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Fátima Vélez: entre lo progre lo underground y lo contracultural

Por: Carlos Mario Vallejo T.*

Fecha de publicación: 03/07/2024

La escritora manizaleña cursa un doctorado en University of New York y da clases en el Instituto Caro y Cuervo y la Universidad Nacional. Foto de Lina Botero.

La poeta, cuentista, novelista y profesora caldense, que publicó recientemente la novela Jardín en tierra fría, es una de las voces más refrescantes y audaces de la literatura colombiana. Habló entre otros temas, sobre su vida, Manizales, su poética y el lenguaje inclusivo.

El día que la escritora manizaleña Fátima Vélez Giraldo asistió a la extirpación de una espinilla, sobrevino en ella el asombro. “Cuando la tía Lourdes me mostró cómo espicharme ese barro, me pareció lo más delicioso. O las ronchas: rascármelas y rascármelas hasta que se infectaran. Me gustaba que mi cuerpo hiciera cosas. En mis personajes exagero ese deseo y esa perversión. En la vida real soy una mamá que no hace eso así que pongo a que mis personajes hagan todo lo que no puedo hacer”, dice la escritora sobre unos de los aspectos más auténticos y llamativos de su literatura.

La poesía de la cubana Dulce María Loynaz, leída hace más de 20 años por una colegial Fátima, fue el parteaguas literario de la autora, quien atendió una videollamada del Quehacer Cultural desde su casa en Nueva York. “Cuando empecé en la escritura consignando pensamientos diarios, a los 11 o 12 años, yo tenía una profesora de literatura que se llamaba Libia Salgado, en el Granadino, un colegio muy gomelo del que no me siento muy orgullosa pero gracias al cual aprendí inglés. Libia, no sé dónde esté. Ella me mostró esos poemas de Loynaz y me hizo leer poesía. De ahí empecé a desarrollar ideas sobre el olvido, imágenes poéticas. Yo hacía unos archivos grandes sobre eso. El primer poema que escribí se llamaba así: Olvido”.

A esta casa, ubicada en el multiétnico condado de Queens, el más grande de la ciudad, llegó luego de cursar literatura en la Universidad de Los Andes y escritura creativa en la Universidad Nacional. La experiencia de habitar este espacio inspiró su libro de poesía Diseño de interiores, ampliamente celebrado por la crítica y la prensa. “En el libro está todo esto de habitar un espacio, limpiarlo. El tema de los residuos. Poner bella la casa. Un libro muy sobre los espacios”.

Allí vive con sus hijos: Alicia, Salomón, y una huertita (con cuarto privado). Afuera la zona circundante está completamente verdeada. A juzgar por gran parte de su poesía, por su imagen de perfil de WhatsApp, por la foto de la entrevista con Vice, pareciera circular por sus venas, en vez de sangre, clorofila. “Me gustan mucho las plantas. Las formas de las plantas y lo que se puede extraer de ahí. Estoy leyendo Siete plantas, una colección de la editorial Himpar con historias de siete mujeres sobre su relación con ellas”, comenta Fátima, a quien se la puede oír declamar sus poemas en internet: “…de la desesperanza surge la flor ampliada de blancura justo cuando evaluábamos qué hacer con la maceta, tan bonita, tan inútil, tan a la medida de la orquídea viva que mandó de regalo la novia de mi papá, 38 años menor que él, dos años menor que yo. Ondas y raíces crecen y se dilatan. La abuela pronto tendrá noventa, dicen que poco ha cambiado su sangre de amor por las plantas, las vajillas, el charol, la remolacha…” (poema La maceta de vidrio).

A los 18 años se va de Manizales a Bogotá a estudiar literatura…

En la Universidad de Los Andes, otra institución gomela. Allá tomé un taller de escritura con Piedad Bonnett. Ella me regañaba porque creía mucho en el poema como unidad y no como collage o experimental, que era mi manera creativa: un collage de poéticas. Ese intentar escribir cómo se puede ver el olor del pan a través de la ventana. Desarrollar a partir de una pequeña imagen otras cosas. Mucha de mi obra es así.

Esto se lo debería preguntar a sus padres pero, ¿por qué Fátima?

Fátima  es un nombre árabe. Significa hija de Mahoma. Es muy importante en la cultura árabe. A mi papá le gustaba mucho porque había tenido un affaire con una mujer llamada así. Mi mamá no sabía esta historia y creo que todavía no la sabe. El peso cultural de mi nombre lo he sentido acá en Estados Unidos. La comunidad árabe es grande y por ejemplo muchos conductores de Uber (aunque no lo uso mucho) me dicen que es importante.

Diseño de interiores, el libro inspirado en esta casa, ganó un premio de Idartes pero por formalismos burocráticos no se lo entregaron y hubo esa polémica. ¿Esto finalmente le sirvió al libro?

Sirvió y no sirvió la polémica. Una editorial se interesó y yo dije: quiero que me publiquen el libro del premio. Pero ellos no quisieron tener problemas con Idartes

Yo mandé una versión de ese libro al concurso. Después del escándalo se acercaron varias editoriales que querían publicar un libro. Otra editorial que se llamaba Cardumen me dijo que solo quería publicar once poemas de ese libro. Diseño de interiores tiene como 50 poemas. Siempre había querido publicarlo entero. Lo vamos a publicar en edición completa. Va a salir una versión ilustrada por Lady Biónika.

Para preparar esta entrevista la busqué en Facebook, sin éxito.

Lo tuve que quitar porque me estaba hundiendo en el chisme y no estaba haciendo lo que tenía que hacer con la tesis de la universidad (sobre la poeta Olga Orozco). Hace poco me tocó cerrar Twitter. Ese genocidio de Gaza me tiene muy impresionada…

Usted ha tenido una educación en instituciones gomelas. ¿Le molesta este, digamos, privilegio?

Yo tenía un contraste: mi mamá viene de una familia de clase media. Si mi papá no hubiera pagado colegios privados, no hubiera podido. A mí me crio la familia de mi mamá (Claudia Giraldo), de clase trabajadora… ella se fue a vivir sola a los 11 años desde Cúcuta. Mis abuelos tienen relación con Riosucio.

El tema del clasismo ha sido muy trillado en Manizales…

Vivimos en muchas casas, pero solo en Palermo, en apartamentos muy pequeños. Siempre se quiso que viviéramos en otros lugares. Pero en el colegio hacían bulling a gente que no viviera en Palermo.

También hay una faceta rural en la familia…

Íbamos mucho a una finca familiar en La Miel (Norcasia). Muchos de mis cuentos son en ese río. Yo aprendí a nadar ahí, hasta casi me ahogo una vez. Todos los noventa fueron ahí. Fue una época de mucho paramilitarismo, donde está la historia de mi propio país. Mi familia era bastante defensora de Uribe: claro, estaban cuidando sus tierras.  A mi tío lo secuestraron cuando tenía ocho años. Había un odio muy fuerte por la guerrilla. Mis amigas eran las hijas de las señoras que trabajaban en las fincas. Todo el tiempo estuve consciente de que esos privilegios estaban hechos a partir del trabajo de otros.

Escritores que se fueron jóvenes de Manizales, como Martín Franco y Mario Armando Valencia, han expresado que al regresar a Manizales han sentido que la ciudad ya no les pertenece…

Me encanta ir a Manizales. El paisaje, la montaña. Me gusta visitar a mi abuela en Campohermoso. A María Virginia. El poema La maceta de vidrio es sobre mi abuela. Tengo buenas experiencias cuando voy. Me parece una ciudad muy conservadora muy goda muy paraca. No sé si podría vivir ahí. Yo diría que a Manizales no la siento propia y siempre me sentí muy extraña ahí.

Pero extrañamente los escritores de aquí suelen ser muy progre…

Con la gente que trato y vive en Manizales comparto curiosidades literarias. Son personas que han leído más que otras que yo conozco. Cuando voy trato de conectarme con ese territorio que me parece muy especial, igual que su gente. Tengo una tía que dice que es por el tremor volcánico que hace que tengamos una especie de curiosidad, de impulso vital que nos hace muy especiales, con una visión de mundo muy particular.

Galápagos, un viaje hacia la descomposición

¿Cómo surge Galápagos?

Fue mi proyecto de la maestría (en escritura de la Universidad de Nueva York). Empezó con la película documental Nuestra película de Luis Ospina sobre la muerte del pintor Lorenzo Jaramillo.  Los libros normalmente se vuelven películas y yo dije: qué pasa si una película se vuelve libro. Entones transcribí ese documental: un ejercicio loco. Pasó una cosa muy curiosa y fue que le pregunté a mi papá si conocía ese pintor y me dijo que sí. Me dijo: yo estuve en un viaje con él y otros amigos en un barco en las Islas Galápagos y todo el mundo se murió de sida menos yo. La historia me impactó y me empezó a despertar otras referencias. Por ejemplo, El Decamerón de Boccaccio.

La novela no se la deja fácil al lector: no es lineal y la estructura es arriesgada.

Creo que la literatura es puro riesgo. Es una apuesta que yo hago y que muchas de las autoras que yo leo hacen también. No es que a mí no me importen mis lectores, yo sé que lo que yo hago toma esfuerzo, pero creo que no hay que ser condescendientes con mis lectores. Hay que estar entre el límite. Siempre me estoy moviendo entre frases y estructuras gramaticales que se pueden entender, no es algo totalmente críptico. Ya me resigné a que el tipo de literatura que yo hago no es masiva ni se va a vender, pero eso hace parte de mi experimentación.

También hay incorrección política en lo escatológico, muy presente en el libro.  Ejemplo: “…hinchazón en ganglios, protuberancias purulentas, pérdida de la visión por un ojo, tuberculosis, sarcoma, lo innombrable, precipitación de las defensas, pérdida de voz, parásito intestinal, sordera, dolor en el torso y en las terminaciones nerviosas, fiebre, sudores tantos que obligan a cambiar las sábanas cada quince minutos, tendencia a poner a sudar todo alrededor, a inundar la posibilidad de acercamiento, úlcera en la boca del estómago, intensísima diarrea que aproxima a la desintegración, ya hasta se cagan dedos, pelos, orejas…”.

Me parece importante. La mierda es un desecho superdesperdiciado. Acá la mierda es totalmente tabú. Decimos que la mierda tiene que desaparecer porque es asquerosa. La basura me interesa.

La voz inicial del libro es masculina, cosa difícil siendo del sexo opuesto.

La literatura permite encarnar cuerpos que no somos, pero con la conciencia de que siempre estamos en un mismo empaque. Me gusta imaginar que la literatura permita recrear la vida en otros empaques. Por ejemplo, Galápagos es un territorio que no conozco, nuca fui. Muy delirante crear un Galápagos construido por la imaginación.

Usted incluye el tema queer no desde el activismo político expreso, sino ya naturalizado.

Creo que el activismo está ya en contar esas historias. Ese tema no está resuelto. Hay que seguir hablando de él y trabajando con la imaginación para pensar en maneras de habitar el cuerpo. Un imaginar constante. En mi novela Jardín en tierra fría hay un personaje que es una especie de personaje arquetípico sobre lenguaje inclusivo: Ellenín (personaje hermafrodita su nombre viene de elle). Incluir una discusión política dentro de una obra literaria. El personaje principal se pregunta todo el tiempo por qué hay cosas que no caben en el lenguaje.

Recientemente hubo polémica por un dardo de Daniel Samper Pizano contra Giuseppe Caputo, profesor de Caro y Cuervo que escribió “todxs”.

Me llama mucho la atención la posición según la cual cuando hay tantas luchas sociales por qué prestarle atención al lenguaje inclusivo. A mí me parece superpolítico tanto así que el presidente de argentina lo prohibió. Creo que no es un asunto fácil. Hay algo que está afectándose como es el statu quo que ha estado en personas como Samper Pizano: blancas, con poder, linaje. Todxs me confronta de cierta manera porque es impronunciable, pero al mismo tiempo me parece que fuerza y nos saca de una zona de confort del lenguaje de la que es importante salir. Estoy metiendo la x en mi tesis y en mi departamento eso está permitido porque está la relación entre lenguaje y poder. Muchos caricaturizan esa escritura y es una manera de descartar. De segregar. No es que para los escritores sea fácil. Yo también fui educada en un contexto muy conservador. Cambiar una letra por otra para muchos tiene una relevancia inmensa.

En Galápagos hay neologismos muy llamativos como “la cuerpitediosa”…

Me encanta que la literatura sea un espacio de libertad. Me parece tan delicioso crear palabras donde nadie me diga: oiga por qué inventa eso.

La ausencia de puntos seguidos y aparte es notoria y gana terreno la coma.

Es una exploración discursiva. La coma es como una relación con el oleaje que yo creía crear. Los usos lingüísticos producen ciertos efectos. No fue: ay, hagamos muchas comas. La edición de Galápagos fue muy dura, mirando qué efectos producía.

Preguntas de afán

¿Qué libros tiene en la mesa de noche o pendientes de leer?

Museo voraz de Angélica Ávila Forero. Mudanzas de Verónica Gerber.  La ciudad invencible de Fernanda Trías.

¿Con qué escritoras vivas le gustaría tomar tinto?

Me da miedo porque hay escritores que decepcionan en la vida real. Pero con Gabriela Weiner. En el libro Autorretrato, el personaje de ella me parece genial. Ahora soy su amiga y antes era groupie.

También con Annie Ernaux, Anne Carson, Albalucía Ángel o Juana María Echeverri, la poeta manizaleña.

¿Y muerta?

Me encantaría haber conocido a Olga Orozco. Era un personaje increíble hacía el horóscopo del diario El Clarín. Le decían Olga Orózcopo. Fue maestra de Alejandra Pizarnik y la última poeta que la vio viva.

Qué escogería entre:

  1. Tener a un tercer ojo en la nuca
  2. Leer la mente
  3. La capacidad de la telepatía

Literariamente qué le inspira más entre:

  1. La materia fecal
  2. Las secreciones corporales
  3. La podredumbre gangrenosa.

¿Cuál género literario se le dificulta?

Los trillers son difíciles pero me gustan.

¿A mano o en computador?

Me parece importante tomar notas a mano. Mi punto de partida siempre son las notas en papel, la tinta. Ya para armar cosas más grandes, el computador.

* Profesional en Comunicación Social y Periodismo de la Universidad de Manizales.