Por: Mario Armando Valencia *
Fecha de publicación: 18/03/2026
PASION Y CONTENCION EN LA POESIA QUEER LATINOAMERICANA
“Una verdad moral es el hueco de una muela/ que hay que rellenar con oro”
Edgar Lee Masters, último verso de “Sexsmith, el dentista”, Antología de Spoon river.
Jorge Hernán Flores Hurtado nació el 3 de septiembre de 1958 en Aguadas, Caldas y murió en Manizales en enero de 2020. Estudió su bachillerato en el Instituto Universitario de Manizales y se graduó como diplomado en Filosofía y Letras el 29 de Julio de 1994, en la Universidad de Caldas, con suficiencia (niveles altos), en dos idiomas: ingles y francés.
Enfocó sus esfuerzos laborales hacia la militancia y el activismo político, el cual siempre fue declaradamente de izquierda. Entre esos intensos y espinosos escenarios su actividad literaria permaneció discretamente oculta, en el activismo sindicalista, magisterial y de otros gremios y el trabajo con ONGs. Por eso mismo, cuando abrió en sus círculos literarios de filósofos, maestros, políticos, y escritores, sus anaqueles de letras, nadie se sorprendió, luego de décadas de disfrutar de su erudición literaria en innumerables (e inenarrables) tertulias. Y mucho menos hubo sorpresa, cuando conocimos los contenidos y formas de su poesía y prosa.
Un libro de memorias: “El zaguán de los recuerdos”, una novela corta: “La casa del ensueño”, una novela larga: “Nostalgia entre Urapanes” y una obra inclasificable: “Mientras la noche se fragmenta” (2008), reúne la prosa que dejo escrita; “Esos muchachos del sur” es el único poemario completo publicado que de él se conoce, escritos diversos: “Estampas aguadeñas”, “Genealogías familiares”. En su curriculum vitae (solo hasta 2014), registraba mas de setenta artículos publicados sobre literatura, política, estudios regionales, historia, pedagogía y cine; es lo que constituyen la dispersa y fragmentaria obra de Flores Hurtado, de la cual la mayoría permanece inédita. A su obra poética, específicamente al libro titulado: “Esos muchachos del sur” (2002), es la cual quiero referirme en este análisis.

Jorge Hernán Flores Hurtado, en el uso del micrófono, a la derecha.
Como su amigo e interlocutor por muchos años, el poeta confiadamente me conto un sorprendente e “ingenuo” relato: En su pre adolescencia cultivó una amistad con un vecino que habitaba la parte baja de su casa, un primer piso que suele entregarse en arriendo cuando la casa amplia permite alquilar una parte de ella, que permanece incomunicada con la parte principal. Contó Flores que, entre su amigo de abajo y él, que habitaba la parte superior, se estableció una rutina de intercambio de libros que ambos leían, trafico que mantenían a través de una canastilla de mimbre atada por un lazo, la cual subía y bajaba los contenidos del cesto, en donde los separados interlocutores depositaban poesía y novelas que cumplían su acometido, primero en el segundo, y luego en el primer piso de la casa y viceversa. Lanzando la cuerda con sus misteriosos contenidos y recogiendo la canastilla por la parte exterior de la casa que daba al patio, devoraban a Nataniel Hawthorne, Jean Thoreau, Edgar Allan Poe, Walt Whitman, Emily Dickinson, William Faulkner, Ezra Pound, T.S. Eliot, y, por su puesto, Edgar Lee Masters, entre muchos otros nombres de la literatura anglosajona, esperando ambos que, en algún momento, siempre postergado, pudieran reunirse en algún paraje del barrio o la ciudad en donde en ese tiempo vivían, lejos de las casas paternas, para compartir sus impresiones sobre las lecturas. Señalaba con fría imperturbabilidad que, en ese correo litúrgico y estoico de la imaginación, transcurrieron varios y definitivos años, claves para la formación de sus conceptos literarios y de su sensibilidad de escritor.
En la plenitud de su actividad intelectual, Flores Hurtado, frecuentó con escalofriante obsesión borgiana, la biblioteca del Centro Colombo Americano de Manizales, para seguir leyendo en las nubladas mañanas de esa ciudad, estos y otros autores en su lengua materna, el inglés. Literatura “pesada” y conversación filosófica era lo que regalaba Flores Hurtado. Esa era su concepción mas profunda del goce, no había lugar en él a la frivolidad literaria, ni en la biblioteca ni en el bar, en donde, sí deseabas su compañía y dialogo, había que seguirlo en su inmersión sin limites hacia la densidad lirica de Sergio Denis.
He empleado los anteriores párrafos como preámbulo y contextualización de las reflexiones que siguen para sostener lo siguiente: “Esos muchachos del sur”, de Flores Hurtado, es un libro de poesía Queer (cuir). Y la estética que allí se plasma (y que también se desarrolla en su prosa, esta atravesada por la estética cuir). Ello implica que en la poesía de Flores se consigna, de forma inesperada, una particular forma de rebeldía estructural de genero. Estructural, porque es al mismo tiempo 1) un posicionamiento político y 2) la instauración de una inestabilidad cultural critica de género, desde el campo estético, particularmente en la literatura. En un choque frontal, tanto con el disciplinamiento patriarcal-familiar-ortodoxo-católico, como frente a la ciudad y la cultura goda del centro del país y particularmente de la ciudad de Manizales.
La estética cuir, no es solo un nuevo paradigma artístico-literario, sino, en la medida que irrumpe desde las zonas de exclusión y marginación de las culturas patriarcales dominantes, constituye per se una posición política. Para mostrar el posicionamiento político de Flores desde su poesía cuir, partamos de entrada de la base ontológica que soporta la opción cuir, propuesta por la filosofa judío-estadounidense Judith Butler en su celebre libro “El género en disputa”, en donde la profesora de Ciencia política y teorías de género, afirma que “como cualquiera otra opción de género: “… con independencia de la inmanejabilidad biológica que tenga aparentemente el sexo, el género se construye culturalmente: por esa razón, el género no es el resultado causal del sexo ni tampoco es tan aparentemente rígido como el sexo. Por tanto, la unidad del sujeto ya está potencialmente refutada por la diferenciación que posibilita que el género sea una interpretación múltiple del sexo.”[1]

Carátula del poemario “Esos muchachos del sur” (2002).
Los catorce poemas que configuran la saga poética “Esos muchachos del sur”, constituyen una expresión de género, como construcción cultural e interpretación del poeta, del cuerpo sexuado. En primer lugar, “El sur”, en el actual contexto geocultural, significa emancipación y rebeldía, insubordinación y combate, pero también futuro. Flores conocía a Franz Fanón desde sus años universitarios, y los debates desde los años setentas sobre el tema del colonialismo, por lo tanto, cuando leyó con juicio los pensadores post y decoloniales, comprendió fácilmente la estructura profunda de la actualización contemporánea de esos viejos debates. Por lo tanto, el yo lírico, de su poesía y sus novelas, corresponde a la voz informada, madura y reflexiva de una corporalidad homoafectivamente expresada. Los títulos explícitamente configurados como dedicatorias, obsequios, regalos eróticos, amorosos: “Para ti, Jeison, y tu pelito al viento”, “Para César Augusto”, “Para ti, William”, “Para ti Carlos”, etc., hablan claramente de intensidades y pulsiones eróticas, mediante el uso literario “maricón” de los diminutivos entre hombres gays, en la tesitura de los adjetivos y la delicadeza en la expresión entre el yo lírico y el destinatario del discurso poético: “…yo iba guiándome por la Tristeza y tu ibas apurado. Pero tranquilo, mientras un pelito castaño se te colgaba de la frente. Con coquetería.”[2]
Este yo lírico no es la voz adolescente del chico que soltaba el lazo con la canasta llena de libros, para su alteridad deseada e imposible. La enorme presión del patriarcado debió esperar la valentía encontrada en la madurez del poeta. “Esos muchachos del sur”, fue escrito después los cuarenta años, pasado el tiempo y encarados los traumas que genera el estado de negación que provoca la estigmatización familiar y social, porque “… los sujetos regulados por esas estructuras, en virtud de que están sujetos a ellas, se constituyen, se definen y se reproducen de acuerdo con las imposiciones de dichas estructuras.”[3].
Como era normal, en Flores no se encuentra el desparpajo “maricón” de los autores cuir, metropolitanos contemporáneos, sus formas literarias provenían de la solemne metafísica poética de la literatura sajona; de manera análoga a como Le Masters en “Antología de Spoon river” (2025)[4] construyó el paisaje de la sociedad de Lewistawn, ese ficcional territorio del medio oeste norteamericano, a través de una meticulosa selección de piezas que componen un rompecabezas, Flores compuso un espectro de personajes y caracteres de su mundo (real) amoroso e idílico, germinado en las nieblas de Aguadas y continuado en Manizales. Lo de Lee Masters son epitafios, lo de Flores son dedicatorias, lo de Lee masters son melancólicas semblanzas de muertos, lo de Flores tórridas pasiones de vivos, a través de las cuales siembra la inestabilidad de genero, el tembloroso abismo de lo censurado, en una fuerte crítica cultural desde el campo estético que encuentra en este poeta, una elaboración exquisita. La desconocida por muchas décadas (por su tardía traducción al español), antología de “Spoon river”, le sirvió de modelo estructural para elaborar la técnica y factura estética de los catorce poemas. De ella, Flores aplica elementos fundamentales del poeta de Kansas, en la concreción de su obra.

Lo que primero encontramos en la obra de ambos poetas, es una decidida ruptura con el “eterno elusivo del poema”. En el norteamericano la plasticidad de la imagen cede el paso a lo testimonial, confesional y al juicio; en el poeta colombiano, la ilimitada ambigüedad de la imagen poética sucumbe al modelado del pensamiento, demarcándola, inclinándola hacia lo singular, lo inconfundible: el nombre propio. En ambas poéticas los textos se cierran de las infinitas connotaciones hacia designaciones concretas de nombres propios de personas y lugares. Llevar estas singularidades hacia esa delineación semántica, hacer girar la imagen polisémica dominante en poesía hacia la univocidad del nombre, acotar lo significado cerrándolo a la persona, el lugar, el acontecimiento, sin permitir desviación hacia figuraciones difusas, requiere enorme frialdad de pensamiento y valentía. Algo imposible sin la ayuda de la serena fuerza de una literatura que lleva ese sello parco, seco, contundente de la estética anglosajona.
Flores (también experto en la literatura del Río de la Plata), conocía y compartía, sin duda, la afirmación de Borges, quien tradujo de Lee Masters para la revista Sur, tres poemas puntuales, increíblemente caracterizados por la ruptura con ese “elusivo poético” dominante al que me he referido antes: Borges escogió tres: “Anne Ruledge”, “Petit, the poet” y “Chandler Nicholas”. El argentino calificó la Antología de Spoon river, como una de las obras mas autenticas de la literatura norteamericana, apreciación que Flores, claramente, suscribía y que lo animó a desplegar, influido por ambos escritores, su propia “originalidad”: el disruptivo erotismo homoafectivo, matizado por la sobria elegancia de las estéticas del norte.
El aguadeño observó como Lee Masters apostó en los 244 epitafios que componen la antología, por la estructura fragmentaria, los motivos multifacéticos, el verso libre sin recato, y, sobre todo, el decidido prosaísmo de sus versos, características todas ellas presentes en la obra de Flores, logradas con base en el uso de una síntaxis limítrofe (entre la prosa y el verso), proveniente del fresco (Tomado quizás de los aguafuertes porteños de Arlt), la estampa, la viñeta, la anécdota; funcionalismo semántico abundante en complementos indirectos, frases partidas y subordinadas, contenedores gramaticales perfectos para sugerir, pero también “salvaguardar”, lo socialmente escandaloso y reprochable para el contexto moral en el que vivía.

Ilustración de Beatriz Martín Vidal para una de las ediciones de Antología de Spoon River.
Flores Hurtado desarrolló un tipo de imagen erótica caracterizada por un sereno y, si se me permite, contenido expresionismo; la palabra austera, medida, regulada: “Porque entre artesanos de miedo/ les juegas a unos brazos morenos/ que vienen de los oros (…) Pero, Oscar te impide la ternura/ La ternura de los días, y de estas noches de soledad” [5] . Para Plasmar un juego de luces y sombras, que según lo refiere su editor, Martin Rodas Valencia, puede constatarse en el título original que la saga tenía inicialmente: “Poemas de luna blanca escritos en banca negra”, el cual fue sustituido finalmente por “Esos muchachos del sur”. En este hipertexto (título fallido de la saga, no su intención), se observa el evidente empeño en encontrar matices y brillos entre las sombras, como también lo es la búsqueda de la escultural dureza con la que nombra la ternura de la vida, con el telón de fondo, totalmente quieto, sustancial, sin adjetivos: la soledad, enfriada por una luna diseminada en toda la saga.
Con la misma técnica procede en los temas del amor y el cuerpo. Amores platónicos[6] cuya imposibilidad es visualizada y resuelta como “amistad de estrellas”, relaciones entre sujetos atados a imperativos que templan las riendas del deseo desde adentro: “En lo mas profundo de ti Sebastián, uno sigue intentando/ asir/ por la rienda el caballo del deseo.”[7]. Interpretación y significados del cuerpo del deseo y del cuerpo deseado, trabados en frustradas relaciones, llevados a sombríos y crudos símbolos: flores disecadas, monedas temblorosas, delirio, suicidio de nostalgias, lunas agachadas iluminando tenuemente los barrios del sur; formas que emergen fantasmalmente, para estructurar su propia inestabilidad de genero. Cuerpos idealizados y ensueños con escenas amorosas idílicas[8] en un contraste entre belleza y pobreza, exuberancia y precariedad de la vida, para expresar, como lo hizo Lee Masters, con franqueza, los conflictos y miserias de la vida de suburbios y barrios marginales.
Con este breve análisis no pretendo igualar la obra del norteamericano con la de Flores, la naturaleza, proporciones y pretensiones asimétricas entre ambas obras, lo harían totalmente desacertado. Busco revelar el linaje estético de la poética del colombiano y la inteligente forma en la que resolvió el conflicto entre la ardentía de las pulsiones humanas y la economía de un lenguaje austero y pragmático, para resaltar la originalidad de su propuesta: poesía cuir de factura estética sajona, que le permitió regular la fuerza de los temas a través de la breve, lisa y contenida apariencia que les confiere belleza y solidez.
REFERENCIAS
[1] Butler, Judith, “El genero en disputa”, Paidós, Barcelona, 2007, pág. 54
[2] Flores Hurtado, Jorge, H. “Esos muchachos del sur”, Ojo con la gota de tinta, Manizales, 2002.
[3] Butler, Judith, “El genero en disputa”, Paidós, Barcelona, 2007, pág. 47
[4] Lee Masters, Edgar, “Antología de Spoon river”, Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2025.
[5] Flores Hurtado, Jorge H, “Esos muchachos del sur,” “Para ti Carlos”, Ojo con la gota de tinta, Manizales, 2002, pág. 6
[6] Flores Hurtado, Jorge, H, “Esos muchachos del sur,” “Para Cesar Augusto”, Ojo con la gota de tinta, Manizales, 2002, pag.4
[7] Flores Hurtado, Jorge, H, “Esos muchachos del sur,” “A Sebastián, en serio”, Ojo con la gota de tinta, Manizales, 2002, pág. 7
[8] Flores Hurtado, “Esos muchachos del sur,” “A Sebastián, en serio”, Ojo con la gota de tinta, Manizales, 2002, pág. 5

* Escritor.