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De la repulsión a la compasión

Por: Germán Sarasty Moncada*

Fecha de publicación: 01/12/2025

La escritora, periodista y traductora, Tatiana Țîbuleac nació el 15 de octubre de 1978 en la capital de Moldavia, Chisináu. Se levantó en un ambiente intelectual  pues su  padre era periodista y su madre editora, de esa manera la lectura fue su inspiración. Estudió periodismo y comunicaciones en la Universidad Estatal de Moldavia y durante esos años empezó a colaborar con diversos medios en calidad de traductora, correctora y reportera. ​

Luego incursionó en la televisión como reportera y luego presentadora. Le gustaba escribir sobre personas corrientes y no famosas, pues las encontraba más interesantes, de esa manera empezó a trabajar sobre los problemas sociales, enfermedades y desamparados, temas que le sirvieron como material para sus libros. En 2007 dejó el periodismo y se trasladó a París en 2008, esto le brindó un cambio fundamental en su vida y un encuentro consigo misma como escritora.

Su primer libro Fábulas modernas, cincuenta historias cortas sobre la migración, fue publicado en Moldavia en 2014, con el propósito de inspirar a quienes vivían lejos de su hogar y hablar del tema con un enfoque diferente. Las opiniones y los debates generados hicieron de ese libro un fenómeno de los más populares aquel año.​

En 2016 publicó su primera novela El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes la cual  ha recibido varios premios, entre los que se destacan el otorgado por la Unión de Escritores Moldavos y la revista literaria rumana Observator Cultural. Ha sido traducida a numerosos idiomas, y en Bucarest se hizo una obra de teatro de la novela.

La historia de Aleksy narrada por él mismo, muestra inicialmente la de un perdedor, un don nadie a quien todos desprecian no solo por su trastorno mental sino por su odiosa forma de ser, además su latente violencia que más de un problema le ha creado y él como persona ha propiciado momentos de angustia y tensión a su madre, su abuela, su padre y todo el que se le acercaba. Así sucedió con un muchacho que le dijo que Mika su hermana, no lo era realmente, montó en cólera y lo atacó, pues Mika, su hermana, era el amor de su vida:

… y unas imágenes fuera de contexto, su rostro redondo, como pasado por un rallador, una mujer gritando que me detuviera, la madre del chico inclinada sobre él, alisándole el pelo como si estuviera muerto…

Hubo de ser internado varios años en un centro especializado para el tratamiento de su enfermedad mental. Su niñez y adolescencia signadas por más de un infortunio las consigna con un tono triste que conmueve por la sinceridad con que narra y que para una persona normal también sería muy difícil de superar. Para empezar, a su mamá la veía no solo como poca cosa, sino que le tenía un odio manifiesto. Le parecía con sus treinta y  nueve años: bajita, gorda, fea e inútil, pensaba: Me daban ganas de meterla en la lavadora y poner en marcha el programa de escaldar sábanas. Encerrarla en el congelador y sacarla hecha migas. Irradiarla… quería que mi madre estuviera muerta… De haber podido, la habría cambiado en dos segundos por cualquier otra madre del mundo. Incluso por una borracha, incluso por una que me zurrara todos los días.

Mi padre conductor de tráiler, nos abandonó por una rubia polaca y para evitar matar a mi madre, pues la odiaba más que yo, dice el protagonista. Fue infame su comportamiento y además aprovechó la ausencia de mi madre, pues ella estaba trabajando, así una tarde arribó a nuestra casa a desmantelarla y a insultarme. Inicialmente fue directo al sitio donde sabía que mi madre guardaba sus ahorros, dentro de un saco de harina, y luego se llevó ropa, electrodomésticos y enseres, y yo observando confundido. Al terminar, me miró con asco y me dijo “cretino”, escupiéndome y tirando la puerta.  

Su hermanita Mika, su adoración, compañera de niñeces, pues solo se llevaban dos años, a sus cinco años, con sus travesuras, se perdió y en un severo invierno murió de hipotermia. Fue el caos familiar, las recriminaciones no faltaron y las culpas propias y ajenas colmaron el ambiente. Su padre alcohólico, endureció su dosis de trago, su madre se encerró durante meses y él fue el más ignorado aposta cuando más necesitaba de ser rodeado de amor. Muchos consideran que se volvió violento después de la muerte de Mika y por culpa de Mika

… después del entierro se encerró en su habitación y no habló con nadie en siete meses. No le reprocho a mi madre que reaccionara así tras la muerte de su hija. Al fin y al cabo, era su hija, su dolor y, en cualquier caso, no existirá jamás nada tan maravilloso como Mika. Me habría gustado, sin embargo, que mi madre se hubiera acordado también de mí siquiera una vez —su otro hijo, expulsado a este mundo por el mismo útero    inconsciente—. Me habría gustado que mi madre hubiera venido a verme —no habría sido necesario que me acariciara o que me preguntara cómo me sentía— y que me hubiera dicho que me alejara de su vista durante siete meses y luego ya vería.

Todo ese carrusel de emociones, encuentros y desencuentros, tratará de encontrar un cauce para canalizar esas emociones tantas veces reprimidas, tantas veces negadas y será cuando su madre lo invite a Francia al próximo verano y aunque él ya tenía planes con sus amigos de ir a Ámsterdam a volverse hombres, son tantas las promesas que le hizo su madre que declinó la aventura y por primera vez ensayó complacer a su madre, pues ella le había advertido que de no aceptarla, se suicidaría y luego vinieron todos los demás ofrecimientos, que terminaron por convencerlo.

El misterio sería pronto develado y serviría de bálsamo curador de profundas heridas, se lograría una convivencia como debió haber sido desde siempre, pero aun no era tarde para corregir el rumbo. Le confesó que estaba muriendo de cáncer y quería ser enterrada en Francia. Esto fue un detonante para soltar las amarras del egoísmo, borrar los rencores acumulados, abrir los brazos para abrazar lo más querido de siempre.

Mi madre me llevó al campo de girasoles para anunciarme que se estaba muriendo. «Tengo cáncer, Aleksy, un cáncer maligno y rabioso», me dijo, y el día empezó a coagularse en ese mismo segundo. Su sonrisa de tallos rotos. El verde escurrido de sus ojos. Su blanco de nimbo herido.

Continua Aleksy, en nuestras siguientes conversaciones me pidió perdón por haberme avergonzado tanto tiempo y por haber pensado más en mi hermana muerta que en mí vivo. Esa mirada suya —que yo había esperado y mendigado toda mi infancia y por la que me habría desprendido voluntariamente de todo mi capital de niño ahorrador— la recibía ahora gratis. Mi madre, por fin, me la ofrecía en bandeja, sonriente y benévola… De esta manera los sentimientos que antes no había experimentado como el asombro, la compasión, el alborozo, los cuales era incapaz de sentir y gozar afloraron espontáneamente. Esto permitió una revaluación de sí mismo y constituyó un compromiso central para su futura vida y a fe que lo cumplió a pesar de nuevos infortunios que se le fueron presentando.

Mi fichero de cosas malas está siempre repleto porque durante muchos años mi vida fue una sucesión de odio y mierda… Los recuerdos bonitos, en cambio, aunque pocos y pálidos, ocupan mucho más espacio que todos los ficheros de pus juntos, porque una sola imagen bella contiene vivencias, olores y recuerdos que duran días enteros. Estos recuerdos son mi parte más valiosa, la perla deslumbrante nacida de una ostra hueca. El            brote verde de la carroña humana que soy.

Pasaban la estadía hablando incansablemente, hilando dulces recuerdos y afianzando así todo el amor represado por años y en circunstancias adversas, ahora solo estaban el uno para el otro, sin pensar en nada ominoso. Él siempre pendiente de ella y su bienestar y ella a su vez gozando de haber recuperado su amado hijo. Le preparaba la bañera con agua acariciadora y la dejaba sola disfrutar de ello. Hasta que un día la encontró flotando en la bañera, con el cabello cubriendo su rostro y sus ojos verdes abiertos de par en par como dos esmeraldas.

La tumbé en el suelo gritándole que no muriera. Que no se le ocurriera morir. Que no muriera antes de tiempo como una traidora, porque el verano no había acabado y fuera estaba lloviendo, pero no era otoño. Que no muriera por otros motivos y diera con todo al traste. Que cumpliera su palabra siquiera por una vez en la vida y que muriera como habíamos establecido, no ahogada en la bañera, como una chica descerebrada. Que no muriera ahora. Que no muriera así. Que no muriera, si fuera posible. No ahora.

Con los mismos ojos que la había mirado antes y que le habían hecho decir: mi madre tenía unos ojos verdes tan bonitos que parecía un despropósito malgastarlos en un rostro fermentado como el suyo. Ahora al ella preguntarle por una sola cosa por la que fuera a recordarla, definitivamente contestó, tus ojos verdes. Ante la certeza de la muerte su madre le aconsejó no hacer las cosas como un tonto pensando que luego habrá tiempo para ajustarlas, pues en ese supuesto tiempo futuro se utilizará en hacer más tonterías, lo fundamental, es el talante.

Tanto tiempo desperdiciado, tanto rencor acumulado y tanto vano esfuerzo pretendiendo siempre tener la razón, solo constituyen un desgaste innecesario, ante lo efímero de la vida y lo incierto del futuro. Se debe obrar de tal forma que no se incuben rencores irreconciliables y por eso si nos excedemos debemos rectificar a tiempo para evitar lo irremediable.

Profesional en Filosofía y Letras Universidad de Caldas.