Por: Germán Sarasty Moncada*
Fecha de publicación: 02/09/2024
Antonio Muñoz Molina (Úbeda, Jaén, 1956) es un escritor español, académico de número desde 1996 de la Real Academia Española. En 2013 fue galardonado con el Premio Príncipe de Asturias de las Letras. Estudió historia del arte en la Universidad de Granada y periodismo en la Universidad de Madrid. Casado en 1994 con la escritora Elvira Lindo. En 2004 fue nombrado director del Instituto Cervantes en Nueva York, cargo que ocupó durante dos años, para poder continuar con su carrera de escritor. Como balance de esa gestión, el medio electrónico Libertad Digital, resaltó:
Durante estos dos años el Instituto Cervantes se ha buscado un hueco en la múltiple oferta cultural de Nueva York, el New York Times le dedicó una página entera a una exposición de Julio González, “algo que en esta ciudad donde el periodismo es tan jerárquico es fundamental”, indicó Molina.
Éste ha recordado que en el periodo 2003 – 2004 se hicieron 2.603 matrículas y que ahora ha dejado el centro con 4.000; al igual que en 2003 – 2004 se hicieron 7 cursos y en 2005 – 2006, se han realizado exposiciones, conferencias, coloquios, homenajes, cursos, conciertos, cine o actos relacionados con el año Quijote, son algunas de las múltiples actividades que ha desarrollado el Cervantes neoyorquino en estos dos años. La gestión de Muñoz Molina también ha consistido en buscar relaciones, fondos privados y convenios con los museos de la ciudad de Nueva York, con el MOMA, el Guggenheim, el Metropolitan o con sociedades como el Pen Club.
En su libro Las flores del mal, el poeta Charles Baudelaire describe un personaje que deambula por las calles sin un fin especifico, solo por el placer de caminar, pero en el fondo es alguien con la curiosidad de un científico, el tiempo de un ocioso y la sensibilidad de un artista, quien busca en el fondo, es el conocimiento, las causas de los hechos y el significado de lo insignificante.
También encontramos en la obra de otro gran escritor francés Marcel Proust, En busca del tiempo perdido, otros elementos para ser tenidos en cuenta en la siguiente exploración, pues él hace participar todos los sentidos para tratar de desentrañar lo que creíamos perdido, o mejor olvidado, pues las sensaciones que nos ofrecen nuestros sentidos, nos ayudan a rescatar lo que la frágil memoria había descartado por atender lo reciente, sabiendo que en el recordar anida el volver a disfrutar lo vivido.

En el libro Ventanas de Manhattan, publicado en el 2006, Muñoz Molina nos ofrece la descripción de un deleite logrado a través de todos los sentidos, de sus varios viajes a Nueva York, cada vez con un asombro como si fuera su primer arribo. Las sensaciones en ese recorrido no solo constituyen un caleidoscopio, sino que aparecen como un diapasón o un péndulo desplazándose continuamente, sin lograr una estabilidad. Los sonidos pueden ser ruidos ensordecedores de sirenas de ambulancias, policía, bomberos, tráfico vehicular, etc., o las bellas melodías de un concierto en un gran teatro de espectáculos. Los olores van desde las refinadas perfumerías, hasta los nauseabundos olores de los indigentes, drogadictos, alcohólicos o personas simplemente abandonadas. Los sabores participan igualmente de esa gama desde las más exquisitas comidas, hasta los desechos de las canecas con los que se alimentan los sin techo. Así con los otros sentidos, en ese recorrido encontramos:
El horizonte era más ancho ahora, las aceras más sucias, el olor de las alcantarillas más intenso, y aún en pleno día parpadeaban los letreros de los cines pornográficos, de los sex shops y de los locales de striptease, de los que salían olores groseros, a cerrado y a desinfectante, ritmos de música funky y jadeos amplificados de mujeres.
En su libro nos brinda una cátedra de buen gusto, no solo en la narración, sino en lo narrado, pues además de describir con detalle los sitios de sus recorridos, nos adentra en exposiciones de museos como el Metropolitan, el Guggenheim, el Moma, el de Historia Natural, el de Arte Moderno, etc. En cuanto a las diferentes culturas, ya asentadas en la ciudad, nos hace un paseo por Chinatown, Little Italy, el Bronx y los latinos, Harlem, además de mostrarnos con ejemplos esa abigarrada convivencia.
Me movería cansado y aturdido entre la multitud, entre tantos hombres y mujeres con caras, vestimentas y hablas de cualquier parte del mundo, africanos con túnicas y gorros bordados, sijs con altos turbantes de color azafrán, judíos ultraortodoxos con gabardinas negras y medias de seda negra, pálidos como espectros bajo los sombreros negros de ala ancha, las caras delgadas como husos y enmarcadas por los tirabuzones rituales, mujeres indias con saris y círculos rojos en las frentes morenas, ruidosos grupos de españoles en vacaciones.
Si los contrastes nos parecen aberrantes, los ejemplos en el libro pululan, pues en una misma cuadra, en una misma acera, conviven la opulencia y la indigencia, la fealdad y la belleza, el orden y el caos, la autoridad y la anarquía, como si no hubiera espacio para puntos intermedios. Así como se pueden apreciar obras de arte en la calle, conciertos de espontáneos artistas, desfiles constantes de beldades luciendo la última moda, automóviles de película, etc. también están los desempleados, los vagos, los rateros, atracadores, las prostitutas, los drogadictos, los que duermen en las aceras y se alimentan de los desechos que encuentran en las canecas de basura, los carros destartalados de supermercado con todos los enseres y haberes del indigente que los lleva, etc. constituyen cuadros dantescos.
Lo asombroso del escritor al compartirnos sus experiencias de sus diferentes estadías, unas como turista, otras como académico, algunas como profesor de literatura, en fin, en sus diferentes roles, pero siempre con la curiosidad de la primera vez, es la exactitud de sus descripciones, nos parece estar acompañándolo en sus descubrimientos, o en sus visitas a apreciar grandes pintores de los cuales hace de la presentación de sus obras, toda una cátedra de estética y apreciación del arte, como en el caso de Hopper, Rothko, o los de la Frick Collection, como Vermeer, de Rembrandt, de Goya, de Tiziano, etc.
En los cuadros de Hopper hay casi siempre ventanas: pero lo que Rothko pinta es la ventana misma, la idea depurada, casi mística, de la ventana de Manhattan dividida horizontalmente en dos paneles, la incertidumbre y la emoción de estar a punto de ver algo, de ingresar en el umbral de otro espacio y de otro tiempo. En Rothko las fronteras de los campos de color son tan graduales, tan entreveradas, como el tránsito del negro nocturno al gris claro y luego al violeta del amanecer…
Cuando se trata de los espectáculos musicales, se nota también su erudición, pues las narraciones de sus visitas a sitios populares para escuchar jazz son de antología, la forma como los músicos escogen su repertorio, la simbiosis de sonidos del piano, batería y saxofón, las sensaciones que experimentamos y la maestría de los tres ejecutantes, nos hacen recordar las actuaciones de los grandes del rhytm&blues, como Charlie Parker, John Coltrane, Sonny Rollins u Ornette Coleman. Fantástico
La visita al Museo Metropolitano de Arte siempre será una de las imprescindibles, por la cantidad de colecciones que reúne, los elementos de diferentes culturas, épocas, países, regiones, etc. Su consecución, catalogación, exposición y conservación constituyen ingente trabajo, recompensado con la afluencia permanente de público para admirar todas esas maravillas del mundo entero reunidas en un solo sitio, para aprender de orígenes, historia, geografía, tendencias y futurismo. Al respecto Philip de Montebello, ex director del museo afirmó:
La tarea de los museos, en una época de reproducciones omnipresentes y baratas, de fantasmagorías virtuales, era la de seguir siendo custodios de las presencias reales, de las obras de arte que están en un solo lugar y no en ninguna otra parte del mundo, dotadas de una individualidad tan poderosa como la de un ser humano: la textura, el peso, el tamaño, la materialidad que la obra irradia, la sustancia física del lienzo, el gesto de una pincelada, las palabras escritas con tinta real sobre una hoja de papel, no deslizándose intangibles en la pantalla de un ordenador.
Recorrer el Central Park guiados por el escritor, con sus deslumbrantes descripciones, viendo hacer ejercicio a personas de diferentes edades, mamás o niñeras paseando los bebés, jóvenes deambulando, personas saboreando un cono, un perro, una hamburguesa, es ver la vida corriendo en diferentes direcciones. Luego pasar por la Quinta Avenida para dejarnos deslumbrar por las vitrinas y su ostentación de extravagancias para ricos, y en esa sucesión de sitios y ocupantes, apreciar los cambios permanentes de la ruina a la prosperidad, del lujo al deterioro, del tener, al carecer, del acompañamiento al abandono, es terrible.
Al llegar al emblemático Times Square, veamos la descripción del autor: En Times Square los edificios banales de vidrio y metal reluciente se levantan casi a la misma velocidad a la que cambian las imágenes en los monitores gigantes de televisión, y más o menos con la misma consistencia estética. Torres de cristal con ángulos caprichosos, supermercados de bagatelas electrónicas, letreros deslizantes, pantallas con anuncios o imágenes de noticiarios transfiguran Manhattan en un cruce entre Las Vegas y una babilonia asiática, en un laberinto sin sosiego ni centro, sin más huellas del pasado…
Nos muestra sin tapujos una ciudad que ha constituido el deseo y la frustración de muchos, el anhelo fomentado por el cine y el espectáculo, la idealización del sueño americano que ha traído frustración a tantos, y ha emocionado a otros, el sitio en donde todo el mundo camina apresurado muchas veces sin un porqué, un sitio con muchos atractivos, pero desafortunadamente no para todos, pues muchos viven con salarios miserables y jornadas extenuantes, pero siguen persistiendo, cada uno tendrá su razón. Ese compendio de conocimientos invita a otra lectura y a una continua revisión.
* Germán Sarasty Moncada. Profesional en Filosofía y Letras. Universidad de Caldas.