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Destrucción e impotencia

Por: Germán Sarasty Moncada*

Fecha de publicación: 05/10/2025

Destruyeron su vida al quitarle primero sus animales, luego sus hijos, su esposo y ahora su esperanza. Una vida simple vivida en el campo, llena de realizaciones a punta de tenacidad, dos hijos Uriel y Ancízar, su esposo, cariñosamente, el negrito, los animales y su cosecha. Es el lamento que deja sentir una pobre mujer madura y solitaria. Es lo que nos muestran en El ojo de la casa, escrita y actuada por Liliana Hurtado y dirigida por Yolanda Arias, directora de la compañía y sala de Teatro El Escondite de Manizales, en una coproducción con La Esfinge Teatro de ilusiones.

Aparece en un escenario muy simple, como es lo que quedó de toda esa construcción colectiva con su esposo y sus hijos. Describe con nostalgia la distribución de su casa y como la fueron transformando de ser casi un tugurio, hasta llegar a estar construida con ladrillos y techos paredes y puertas al igual que el establo, usando materiales durables. Cuenta como sus animales y su cosecha servían de sustento a su familia y aunque no había carencias, tampoco lujos innecesarios, una vida eso si muy tranquila en el campo. Hasta que todo cobró una dinámica diferente y ahora estaba sola, en el pueblo y lavando ropa ajena para poder sobrevivir. No le quedó sino un ladrillo simbólico de todo ese esfuerzo familiar.

Mientras estaban  viviendo en el campo, sus hijos Uriel y Ancízar, se fueron del hogar persiguiendo una ilusión de una vida mejor, con la promesa de un teniente del ejército que llegó al pueblo ofreciendo vinculaciones laborales, lejos de casa.

Primero se llevaron a Clavel, su caballo, luego siguieron poco a poco despojándolos bajo amenazas, hasta que decidieron que les entregaran la cosecha. La oposición fue férrea, pero los resultados peores, pues así perdió a su negrito, compañero inseparable, lo vio morir cuando a ella la maniataron. Igualmente fue testigo de la destrucción de su casa, levantada con tanto esfuerzo, arrasada por las llamas que dejaron como rastro un ladrillo, símbolo de la impotencia, pero a la vez de la tenacidad con que afrontó su tragedia, que apenas comenzaba. Esa es la violencia y su consecuencia, el desplazamiento y con él, el desarraigo.

La burocracia a la que se ve enfrentada, primero para reconocerla como víctima, le exigen documentos de identificación y que va  a tenerlos si del incendio solo le quedó el ladrillo y lo que llevaba puesto. Pasaba el tiempo y la valoración y verificación eran cada vez más dispendiosas y la angustia más pesarosa. Sumado a esto, la indagación por el destino de sus hijos se constituyó en algo muy azaroso, lleno de evasivas y falsas promesas con el fin de lograr su silencio.

En la incesante búsqueda de sus hijos averiguó que varios muchachos del pueblo salieron de allí con el teniente, sin conocerse su destino. Días después se habló de unos guerrilleros abatidos en combate por la fuerza pública y lanzados a una fosa común, como destino final.

Se colgó al cuello las fotos de sus dos hijos y salió dispuesta hasta el final de dar con sus restos para darles sepultura. Rebuscó en las fosas comunes que encontró y no admitía cómo las personas que tenían un nombre pasaran a ser nominadas como NN. ¡Qué desgracia!

La tragedia de la guerra, que no ha cesado a pesar de tanto esfuerzo, pero también de tanta maldad, ha afectado a un grupo cada vez más creciente de personas, para quienes la vida definitivamente les cambió. Todo esfuerzo personal o colectivo para asentar la paz, debe ser siempre acogido. Comencemos por sosegar los espíritus en nuestro entorno y ello en algo contribuirá.

* Profesional en Filosofía y Letras Universidad de Caldas.