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Día Internacional del Teatro (Manifiesto personal e impertinente)

Por: Rubén Darío Zuluaga G. *

Fecha de publicación: 11/03/2025

“De un amante resbaladizo, infiel, pero decididamente protector de sus fechorías. Querido que huye a la madrugada para amanecer en lecho seguro, pero vuelve arrepentido ofreciendo su sangre y promesa (siempre incumplida) de nunca abandono…”

El teatro me dio todo, otro cielo y otro infierno, lleno de imágenes, de colores, de bestias y de seres alados; vi la poesía en movimiento, la cara al misterio, la profundidad a la muerte, lo sublime al cosmos. El teatro que se nutre de todas las mitologías, nos enseñó a ver la realidad en su plástica y multifacética performance. No hay dios único, ideología o verdad incuestionable que gobierne el teatro: pagano, grosero, vulgar, exhibicionista, pues nace en la calle y en la plaza y se mofa de doctos y etiquetas de la moral.

Todos podemos llegar al teatro y robarle una visión personal a la escena, nadie puede imponer un punto de vista único, porque lo vemos con la joya preciosa de nuestras emociones y con ella vamos al rincón más oculto de nuestros sueños y recuperamos “el ciervo dorado”, el paraíso de la infancia. En épocas de modelos y copias que circulan por los celuloides y pasarelas de la fama, el teatro mantiene su exclusividad: una sala, la mascarada, el cara a cara, explosión de los sentidos todos, abrazo torvo y la “otra mitad del sol” en la escena.

Dios y otra moral y coloquialmente cambiamos a Lucifer por Dionisio y el infierno romano por el Olimpo griego, donde Vivian todas las fuerzas de la naturaleza divinizadas, la cruenta realidad estetizada y entonces de un solo Dios pasamos a cientos (inversamente a la antigüedad) y esa fue la primera llave para comprender otros mundo más allá de las montañas de la alejada aldea que nos vio nacer.

El teatro nos universaliza, claro que sí, primero nos enseña el ritual de todas las culturas y nos vuelve a entregar el fuego, la danza, la música, la palabra y reactualizamos el arquetipo original, la creación del mundo, más allá de Dogmas y filosofías, volvemos al principio, se libera el mundo de la prisión de la historia, nos desalineamos del tiempo y resignificamos el sentido de las cosas, nos desatamos del destino señalado.

El teatro nos recuerda que alguna vez fuimos “bestezuelas iniciáticas” y que alados poblábamos los aires y los mares; el teatro nos fascina y alucina, transforma los nervios en neuronas finas, va más allá de la política y la ramplona realidad que nos atrapa en visiones cerradas y escatológicas de la vida.

Es necesario ser amante del teatro para saborear lo que entrega, a que saben sus caricias y bofetadas y entonces uno aprende de las múltiples facetas en que se baraja la vida y las mil caras que somos nosotros mismos. Seguro que el teatro es el espejo de la sociedad, del alma humana, por ello nos exige tomar distancia, mirar a contra luz la sombra proyectada y de frente hasta encandilarnos la luz que proyecta nuestra aura.

El teatro le dio cuerpo a la filosofía, con las tragedias les mostró la esencia del pensamiento en movimiento, le enseñó a las religiones la potencia del ángel caído y la empatía por lo diverso. El teatro nos enseñó que es tan importante lo que se elucubra como lo que se comprende, nos transforma e invita a vivir en el conflicto que se resuelve o no, que nos lleva a etapas superiores, pero que el drama es la manera cómo evoluciona la historia. El teatro nos dio otros ojos y otra piel, nos enseñó que lo bello va más allá de la literatura y de la retórica perfumada de los versificadores de oficio, de los poetas profesionales que calculan cada estrofa y venden en folletos su prestigio.

El teatro nos dio otro cuerpo, lo liberó de los modelos aprendidos de los colonizadores venidos en Carabelas y en mulas, nos permitió explorar otras sensibilidades y sentir en nombre de otros, ponernos el antifaz para tener el poder de los que tienen más de una identidad. El teatro nos dio el símbolo templado con el dolor y tatuado en el cuerpo como acicate para crecer, nos enseñó a postergar la recompensa, aprendimos que la obra “nos hace a nosotros” en la medida en que la alquimia penetra en ella y mágicamente toma forma, se ofrece al espectador de mil maneras que no se esperan y cuando quien percibe se emociona, también fluye hacia el performer y la escena se ilumina con el milagro del teatro.

El Teatro Tosco, según Peter Brooks, será el que salve el teatro cuando la academia en su asepsia “normativa e instrumental” expulse la comedia de sus aulas. La expresión humana, el talento natural para el teatro, trasciende los escenarios y el arte culto es temporal y cíclico. La condición humana es herencia de un cuerpo milenario, fuerte como instinto e intuición. El cuerpo humano es el símbolo por excelencia, allí está contenida la historia, se pueden rastrear las huellas del tiempo y en su modelaje se expresa la metafísica de la trama:

“Dos piernas para tomar impulso, dos manos para volar y un espacio vacío para la danza del alma”.

* Crítico teatral