Por: Germán Sarasty Moncada*
Fecha de publicación: 04/04/2026
Se ha creído que los textos filosóficos deben tener como sustento una infinita cantidad de citas debidamente referenciadas y que sus autores no deben abandonar su postura académica y la seriedad que esto implica, so pena de pasar a ser relegados y tenidos por poco serios y deshonra de la profesión.
Alguien que se haya atrevido a desmitificar esto, lo haya escrito y publicado con el provocador título de La farsa de las publicaciones universitarias y además con su quehacer académico lo sustente a pesar de todas las contradicciones que ha recibido, es admirable.
Entre muchas de sus publicaciones ahora nos ofrece un libro de contenido filosófico con un título muy provocador Sirvan la cicuta, crucifiquen al autómata. Una invitación a la filosofía en tres retratos. Se trata de Pablo Rolando Arango (Bogotá, 1975) quien es profesor en la Universidad de Caldas y con participación activa en medios no solo académicos sino literarios como El Malpensante, Arcadia, SoHo y Universo Centro. Con sus estudiantes ha participado en diversas actividades como programas radiales, análisis de textos, clubes de lectura, etc. en su Semillero Ornitorrinco.
Con el rigor académico que lo caracteriza, pero con la ironía y el sarcasmo adecuado nos presenta la nueva obra de su visión sobre tres grandes filósofos en diferentes épocas, circunstancias y planteamientos. Se trata de Platón, San Agustín y Descartes.
Como ilustración vale la pena mencionar algunos planteamientos de este gran expositor:
… mientras la filosofía se ha escrito en todos los géneros literarios (diálogos, diarios, cartas, aforismos, poemas, novelas y cuentos, tratados, obras sin género), la filosofía de las universidades se enseña y se escribe en el único género literario que, además, es casi por completo estéril: el artículo de revista especializada
… los humanos y otros animales frecuentemente tomamos decisiones contra nosotros mismos
… un héroe es el que no alcanzó a huir.
… hoy los discursos de los políticos están hechos para los medios de comunicación, no para el Parlamento (porque el orador que pretenda persuadir a un parlamentario mediante el uso de la palabra es como un joven borracho que, entrando en brazos de sus amigos a la casa de su madre, la saludara diciendo: “Mamá me les volé”.
Todo esto puede sonar muy extravagante, pero al juzgar la locura ajena no deberíamos olvidar lo locas que estamos todas las personas.
Pero lo cierto es que los griegos marcaron la pauta desde el comienzo: el filósofo es aquel que piensa y luego dice lo que piensa; y luego, si podemos, lo matamos.
Cuando Martin Heidegger –considerado por alguna gente como el más grande filósofo del siglo XX—regresó a su puesto de profesor después de haber ejercido la rectoría de la Universidad de Friburgo y haberle lamido el perineo a Hitler con su lengua filosófica, un colega lo recibió con una incómoda pregunta ¿ cómo van las cosas por Siracusa?…
La pena que le impusieron por difundir estos horrores fue cortarle la lengua, ser ahorcado y luego ser quemado, todo esto en público, por supuesto, ya que el ejercicio de la crueldad como espectáculo no es un entretenimiento exclusivo de las democracias.
El recorrido comienza y obviamente nunca terminará, con el filósofo griego Platón con quien nos pone a dialogar tratando de encontrar la verdad o la respuesta a las inquietantes preguntas que ha planteado y seguirá haciéndolo la filosofía. Nos había preparado el autor haciéndonos reflexionar sobre lo incontrolable del pensamiento, al igual que en las creencias, ayudándonos con el entendimiento para buscar una comprensión de las cosas y las ideas, siempre buscando dudar y equivocarnos, pues la única certeza que tenemos es sobre nuestros errores.
Platón supo recoger en sus textos toda la sabiduría que emanaba de Sócrates, ya que este nunca escribió. Sócrates sostenía que sus conciudadanos eran ignorantes de lo que requerían saber, además no eran conscientes de ello, por eso sus comportamientos obedecían a concepciones erradas y así obraban.
Para él, esos conceptos eran una manera de estar en el mundo, de vivir con los demás: lo que uno piense sobre el amor o la amistad o la justicia configura en buena medida la manera en que uno vive con sus amigos, hijas, compatriotas…. La manera propiamente filosófica de vivir consiste en preguntarse por las ideas que definen nuestra manera de vivir, e intentar vivir en consecuencia, aunque nunca sabremos las respuestas.
Al estudiar a los filósofos de su época y anteriores, Platón comprendió lo finito, mutable y contradictorio de las cosas mundanas y del hombre por lo cual siempre debían ser consideradas la incertidumbre y la ignorancia sobre todo, teniendo como constante la duda y la percepción distorsionada de las cosas que siempre conducen a la inseguridad y al cambio.
La vida humana se basa en la suposición de que hay aciertos y errores, maneras incorrectas de pensar y proceder y, por tanto, maneras correctas, y que la diferencia no es una cuestión de opinión subjetiva… La realidad es una mezcla de ser y no ser, de cualidades contradictorias que habitan en los mismos objetos y sujetos. Hay una profunda unidad de opuestos en todo lo real. Heráclito pone varios ejemplos: “El mar es el agua más pura y la más corrupta: saludable para los peces, mortal para los humanos”.
Sobre lo sublime del amor se hicieron bellos planteamientos que siguen estando vigentes, como en el caso del diálogo franco y abierto que permite llegar a la verdad y como con una entrega mutua como la que exige el amor puede llegarse a construir algo tan maravilloso entre los seres humanos. Las razones del amor son autosuficientes, y pueden derrotar hasta las mejores razones éticas o políticas.
Lo anterior es solo un esbozo de todo el desarrollo hecho por Pablo Rolando sobre Platón, pero por la brevedad de este escrito debemos pasar a ver algo de San Agustín y de Descartes. Veamos lo que afirmaba sobre la lectura de Cicerón: El libro de Cicerón elogiaba la filosofía como un viaje que nunca termina, en el que debemos adaptar nuestra mente a la evidencia, dudar, cambiar de opinión, no cesar nunca de cuestionarnos sobre los asuntos fundamentales, lo que Agustín llamaba la búsqueda de la sabiduría.
Como han hecho siempre, unos filósofos estudian a otros para buscar aciertos o contradicciones, en este caso Agustín se fijó en las afirmaciones de los escépticos como Carnéades, quien consideraba que ante todo se requiere una idea acerca de lo verdadero, pues actuamos según lo que creemos, por lo cual hay que creer en algo si vamos a actuar, pero antes de actuar se requiere tener presente ciertas precauciones. Así tenemos un criterio para actuar, pero no para creer. El escéptico actúa transitoriamente como si ciertas creencias fueran verdaderas, pero, reconoce que nunca podrá saber si son verdaderas, no se adhiere a ellas, con la intensidad agobiante de la convicción.
Resulta interesante la explicación de Agustín sobre la voluntad humana y su papel cuando pecamos y así lo expone: Primero viene la sugestión: la sola idea de un mal acto que surge en nuestra memoria o percepción. Luego, la atracción: la idea nos gusta. Final y fatalmente, llega la aceptación: uno dice sí quiero sí.
Otro tema inquietante es el tiempo y su declaración al respecto: ¿Qué es el tiempo? Si no me lo preguntan, lo sé. Si me lo preguntan, no lo sé. Entre apreciaciones del pasado, el futuro y el presente, se llega a colegir que el presente parece ser un instante indivisible que está hecho de un poco de pasado y otro poco de futuro. De esta manera se puede concluir:
Más bien, cuando decimos que un determinado tiempo pasado fue largo, lo que ocurre es que nuestra memoria de dichos sucesos es larga; o cuando decimos que determinado tiempo futuro es largo, lo que realmente ocurre es que nuestra espera presente es la que resulta larga… cuando recordamos algo, es el suceso pasado el que causa nuestro recuerdo y no al revés: no es nuestra memoria la que crea el pasado.
Sobre el escepticismo nos deja reflexiones socráticas cuando nos recuerda que para ser felices debemos diferenciar lo que podemos controlar y aquello que no, por lo cual debemos concentrarnos en lo fundamental, controlando nuestras acciones, no sus efectos, igualmente nuestros pensamientos.
Al tornar su análisis sobre Descartes, lo presenta como El sospechoso de siempre quien una vez concluidos sus estudios vio que el único provecho que había sacado de todo ello era su clara y vívida conciencia de su ignorancia. En pocas palabras el “solo sé que nada sé” a partir del cual empieza una larga y permanente indagación sobre las preguntas fundamentales de la filosofía y él lograr distinguir la verdad de la apariencia. Esto lo llevó a hacer un balance de lo leído y tomar decisiones al respecto.
…dado que los libros están hechos por opiniones de mucha gente distinta nunca podrán estar más cerca de la verdad que los razonamientos simples de una persona de buen sentido que reflexiona sobre las cosas que le interesan. Esto lo llevó a: … derrumbar el edificio de sus opiniones, construido a partir de las lecturas hechas en sus estudios y comenzar de nuevo desde una base más confiable, guiado por la luz natural de la razón.
Es necesario introducir algunos de los conceptos que utiliza Descartes para aproximarse al conocimiento. Cuando habla de la intuición se refiere a la percepción de un hecho, objeto o proposición, o a la comparación de dos objetos percibidos, es el mirar de una mente pura y atenta con los ojos del intelecto y la luz de la razón. Constituye la capacidad de la mente para producir imágenes lo cual posibilita el conocimiento. Son ideas claras y distintas. Si nos habla de la deducción hace alusión a la sucesión de intuiciones, cuando somos conscientes de la relación entre dos o más proposiciones o hechos, es un acto mental por el cual percibimos las conexiones necesarias entre distintas intuiciones. De esa manera llegamos al conocimiento por la experiencia o por la deducción. Todos los conceptos que nos aporta Descartes nos llevan a establecer juicios más acertados a trabajar con lo que denomina la duda metódica y a buscar siempre la verdad.
Mediante el intelecto podemos intuir los hechos, las proposiciones, los objetos. Se trata de una visión mental, no sensorial. La voluntad por su parte, es lo que nos involucra activamente con esos contenidos que nos entrega el intelecto. Es mediante el uso de la voluntad libre como podemos hacer juicios, afirmar o negar algo o abstenernos de afirmar o negar. El intelecto por sí solo no afirma ni niega, solo contempla.
Lo presentado apenas constituye un esbozo sobre lo expuesto por Pablo Rolando Arango de estos tres filósofos y trata de desmitificar la lectura sobre estos textos pues con erudición también se puede escribir en forma amena sin descuidar el rigor académico requerido en estos temas, como lo sabe hacer este académico.
* Profesional en Filosofía y Letras Universidad de Caldas.