solo para sí mismas o publicaron de forma limitada en periódicos y revistas: cuentos, poemas, crónicas, ensayos, diarios, relatos de viaje, prosas líricas. De manera similar a lo que planteaba Virginia Woolf con su concepto de una “habitación propia”, estas mujeres desafiaron las imposiciones del sistema patriarcal de su época para dar vida a sus inquietudes intelectuales. Según las palabras de las autoras del proyecto: “Estas 21 mujeres simbolizan a todas aquellas que escriben hoy o lo harán en el futuro. Es una llamada al espíritu no solo de las escritoras, sino también de quienes leen, ya que leer es un acto revolucionario y nuestras elecciones literarias reflejan la sociedad que queremos construir día a día”.

El proyecto se originó gracias a la exhaustiva investigación de Adriana Villegas Botero en periódicos y revistas de la época, como parte de su tesis doctoral en Literatura otorgado por la Universidad Tecnológica de Pereira. En este confluyen los aportes de 21 escritoras: María Martínez de Nisser, Ana Joaquina Cárdenas, Agripina Montes del Valle, Rosario Grillo de Salgado, Claudina Múnera Mejía, Natalia Ocampo de Sánchez, María Botero Robledo, Uva Jaramillo Gaitán, Belisa Botero Mora, Blanca Isaza, Agripina Restrepo de Morris, María Eastman, Chila Molina Salazar, Helena Benítez de Zapata, Fabiola Aguirre Suárez, Carmelina Soto Valencia, Maruja Vieira White, Dominga Palacios, Beatriz Zuluaga, Fanny González y Dorian Hoyos Parra.

En la presentación del libro titulada “Nuestras ancestras: mujeres escritoras centenarias del Gran Caldas”, Villegas Botero expone un detallado análisis subrayando los motivos que justificaron la gestación de este innovador proyecto, único en Colombia con estas características, los cuales se resumen en una serie de ejes principales:

– Para dar voz a quienes han sido olvidadas.

– Para contribuir a una feminización del canon literario.

– Para construir colectivamente la memoria regional.

– Para trazar una genealogía de autoras locales.

– Por placer.

– Para generar interrogantes e inspirar nuevas conversaciones.

El desarrollo del proyecto ha estado acompañado por una intensa labor educativa y pedagógica en diversas regiones del departamento de Caldas. Gracias a un enfoque multidisciplinario y con apoyo crucial de diversos aliados, esta iniciativa ha adoptado múltiples formatos como charlas, el propio libro, podcasts, pendones informativos, artículos periodísticos y programas tanto radiales como digitales. Este enfoque interdisciplinario ha propiciado un diálogo inédito utilizando herramientas del mundo contemporáneo.

Ivonne Mendoza Niño, gerente del Centro Cultural del Banco de la República y anfitriona clave de esta iniciativa cultural, y Beatriz Mejía, las dos editoras del libro, destacaron que el proyecto contempla al menos dos fases adicionales. En estas etapas futuras se buscará mediar los contenidos creados para fomentar una apropiación más profunda del material. “El objetivo es que las Mujeres Centenarias del Gran Caldas formen parte activa en los hábitos de lectura de la región. Esto incluye promover su inclusión en planes lectores escolares y universitarios, tertulias literarias y clubes de lectura”. También se espera, agregaron, que investigaciones futuras reconozcan y den mayor visibilidad a estas y otras autoras que contribuyeron al desarrollo literario y cultural de su tiempo.

Es de destacar en el desarrollo de la historia Mujeres Escritoras del Gran Caldas, la valiosa y permanente participación de niñas estudiantes, y su profesora, del colegio Perpetuo Socorro de Manizales.

  • Mujeres Escritoras Centenarias del Gran Caldas. Adriana Villegas Botero, investigación y compilación. Ivonne Paola Mendoza Niño y Luz Beatriz Mejía Granados. editoras. Banco de la República. Borradores de Gestión Cultural Documento 6. Resultados de proyectos culturales del Banco de la República., 2026.

 

 

 

Dos poemas de Dorian Hoyos Parra

Dos poemas registrados como inéditos de la escritora Dorian Hoyos (Manizales, 1933) incluidos en la antología “Poesía del asombro”,  publicación de la colección Ediciones Embalaje del Museo Rayo de Roldanillo (Valle).

“Los asombros de la poeta Dorian, entre brumas de amanecer y arreboles rojos-ambarinos, se leen de verso en verso, de poema en poema, hasta la última palabra de esta compilación, cuidadosamente escogida por ella misma, a ritmo de tiempo, a ritmo de vida… y lo digo porque escuché de su voz la lectura completa de los poemas que seleccionó para este libro, organizándolos según el año de publicación de los poemarios: Cantos intemporales (1981); Gotas de Rocío (1.991); Eros y Urano: amor y cielo (1999); Alma de Gema (2008); Vivencias (2013). Y algunos Poemas inéditos (dos de los que publicamos) que verán la luz en esta publicación”, escribió en la presentación del libro la poeta Juana Echeverri Escobar.

Por su parte Dorian expresó: “Recibo esta antología como algo que yo no esperaba, pero que me llena de una gran alegría. Agradezco a todas las personas que me han rodeado para desarrollar mis posibilidades y llegar hasta donde he podido llegar. Todo lo que he hecho ha sido con el amor, con el deseo de ser útil. Todo lo que uno hace por la comunidad tiene dos vertientes: Las personas que reciben lo que uno hace y capitalizan. Y uno que pudo dar algo de sí.

 

MUJER

“El feminismo no es una lucha contra los hombres, sino contra el sistema de valores”.

Ana María Meza Villegas.

Eres la sombra compañera

del hombre a quien reclamas,

por sus actitudes,

no por ser hombre.

Mujer, recibes y germinas su semilla,

haces que la sociedad tenga valores,

maestra de los siglos,

vas a la fábrica, a la industria,

a la academia, a la ciencia.

 

Estás hombro a hombro con él,

porque eres su complemento, no su rival.

Desde siglos inmemoriales

se escucha tu eco,

tu clamor, tu palabra de aliento.

Animas la otra parte de la humanidad.

Lo acunas, lo refugias, lo formas o deformas.

 

Das alegría a sus tristezas,

ternura y fortaleza.

Eres el complemento que da y recibe

y por ello deberías ser

balanza en la humanidad,

para que fuera menos triste y desequilibrada,

para que no hubiera guerras,

niños y niñas sin amor y sin comida.

 

Eres tu la que has respondido

en un porcentaje muy alto en la historia,

por el pan, techo y educación

de los hijos, sorteando todas las dificultades.

No puede negarse que

han existido maravillosos padres.

 

Tu valor es enorme,

nunca lo comprendiste

y menos te lo enseñaron.

No es tu sexo

si supieras y pusieras en práctica

tus grandes dotes, realmente haríamos

el balance que por siglos se ha roto.

 

Busca el equilibrio en ti, en tu grandeza,

en su capacidad de amar,

sin ser esclava ni ama.

sé la compañera del compañero.

 

RECONOZCO A MI CUERPO

 

Reconozco a mi cuerpo

porque es mi vehículo,

mis emociones, pensamientos,

locomoción, sentimientos,

da calor a mis cobijas frías,

porque es comburente y

combustible, es mi reloj de tiempo

y mi tiempo.

 

Mi corazón, el sistema central y periférico,

lo siento en todas partes

por medio de sus pulsaciones

al correr de la sangre, río de vida

y mis pulmones el aire renovado.

 

Mis órganos, el intrincado

y coordinado mecanismo,

que me anuncia urgencias.

 

Mi cerebro, maravilla

que coordina mi voz, mi pensamiento,

todo el funcionamiento

de mi organismo y movilidad.

 

Mis ojos que ven su entorno,

formas, colores,

mi nariz que percibe

los olores suaves y penetrantes.

 

Mi tacto, suavidad del amor – hijo,

del amor – padres,

del amor – amor que fructifica.

 

Mis oídos con los que

percibo el canto de las aves,

el rumor de la quebrada, la palabra arrulladora,

o airada.

 

El gusto que distingue

la variedad de sabores

de mi diario sustento,

sus funciones cumplidas.

 

¡Agradezco a mi cuerpo total,

toda mi vida!

 

 

¿Qué es pensar la nada?[1] La poética de César Samboní.

Pero ¿qué es “Pensar la nada”?, quizás sea mejor hacer una aproximación en negativo, intentar una definición negativa de pensar la nada: en esta perspectiva, pensar la nada no es lo mismo que pensar sobre la nada, lo cual, de ser así, nos conduciría a una aproximación especulativa de tipo metafísico, lo que, indudablemente, nos aleja del contenido y el propósito del libro de poemas de Cesar Samboní: “Pensar la nada”. Tampoco es pensar en nada, pues pensar en ella, como lo enseñó el cartesianismo, hace siglos, seria pensar en algo, totalmente contrario a la realidad de la nada.

A la nada como sustantivo, el poema de Samboní (Bolívar, Cauca, 1972), se acerca, y, por tanto, bordea “mucho” y “todo”. “Mucho” y “todo”, como sustancias y referentes de una realidad nadificada. Pensar en la nada en clave semántica sustantivada, en este libro, significa, entonces, claramente, dos cosas: 1) que el poeta confiesa que realiza un ejercicio de pensamiento y 2) que el objeto (o los objetos) poéticos de ese pensamiento son entes, o entidades degradadas a la categoría de nada, aunque son claramente algo, son:  vida, ciudad, modernidad, esencia de la poesía, oficio de escribir, cuerpo, capitalismo, desnudez, sordidez, presencias reunidas en  síntesis poética y nombradas como “nada”, la “nada” de Samboní.

Con respecto a lo primero, la intención resulta escandalosa: el poeta confiesa que (por lo menos en este libro), se dedica a “pensar”, pecado mortal en el contexto de la poética postmoderna. Y lo segundo, algo grotesco y, en algunos pasajes, escatológico, que ese amplio espectro de la vida actual que he enumerado al final del párrafo anterior, es valorado negativamente, cargado semánticamente de gravedad, pintado en tono mate, desprovisto de todo brillo, en un degradeé intensificado que oscila de la presencia a la ausencia de sentido, en caída libre hacia donde solo hay eso: “nada”. Todo lo cual, plasmado en los treinta y cuatro poemas que configuran el libro, constituye un extenso y perturbador oxímoron.

Heráclito pensó en la nada como la otra cara del ser (con la preposición en antecediendo, no con el artículo la como en el caso que aquí nos ocupa, lo que desplaza el sentido morfosintáctico del en como continente,  contenido y lugar mediato en el que acontece ese pensar,  hacia el articulo la que sitúa el pensar en frente de  el objeto de ese pensamiento: la nada), en la nada también pensó Hegel y con él los poetas románticos alemanes, así mismo lo hicieron Heidegger y Sartre, ambos con el telón de fondo de una existencia asolada por la guerra y la autodestrucción humana. Los poetas desde Parménides hasta Paul Celan, pasando por Hölderlin, Mallarmé, Eliot, Pessoa, Borges, Huidobro y León de Greiff. De modo que, el tema, ni en filosofía ni en poesía, es nuevo, lo nuevo es la actitud. Lo novedoso es que en una época que desprecia el pensamiento y la profundidad, mucho más en el seno de la poesía, reaparezca el carácter y el talante de un poeta que reivindica el “pensar” (la nada) y con ello, despliega una acción critica, a contrapelo del espíritu de la época.

Los contenidos de la “nada” frente a la que se sitúa el pensar poético de Samboní, labran un dialogo intertextual, mediante la codificación semiótica de un sistema de imágenes diseminadas e interconectadas a lo largo de los poemas, a través de constantes estéticas articuladas que componen los “motivos” del libro. Esos sistemas lexicalmente atravesados por un lenguaje directo y “bajo”, de fácil digestión semántica para el lector, cercanos a su cotidianidad, sacrifican una parte de su carga connotativa, en beneficio de su denotación. Esto simplifica el acceso al poema, un valor positivo, en una época que privilegia la sofisticación superficial, repudia lo profundo y denso, y desprecia el significado trascendental.

La vida en este libro, es montaña, agua, respiración, aire, color elemental del cielo, viento, aliento, alimento, fascinación primitiva, candela en la hornilla, vino exótico, viento fugaz, lluvia, hoja sin agua. Un sencillo, pero sólido imaginario de naturaleza primigenia, señalando la vida que persiste en el agotamiento, una vida nadificada, no por falta de contenido, ni vacío interno, sino por la voracidad del desastre en medio del cual, increíblemente, se sostiene, como los asombrosos jardines que irrumpen florecidos por entre las ventanas y rejillas de los derruidos edificios de la Habana.

Ese desastre que circunda la vida, en la poesía de Samboní, es la ciudad; la ciudad como nada es paisaje (pero interno), espacio (pero anulado), ruido, brillo, putas, pavimento, anuncio publicitario, esquina (pero poblada), casa (que aúlla), acido (de motor), iglesia, museo grande, velocidad, autopista, aglomeración, avenida, espejo, piso (pero de tierra), forma (perdida), golpe (invisible), camino y caída, castillo, resplandor, vacío (sin forma), deambular. En una construcción meticulosa de acotaciones y teatralizaciones de esas nadas sustantivadas que cincelan los bordes de siluetas desoladoras, que evocan, inevitablemente, a Baudelaire, pensando por Benjamin, entre las muchedumbres penumbrosas y estridentes del París del segundo imperio.

En el corazón de esa “nada” hecha de capas, aparece la nada como cuerpo desnudo, deshilachado por la alta modernidad y el capitalismo: piel (deshidratada e hiriente), hueso, hígado, espalda, diente, vejez, orgasmo, enemigo, asesino, cuchillo (de terribles dientes), muerto (a cuestas), cuerpos (usados), carne (viva), labio, ojo (sin tiempo), parpado, músculos (tensos), diente (lavado), Ruvastatina, antiácido, ansiolítico, más cuerpo, más piel. Carne desperdigada entre oficinas de bancos, billetes de lotería, bilis de cajeros automáticos.

Sustantivos sometidos a la mordaz torsión semántica del adjetivo que compone sistemas de sentidos y constantes estéticas que hablan de la nada como indigencia del hombre lanzado a la deriva de la ciudad, una ciudad pequeña, periférica: daño colateral, huella desastrosa y marca sombría de la decadencia global. No es el Sena, es el rio Molino, pero es la misma civilización. El pensar del poeta de Bolívar, Cauca, deja al descubierto la desnudez del hombre (mujer) cyborg del espacio urbano de hoy, el nuevo Frankenstein cibernético que camina como Zombie por nuestros andenes, guarneciendo su piel calcificada por el frio, bajo los aleros coloniales, lo que sintoniza en la misma frecuencia de las criticas de Berman a la modernización: “Para Marx, que escribía después de las revoluciones  y reacciones burguesas y que esperaba una nueva oleada, los símbolos de la desnudez y la caída del velo recuperan la profundidad dialéctica que Shakespeare le diera dos siglo antes. Las revoluciones burguesas, al desgarrar los velos de las “ilusiones religiosas y políticas”, han dejado al desnudo el poder y la explotación, la crueldad y la miseria”. (Berman, M: 1982: 106).

Entonces, la nada de Samboní genera su propio lenguaje, la meta-poesía (infaltable en todo poeta profundo), irrumpe en la lírica de Samboní como anti-lírica. La meta-poética (equivalente de la meta-ficción en la narrativa), se desprende de forma natural y lógica, se ramifica desde ese árbol estructural del estado de indigencia y desastre que caracteriza “Pensar la nada”; aparece el nombre (sin nombre), el nombre (de todos), la ceguera a merced de las palabras, la sarna que corroe las palabras, nombrar sin término, el poema de la palabra absurda.

Este “mentar” agresivo (en la semántica de Heidegger), ese golpe de palabra estruendoso, sirve para desarrollar una apuesta literaria escalofriante: lograr factura estética a través del uso procaz del lenguaje. La actualización de la crítica, al “pensar” esa “nada”, de Samboní, encuentra en la irreverencia del fraseo sórdido del “mal hablado”, un sello transgresor, que le imprime potencia a las imágenes y a las escenas. Esto es una puesta en cuestión, directa, de la tradición de la lírica moderna colombiana, a su culto al poema “redondo”, enseñado y cultivado en todos los talleres de poesía, premiado en todos los concursos: el verso limpio, ascético, elegante, queda pulverizado en el poema de Samboní, a través de la deconstrucción de la imagen perfecta, sofisticada, relamidamente bella, herencia (como tantas otras) del débil romanticismo estético que influyó y atravesó el corazón de toda la lírica moderna colombiana, desde Silva hasta el comienzo del Nadaísmo, donde fue neutralizado transitoriamente, pero que pervive en la poesía colombiana contemporánea de hoy, campante y dominante en el reciclaje que han hecho figuras prominentes y dominantes de la poesía colombiana, de ese realismo mágico, (impacto colateral negativo (en la poesía), del domino de  Gabriel García Márquez en  la prosa, reflejado en una lirica de corte sensualista, sobre erotizada, saturada de imágenes imposibles, dulce al ojo y al paladar de la imaginación desbordada, pero sin contenido trascendental, ni concepto, desprovista del “pensar” en lo fundamental. En “Pensar la nada” sucede algo diferente: como resultado de un salto mortal ético y estético, en Samboní, llegamos a un punto en el que “ya no fueron mas sonidos dulces”: elimflobrs, elimflobrs, trombs, trombs, akrafs , akrafs, títulos inútiles, porque un día la escritura se corrió, “un poco a la izquierda /hacia la palabra pesimismo”.

En ese peregrinar por la estética de lo sórdido, en la escucha atenta del poema de  “Pensar  la nada” de la existencia,  de Samboní, ya no asistimos a la misma desnudez del caminante por el Bulevar Haussmann, ni por el puente de Brooklyn en Nueva York, esta poética del desastre, no se resuelve como elogio de los paraísos artificiales del hachís o la morfina, del peyote o la psilocibina; no romantiza los surreales, y casi paranormales, paisajes de los desiertos del suroeste de USA, tan mitificados por la generación Beat.

El ruido del nombre, el estruendo de la palabra en el “mentar” (en el sentido de Heidegger) de este poeta colombiano, tiene su propio sonido y ritmo, su propia paleta: la abismal presencia de la oscuridad de una ciudad perdida en un túnel de tiempo, el olor de la sangre espesa, el filo de la noche con cuchillo y machete, la masturbación en medio de la amargura y la orfandad, el estruendo del vómito, el desahucio y el abrazo hipócrita, todo ello entre bárbaros perfumes, ollas sin fondo, enanos asquerosos, inválidos alucinantes, ojos desquiciados, asesinos, sarna de la tarde, loza por lavar, perros hambrientos, café sobrecargado, visiones forzadas, dragones, arroz escaso y melancolía. Aquí encontramos plasmada la concreción artística de un impulso vital irrefrenable: la realización poética de un mundo cocido desde ese fondo, sin fondo, desde donde se expresa la vida, sin ambages, con fidelidad, hasta la muerte.

Popayán, mayo 3 de 2026.

[1] Samboní César, “Pensar la nada”, libro de poesía, inédito.

* Escritor.

“Ayer Acaso”

El escritor Uriel Giraldo Álvarez, presentó el 24 de abril pasado su segunda novela “Ayer Acaso”, en compañía del  profesor de literatura en la Universidad de Caldas, Carlos Andrés Colorado. Esta obra fue publicada dentro de la colección de escritores caldenses de la Secretaría de Cultura de la Gobernación de Caldas y la Red de Bibliotecas Públicas. Uriel Giraldo Álvarez, es además poeta con varios libros publicados y codirector, con Yolanda Arias, de la sala de teatro El Escondite. “Ayer Acaso” posee una especial y agradable narrativa en dos enfoques al mismo tiempo de una historia con agudo humor que arranca con el extraño suceso de la aparición de un gran sapo en un colegio que refleja la común metáfora del sapo en la cotidianidad colombiana.

Publicamos a continuación un capítulo de “Ayer Acaso”:

BRINDIS 15

La nostalgia aparece sin previo aviso en un improbable y solitario salón. De pronto, la canción de José Feliciano que alguien entona a su lado, pueblo mío que estás en la colina, lo resucita en una mañana lluviosa, tendido como un viejo que se muere, en un lejano undécimo de bachillerato, la pena, el abandono son tu triste compañía, de un pueblo lluvioso, de calles agrietadas, pueblo mío te dejo sin alegría, alargado como un lagarto, siguiendo el filo de una colina ¿Qué será, qué será, qué será? ¿qué será de mi vida, qué será? La nostalgia de la canción le recordó la carta de su madre que tenía en el bolsillo. Si sé mucho o no sé nada. La había recibido esa misma mañana, ya mañana se verá, pero había decidido no abrirla, y será, será lo que será, hasta no presentar el examen. Ya mis amigos se fueron casi todos.  Temía no una mala noticia, y los otros partirán después que yo, pero sí algo que lo contrariara. Lo siento porque amaba, o por lo menos que lo perturbara, su agradable compañía, y lo pusiera en otra órbita de preocupaciones, mas es mi vida tengo que marchar, diferentes al examen, ¿qué será, qué será, qué será? seguramente su madre volvía con sus aprehensiones y consejos inoportunos e impositivos, ¿qué será de mi vida, qué será? Allí mismo, mientras sus compañeros seguían cantando decidió leerla. Si sé mucho o no sé nada, ya mañana se verá Querido hijo, No sabes la alegría, y será, será lo que será, que nos da, saber que dentro de poco estarás de nuevo con nosotros, ¿sí? y ¿eso por qué? En la noche mi guitarra, No te imaginas todo lo que le tocó bregar a tu papá, ¿sí?, me imagino, dulcemente sonará, para conseguir que en la empresa, La Empresa, como si fuera de la familia o no existiera sino esa empresa, y una niña de mi pueblo llorará, te permitan hacer el ruralito ahí, ¿y quién dijo que a mí me interesa? amor mío me llevo tu sonrisa.

Pero finalmente consiguió que te aceptaran, a mi? ni siquiera se me había ocurrido, que fue la fuente de mi amor primero, Sólo falta que vengas y ultimes los detalles, todo tan sencillo, ¿no? amor, te lo prometo, bueno allá te dirán qué papeles necesitas, cómo y cuándo no lo sé, todo va a salir bien. mas sé tan sólo que regresaré. Confiamos en que, portándote bien, te puedas quedar en la empresa trabajando cuando te gradues, no importa que te pudras en este pueblo. ¿Qué será, qué será, qué será? y todos estaremos dichosos de tenerte, ¿qué será de mi vida, qué será? después de tanto tiempo sufriendo y gozando fuera de casa, si sé mucho o no sé nada, será lo mejor para todos, siempre pensando que lo que es mejor para ella, es también lo mejor para todos, ya mañana se verá, aquí te ahorrarás, yo no, mi papá, el alojamiento, la alimentación, arreglo de ropa, y será, será lo que será. Deseando que llegue pronto la hora en que estés de nuevo en casa, ya decidieron por mí. Qué raro, primera vez que no se queja de nada. Así que ya habían decidido que eso era lo mejor para él. Su familia era la única que estaba al tanto, no del dilema en que se hallaba, pues ellos ya creían haberlo resuelto, sino del paso siguiente de sus estudios.

La carta y las canciones que siguieron, le trajeron a la memoria una lejana mañana en el colegio de su pueblo. En plena izada de bandera, cuando un estudiante leía su discurso de homenaje a la historia del colegio, al describir el significado de su escudo, apareció, encima del porche donde se había instalado el podio, sin saberse cómo había llegado hasta allí, un hermoso sapo de bronce. Hecho que fue el comienzo de una cascada de bromas inofensivas y fabulosas que desencadenaron una serie de investigaciones que mantuvieron a los estudiantes durante un semestre en un vilo feliz, en un estado de exultación, casi de exaltación erótica. Apenas ahora, seis años después, vino a descubrir, a creer descubrir, su asociación erótica inconsciente, tal vez por la inmediatez de los sucesos y no tanto por la corriente y vulgar denominación de sapo a los genitales femeninos.

Estaba empezando el acto de izada de bandera y de pronto se despejó el firmamento. Las gruesas nubes se desplazaron hacia la cordillera y el sol llegó despierto y quemante. Pronto empezó a salir de entre las diminutas piedras de la capa de grava que cubría la tierra, un vapor tibio, como de un inmenso sauna que quedó atrapado entre las faldas de las colegialas y humedeció sus calzoncitos fragantes.

Esas eran las imágenes que siempre le venían sin esfuerzo alguno, que se le imponían como si tuvieran vida propia, autonomía. Luego habría de recordar, ayudado por la atención expectante de los compañeros del grupo de teatro y por las preguntas ávidas de Mimí, una sucesión de hechos, de esos que requieren mayor dedicación de la memoria para hacerse presentes y que por ello, uno no sabe si ocurrieron así o si es que el recuerdo los corrige, los mira con la perspectiva de ahora, a través de las vivencias tenidas después de lo recordado, en ese privilegio y necesidad de los seres humanos de corregir su propio pasado.

 

 

 

 

 

 

El poder de la prensa

Los escritores siempre han sabido auscultar los tiempos e interpretar a su manera las diferentes situaciones que atraviesan las sociedades y más si son en las que están inmersos, pues además las tienen que soportar. Esto lo hizo magistralmente Mario Vargas Llosa sobre su país de origen, el Perú, en una época de ingrata recordación, la dictadura Fujimori-Montesinos (1990-2000); fue un periodo de diez años caracterizado por la reestructuración económica radical, el fin del terrorismo de Sendero Luminoso y un estilo de gobierno autoritario, altos niveles de corrupción y graves violaciones de los derechos humanos.

Uno de los personajes más siniestros de esa época fue  Vladimiro Montesinos quien  actuó como asesor principal de Alberto Fujimori y jefe de facto del Servicio de Inteligencia Nacional (SIN). Lo caracterizó su autoritarismo, corrupción sistemática, y el dominio absoluto de las fuerzas armadas y medios de comunicación. Constituía indudablemente el poder detrás del trono y precisamente, al querer tener el control sobre todo, hizo que se documentaran minuciosamente sus fechorías, lo cual sería su perdición y la del régimen.  

Además de la curiosidad propia de los escritores, también es necesario tener en cuenta que en las elecciones presidenciales de 1990 Mario Vargas Llosa fue candidato presidencial en Perú, liderando la coalición de centroderecha FREDEMO. Aunque era el favorito, perdió en segunda vuelta, ganada por Alberto Fujimori, de todas formas esto marcó su paso de la literatura a la política activa y le crearía un interés especial por analizar el desempeño de su adversario político.

Su versión novelada de la situación vivida en esa época la constituye su libro Cinco esquinas publicado en el 2016 cuando ya los nefastos hechos de ese periodo se habían divulgado. Se trataba de encontrar en ellos diversas explicaciones y así hacer un análisis objetivo de esa terrible época. En su obra denuncia cómo la prensa amarilla fue instrumentalizada por quien denomina el Doctor para destruir la reputación de adversarios políticos, siendo la “orgía de la noticia falsa” un tema central. Se enfatiza en el clima de miedo y chantaje bajo el régimen.

Destapes duraba ya tres años. Le iba bastante bien ahora, se decía que gracias al Doctor quien según los rumores, se había convertido en mecenas del semanario, el amo secreto de su existencia más bien marginal. La revista era un relativo éxito de ventas pero casi no tenia publicidad, de modo que apenas pagaba sus gastos. Rolando Garro completaba sus ingresos personales extorsionando a vedettes y productores con amenazas de divulgar sus pecadillos secretos y, a veces, recibiendo dinero de gentes que querían hacer daño a otras personas –competidores y enemigos— desprestigiándolas y ridiculizándolas.

Se presenta un caleidoscopio de personajes representando todas las condiciones sociales desde las más encumbradas hasta las más humildes, desde los marginales que no saben si comerán mañana o ignoran donde dormirán, hasta aquellos con segunda vivienda en otros países y con los gustos mas estrambóticos y además forma de degustarlos. La decadencia se ve no solo en los personajes sino en los sitios exclusivos antes, como el barrio de Cinco esquinas, centro de lujos y esplendores, ahora muy venido a menos habitado por personas humildes y uno que otro indeseable socialmente.

El ingeniero dueño de minas Enrique Cárdenas en una noche de desenfreno fue sin darse cuenta fotografiado en poses comprometedoras y esto desencadenará tragedias impensables pues este material llega a manos del director del medio amarillista, quien las aprovecha para solicitarle al empresario apoyo económico para su medio Destapes a lo cual éste se niega y comienza un largo calvario en el cual uno de los más perjudicados será el mismo Rolando Garro, y luego se sabrá la ejemplarizante razón.

Que malvados, que sanguinarios, le habían chancado la cara con una piedra y acribillado el cuerpo a puñaladas. Eso no podía ser obra de un simple pericote, de uno de esos pobres diablos que robaban carteras o arranchaban relojes. Ésa había sido una venganza. Un asesinato bien planeado y, seguramente, muy bien pagado. Un asesinato de sicarios, de profesionales del crimen.

El ingeniero había ido adonde su amigo el abogado Luciano Casasbellas y sería quien, comprendiendo la angustia de Enrique, le prometió su incondicional ayuda, incluso llegó a decirle que si era necesario parar el escándalo habría que hablar directamente con el Doctor, como efectivamente lo hizo. El clima de miedo y de chantaje que permea la sociedad en ese entonces se ve reflejada constantemente, sobre todo, en la forma como se tramitan las situaciones conflictivas como las que atraviesa el ingeniero. Al asesinato del director había que buscarle un culpable y entre más humilde mejor pues no tendría posibilidad de reaccionar en su defensa ante el peso de la evidencia, acomodada por autoridades superiores a un pobre poeta que en su momento perjudicó Garro y quien no cesaba de escribir contra el director en diferentes medios. Su íntimo amigo lo citó para advertirle del montaje en su contra.

El antiguo recitador tenia la extraña sensación de que aquello no estaba ocurriendo , era una pesadilla y en cualquier momento se iba a despertar y a reírse del susto que había pasado ante lo que no había ocurrido y tampoco iba a ocurrir. Pero ahí estaba su amigo Willy el Ruletero mirándolo apenado.

Para salvar Destapes, creado por Rolando Garro, se le ocurrió a la Retaquita, Julieta Leguizamón, principal y única reportera del medio, salir adelante haciendo lo que fuera, sabiendo que el peligro no estaba en ellos ni en sus detractores, sino en lo que hacían con la honra de los demás, así fuera selectiva. A todas estas fue clandestinamente contactada por el Doctor quien le dejó muy claro que la lealtad era lo principal en la relación que establecerían. Le surgieron muchas dudas: ¿Por qué tenía que pedirle Rolando Garro permiso al jefe del Servicio de Inteligencia para hacer lo que había hecho? ¿Trabajaba Rolando para este sujeto, entonces? ¿Era verdad eso que ella había creído siempre un mero rumor difundido por los enemigos de su jefe? Que este trabajaba para aquel, que formaba parte de sus perros de presa periodísticos.

El ganarse la confianza fue la clave para lograr destapar tanta inmundicia, tanta violencia, tanta corrupción y rendir de esa manera un homenaje a su mentor y salvar la sociedad de las temibles garras Fujimori-Montesinos. Cada entrevista con el Doctor, ahora su jefe, clandestina y arriesgadamente, la grabó pues sería clave para respaldar su denuncia.

Volviendo a la realidad, en septiembre de 2000 apareció el primer vladivideo en el que Montesinos le entregaba US$15.000 al congresista de la oposición Alberto Kouri para que se pasara a las filas del partido de Fujimori. Una semana después se fugó hacia Panamá tras la divulgación de una gran cantidad de filmaciones y grabaciones de voz en donde aparecía repartiendo dinero y favores a empresarios y políticos peruanos. Las investigaciones revelaron la implicación de Montesinos en una amplia gama de actividades ilegales, como malversación, tráfico de drogas y organización de ejecuciones extrajudiciales. Posteriormente fue capturado, juzgado y condenado por múltiples cargos.

Definitivamente la verdad se impone por más medios que se utilicen para ocultarla, y frente a la maldad, la justicia debe resplandecer como en este y muchos otros casos, pero sí hace falta la decisión de los medios independientes de investigar hasta las últimas consecuencias para  constituirse de esa manera en el respetable cuarto poder capaz de influir en la sociedad y estar vigilante a los excesos de toda índole.

Profesional en Filosofía y Letras Universidad de Caldas.

 

Caldas impulsa el talento literario en la Feria Internacional del Libro de Bogotá 2026: 49 autores conforman la delegación del departamento

Inició ya la Feria Internacional del Libro de Bogotá 2026, y el departamento de Caldas participa con una destacada delegación cultural conformada por 49 autores y una editorial, cuyas obras reflejan la diversidad de voces, territorios y miradas que enriquecen la identidad cultural del departamento.

Esta presencia consolida a Caldas en uno de los escenarios literarios más importantes del país y marca el segundo año consecutivo en que el departamento regresa a la Feria, reafirmando su compromiso con el fortalecimiento del ecosistema literario.

Esta presencia se articula con el lema de la Feria, “Palabras que hilan historias”, una apuesta por conectar las regiones, las memorias y los procesos culturales a través de la literatura, el arte y la palabra.

La jefa de proyecto de la FILBo, Tatiana Rudd, destacó: “Estamos inaugurando el pabellón Colombia, que es el corazón de la FILBo, el lugar donde se reúne todo lo que está pasando a nivel de producción artística en el país. Este año, bajo el concepto ‘Palabras que hilan historias’, nos conectamos con todas las regiones y con el trabajo de las entidades que le apuestan al desarrollo social a través del arte, la cultura y las letras. Esto no solo construye capital humano, sino también desarrollo social y económico para el país”.

En coherencia con el lema de la Feria, desde la Secretaría de Cultura de Caldas se destacó la conexión del departamento con esta apuesta nacional, resaltando el valor de las tradiciones, la creatividad y las narrativas del territorio.

“Desde Caldas entendemos la cultura como una inversión en lo humano, en la creatividad, en el alma y en el corazón. Nos articulamos con este concepto de ‘Palabras que hilan historias’ porque nuestro territorio está lleno de manos que tejen saberes y narrativas: desde la lana de Marulanda, la seda de Aranzazu, hasta nuestras tradiciones vivas. Traemos una lectura que también se siente, que no siempre se ve, y que se refleja en propuestas como el ‘mito de lo invisible’, además de una agenda cargada de historias, oralidad y memoria de nuestros pueblos”, expresó la secretaria de Cultura de Caldas, Luz Elena Castaño Rendón.

La participación de Caldas en la Feria hace parte de una estrategia integral orientada a promover la lectura, apoyar a los autores y generar espacios de circulación para las obras del departamento. En este contexto, y en sintonía con los ejes conceptuales de la Feria, la programación se articula en torno a una reflexión sobre el silencio como forma de comunicación, escucha y lectura, entendiendo este concepto como una oportunidad para conectarse con el otro desde nuevas formas de percepción.

Así las cosas, la Secretaría de Cultura de Caldas presentará una de las experiencias más significativas de su agenda: el “mito de lo invisible”, desarrollada con la participación de personas invidentes, que invita a reflexionar sobre cómo leemos más allá de lo visible, explorando otras maneras de sentir, interpretar y comprender las historias.

La agenda contempla presentaciones de libros, conversatorios y transmisiones en vivo, permitiendo ampliar el alcance de los contenidos y acercar la literatura caldense a públicos dentro y fuera de la Feria.

En ese sentido, la invitación es a visitar el stand de Caldas y a estar atentos a las redes sociales institucionales, donde se estará compartiendo toda la programación, horarios y transmisiones en vivo de las diferentes actividades.

El dato:

Durante la jornada inaugural de la Feria Internacional del Libro de Bogotá 2026, el stand de Caldas contó con la visita de la ministra de las Culturas, las Artes y los Saberes, Yannai Kadamani Fonrodona, quien recorrió el espacio en señal de respaldo al departamento y a su apuesta por el fortalecimiento del sector literario y cultural.

Jefa de proyecto de la FILBo, Tatiana Rudd. / Secretaria de Cultura de Caldas, Luz Elena Castaño Rendón.

Al amor y al viento

Poesía de José Rodrigo Zuluaga Gómez

Desde el instante en el que recibí la generosa invitación de Rodrigo para la presentación en Manizales de su libro de poesía titulado “Al amor y al viento”, tuve la sensación de emprender un hermoso viaje llevado por la fuerza sutil de los vientos de la amistad.

Conocí a Rodrigo, primero, a través de sus hermanos y hermanas, un caso muy singular de una familia en la que se fue hilando una red de personas con vocación intelectual y sensibilidad artística. La agradable conversación de su padre Don Víctor y la fortaleza y ternura maternal de doña Heroína, seguramente son los pilares de estos ambientes creativos.

Al finalizar los años setenta del siglo XX, Víctor Zuluaga y yo éramos compañeros de ensayos en el Teatro Popular Manizales “T.P.M”, allá en la sede del Galpón de Bellas Artes. Eran frecuentes las referencias que Víctor me hacía de su hermano acerca de su reciente historia teatral en Manizales y luego su partida a la ciudad de Medellín.

Posteriormente, Rubén Darío Zuluaga cuando también pasó por el T.P.M, me reiteraba aspectos del accionar de Rodrigo en el teatro manizaleño, por allá en el año 1969 con el grupo de teatro del que hizo parte junto a otros jóvenes de aquella época como Oscar Jurado, Orlando Sánchez, Edilberto Zuluaga y Judith Valencia, entre otros.

Después el establecimiento de su residencia en la ciudad de Medellín en compañía de Julia Reyna, su esposa, mujer de alta sensibilidad y formación humanista y como cosa rara, con esa indeclinable pasión por el mundo lecto-escritural. Posteriormente, su ingreso a la Universidad de Antioquia graduándose en la carrera de Bibliotecología y luego su desempeño profesional, primero como director de la Biblioteca del Centro Colombo- Americano y más tarde en la dirección de la Biblioteca Departamental de Antioquia. Y mejor no pudo ser. Este logro profesional le permitió un encuentro a fondo con su vocación de escritor en campos como la narrativa, el ensayo, la dramaturgia y la creación poética. Desde luego, su vinculación al medio teatral de Medellín. Y Edilberto, recientemente me ratificó los albores teatrales de Rodrigo y su incidencia en un histórico Movimiento Sindical Obrero en Manizales, en los inicios de los años setenta, conocido como “la huelga de la fábrica de tejidos Única” y que dejó huellas en jóvenes estudiantes, obreros, líderes sociales, artistas e intelectuales de nuestra ciudad, en momentos en que corrían los vientos del Arte y el Compromiso Político, de manera particular la práctica del teatro como “ agitación política, un medio para eliminar la falsa conciencia…” . Eran los tiempos de las corrientes del Teatro Pobre de Jersey Grotowski y del Teatro Dialéctico de Bertolt Brecht.

En años más recientes, mi compañerito en el Teatro Portátil, Jairo Gómez Hincapié, quien, a su vez, ha sido uno de los hilos fundamentales de la buena amistad con Rodrigo, me compartió una nueva obra del autor, la novela histórica El Sargento Buenaventura, de fecunda y fina escritura. Desde allí, se intensificó una especie de amistad epistolar a través de su obra literaria y dramatúrgica.

Así pues, el nuevo gesto de amistad que Rodrigo me ha otorgado para presentar su nueva creación poética me permite compartirles aspectos de su trasegar que, en su actual madurez vital, testimonia su capacidad creadora, con el cuidadoso sentir poético contemplativo, plasmado en el libro en la forma original “al amor y al viento” como un hilo universal, provocación y desafío para continuar tejiendo amistad y como él lo expresa “seguir escribiendo poesía porque ella nos salvará, no sé de qué, pero nos salvará”. Su poesía, es el testimonio de un autor que tiene la capacidad de la aprehensión y que no se siente extraño en el entorno, en su cotidiano estar con el mundo y con los otros, gracias a la sensibilidad y asombro que dan sentido creador al diario vivir, ese querer “comerse a versos el mundo”.

El poemario “Al amor y al Viento”, editado por Vásquez editores, Medellín, versión Noviembre de 2025, carátula de Pedro Canon, se convierte en reto y rebeldía a partir de su primer poema titulado Esencia. Veamos una de sus líneas:

El viento es aire,
va de viaje,
como el amor,
no los puedes ver.

Desde la misma carátula, el libro advierte los grises, entreverados en los pequeños blancos y fondos negros de la dualidad humana inseparable entre el eros y el tánatos, esa pugna existencial o conflicto que abraza y desgarra, que ata y desune, que se esfuma y permanece, que siente y razona, congrega y disuade; que permiten buscar y dar sentido al diario vivir. Y aquí el asombro de su poesía: La imagen de no separar lo inseparable. La levedad del viento y gravidez del amor. Aparece esa lucha de contrarios, la sonoridad de las fuerzas incontenibles que emergen de las profundidades misteriosas del sentimiento y que afloran en el alma de un poeta, como bien nos lo recuerda el clasicismo del Siglo de Oro Español de Don Pedro Calderón de la Barca en el célebre monólogo de Segismundo, de la obra La Vida es sueño: “…pues estamos en un mundo tan singular , que el vivir solo es soñar; y la experiencia me enseña que el hombre que vive sueña lo que es hasta despertar.”

En el poema Contienda, ahora es Don Rodrigo Zuluaga Gómez, igualmente, quien nos pone ante el poder de los sueños que crea el amor frente al fracaso o caída, veamos:

“Reventaste con fuerza,
aunque me estrellaste,
no perdí mi altura,
abatirme no pudiste.”

En los poemas de esta nueva obra, se percibe la calidez de un suave viento en imágenes que llevan entre otras, a visitar meandros exquisitos de lirismo clásico o recónditos lugares de la memoria, la cotidianidad y el diario vivir, elementos esenciales y por eso frecuentemente invisibles en los mundos de la realidad y los de su potencialidad, que cobran vida y sentido en el mundo del sentimiento poético: la naturaleza y la vida, la nostalgia, el amor penetrante, la alegría, el olvido, la juventud, la vejez y la caída inevitable, entre otras sensibilidades y formas poéticas. Permítanme ilustrar esta feliz coincidencia, con un texto de Safo de Mitilene o Lesbos (S. VII-VI a.c), escrito hace unos dos mil seiscientos años:

“Amor ha sacudido mis sentidos,
como el viento que arremete en el monte a las encinas.
El viento, que lleva tu voz,
traza caminos entre olivos y mares,
y me llega a mí, susurrando tu nombre.
Mi corazón late al compás de su paso,
y cada ráfaga trae tu ausencia y tu deseo”.

Así mismo, “Al amor y al viento”, poemario que en sus veintisiete poemas Al amor, primera parte y sus veintiocho poemas Al Viento, segunda parte, crea esa pareja o tercer sujeto del amor humano. Quizás, ese sea el objeto perdido, esa furia de los vientos que lanza a los enamorados a sus búsquedas o a la apacibilidad de la ternura de los vientos que los hace esperar y permanecer. Deja el poeta de manera implícita el diálogo entre estos dos elementos, dándoles una personificación, apareciendo así, el Dramaturgo o “artesano de la imaginación”.

El libro transcurre a través de versos limpios, pacientes y breves. Sus cúspides son la contemplación y la profundidad de las fuerzas que luchan en el sentimiento profundo de formas que solo son posibles en el mundo poético del asombro y la simpleza elaborada. Rodrigo aparece con la sapiencia de quien ha aprendido a trasegar deteniéndose en los recodos del camino con serenidad para recoger una buena cosecha de las horas bien vividas, como bien ha quedado constatado en el siguiente fragmento del poema “Volar”:

Aprendí a volar alto
como vuela el cóndor
para circundar
los montes nevados

Pero, para volar, el amor y el viento ponen sus reglas: El amor reclama ser escuchado y el viento viaja en el ruido, como lo plasma el final del poema Amor y Viento, al terminar el libro:

“El amor se oye
si el viento no hace ruido”

No renuncia a su poder de enunciación, está la intimidad de un instante, la contemplación, a la manera de los versos sáficos representando emociones con imágenes de la naturaleza. El viento interfiere como elemento natural con la percepción del amor, los ruidos externos (el mundo, las distracciones) paradójicamente, impiden percibir los sentimientos.

El poema Injusticia, por ejemplo, conmueve por la simpleza contemplativa, la fugacidad de la imagen desnuda y potente, el instante de creación poética como si fuera una imagen escaneada de las fuerzas, relaciones y tensiones a través de su propia forma:

“Una hormiga desea subir al cielo
por el tallo de un árbol.
Una nube brillante quiere ser eterna…
Dios debería proporcionar estos caprichos,
sería más justo”

Rodrigo Zuluaga. en sus poemas, deja la impronta de algunas de sus profundas orillas de enunciación creativa como las siguientes: “en una edad madura, lo acostumbrado es no cantarle al amor sino al desamor”, “mi Poesía no es intelectual”, o mejor aún, nos comparte su aproximación a la antipoesía, según él, para “observar y definir ciertos conceptos o contemplar”. Rodrigo exalta la obra poética de quienes considera sus más apreciados maestros: Juan Gelman y Nicanor Parra. Pero, además, el interés que últimamente le despierta su colega, ya desaparecido, el poeta Roberto Juarroz.

Abramos entonces la grata conversación con José Rodrigo Zuluaga Gómez, el poeta que de niño, en el colegio de su amado pueblo natal Aranzazu, alguna vez recibió como castigo, por una inocente pilatuna escolar, el tener que presentar en varias izadas de bandera la biografía de un prócer de la historia de Colombia; después, el joven que en su casa reunía a hermanos y hermanas a escuchar las declamaciones de los poemas del Indio Rómulo, o que en bellas sesiones artísticas o Veladas en el teatro de Aranzazu, era escogido para las actuaciones por su buena estatura y ser buen mozo.

Hechos simples y trascendentes, constituyen serendipias o felices hallazgos, como en este caso, el descubrimiento a esa temprana edad de Rodrigo, el humanista y causante de que muchos amigos de infancia y juventud torcieran su camino de una cultura del determinismo hacia el éxito, por el siempre transgresor camino del Caos y la Incertidumbre, senderos de la pasión y el sentir poético frente al mundo y sus maravillas, sin abandonar esas curiosidades espontáneas y existenciales que como el amor, hace recordar a los seres humanos el inacabamiento como reto y utopía. Y, por otra parte, la vida como un delicado e irrepetible viaje en las alas del viento con osadías y prudencias. Porque como dice uno de sus versos:

“Amor y viento un día se van,
vuelven misteriosos, huidizos”

Hoy, José Rodrigo Zuluaga Gómez, tambien regresa en este poemario “Al amor y al viento”. Sus poemas traen la fuerza del amor, la búsqueda incesante y la potencia de los vientos existenciales. En el fondo esa nostalgia que conmueve al poeta de estas tierras y que mantienen encendida la llama creadora de un hombre con espíritu de trotamundo y que nunca pudo abandonar la magia de la infancia:

“De mi infancia rememoro el columpio,
la veleta, el salto al vacío
del árbol, los clavados en el río,
en el monte suspenderme en el aire,
agarrado de una liana.
De las atracciones mecánicas,
la rueda de chicago, el vértigo de la velocidad.
Del auto rondando por la carretera,
la mano por la ventana,
palpar el viento, sentir su fuerza, su volumen
y no poder llevarlo a casa.”

En el anterior poema titulado Lo Inasible, continúa el viaje de nostalgia, ahora en vientos otoñales con la pasión palpable del amor anidado desde la infancia.

Rodrigo, en su libro “Al amor y al viento”, deja asomar el vuelo del antipoeta que “bajó del Olimpo” como Nicanor Parra, a decirnos: “la poesía murió… el poeta es un hombre como todos” o el hombre que “busca la mano que lo sostenga en este vértigo” o que “elige esta esperanza que come pan”, según Juan Gelman o también aquel poeta vertical que como Roberto Juarroz, aprendió a decir: “Soy el que se va y el que se queda, todo me pertenece y nada es mío.”

Hoy, Rodrigo ha regresado a estas tierras cafeteras que lo vieron nacer, con el roce sutil e intemporal del viento en diálogo amoroso, ahora en forma de narrador protagonista, a decirnos: “Añoro el viento helado de los montes nevados”, conmovedor verso final del poema Mirador, con el que seguiremos tejiendo esos misteriosos hilos vitales del teatro con los del poeta.

Abril 10 de 2026 durante la presentación del libro en Ágora Café Libros de Manizales.

 

 

Los libros perdidos

Imagen de Leonardo Quijano, sacada de la memoria de mi infancia. (Dibujo de TiN)

Casting

La historia de la literatura es vasta, incierta y rica en sucesos que rayan con el azar y el misterio. Es el caso de los libros que se creía desaparecidos o perdidos en los vericuetos del tiempo o que por decisiones de sus autores, estos prefirieron que no fueran publicados y terminaron en el cesto de la basura o alimentando las fogatas del olvido.

Franz Kafka le encomendó a su amigo Max Brod que quemara toda su obra luego de morir, pero la desobediencia permitió que conociéramos el prodigio de su escritura.

  1. P. Lovecraft, en su mitología del terror cósmico, creó el “Necronomicón”, supuesto libro perdido que el autor utilizó para ahondar en los dioses abismales, pero del cual hoy en día circulan versiones surgidas de la imaginación de seguidores del escritor que consideran que aunque Lovecraft hubiera inventado el tal libro, este merecía surgir de los territorios profundos de los dioses primigenios. Varias y diferentes versiones del libro se pueden conseguir hoy en día.

Así es como deseo dar a conocer el desocultamiento de dos libros inéditos que han permanecido escondidos en los anaqueles del tiempo y uno de ellos de la prohibición. El primero de ellos, “Mientras la noche se fragmenta”, de Jorge Hernán Flórez Hurtado, quien me lo regaló luego de un viaje alucinante con nuestro amigo Juan Carlos Navarrete por Supía, Riosucio y Anserma. Jorge murió, pero quedó su obra, en donde la pasión y el amor fluyen a la par de su profundo compromiso político. El libro es una serie de cuentos-poemas, en donde caleidoscópicamente aparecen y desaparecen los fantasmas de sus deseos. Carne, sexo y vitalidad sin tapujos se mezclan para dejarnos un testimonio que en la literatura caldense difícilmente podemos encontrar.

Este libro desafortunadamente fue vetado por la familia del escritor, que considera que lo narrado en el no puede ver la luz del día. Algo parecido a lo que sucedió con los escritos inéditos que dejó Andrés Caicedo y que la familia prohibió publicar durante mucho tiempo. El libro de Jorge reposa, perdido para la memoria de los lectores, hasta que una decisión sabia permita que sea conocido, pues doy fe que es una obra excepcional.

El otro caso es un documento de Leonardo Quijano, el escritor loco y maldito por antonomasia de Manizales, quien dejó un extenso testimonio de delirios en su peregrinar a la deriva de bohemia y extremos existenciales. Yo poseo un libro de él, “Manuelito hermano suicida”, que le compré, o más bien mi papá, cuando yo era un niño y lo veía deambular por la Carrera 23 de la ciudad de Manizales con su atado de periódicos viejos y papeles en donde dibujaba personajes callejeros. En esos tránsitos diarios por las calles seguramente escribió el libro que les menciono (no “Manuelito hermano suicida”, es otro), un poemario de escritura automática al mejor estilo de los poetas malditos franceses.

Esta introducción la hago para mencionar la manera como se dio la aparición del libro perdido de Leonardo Quijano. Fundadores Poéticos es un evento cultural que realizamos los últimos jueves de cada mes en la Taberna Fundadores. Hace poco, en la inauguración de esta acción poética se realizaron lecturas por parte de autores manizaleños. Una de estas intervenciones la realizó Augusto Muñoz, director del grupo de títeres “Punto de Partida”, quien leyó apartes del manuscrito inédito de Quijano. Esta fue la gran sorpresa de la noche, pues asombra que a estas alturas y después de tanto tiempo de fallecido el autor, aparezca un texto desconocido de uno de los escritores más desconocidos y misteriosos de Caldas. Yo, que he sido admirador del maestro Leonardo, le expresé a Augusto que ese libro merecía ser publicado como una joya de la literatura caldense.

Esta es a grandes rasgos la historia de dos libros perdidos que ojalá pronto los lectores puedan conocer, porque sería un reconocimiento, desafortunadamente póstumo, a dos grandes personajes de nuestras letras.

* Poeta, anacronista y pintor; editor de «ojo con la gota de TiNta (una editorial pequeña e independiente)».