Por: Germán Sarasty Moncada*
Fecha de publicación: 02/12/2024
Arturo Pérez-Reverte Gutiérrez (Cartagena, 25 de noviembre de 1951) es un escritor, periodista y Académico de número de la Real Academia Española desde 2003. Como periodista fue corresponsal de RTVE y reportero destacado en diversos conflictos armados y guerras para diarios y televisión.
Licenciado en Periodismo en la Universidad Complutense de Madrid, durante los tres primeros años de esta carrera, igualmente cursó estudios de Ciencias Políticas. Como reportero de guerra ejerció durante 21 años (1973-1994). Su obra ha sido traducida a más de cuarenta idiomas y muchos de sus libros han sido adaptados al cine y la televisión.
Su primera novela El húsar, ambientada en el siglo XIX, fue publicada en 1986 sin mucha resonancia, pero dos años después El maestro de esgrima, cuya acción transcurre en Madrid, fue escogida por el diario El Mundo entre las 100 mejores novelas en español del siglo xx. Luego vendría una prolífica creación, pues entre 2004 y 2024, escribió una treintena de novelas, hizo nueve adaptaciones al cine, cuatro a la televisión y obtuvo más de treinta premios y distinciones nacionales e internacionales. Tiene así una muy bien ganada fama de escritor.
En 2023 publicó la novela-problema ambientada en los años sesenta El problema final, como el mismo manifiesta, no es una novela negra, en la cual las acciones se desarrollan en sitios sórdidos, con mucha violencia, mucha sangre, demasiada acción y persecución, no, ésta es una novela policial de las clásicas en donde hay más cerebro que músculo, poca sangre vertida, pero mucha pista falsa que pretende entretener al detective, desviando su atención, pues detective en realidad no hay, pero sí un cerebro presto a desentrañar el problema y es el cerebro del lector, con el cual juega el autor.
Para preparar esta misteriosa y entretenida novela dedicó un par de años buscando lo realizado sobre este género, en la literatura clásica de detectives y en las películas que se hicieron en los años sesenta y anteriores, por eso, se encuentran menciones directas o sugeridas sobre: Arthur Conan Doyle, Agatha Christie, Graham Greene, Edgar Allan Poe, Chesterton, George Simenon, Edgar Wallace, Jorge Luis Borges, Gastón Leroux y otros, e igualmente a muchas películas y sus protagonistas. Una búsqueda minuciosa, bien elaborada y mejor utilizada.
Como el lector de hoy, es una persona con bagaje, experiencia, tacto y sobre todo suspicaz, el desafío es con alguien que ya conoce mucho sobre estos temas y además buen consumidor de audiovisuales, ya sean películas, series televisivas, telenovelas y similares, por eso, el escritor se esfuerza con esta novela canónica, pero de contenido moderno, con algo de humor en el fondo, en establecer un reto con ese tipo de lector. Las trampas son constantes y el misterio crece como espuma. Se trata de mezclar adecuadamente vida y literatura, ficción y realidad, posibilidad e imposibilidad, ya que los extremos se atraen y es en los márgenes en donde se logran desentrañar los misterios.
–Tenga la certeza. Ensordecer al lector cuando se le muestra algo y cegarlo cuando escucha. También jugar con su capacidad de error y de olvido. Lo importante es tener una idea, ocultarla y confundir a quien te lee con todo aquello que puede llevarlo a una idea distinta… La verdad es que nunca disfruté tanto como cuando escribía esa clase de historias.
Nos ubica en junio de mil novecientos sesenta, en Utakos, una pequeña isla frente a Corfú (Grecia), en un pequeño hotel en donde nueve personas, por el temporal han quedado varadas en el sitio. Hay dos mujeres inglesas, un matrimonio alemán, un médico turco, un productor de cine y su pareja, (una soprano ya en declive), un viejo actor de películas policiales que ha encarnado a Sherlock Holmes, el legendario detective, y un escritor de mediocres novelas policíacas y del Oeste. Igualmente la dueña del hotel, el administrador y dos camareros.

El actor británico, Ormond Basil de sesenta y cinco años, es abordado por el escritor español, Francisco Foxá, (Paco), quien no pasaba de los cuarenta, gran admirador de las películas protagonizadas por Hopalong Basil, encarnando a Sherlock Holmes. Para Paco, la gran sorpresa fue encontrar al propio actor en persona. Así comienza una larga y amena conversación en la cual cada uno va mostrando sus conocimientos sobre el oficio, los personajes que representan, los artificios usados no solo para entretener, sino para confundir al lector o al espectador, según el caso, pero todo como un agradable pasatiempo, lleno de reflexiones, lecturas compartidas, películas vistas o actuadas, en fin, una agradable velada.
Foxá no quiere desaprovechar la oportunidad de tener un gran investigador al frente y no probar esas reconocidas cualidades, así solo fuera en las películas y no en la realidad, pero sabe que de tanta actuación, algo aprovechable queda para la realidad, por eso lo incita a decir algo sobre él, con la sola observación inmediata, el otro lo duda, pero luego comienza con una serie de deducciones, que se vuelven certezas: practica deportes, tenis, es zurdo, etc. lo cual desconcierta al otro. Como explicación le dice: durante quince años conviví con él. Leí cada novela y cada relato docenas de veces. Era una buena forma de entrar en el carácter. Casi nada de lo que le acabo de decir proviene de mis propias deducciones.
La charla se vio interrumpida por los gritos de Evangelia, la camarera quien en la cabaña de madera que era el pabellón de la playa, había encontrado muerta a la inglesa Edith Mander, compañera de Vesper Dundas. La judía austriaca, sobreviviente de Auschwitz, Raquel Auslander, dueña del hotel pidió al doctor Karabin, que la acompañara y le dijo a los demás que esperaran. A los quince minutos regresó el doctor conmovido y pidiendo la presencia de testigos, a lo que respondieron, Ormond, Foxá y el productor italiano Malerba. Después de una larga inspección y una cuidadosa observación por parte de Ormond, todo parecía un suicidio, según Karabin. La puerta y la ventana estaban cerradas y había una silla arrimada a la puerta para trancarla por dentro. Edith estaba en el suelo y la cuerda utilizada estaba cortada. Malerba comentó que quizá la cuerda se había roto con las últimas convulsiones.
De todo esto surgen especulaciones, comentarios desordenados, suposiciones infundadas y una serie de imprecisiones, que los lleva a reflexionar colectivamente sobre el qué hacer mientras podía llegar la policía de la comisaría principal de Corfú, a investigar, pues el temporal impedía la navegación y estaban confinados en esa pequeña isla. De todos los comentarios surgió la posibilidad de que no fuera un suicidio, y de esa manera entre ellos estaría el asesino o asesina; para poner orden a ese caos, se planteó la necesidad de hacer algo realmente.
–Haría falta un policía – sugirió alguien –. Un detective.
— Tenemos uno –dijo Foxá.
Lo dijo vuelto hacia mí, y todos siguieron la dirección de su mirada. Desde el sillón en que me había mantenido inmóvil, callado y al margen, dirigí en torno un vistazo sorprendido al principio, irritado después con apariencia de tal. En el fondo me sentía halagado; pero eso era asunto mío.
Ormond les hizo ver que eso funcionaba en el cine, pero la vida real era realidad y no ficción, que él no tenía formación de investigador, ni de legista, pero entre más argumentaba, más los convencía de la adecuada decisión. La aceptó finalmente a regañadientes, pero en el fondo muy orgulloso y seguro de lo que se jugaba. Su papel de Sherlock Holmes, una vez asumido, se verá apoyado por Foxá, quien lo hará muy bien como Watson. Después de que el doctor Karabin dijo que haría un examen más minucioso al cadáver y luego de una partida de ajedrez con Hanz Klemmer y algunas conversaciones con otros residentes, apareció asesinado. Nuevas complicaciones, temores, angustias, recelos, vigilancia y desconfianza permanentes de unos hacia otros.
De las conversaciones va surgiendo una especie de vademécum o tratado sobre investigación criminal, en donde afloran afirmaciones como: Cuando se conoce una serie de hechos, cualquiera pude predecir el resultado. Otra cosa es, a partir del resultado, establecer los hechos. / Nada hay más engañoso que un hecho obvio. / Los signos pueden utilizarse para insinuar la verdad igual que para mentir. / Por lo general, la gente no responde a lo que se le dice, sino a lo que cree que estás pensando cuando se lo dices. / Nunca confíe en las impresiones generales. Céntrese en los detalles. / El azar es más frecuente que el orden./ Casi nada de cuanto ocurre es imposible, si ha ocurrido. Tal vez sea improbable o inexplicable en apariencia, pero no imposible. / Combinar hechos e intuiciones para convertir las conjeturas en certezas /. En un relato policial siempre hay tres misterios clásicos: quién es el culpable, cómo lo hizo y por qué.
Ya para cerrar el ciclo de interrogantes, aun sin respuesta concreta y con todos los presentes, implicados como sospechosos, aparece el tercer muerto y esta vez será Hanz Klemmer, quien aparecerá con el cráneo brutalmente destrozado. El autor sigue dando pistas, pero nunca se sabe si en lugar de ir hacia la verdad, son despistes para ahuyentar al lector, con quien ha jugado en todo el relato, pues es una novela llena de desafíos y confusiones.
El escritor después de doscientas ochenta y tres páginas, colmadas de diálogos esclarecedores, detalles a veces superfluos, pero en el fondo, claves, nos ha dejado desconcertados, pero no solo a nosotros. Él envió a la editorial esos capítulos, solicitando indicaran la clave final. Después de varios días, muchos expertos, varios teóricos y muchas otras personas, no fueron capaces de desentrañar el enigma. Entregó las restantes treinta y tres páginas y resolvió El problema final.
Profesional en Filosofía y Letras Universidad de Caldas.