Por: Rafael Santander Arias*
Fecha de publicación: 24/11/2025
Para leer esta película como para leer cualquier otra, no hay necesidad de conocer el material original o los hechos que inspiraron su creación. No es del Frankenstein de Mary Shelley de lo que estoy hablando acá, ni de cómo Guillermo del Toro lee o interpreta esta obra para luego adaptarla al audiovisual. Esto simplemente quiere decir que todo lo que se conserve de una obra original en una adaptación se mantiene por decisión del director y guionista, es decir, es su responsabilidad, y que, asimismo, como esta obra audiovisual surge en un contexto diferente al del libro, no podemos ni debemos leerlas ni juzgarlas de la misma manera. Paradójicamente no hay nada más traicionero que una “adaptación fiel”.
Lo que quiero decir con esto es que este texto tiene menos que ver con la relación entre la novela y la película Frankenstein, sino que consiste en un análisis sobre el mito de Frankenstein, lo que esto representa para Guillermo del Toro y que al comunicarlo también nos expresa la relación del mito con nuestro contexto.
“El hombre no debe jugar a ser Dios”. Esta sentencia que resume el tema de la obra ya ha sido utilizada en otras ficciones populares (Jurassic Park es la primera que viene a mi mente) y también en tradiciones mitológicas. Desde el Génesis bíblico Adán y Eva son expulsados del paraíso para evitar que coman del fruto del árbol de la vida y entonces sean como dioses. Además, como parte del título de la obra original, y mencionado dentro de la propia película, está el epíteto del doctor Frankenstein como “el moderno prometeo”. Conviene preguntarse por esta relación del mito de Prometeo con Frankenstein.
Este titán se conoce según las versiones del mito como padre o benefactor de la humanidad. Entre lo más conocido de su mito está el haber compartido el fuego con los humanos y menos conocido aunque igualmente importante, instaurar la práctica de los sacrificios para los dioses. Este fuego, que resulta tan representativo, puede interpretarse como aquello que nos acerca a los dioses, la misma función cumplen los rituales, si bien estos también trazan una línea divisoria entre ambos.
¿Cómo el “moderno Prometeo”, Víctor Frankenstein, acerca la humanidad a la condición de dioses? A través de su descubrimiento que le permite devolver los muertos a la vida y, aparte, permitirles vivir eternamente. Si los avances en la medicina han aumentado la esperanza de vida de la humanidad, acercándola de esta manera un poco más a los dioses, la muerte había sido una línea que marcaba un límite hasta la aparición de este personaje.
Sus antecedentes trágicos, compartidos con los de villanos y seres monstruosos de ficciones populares, consisten en la pérdida de un ser amado. En este caso el de su madre, la única persona que lo amó. Esta figura de la madre amorosa, en la película, se contrapone a un padre exigente y abusivo. Según palabras del propio protagonista, el mejor doctor de su época y, por ende, sintiendo que tiene mucho que demostrar, inicia a su hijo en la medicina a través de lecciones de anatomía con una metodología que juzgaríamos bastante “medieval” en el presente. El padre, médico genial, es visto por el hijo como impotente ante las fauces de la muerte después de ver cómo fracasa al intentar salvar a la madre durante un parto.
El resentimiento y el dolor acumulados por años se convierten en el móvil del doctor Víctor Frankenstein, empeñado en superar a su padre como el mejor médico, a través de la victoria definitiva: regresar los muertos a la vida. Esta motivación, en conjunto con la inteligencia y la falta de amor del doctor, lo conducirán a llevar su empresa sin cuestionarla o cuestionarse y, con ello, arruinar las vidas de todos aquellos con quienes tiene contacto.
Específicamente en lo que respecta a la criatura, la cual decide llamar “Adán”, el comportamiento del doctor es semejante a la del padre: abusivo y violento frente a la decepción de sus expectativas con respecto a sus capacidades cognitivas. La criatura es incapaz de pronunciar una palabra diferente a “Víctor” mientras se mantiene con el doctor, que lo insulta, le grita y lo golpea por no decir ninguna otra palabra. Esta criatura aprende a hablar cuando conoce a un hombre que lo trata con amor.
En esta obra parece haber unas categorías implícitas de seres: monstruos, humanos y dioses. La película nos muestra cómo un ser sin amor, en su proceso de convertirse en dios, se hunde en las profundidades de la monstruosidad. Mientras, por el otro lado, ningún ser capaz de amor es monstruoso. Esta es la criatura que reconoce los errores de su padre y los perdona y acepta la vida que ha tenido, incluso después de tanto daño que ha sufrido.
Sobre lo divino no se comenta mucho más, aunque podría interpretarse que es el amor el don divino, lo que hace al monstruo humano. Sugiere que quizás Prometeo al enseñar a los hombres el ritual del sacrificio y compartir con ellos el fuego los acercó a los dioses, menos por lo que representarían estos avances culturalmente, que por el amor con el que estas acciones se realizan.
En una escisión bastante moderna también, esa entre mente y corazón o pensamiento y emoción, Vïctor Frankenstein, el Prometeo moderno, acerca a los dioses con la humanidad a través de la ciencia, vista como el puro pensamiento e ingenio, alimentados por el terror a la muerte, a la pérdida, al paso del tiempo. Por otro lado, el Prometeo clásico acerca dioses y humanos a través del amor, un amor que mi conocimiento de mitología clásica ya no alcanza a explicar y que, como mencioné inicialmente, menciono como la lectura e interpretación que hace del Toro a través del sencillo esquema dualista que se plantea a lo largo de la película: madre y padre, vida y muerte, pensamiento y emoción.
No es nada novedoso ni interesante lo que aporta Guillermo del Toro al mito de Frankenstein, al de Prometeo o al panorama del cine contemporáneo. Esta es una película que sin pena ni gloria pasa frente a una pantalla durante una tarde fría y entretiene en este tiempo. Ideal para quien desee este tipo de productos audiovisuales, pero no recomendable para quienes busquen experiencias estéticas que sacudan o conmuevan el espíritu.
* Escritor. Realizador de cine.