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Ciudad Impresa: imágenes que siguen haciendo preguntas

Por: Andrea Ospina S. *

Fecha de publicación: 16/06/2026

Un ojo de un perro blanco me mira directamente y parece que entra hasta el fondo de mis pensamientos. Puedo imaginarme su cuerpo desde esa mirada que penetra en cualquier esquina, de cualquier barrio. Esta es una de las imágenes que se encuentran sobre la mesa en una reunión a la que Ciudad Impresa ha invitado a varias personas para reconstruir el fotolibro que está próximo a imprimirse con Matiz Editorial. Estas páginas son producto del Programa de Aceleración para Emprendimientos Culturales y Creativos, Viveros creativos, un espacio donde durante seis meses participaron de capacitaciones y mentorías, para al final ganar un incentivo que permite la creación de este dispositivo, entre otros procesos, para condensar un recorrido largo, complejo y colectivo.

Las fotografías pasan de mano en mano. Se comparan, se mueven, se agrupan. Algunas permanecen. Otras desaparecen. Alguien anota una idea en el margen. Otra persona tacha una palabra. Una página cambia de lugar. Una secuencia se rompe. El libro apenas existe en un primer borrador, pero ya respira.

Pienso entonces que una imagen tiene una fuerza extraña. Hay cosas que las palabras rodean y explican. La fotografía, en cambio, a veces llega de golpe. Resume. Condensa. Señala. Ataca directamente. Una imagen puede contener una tarde entera, una herida abierta o una forma de resistencia.

Mientras el país vuelve a discutir nombres, candidatos y promesas, Ciudad Impresa lleva años haciendo otro tipo de política. La de sentarse a escuchar donde casi nunca llegan las cámaras. La de quedarse cuando ya pasó la urgencia. Siete años parecen poco tiempo. Pero son suficientes para demostrar que una fotografía puede abrir conversaciones que de otro modo nunca ocurrirían.

Durante sus inicios, Ciudad Impresa trabajó junto a organizaciones barriales de Manizales realizando montajes de fotografía de gran formato en el espacio público. Ha participado de espacios para hablar sobre el territorio desde la imagen, donde rebuscan en archivos barriales otras memorias de la ciudad. Pero también ha estado presente en momentos específicos de la historia reciente: durante el paro de 2021 exploraron formas de llevar al espacio público las imágenes de las manifestaciones a través del fanzine, el collage y otros dispositivos de circulación colectiva. Al mismo tiempo, han construido procesos más íntimos y afectivos, desde bitácoras y talleres con instituciones donde se repiensa lo cotidiano.

En sus fotografías se ven personas que ya no están, transformaciones que ocurrieron lentamente y huellas que suelen pasar desapercibidas. Incluso la pandemia, que para muchos parecía un tiempo suspendido, aparece como evidencia de que la vida comunitaria nunca dejó de construirse: pantallazos, mensajes y documentos que daban forma a ideas y retomaban conclusiones.

Esta reunión no se siente únicamente como la edición de un libro. Se parece más a un juego sobre lo que pasó, lo que cambió y lo que debe permanecer. Porque un fotolibro nunca es solamente un objeto, es apenas la parte visible, debajo de sus páginas hay años de discusiones, amistades y afectos acumulados.

Escuchando a Ciudad Impresa pienso que los proyectos autogestionados tienen vida propia: Crecen, mutan, atraviesan momentos de tensión. Aprenden, se equivocan y encuentran nuevas preguntas. Sobre todo, necesitan redes para sostenerse. Ningún proceso colectivo permanece siete años por la fuerza de una sola persona, sino por las muchas manos que lo empujan, lo discuten y lo cuidan.

Además, si hay algo que los procesos colectivos terminan enseñando tarde o temprano, es que nadie permanece para siempre. Las personas llegan, se van y cambian de rumbo, pero algo queda circulando… una pregunta, una metodología, una forma de mirar. Los colectivos dejan rastros que continúan expandiéndose mucho más allá de quienes los conforman en un momento determinado, como un eco que nace y se mezcla con las esquinas de otros barrios, las paredes de otras instituciones y la mirada de otros perros.

Durante años se ha hablado de la ciudad desde aquello que no tiene: grandes instituciones, grandes presupuestos o grandes escenas culturales. Sin embargo, ese mismo vacío obligó a muchas personas a inventar otras formas de hacer. A trabajar más cerca de los barrios, de las comunidades y de los afectos. A construir redes antes que estructuras.

Ciudad Impresa es una muestra de algo más amplio, apenas la punta visible de una montaña de proyectos de educación popular, creación artística y trabajo comunitario que existen en Manizales. Experiencias que a veces parecen pequeñas, pero que llevan décadas construyendo formas distintas de habitar la ciudad.

Por eso, cuando se mira con atención, la pregunta cambia de qué le falta a Manizales, a qué ha sido capaz de producir desde esas condiciones. Muchas de las prácticas que hoy aparecen en los discursos de las grandes ciudades —la autogestión, el trabajo situado, la mediación, la educación popular, la construcción colectiva de conocimiento— llevan años ocurriendo aquí desde colectivos, procesos barriales, artistas, organizaciones e instituciones que aprendieron a trabajar juntos.

Ciudad Impresa hace parte de esa historia. No como una excepción, sino como una de sus múltiples manifestaciones.

Cuando nos citaron a este espacio nos pidieron que lleváramos libros que nos inspiraran o que quisiéramos compartir. Y mientras las fotografías cambiaban de lugar sobre la mesa, esos otros libros empezaron a entrar en los diálogos. Alguien señalaba una secuencia de imágenes. Otra persona mostraba una técnica para encuadernar. Aparecían referencias, preguntas y ejemplos. Lo que comenzó como una reunión para editar un fotolibro terminaba abriendo espacio para muchas otras apuestas. Como suele ocurrir en los espacios colectivos, una idea llevaba a la siguiente.

En algún momento Ciudad Impresa propuso grabar parte de la conversación para uno de sus microdocumentales, uno de sus últimos trabajos, dedicado a personas y procesos que admiran, acompañan y consideran fundamentales para comprender las imágenes que habitan. La idea parecía sencilla, pero produjo una pequeña tensión divertida: de repente nos volvimos conscientes de nuestras palabras, de las pausas, de los comentarios a medio terminar. Y creo que eso decía algo importante sobre la reunión, no se trataba solamente de construir un libro, sino de preguntarnos qué parte del proceso merece ser recordada; entender que la memoria estaba tanto en las fotografías y las páginas impresas, como en los comentarios, los desacuerdos y las asociaciones inesperadas que hacen posible que algo exista.

Al final de la reunión las fotografías siguen sobre la mesa. También los libros, las anotaciones y algunas conversaciones que quedaron abiertas. El perro blanco continúa observándome desde una de las imágenes. Quizá por eso sigue mirándome. Porque algunas fotografías no terminan cuando uno deja de verlas. A veces apenas empiezan allí.

Microdocumental disponible en https://www.instagram.com/p/DWaWiQhjA1u/
@ciudadimpresa

* Artista plástica. Investigadora.