Por: Germán Sarasty Moncada*
Fecha de publicación: 31/05/2024
Para la versión XXVI del Premio Alfaguara de novela 2023, se presentaron setecientas seis obras, de las cuales inicialmente se seleccionaron cinco. El jurado finalmente escogió la presentada por el escritor peruano Gustavo Rodríguez, de la cual sostuvo:
Cien cuyes, es una novela tragicómica, situada en la Lima de hoy, que refleja uno de los grandes conflicto de nuestro tiempo: somos sociedades cada vez más longevas y cada vez más hostiles con la gente mayor. Paradoja que Gustavo Rodríguez aborda con destreza y humor. Un libro conmovedor cuyos protagonistas cuidan, son cuidados y defienden la dignidad hasta sus últimas consecuencias.
Gustavo Rodríguez Vela (Lima, 2 de mayo de 1968) escritor y comunicador, autor de varias novelas y libros de relatos, vivió sus primeros años en Trujillo y luego de haber estudiado en el Colegio Claretiano de esa ciudad, continuó sus estudios superiores en el Instituto Peruano de Publicidad en Lima.
En su obra se nota la influencia de sus escritores predilectos, como Julio Cortázar, Jorge Luis Borges, y Juan Rulfo, además de los peruanos Oswaldo Reynoso, Julio Ramón Ribeyro y Alfredo Bryce Echenique. Sería Oswaldo Reynoso quien lo apadrinaría, pues dicho escritor de culto leyó su primer manuscrito y lo instó a publicarlo. El diario El País de España lo describió con el ritmo musical de “Tres tristes tigres” de Cabrera Infante y la arquitectura de la mejor novela de Vargas Llosa, “Conversación en La Catedral”.
Nos presenta el autor una cruel radiografía de la vida solitaria de los viejos, ya sea los que viven solos o los que estando en hogares que los acogen (los llaman residencias, pero igual son morideros), la soledad siempre los acompaña. Las narraciones no son ni exageraciones, ni caricaturas, son la realidad dura y pura de los últimos años de los seres que supieron disfrutar la vida, pero que las dolencias, las ausencias, los recuerdos, los olvidos, los están carcomiendo, minando y destruyendo física, moral y mentalmente, de una manera inexorable.
Doña Carmen siempre había sido celosa con su autonomía, y no sin razón, porque valerse por si mismos es el hito final que separa a los ancianos de los infantes, con la brutal diferencia de la tersura y los olores.
La gran tragedia de doña Carmen radicaba en que tenía un cuerpo muy deteriorado, pero una mente afinada. De haber existido una correspondencia entre sus neuronas y las células menguantes del resto de su organismo, podría haber nadado en lagunas mentales o en fantasías estrambóticas que le hubieran permitido escapar de su realidad.
Los continuos lamentos de los adultos que van a convertirse en viejos solitarios, y peor si son pobres, muchas veces no son escuchados. Para ellos a veces, el consuelo radica en que nada duela demasiado o que no aparezcan nuevos síntomas de viejas dolencias. Tanto los que viven solos en sus apartamentos como los que viven en casas de reposo, tienen las mismas aprehensiones y soportan estoicamente el abandono de sus familiares, mas cuando no tienen nada para dejarles, ahí sí, el abandono es total.
Epicuro, uno de los filósofos griegos trata de dar ánimo a aquellos que le tienen tanto temor a la muerte, cuando sostiene como reflexión: Cada momento de vida es también un momento de muerte, y aquel, tan temido, es solamente el último de todos…. El peor de los males, la muerte, no significa nada para nosotros, porque mientras vivimos no existe, y cuando está presente nosotros no existimos.
Eso sí, es determinante en que el tiempo que tenemos no lo malgastemos o no aplacemos los goces, pensando en el incierto futuro: Tú, aun no siendo el dueño de tu mañana, intentas demorar tu dicha. Pero la vida se consume en una espera inútil, y a cada uno de nosotros le sorprende la muerte sin haber disfrutado de la tranquilidad.
Ante esos cuadros tan pesarosos y esas situaciones de deterioro tan lamentables, las personas dedicadas al cuidado de estos seres deberán sobreponerse y mostrar valentía ante ese perceptible e imparable declive. El corazón se les oprime al contemplar tanto dolor, tanto cansancio, tanta indiferencia de sus familiares cercanos y ese desengaño no podrá traslucir para no afectar más, anímicamente a sus pacientes, a veces tan impacientes. La compasión siempre aflorará frente a tanta ruindad. Y la opción de ayudarlos a trascender, siempre estará allí.
A Eufrasia la cuidadora serán tantos los lamentos que tendrá que escuchar impasiblemente y con la impotencia que le produce el no poder hacer algo para mitigar esos sufrimientos, como en el caso de la señora Carmen y la súplica por su ayuda.
Tampoco parecía ser consecuencia de la depresión, porque la medicación había sido recientemente actualizada. Debía ser el producto de una larga discusión consigo misma, conclusión de una mente hastiada, derrotada ante el cuerpo que la torturaba. Lo peor es que desde entonces se había sorprendido a sí misma fantaseando con esa posibilidad…
De la misma manera otro de sus pacientes, el doctor Jack, médico retirado, le decía a manera de reclamo: –Yo soy ateo, y no creo que haya nada más allá. Bueno, si: descanso para este cuerpo. Cuando uno ya está cansado, después de una larga carrera, lo único que quiere es que se acabe.
Aunque había trabajado solo con pacientes que habitaban sus residencias, supo adaptarse al nuevo esquema que representaba la residencia colectiva en donde empezó a laborar, desde el comienzo se dio cuenta de la nueva situación. Y como siempre, su dedicación y consagración siguió siendo excesiva, aun a costa de descuidar su propia salud, lo que le traería su desgracia.
Desde sus asientos, el resto de los Siete Magníficos la saludó con cortesía y la estudio sin disimulo. Eufrasia no se inmutó, acostumbrada como estaba a la progresiva falta de pudor de los ancianos: en los últimos años dedicados a su cuidado había sido testigo de muchos reclamos altivos, desprecios insultantes y pedos descarados. Pensaba que quizá se debiera a que a estas alturas de la vida ya se había pagado suficiente derecho de piso como para ponerse timorato, o, tal vez, a que el cerebro de los viejos retrocedía a las incipientes conexiones de un infante.
Los padecimientos del doctor Jack Harrison son tan insoportables y como médico conocedor de los fármacos, solo necesita ayuda para abandonar su sufrimiento. Quiere despedirse de su hija que vive en el exterior y está enterada de su decisión, lo más doloroso se patenta en esa videollamada del adiós:
Al doctor Jack Harrison se le ilumina tanto la mitad de la cara, que la otra, descolgada, parece sumida en un eclipse. Las palabras le salen medio escupidas, pero no importa, la intensidad de su mirada húmeda habla en todos los idiomas que puede entender la humanidad. Su hija Sandra parece comprender, pero se aferra a la esperanza, hoy no, Chanchito, hoy no. Pero es tan calma la determinación del padre, y hay tanto dolor acumulado en aquel rostro, que la hija se ve retada a alcanzar esa altura: esta vez debe largar a la niña que la habita, quizá por primera vez en su vida, cambiar el egoísmo por el amor verdadero.
El declive que traen los años tiene crueles manifestaciones, a veces imperceptibles o tan sutiles que debemos siempre estar atento a ellas, para irnos preparando y que no nos coja totalmente desprevenidos o desprovistos de acciones o medios para mitigar en algo ese deterioro progresivo. Cuantas acciones o actividades que hacemos rutinariamente y casi mecánicamente, llegan a no poder volver a realizarse. El comenzar progresivamente a olvidar lo ya sabido y siempre aceptado, puede irnos conduciendo a un tétrico sótano sin retorno. De todas maneras no podemos confundirlo con la falta de atención o concentración cuando hacemos las cosas. Eso solamente es automatismo al hacerlas. Nos elevamos distraídamente y por descuido dejamos objetos (llaves, anteojos, celular, etc.) en sitios insólitos, por lo cual luego no los encontramos.
Se ha definido la eutanasia como la intervención aceptada voluntariamente por el paciente y realizada por un profesional médico, que acelera la muerte de una persona desahuciada, con la intención de evitarle sufrimiento físico y dolor innecesario, pero como no siempre se comprende su intencionalidad y menos su necesidad, el grupo de amigos que optó colectivamente en llevarla a cabo lo explicó:
El texto pedía disculpas, además del egoísmo involucrado de su parte y las más que probables molestias que iban a causarles a algunos sobrevivientes, y que solo les quedaba rogar que al llegar a su edad entendieran que marcharse con dignidad y el control de las circunstancias era la única prerrogativa que pueden darse los viejos y desahuciados en la mitad de sus desventuras.
Aunque los ejemplos y el desarrollo del texto nos muestran lo más tétrico del envejecimiento cuando va acompañado de enfermedades incurables e insoportables, la vejez en sí no es más que otra etapa de la vida, dentro del proceso evolutivo y en sí, no constituye un proceso patológico, de enfermedad o de disminución de capacidad. El ejercicio, la alimentación balanceada, el sano esparcimiento, la diversión, los viajes, etc. no están vedados, su disfrute cuando lo tenemos al alcance es factible. La presencia de los seres queridos, su acompañamiento y su comprensión constituyen un apoyo invaluable. Disfrutemos lo que hemos logrado y miremos con optimismo la forma de recorrer cualquier tramo de la vida en el que nos encontremos.
* Profesional en Filosofía y Letras Universidad de Caldas.