Por: Germán Sarasty Moncada*
Fecha de publicación: 08/01/2025
Paul Auster, un escritor y cineasta influyente conocido como el “Patrón de la Literatura de Brooklyn”, falleció el 30 de abril de 2024, a los 77 años. Nació el 3 de febrero de 1947 en Newark, Nueva Jersey, y creció en South Orange y Maplewood. Desde joven se refugió en la lectura y el béisbol debido a la tensión en su hogar y la relación distante con su padre, Samuel Auster, un propietario de edificios en Jersey City. Su madre, Queenie (Bogat) Auster, y su padre tuvieron un matrimonio difícil, lo que afectó la infancia de Paul. A temprana edad, Auster se sumergió en el mundo de la literatura. Un regalo de su abuela, una colección de seis volúmenes de Robert Louis Stevenson, despertó su pasión por la escritura.
Sus textos han sido traducidos a más de cuarenta idiomas. Nombrado Caballero de la Orden de las Artes y las Letras de Francia en 1992 y Premio Príncipe de Asturias de las Letras en 2006. Su obra escrita a través del existencialismo, con algo de pesimismo o más bien pragmatismo, siempre estuvo en la búsqueda de una identidad propia, la que logró.
Auster asistió a la Universidad de Columbia, donde se graduó en literatura comparada y participó activamente en el levantamiento estudiantil de 1968. En Columbia conoció a su primera esposa, la escritora Lydia Davis, quien era estudiante en Barnard. Tras obtener su licenciatura en 1969 y su maestría poco después, trabajó brevemente en un barco petrolero antes de mudarse a París, donde tradujo literatura francesa y comenzó a publicar su propia obra en revistas literarias.
En 1976 Auster escribió su primera novela: Jugada de presión, una suerte de novela negra bajo el seudónimo de «Paul Benjamin», rechazada por diecisiete editoriales, obtuvo escaso éxito editorial. Tuvo periodos de enormes dudas sobre su oficio, vivió años de estrechez, soportó momentos dolorosos. La muerte de su padre le proporcionó una pequeña herencia que lo sacó de apuros económicos y lo inspiró para escribir La invención de la soledad. Sobre su oficio que tanto disfrutó y cuyo legado es imperecedero, escribió:
No sé por qué me dedico a esto. Si lo supiera, probablemente no tendría necesidad de hacerlo. Lo único que puedo decir, y de eso estoy completamente seguro, es que he sentido tal necesidad desde los primeros tiempos de mi adolescencia. Me refiero a escribir, y en especial a la escritura como medio para narrar historias, relatos imaginarios que nunca han sucedido en eso que denominamos mundo real. Sin duda es una extraña manera de pasarse la vida: encerrado en una habitación con la pluma en la mano, hora tras hora, día tras día, año tras año, esforzándose por llenar unas cuartillas de palabras con objeto de dar vida a lo que no existe…, salvo en la propia imaginación. ¿Y por qué se empeñaría alguien en hacer una cosa así? La única respuesta que se me ha ocurrido alguna vez es la siguiente: porque no tiene más remedio, porque no puede hacer otra cosa.

Para analizar su obra, lo haré desde su libro, La invención de la soledad una novela publicada en 1982. En ella, la muerte del padre le sirve al autor para reflexionar sobre la memoria, la paternidad, la soledad y las formas de estar en el mundo. La primera parte se llama Retrato de un hombre invisible. Trata sobre la relación del autor con su padre, y de una tragedia sin aclarar que influenció profundamente su vida. La segunda, El libro de la memoria, continúa esta reflexión haciendo énfasis en su propia experiencia como padre. Ese tema evoluciona al de la orfandad del escritor y el papel activo que desempeña la memoria. Los recuerdos de la lejanía de su padre hacia él. Al referirse a su muerte, afirma:
Sí, sin duda fue la muerte de mi padre, que, como usted sabe, ocurrió de forma inesperada y me produjo una verdadera conmoción. Tenía 66 o 67 años —nunca he sabido exactamente en qué año nació—, no era viejo, en cualquier caso. Había gozado de buena salud durante toda su vida. No bebía, no fumaba. Jugaba todos los días al tenis. Siempre había creído que viviría hasta los noventa años y apenas había pensado en que se iba a morir algún día. Pero ahí lo tenía. Había ocurrido… Y causó un tremendo trastorno en mi vida. La frustración de tener tantos asuntos sin concluir con mi padre me indujo a escribir sobre él. De pronto ya no estaba, ahora ya no podía hablar con él. Imposible hacerle ya todas las preguntas que deseaba plantearle.
Con este libro ensaya a recuperar a través de la memoria los recuerdos de su infancia, su juventud, adolescencia y adultez en los que logró de alguna manera participar su padre, quien de todas maneras fue muy distante con él, muchas veces poco comprensivo y otras muy represivo, sin causa justa. Tener que volver a una casa deshabitada en donde a través de los objetos trataba de reconstruir la imagen paterna, fue algo muy doloroso y estresante.
La casa se convirtió en una metáfora de la vida de mi padre, la representación auténtica y fidedigna de su mundo interior, porque a pesar de que conservó la casa ordenada y más o menos en su estado anterior, ésta sufrió un proceso gradual e inevitable de desintegración… Descubrí que no hay nada tan terrible como tener que enfrentarse a las pertenencias de un hombre muerto. Los objetos son inertes y sólo tienen significado en función de la vida que los emplea. Cuando esa vida se termina, las cosas cambian, aunque permanezcan iguales. Están y no están allí, como fantasmas tangibles, condenados a sobrevivir en un mundo al que ya no pertenecen.
Como la verdadera muerte está en el olvido, hay que tratar de perpetuar su imagen no solo a través de los recuerdos, sino de las imágenes que otras personas tuvieron de ellos, y las fotografías, los videos, las grabaciones de audio y otros medios similares, ayudan mucho a conservar lo que creíamos perdido. Aunque fuera con su padre tan difícil de asirlo, pues siempre estuvo en movimiento, en otro sitio, entre aquí y allá, pero nunca aquí, ni nunca allá, era como una inestabilidad permanente, un péndulo oscilante.
Supongo que es imposible entrar en la soledad de otro. Sólo podemos conocer un poco a otro ser humano, si es que esto es posible, en la medida en que él se quiera dar a conocer… Cuando alguien es inescrutable, cuando es hermético y evasivo, uno no puede hacer otra cosa que observar; pero de ahí a sacar algo en limpio de lo que observa hay un gran trecho.
El vacío que le dejó su padre por el poco afecto hacia él, por el desinterés manifiesto o por otras razones que él desconocía o no admitía, hacia que los recuerdos agradables perdurarán, eso es lo que pasa con los niños, los ratos agradables, o los fuera de lugar, igual que los no tan agradables, los marcan, para bien o para mal. Fue lo sucedido un domingo que fueron a un restaurante, él tendría ocho o nueve años, y como no había mesa disponible, tuvieron que esperar. Mientras tanto, su padre lo llevó afuera y él no sabe de dónde, sacó una pelota de tenis, colocó una moneda en la acera y jugó a intentar golpear la moneda con la pelota. El solo hecho de que su padre lo invitara a compartir su aburrimiento, le fascinó.
Estos efímeros momentos, eran a los que Paul se aferraba para tratar de entender las frecuentes desilusiones, como el día en que lo convenció de que lo llevara a un partido de futbol. Allí estaban disfrutando, cuando repentinamente decidió que era hora de salir, aun sin terminar el partido. Quería evitar los tumultos a la salida y luego, la congestión del tráfico. Nada de lo que dije le hizo cambiar de parecer y mientras lo seguía por los corredores del estadio, sentía una desesperación sobrehumana que se acrecentaba cuando estábamos en el parqueadero y escuchaba la multitud en la lejanía.
No podía confiar en que supiera lo que quería, en que adivinara los sentimientos de los demás, y el hecho de que uno tuviera que explicarlos, hacía que las cosas perdieran todo su encanto; arruinaba una melodía largamente soñada antes de que sonara una sola nota. Además, aunque uno se explicara, no era demasiado probable que él entendiera lo que en realidad quería decir.
La escritura de este libro le serviría no solo para comunicarse mentalmente con su padre, sino para tratar de entender sus comportamientos, para él ahora tan necesarios como padre que ya era. El saber lo que le atormentaba de él, podría servirle para evitar esas situaciones con los suyos, conciliarse con su padre y sobre todo consigo mismo. Además poder desentrañar algunas posibles tragedias causales de muchas desgracias familiares. Supo que su abuela mató a su abuelo el 23 de enero de 1919, sesenta años antes de que muriera su padre. También a su padre lo marcó el hecho de haber ahorrado con esfuerzo del trabajo de repartidor de periódicos, unos diez o veinte dólares y su madre un día rompió la alcancía y se llevó la plata sin decir nada. Necesitaba el dinero para unas urgencias familiares y el papá de Paul no tuvo forma de expresar su resentimiento, comprendió que el bien de la familia estaba por encima del de los demás. Por lo tanto, mi padre aprendió a no confiar en nadie, ni siquiera en sí mismo. Siempre iba a venir alguien a demostrar que lo que había pensado estaba mal, o que no contaba para nada. Aprendió a no desear nada con demasiado empeño.
La vida trágica la perseguiría Paul Auster hasta su muerte, por eso él consideraba que el trabajo del escritor muchas veces puede suplirse con el material que la vida nos proporciona, una observación cuidadosa a los hechos que se nos presentan, un análisis de sus causas y una proyección de sus posibles consecuencias y confiar en ese olfato que da la constante y cuidadosa lectura reflexiva para desentrañar posibles contradicciones.
Ahora comprendo que cada hecho es invalidado por el siguiente, que cada idea engendra una idea equivalente y opuesta. Es imposible decir algo sin reservas: era bueno o malo, era esto o aquello. Todas las contradicciones son ciertas. A veces tengo la sensación de que estoy escribiendo sobre dos o tres personas diferentes, distintas entre sí, cada una en contradicción con las otras. Fragmentos. O la anécdota como forma de conocimiento.
Después de leerlo, reflexionemos un poco sobre lo afirmado por el filósofo existencialista Martin Heidegger: La muerte es un misterio, la consideramos como el momento de decir adiós a todo, es el viaje de irás y no volverás. ¿Por qué nacimos, si vamos a morir? Definitivamente, este texto nos pone en alerta sobre lo conocido y rehuido, la fragilidad de la vida, y lo intempestivo de la muerte, que nos llega sin avisarnos y casi siempre sin prepararnos, lo que les pasa a los demás, creemos que es por ser, los demás. Nos creemos intocables, somos soberbios, prepotentes, y a veces presumimos de inmortales, pues nadie experimenta con lo ocurrido a los otros.
Fotos tomadas de Internet.
Profesional en Filosofía y Letras Universidad de Caldas.