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Festival de Teatro de Manizales, un lugar para tejer lecturas

Por: Giovany Largo León*

Fecha de publicación: 09/10/2024

Sentarse en una butaca en un teatro ante un espectáculo escénico quizás sea equivalente a abrir una página de un libro, sólo una, claro está. Ambas revelaciones pueden compararse sólo con el placer de ese instante de lectura visual cognitiva, que te va sumergiendo en interrogantes y descubrimientos. Al iniciar la obra el espectador está sometido al universo de sus propias emociones con relación a lo que se le entrega en esa comunión de ideas que se figuran y cobran vida en acciones y gestos, en imágenes y trabalenguas compuestos por un director, un coreógrafo, un músico o un actor; el arte de la escena está vivo y se desliza en tu vida con la intención de motivarte, de inspeccionar en tus adentros, con el fin de susurrar otras palabras en medio de la energía de un elenco de actores, de un solo intérprete, en el amparo de una luz, o una ráfaga de las mismas, en fin, en el hecho escénico.

Al leer la primea línea ya das el paso al abismo de sentidos e interpretaciones múltiples, tejes tu lectura, acompañado por el eco del autor, que como un fantasma te guía por su historia. En el teatro tú acompañas a quienes se entregan con o sin fortuna para dejarte ser parte de un acontecimiento, un relato que se respira de manera única, irrepetible, participas y juegas sin moverte en la mayoría de los casos, sin levantarte  de la silla, atado a una convención, eres un actor sin líneas, un figurante silencioso, sonriendo tímidamente o  pasivo  con cara de palo, pero ahí, sintiendo y tejiendo, anidando imágenes que construyes en cada texto que escuchas, cada imagen que observas, cómplice silencioso de un ritual que no controlas, el teatro te ataca por todos los frentes y, dulcemente, claro, al final de la función ya no eres el mismo.

Las páginas de la historia del Festival  Internacional de Teatro de Manizales se han escrito con la firme decisión de posibilitar un encuentro donde se entrelacen  visiones artísticas en un compromiso de aportar a la construcción de imaginarios socioculturales, al intercambio de ideas desde la mágica relación del arte con el acontecer de las comunidades en su momento, en sus realidades. El Festival ha sido testigo de nuestros cambios, nuestras crisis y del avance o estancamiento de procesos, el Festival, como una fiesta de los sentidos, ha sido el  espejo donde nos hemos reflejado tal cual como somos en el espacio-tiempo; el gran evento de las inquietas juventudes, de sus crisis, de seguro ha aprendido a navegar pese a las dificultades económicas, materializando rutinas poéticas conceptuales que le dan un carácter único; es, sin ninguna duda, un Festival que posibilita la conversación; en Manizales, bajo el aroma de un café, en un pasillo, en la fila para entrar a la próxima función, se habla de teatro, se debate amablemente, al igual que en los eventos teóricos y, de manera más reciente, en el congreso anual, donde se profundiza sobre ese lienzo que hace del teatro catarsis, memoria y vida en un soplo de tiempo único e irrepetible.

La versión cincuentaiseisava del Festival Internacional de Teatro  de Manizales contó con la participación de la compañía La Criolla de Argentina, con su pieza El Brote, interpretada magistralmente por Roberto Peloni, quizás la más profunda mirada escénica que cruzó los escenarios en esta jornada, como un espejo de reflejos sumamente humanos, las ambiciones, los odios, los rencores, las frustraciones y el delirio del egoísmo, en una  historia que habita la realidad y la ficción, que nos trasporta con referentes que van desde Sófocles a Calderón de la Barca. Con El Brote queda una vez más demostrado el poder de comunicación del teatro, con una dramaturgia cuidadosamente tejida.

Por otra parte, el Teatro Petra recupera la confianza de los espectadores más nostálgicos que querían verle de nuevo en su acento, en su peculiar voz de sarcasmo y poéticas elocuentes, el centenario de La Vorágine nos invita a releer los códigos ocultos de nuestra historia como país, discernir sobre los verdaderos propósitos o tareas que nos son urgentes. El arte debe desplegar su fuerza para la motivación de nuevas ideas, horizontes o caminos más acordes con la libertad soñada, por esa razón cae sobre los artistas la responsabilidad de la denuncia, de la provocación, del llamado al despertar; claro, el artesano no puede materializar dicha tarea, pues, carece de herramientas para tan noble fin, sólo a través de la disciplina y el fortalecimiento del talento el hombre del escenario logra trascender su espacio-tiempo, o por lo menos en esta idea romántica y quizás anticuada, pero esto es un tema para una larga tertulia.

El Teatro Los Fundadores albergó la divertida propuesta española de la Compañía Las Niñas de Cádiz, con la pieza El viento es Salvaje. La frescura de la pieza en tono lírico de comparsa gaditana, la fábula de la pieza se teje entre el amor y la lealtad, ante una amistad de años sopesada por el destino, la mala suerte, el infortunio.

La cuota local reflejó el momento que se vive desde aspectos creativos en nuestra ciudad de puertas abiertas. Los grupos, artistas emergentes y noveles de calle participaron de manera digna y en un aire de frescura que nos invita a reflexionar sobre el futuro del teatro regional; en sala, Manizales fue representada por el emblemático montaje de la agrupación Actores en Escena, Tienda de  Mentiras, un bello texto interpretado por dos actores maduros y consagrados en la escena local, una poética existencial del dramaturgo Guillermo Maldonado que se ha consolidado con los años en esta pieza que ya es un clásico.

Las voces en el escenario en esta versión del Festival fueron nutridas y sobrecogedoras. Al llegar a casa después de sentir la emoción del acto único e irrepetible de la comunión escénica, nos remitimos a los anaqueles de nuestra biblioteca, con el fin de precisar algunos referentes que quedaron rondando en la cabeza, las obras completas de William Shakespeare en la edición de Penguin Random, el teatro es la vida más no la vida misma,  las imágenes rondan y las ideas surgen al igual que las preguntas, ¿si Molière viviese en nuestros convulsionados tiempos estaría preocupado por las  políticas públicas para la cultura?  ¿Lope de Vega o Lorca estarían obsesionados con las redes que validan su trabajo o la Reina Isabel entraría en pánico sentada en su butaca antes de la función porque la selfi esta desenfocada?

Aun así, el teatro se respira, se llora y se ríe, y en una ciudad entre las montañas donde se bebe café y se conversa con los amigos se ve buen teatro y jamás se es el mismo.

* Dramaturgo.

Fotos archivo Festival de Teatro de Manizales.