Por: Mario Armando Valencia *
Fecha de publicación: 01/06/2026
(El valor de la crítica)
La poesía de Francisco Gómez Campillo (Itagüí , Antioquia, 1968 , es reflexiva y meditativa, alterna estos dos modos de pensar y de ser. La elucubración elaborada que no esconde vestigios modernistas, disputa su concentración con la contención y brevedad del poema reposado y corto de sus Tankas y sus coqueteos con el haiku.
Con respecto a la primera forma de ser y crear, poéticamente, Gómez Campillo pareciera exponer aquel tipo de inteligencia que postuló Alfonso Reyes en sus debates sobre la inteligencia americana al momento de discernir el fundamento de nuestro sentir y pensar, inmerso en el dilema cosmopolitismo euro-occidental vs pensamiento propio: “De ambos recibimos inspiraciones (…). De un modo general, la inteligencia de nuestra América (…), parece que encuentra en Europa una visión de lo humano universal, más básica, más conforme con su propio sentir.”[2]
La segunda forma de realización del poeta payanés (de origen antioqueño), sería una inclinación “natural” a la serenidad y el reposo, al rumiar lento y al cultivo del aquietamiento, estimulada tanto por medios ordinarios (en la meditación del caminar y moverse en bicicleta), como al seguir la senda de William Burroughs y Bruno Mazzoldi al adentrarse en el mundo de los estados no-ordinarios o alterados mediante la ingesta de enteógenos; ambas estrategias de creación y de expresión del mismo bailarin taoísta que: “/Danza/Dentro/De la/Complejidad/De ser/El múltiple/Bailarín/Que danza/Dentro/De la/Música/Que está/Dentro/De sí misma/Sonando/Como/Suena/El cielo/Vacío/Y luminoso/Que en los/Ojos/Del bailarín/No cesa.”[3]
Francisco Javier Gómez Campillo
La tenebrosa dualidad de su estar-siendo, explica no solo la disparidad formal de su obra (escindida entre sus “canciones cortas” y sus elaborados y densos poemas existenciales), sino también parte de las claves de su intensa “lucha por la vida”; lo que denominaré: su voluntad de conatus.
La clave, y los códigos antropo-estéticos del régimen nocturno que despliega La tiniebla luminosa (Bogotá, 1993), son de origen romántico alemán y escenario favorito del surrealismo francés y de lo que, de las dos corrientes, llegó a Latinoamérica. Como lo afirmó Quessep sobre este libro, allí se encuentran los “dolores, el purgatorio, la verdad y la belleza”[4]; un cúmulo de figuras simbólicas nocturnas[5] que concilian los contrarios, como lo postula su paradojal título: “tiniebla luminosa”, donde el poeta fusiona lo bueno y lo malo, el día y la noche, la luz y la obscuridad, el sueño y la vigilia, en ciclos ambiguos y cambiantes que disuelven lo “real” y liberan la portentosa energía vital que desata el choque de los opuestos antes de conciliarse, como un ciego que solo “ve”: “…sombras infinitas/infinitos pozos de agua oscura/(…)/rostros que solo emiten gritos/ (…) Tinieblas desesperadas en busca de luz/ (…) Lámparas ciegas que gritan…”[6]
En relación dialéctica negativa, en El viento y los colores, Gómez Campillo se sube a la esquina más alta de su libro y lanza una manifestación: “Sé que estoy vivo”. Y, años mas tarde, en un sofisticado ensayo sobre la poeta venezolana Yanuva León, comienza declarando: “Se escriben poemas a condición de estar viva. Pero se está viva a condición de hacer vivir el poema.” [7]

La tiniebla luminosa, Colcultura, Bogotá, 1993.
Las difíciles formas de “La tiniebla luminosa” contrastan intensamente con la transparencia y levedad de “El viento y los colores”[8], lo que da cuenta, y revela, una puesta en abismo de una existencia en tensión que subyace como furioso pulsar de la vida. De la enmarañada trama de fuerzas e impulsos latentes que ponen en pie, a diario, al poeta.
Desde un extremo hasta el otro, la poesía de Gómez Campillo, transmite la vibración del conato del ser en pugna por su existencia, las atmósferas de sus versos rea-activan imaginativamente en el lector tormentas de sombras, seres extraviados, éxtasis y agonías, delirios e iluminaciones. Desde La tiniebla luminosa se yergue un Yo, y si, un Ego, un soplo inmaterial que flota inmerso en un denso cuerpo de agua que lo arrastra a la magnanimidad de lo desconocido, porque “Desde el punto de vista de la teoría del “…egoismo esencial que subyace a todo lo existente, defendida tanto por Hobbes a través de su principio del conato, como por Spinoza en su teoría de las pasiones (…) “cada cosa se esfuerza, cuanto está a su alcance por perseverar en su ser”[9]

El viento y los colores, Universidad del Valle, 2005
En pleno trance de conato, un día cualquiera, Gómez Campillo entró al laberinto de Spinoza. El mismo laberinto que siglos atrás visitaron Giordano Bruno, Pascal, Leibniz y todos los teósofos del siglo XVII, que quisieron demostrar (racionalmente), la existencia y naturaleza de Dios. En el año 2018, el poeta presentó su proyecto de investigación doctoral titulado “Po-ética del lenguaje en Baruch Espinosa”, investigación pensada en un diálogo profundo, con otro “cofrade” proscrito de Espinosa: el suicida de Partbou, Walter Benjamin.
Al dividir en dos partes el termino “poética”, convirtiéndolo en: po-ética, su autor acentuaba fuertemente la pretensión del desarrollo de una filosofía moral, desde el interior de la experiencia poética misma: “La expresión «po-ética» que intentaré llenar de contenido filosófico- escribió Gómez Campillo en su proyecto de investigación doctoral -, quiere remarcar y aprovechar la presencia de la palabra «ética» al interior de la palabra «poética»”[10]. A ese laberinto se lanzó, y el minotauro se lo tragó. Esa fue la última vez que vi al académico. Unos años más tarde, un abrazo nos reunió en algún rincón de la ciudad, pero él ya no era el mismo; el académico había sido “arrojado” a la exterioridad[11]: frente a mi, solo vi el poeta expoliado, retornando de los suburbios.

Baruch Espinosa
Cuando un intelectual es marginado de la academia, para el ethos moderno[12], el impacto que tiene, equivale a la expulsión de la “santidad académica”, al exilio hacia la abisal tiniebla, al lugar social del despojo del mérito y la “virtud” que sostiene a un intelectual que vive del trabajo de educar en los “templos del saber”; en tal situación, la fragilidad de la “virtud” es socavada por el enemigo rumor: porque “Si un rumor/Te forma,/Un rumor/Te diluye,/Un rumor/Te traspasa (…) Rumor/Primero/Y último,/Rumor/O muerte”[13]. Las fauces de la noche vestida de rumor se tragan la luz. La máscara blanca de la “ciudad letrada”, devora a su hijo, como lo hace el temible Saturno, en la inenarrable noche de Goya.
Como se sabe, el filósofo judío sefardí de origen español, nacido en Amsterdam y muerto en la Haya, que influye y apasiona al poeta, fue desterrado de la sinagoga con el siguiente anatema: “Excomulgamos, maldecimos y separamos a Baruch Espinosa, con el consentimiento de Dios bendito y con el de toda esta comunidad; delante de estos libros de la Ley, que contienen trecientos trece preceptos (…); que sea maldito de día, maldito de noche; maldito cuando se acueste y cuando se levante; maldito cuando salga y cuando entre; que Dios no lo perdone; que su cólera y su furor se inflamen contra este hombre y traigan sobre él todas las maldiciones escritas en el libro de la Ley, etc..”[14]
Adjetivos nada “sacros”, gélidamente burocráticos, sentenciaron lo propio para el poeta payanés, al ser separado del santuario de la moderna “sinagoga del conocimiento”. En una muestra explosiva de un acontecimiento que ilustra el complejo rizoma vital y el sentido de su existencia poética, devenida conato.
La conciliación de opuestos que el poeta logra, en su obra, en uso del régimen nocturno, le permite visualizar y, por qué no, anticipar las caídas del alma humana, incluida la propia, dado que “(…) Entre la noche y oscuridad cósmica y la noche humana psicológica, mística o religiosa hay unos lazos de relación tan profunda, que es lo que hace que también hoy, en un mundo más conceptual que el semítico, el lenguaje de lo nocturno siga prestando un gran servicio para expresar realidades profundas del ser humano.”[15]
Una poesía rica y atormentada, elusiva y profunda marca el ritmo de este trihiller de terror en el que se convirtió la vida del autor que, en pleno conatus, como el ladrón que ha robado el absoluto en su poema, como el transgresor al que instiga y anima complicemente, cruzando los tiempos, se escurre a toda velocidad por la calle del cacho y grita a si mismo: “Corre duro,/No te dejes/Agarrar ladrón,/Es tuyo/Lo que has/Robado,/Que tus piernas/No fallen,/Dios es/Un policía,/Oye sus/Horribles/Sirenas/Dando aviso/A la humanidad,/Corre duro/Hacia ese/Punto/Donde correr/Es el sol/Absoluto/Que has/Robado,/Es tuyo ladrón,/Corre hacia/Donde correr,/Corre,/Absolutamente.”[16]. Francisco Gómez Campillo, desatado, y libre (tal vez), brazos al aire en acompasados y festivos movimientos giratorios, cual juego de veletas propinando fuertes golpes de abanico para mover el viento y los colores, y mantener encendida la llama del fuego de la vida.
De quien he escrito hasta aquí, hoy ya no queda casi nada. En “Miseria de la poesía colombiana” (2017), “Objetos fractales porno” (2020) y “La poesía me importa un pito”, Campillo se instala decididamente en la post-poesía, expande su contraído posmodernismo, migra hacia el silencio de la imagen, libera su ironía y se place en la irreverencia, experimenta hasta el límite: nace un Francisco II, o reaparece el francisco 0.0., el oculto, pero latente transgresor que caminaba por los claustros bajo el peso y la sombra del académico “correcto”. Pero esto es harina de otro costal, tema para otro capitulo.
REFERENCIAS
[1] Conatus en latín: “esfuerzo; empeño; impulso, inclinación, tendencia; empresa; afán”, es una inclinación innata de algo a seguir existiendo y a desarrollarse.
[2] Reyes, Alfonso América, en “America el pensamiento de Alfonso Reyes”, F.C.E, Mexico, 2012, pag, 122.
[3] Gómez Campillo, Francisco, “El viento y los colores”, Universidad del Valle, 2005, pag, 37.
[4] Cf. Quessep Giovanny, Rincón del bibliófago, Magazín Dominical, el Espectador, SF.
[5] Durand, Gilbert, Estructuras antropologías de lo imaginario, 1991.
[6] Gómez Campillo, Francisco Javier, La tiniebla luminosa, Colcultura, 1993, Bogotá, pág. 9.
[7] Colegio de señoritas edición 93, noviembre 28 de 2025. Disponible en: https://poesia.uc.edu.ve/colegio-de-senoritas-de-yanuva-leon-por-una-micropolitica-del-poema/
[8] Del que su “camarada” y colega Cesar Samboní dice: “La palabra constituye el espacio donde habita el poeta, es allí donde se entiende y se esclarecen sus asuntos esenciales. El viento y los colores es en relación a esa palabra, la apertura hacia una levedad zen que se manifiesta como una disminución de peso en la sustancia formal del poema” (Samboní, Cesar, en “El viento y los colores”, Universidad del Valle, 2005, contra carátula).
[9] Peña García Vidal, 2017: 16, en Valencia, Mario, “Sanación en la creación: Posibilidades y límites del cuidado de lo sensible” en “Estéticas para el cuidado de lo sensible”, Universidad Distrital Francisco José de Caldas, 2021, pag.65.
[10] Gómez Campillo, Francisco, “Po-ética del lenguaje en Baruch Espinoza”, proyecto de investigación doctoral, 2018.
[11] Gómez Campillo, Francisco, “El viento y los colores”, Universidad del Valle, 2005, pag, 22.
[12] Echeverría, Bolívar, “Discurso critico y modernidad”, Ediciones desde abajo, Bogotá, 2011.
[13] Gómez Campillo, Francisco, “El viento y los colores”, Universidad del Valle, 2005, pag, 37.
[14] Vidal Peña, en “Ética demostrada según el orden geométrico”, Spinoza, Baruch, Tecnos, Madrid, pag.29.
[15] Noche, oscuridad, tiniebla y Dios JOSÉ DAMIÁN GAITÁN, Revista de espiritualidad, Julio-Sept de 1998 (57), Madrid, págs., 399-430, pag. 402. Disponible en https://www.revistadeespiritualidad.com/index.php?Seccion=verportada&Id=8
[16] Gómez Campillo, Francisco, “El viento y los colores”, Universidad del Valle, 2005, pag, 47.

* Escritor.