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Escritura local con visión universal

Por: Germán Sarasty Moncada*

Fecha de publicación: 03/03/2025

La literatura tiene un ámbito tan amplio que lo descrito de un sitio, puede ser identificado por alguien distante, como algo sucedido en otro lugar del originalmente narrado, en eso consiste la maestría de un escritor con su escrutadora mirada y sus dotes descriptivas.

En este caso vemos esas extraordinarias capacidades que posee la surcoreana Han Kang (Gwangju, 27 de noviembre de 1970) quien a los once años se mudó a Seúl con su familia. Estudió Letras en la Universidad Yonsei y después de graduarse trabajó durante tres años como periodista para las revistas Publishing Journal y Samtoh, entre otras. Ha sido la primera mujer asiática y  la primera surcoreana en recibir en el año 2024, el premio Nobel de Literatura, instaurado en 1901 y con ciento diecisiete entregas anuales hasta ahora, de las cuales dieciocho han correspondido a galardonar a la mujer. Fue durante once años profesora en el Departamento de Escritura Creativa del Instituto de las Artes de Seúl. Desde hace siete años tiene una librería en Seul, la cual dirige.

Uno de sus emblemáticos libros, La vegetariana, fue publicado por primera vez en Corea del Sur en 2007, y su versión en inglés marcó el inicio de una fructífera colaboración con la traductora Deborah Smith, con quien compartió el Premio Man Booker Internacional, el más prestigioso galardón del Reino Unido para obras de ficción traducidas al inglés, con el que se reconoció la calidad literaria de su obra y la labor de la traducción a la vez que la proyectó al ámbito internacional. Al recibirlo, manifestó:

            La humanidad tiene un espectro muy amplio. Siempre he querido saber su significado. Es como una lucha interminable. Una lucha interna. Porque quiero abrazar este mundo y la vida. Pero, por supuesto, hay aspectos que no podemos abrazar. Es como caminar hacia atrás y hacia adelante entre estos dos retos. Es como toda mi vida. Tengo este medio, mi lenguaje. Y con esto tengo que avanzar. Es absolutamente imposible, pero me gustaría. Y no hay otra manera. Siempre es fundamental. Todas estas preguntas son tan fundamentales. Así que sigo teniendo esto dentro de mí e intento escribir.

Y llegó el diez de octubre cuando en Estocolmo el vocero oficial anunció: el premio Nobel de Literatura 2024, se concede a la autora surcoreana Han Kang Won por su intensa prosa poética que afronta traumas históricos y expone la fragilidad de la vida humana.

Sería el 10 de diciembre de 2024, el día en que la autora Ellen Mattson, miembro de la Academia Sueca y del Comité Nobel de Literatura, diría en su discurso de la ceremonia de entrega de premios:

            En la escritura de Han Kang se dan cita dos colores: el blanco y el rojo. El blanco es la nieve que cae en muchos de sus libros, que traza una cortina protectora entre la narradora y el mundo, pero el blanco es también el color del dolor y de la muerte. El rojo simboliza la vida, pero también el dolor, la sangre, los profundos cortes de un     cuchillo. Aunque su voz puede ser seductoramente suave, habla de una crueldad    indescriptible, de una pérdida irreparable. La sangre fluye de los cuerpos amontonados después de la masacre, se oscurece, se convierte en una súplica, una pregunta que el texto no puede responder ni ignorar: ¿Cómo debemos relacionarnos con los muertos, los secuestrados, los desaparecidos? ¿Qué podemos hacer por ellos? ¿Qué les debemos? El blanco y el rojo simbolizan una experiencia histórica a la que Han vuelve en sus novelas…

                … Cuando el alma se cansa, el cuerpo sigue caminando. En el fondo, hay una resistencia obstinada, una insistencia silenciosa más fuerte que las palabras, una necesidad de recordar: una vez más, el objetivo no es olvidar, ni sería posible. En el mundo de Han, las personas están heridas, son frágiles, en cierto sentido débiles, y sin embargo poseen la fuerza justa, la fuerza justa, para dar otro paso o hacer otra pregunta, solicitar otro documento o entrevistar a otro testigo superviviente. A medida que la luz se desvanece, las sombras de los muertos siguen moviéndose por la pared. Nada pasa nunca; nada termina nunca.

La respuesta de la laureada escritora puede apreciarse en estos apartes de su discurso de aceptación del premio Nobel de Literatura 2024:

            …Cada vez que trabajo en una novela, soporto las preguntas, vivo dentro de ellas. Cuando llego al final de esas preguntas –que no es lo mismo que cuando encuentro respuestas a ellas– es cuando llego al final del proceso de escritura. Para entonces, ya no soy la misma que cuando empecé, y desde ese estado cambiado, vuelvo a empezar. Las siguientes preguntas siguen, como eslabones de una cadena, o como fichas de  dominó, superponiéndose, uniéndose y continuando, y me siento impulsada a escribir algo nuevo…

            …Mientras escribía mi tercera novela, La vegetariana, entre 2003 y 2005, me rondaban por la cabeza algunas preguntas dolorosas: ¿Puede una persona llegar a ser completamente inocente? ¿Hasta qué punto podemos rechazar la violencia? ¿Qué le sucede a quien se niega a pertenecer a la especie llamada humana?…

            …Yeong-hye, la protagonista de La vegetariana, decide no comer carne como forma de rechazar la violencia y, al final, rechaza toda comida y bebida, excepto agua, creyendo que se ha transformado en una planta. Se encuentra en la irónica situación de apresurarse hacia la muerte en su intento de salvarse. Yeong-hye y su hermana In-hye, que en realidad son coprotagonistas, gritan en silencio durante pesadillas y rupturas devastadoras, pero al final están juntas. Situé la escena final en una ambulancia, ya que             esperaba que Yeong-hye siguiera viva en el mundo de esta historia. El coche avanza a toda velocidad por la carretera de montaña bajo hojas verdes resplandecientes mientras la hermana mayor, atenta, mira intensamente por la ventana. Tal vez esperando una respuesta, o tal vez en protesta. Toda la novela reside en un estado de cuestionamiento. Mirando y desafiando. Esperando una respuesta…

            …Cuando escribo, utilizo mi cuerpo. Utilizo todos los detalles sensoriales de la vista, del oído, del olfato, del gusto, de la experiencia de la ternura, del calor, del frío y del dolor, de notar que mi corazón se acelera y que mi cuerpo necesita comida y agua, de caminar y correr, de sentir el viento, la lluvia y la nieve en mi piel, de tomarme de la mano. Intento infundir en mis frases esas sensaciones vividas que siento como un ser mortal con sangre corriendo por su cuerpo. Como si estuviera enviando una corriente eléctrica.  Y cuando siento que esta corriente se transmite al lector, me quedo asombrada y conmovida. En esos momentos vuelvo a experimentar el hilo del lenguaje que nos conecta, cómo mis preguntas se relacionan con los lectores a través de esa cosa eléctrica   y viva. Me gustaría expresar mi más profundo agradecimiento a todos aquellos que se han conectado conmigo a través de ese hilo, así como a todos aquellos que puedan llegar a hacerlo…

En cuanto a la escritura local y su proyección global, la escritora afirmó:

            Es fascinante cómo somos percibidos de manera ligeramente diferente por los demás. Sin  embargo, lo aún más intrigante son las partes que universalmente se aceptan. Comenzamos a darnos cuenta de que somos seres más comunes de lo que pensamos, capaces de conectarnos sin barreras.

Las descripciones en su libro La vegetariana, de las situaciones expuestas aunque referidas a la cultura surcoreana, pueden ser claramente identificadas en muchas otras latitudes, el ser humano es esencialmente el mismo y sus comportamientos así estén enmarcados en determinada cultura, no dejan de ser similares. Estas notas sirven de preámbulo al escrito que estoy preparando sobre su libro La vegetariana, el cual espero tenerlo para una próxima entrega.

* Profesional en Filosofía y Letras Universidad de Caldas.