Vivimos tiempos difíciles, inmersos casi inconsistentes en el tejido donde vive la vida, pero cada día más víctimas de los caprichos del poder, de cada uno de sus límites, sus perversidades y las notables consecuencias de ambos paralelos, ansiosos en las efímeras soluciones. El arte, jamás ajeno, intenta dar respiro, un pequeño consuelo, sobrepasados por su tono, su lóbrego color, en los propósitos de lado y lado. El arte intenta defenderse en sí, sobrellevar la coherencia en el límite del abismo, de la guerra y las persecuciones, sus razones; así, el artista responde desde sus adentros con un pequeño registro emocional de todo cuanto nos afecta. No puede más.
Tiempos que, desde luego, proponen reflexiones, quizás no tan profundas como las de antaño, pues el letargo, fruto del enajenamiento, nos aísla cada vez más. Estamos solos frente a una pantalla, un rincón entre pinceles donde todo nos invade e invita al consumo sin sentido, enamorados de princesas y príncipes virtuales, ilusionados con el ciberparaíso, donde todo es posible en una felicidad que no se comparte, se alquila o se permuta, que se presenta bella en su individualismo, trágica porque no nos reconocemos y lloramos sin saber por qué, amenazados por un fantasma nutrido con arrogancia, avaricia y envuelto en un velo.
Las guerras en el mundo germinan más allá de las fronteras, dirigidas de manera siniestra desde escritorios y ordenadores. Los ciudadanos de a pie no nos damos cuenta; dormimos despiertos mirando al cielo, sin despabilar, prisioneros de este sistema de dramáticos acontecimientos registrados en las redes sociales, olvidando que en la guerra la primera víctima es la verdad.
El teatro es, y sin ninguna duda continuará siendo, un espacio para abrir los ojos, para recordar y sentir todo cuanto nos compromete en el paisaje humano colectivo, sintiendo en la intuición algo de verdad, de certeza. Si bien ese ritual del convivio ofrece múltiples lecturas desde cada universo emocional, las diversas teatralidades susurran una comunión, una ventana, una esperanza, un ofrecimiento creativo que susurra y, asimismo, advierte. Cuando, sentado en una butaca, acepto con mi presencia ese ofrecimiento, descubro una voz, un llamado, un mensaje atado a esa necesidad de escucharnos.
En esta versión del Festival Internacional de Teatro de Manizales reafirmamos que el teatro, desde sus bondades, estimula un despertar y nos ofrece atender esas voces, esos llamados que animan y proponen lecturas del entorno, de la condición misma de ser. Es alentador saber que aún no estamos solos, pese a las distancias.
Es indudable que el pasado terremoto del diez de agosto nos ha dejado una triste sensación de vacío, una nostalgia al lado izquierdo de nuestro pecho, y esa sacudida remueve otros cimientos: las memorias y los antiguos rituales sociales, espacios de abrazos metafísicos en esas citas culturales como el Festival Internacional de Teatro de Manizales.
Un desgano, un no sé qué, un no sé dónde nos asalta de vez en cuando, sobre todo cuando cruzamos las calles del centro de nuestra Manizales del alma. El festival de teatro, sin ninguna duda, es en cada función una oportunidad de alivio para nuestro espíritu colectivo. Nos hemos encontrado para ver teatro y regalarnos una sonrisa que nos dice: «Me alegra saberte bien». En su programación hemos podido encontrar propuestas estéticas y conceptuales diversas, que hacen referencia y, algunas de ellas, puntualizan con claridad en temas trascendentales de nuestro presente. Quizás una respuesta necesaria a todo el dolor que nos atraviesa; preguntas que vienen y van sobre el papel del arte escénico en estos trayectos contemporáneos.
La compañía española Una hora menos producciones, con su espectáculo Sahara. La barca del desierto, abrió el telón con una pieza que va más del teatro documental y narra, desde una cuidadosa poética, una historia de amor dramática y conmovedora, en un marco histórico y político trazado por sublimes emociones enmarcadas en el horror de la guerra. Se trata de una honesta exposición del dolor de un pueblo, su resistencia, una deuda con el pueblo saharaui tras el abandono del Gobierno español, no del pueblo ibérico, sino de su Gobierno.
La historia escénica se construye a través de un trabajo de investigación minucioso sobre realidades latentes del Sahara; recurre a los lenguajes audiovisuales contemporáneos, combinando además la animación de objetos mediante el recurso del personaje de la dromedaria y entregando al público, con belleza, un viaje emocional de la protagonista. La compañía reitera su compromiso de generar pensamiento en cada espectador, mover la butaca para dimensionar este tránsito y vencer el olvido.
La Congregación Teatro, compañía bogotana muy esperada por el público, con el estreno de la pieza Lo que no tiene nombre, reveló las poéticas de eso que tanto duele reconocer: la delgada línea entre la vida y la muerte, tan latente como un respiro que hasta nosotros mismos podemos detener. La obra, inspirada en el libro homónimo de la escritora Piedad Bonnett, quien da forma a su texto un año después del suicidio de su hijo, describe el acompañamiento en tan difícil proceso de la enfermedad mental del joven pintor y la angustia compartida por ambos. La obra es una mirada profunda, desde las teatralidades, a un tema difícil que aún es un tabú en nuestra sociedad. Nos cuesta reconocer el dolor, leer el silencio; el suicidio palpita en nuestros dedos tras la incomprensión, no podemos soportarlo. Quizás no basta el silencio.
La obra de la compañía La Congregación revela, en imágenes teatrales y con dispositivos escénicos poéticos, el dolor y su magnitud, el duelo tras la pérdida de un hijo, deja ver las heridas y nos invita a reflexionar sobre nuestro estado sensorial: cómo entendemos la vida y la muerte, cómo enfrentamos las enfermedades mentales, cómo nos acompañamos en difíciles procesos y por qué discriminamos, ligados al miedo. Desde la puesta en escena, a veces el recurso de la escalera deja de ser narrativo y se convierte en coreográfico, pero la pieza conmueve y deja en el espectador evocaciones en medio de interrogantes.
El espectáculo de la compañía Hotel Europa nos presenta la pieza de teatro documental Portugal no es un país pequeño. Con imprecisiones históricas y un abortamiento escénico débil, la propuesta pasa sin generar afecto por esa clara intención de alivianar la conciencia de los grandes navegantes europeos. Portugal es nostálgico desde su falta de memoria, pero poético en un dolor que se hereda de generación en generación. Un remordimiento camuflado, un velo de renuncia todo el tiempo. La pieza, políticamente estólida, se marchita en textos como: «Dios inventó la humanidad, Portugal el mestizaje». La obra encarna la saudade colonial con un ligero mea culpa, pero vale la pena verla para entender que todo cuanto el arte propone es un riesgo.
El Teatro Petra, en medio del sarcasmo y el humor negro, nos narra la historia de vida de dos mujeres solitarias, madre e hija, que no se soportan y envejecen casi de la misma manera en medio del tedio cotidiano, en asuntos inconclusos y reclamos inútiles, con esencia de vivas inmersas en coloridos tonos de desespero, un fraternal amor que las sostiene en sus pesadeces. La trama ofrece un asesinato por accidente, una sutil violencia en el absurdo de la pesadez del tiempo. Teatro Petra tiene una clara estética, una factura escénica que el público ya identifica, pero su discurso se mueve en el subtexto: la audaz metáfora del pabellón del odio en cada palabra. Fabio Rubiano, dramaturgo siempre irónico bajo las palabras.
De España llegó al escenario del auditorio de la Universidad Nacional la pieza Hoy no se estrena, de la compañía L’Om-Imprebís, emotiva en su simpleza escenográfica y virtuosismo actoral, en una dramaturgia que cautivó a los espectadores de principio a fin, revelando las bondades del teatro como esperanza, quizás desde sus ofrecimientos como espacio sanador y reconciliador en la vida cotidiana.
De República Dominicana, bella isla del Caribe, pudimos apreciar la puesta en escena El Gallo, que narra la vida del expresidente Joaquín Balaguer, interpretado por el gran actor Francis Cruz y dirigido por Fausto Rojas. En el recorrido dramático, la pieza nos cuenta esa relación del poder en facetas humanas, desde el Balaguer poeta, sus discursos, su papel en la dictadura de Trujillo, el chivo, la agonía y la muerte. Esta semblanza histórica latinoamericana nos invita a la reflexión sobre nuestro pasado reciente, el presente y el futuro, la voz del teatro que alienta.
Medida por medida (La culpa es tuya) es la pieza que, desde Argentina, comparte con nosotros, en audaz adaptación, el maestro Gabriel Chame Buendía. La parodia, con recursos de las nuevas teatralidades sumergidas en el clown, dialoga con los nuevos públicos con gran habilidad, reflejando técnica y compromiso en un elenco virtuoso. Una maravillosa velada donde el bicho del teatro despierta y sacude las butacas.
En la esencia de la representación, el público siempre cuenta: es el actor invisible, pero presente. El teatro latinoamericano asume su identidad desde su más amplio sentido, sentencia disipar el miedo a ser sí mismo. El Festival de Manizales es una celebración de los sentidos que nos invita a reponernos de las sacudidas, emociones fundamentales para nuestra memoria colectiva, para continuar caminando, transitando.
En esta versión 58 del Festival de Manizales y tras el terremoto, el bicho del teatro nos contagió de felicidad contenida, posible en la contemplación expectante de nuestro eco latinoamericano. Ya empezamos a sentir la roncha que deja la picadura de la indiferencia burocrática, aun cuando es claro el sarpullido de quienes en esta pequeña comarca desconocen la lucha de sus artistas. La historia del teatro manizaleño se escribe con la totalidad de sus protagonistas, no solo quienes la registran o exponen a medias, dejando por fuera a quienes les caen gordos por testarudos, políticamente incorrectos. Poco nos reconocemos entre nosotros, pero, aun así, avanzamos construyendo públicos diversos. Esa es nuestra tarea: el compromiso de estar presentes en cada celebración de vida desde el oficio escénico.
El Festival de Manizales es y será una fiesta de los sentidos, el espacio donde el dicho poético del teatro ha de mutar bajo todas nuestras realidades y es, sin ninguna duda, una celebración desde el gesto y el pensamiento constructivo. Larga vida al festival de casa, coherente y necesario para alivianar el alma tras todas las sacudidas.
* Dramaturgo – Teatro Torreón, Manizales.






