Por: Martín Rodas*
Fecha de publicación: 17/05/2024
“El grito” (máscara Quimbaya en cerámica).
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Hace muchos años, en el cuartel de la policía de Manizales, doña Pureza armó tremendo alboroto reclamándoles a los agentes por la detención de su hija en una manifestación estudiantil. Los gritos airados de la anciana retumbaban en las paredes del frío recinto expresando repetidamente su rechazo a la arbitraria detención y alegando sobre su hija: “sí señores agentes, muy puta y muy mariguanera, pero guerrillera no”.
En mi época de estudiante universitario, esta anécdota la repetíamos una y otra vez mientras nos moríamos de la risa; eran tiempos de agitación estudiantil, marchas, asambleas… y mucha rumba entrañable que nos permitió asumir las luchas sociales con goce, como debe ser. Las persecuciones por parte de las autoridades eran permanentes y trabajábamos en la clandestinidad, elaborando pancartas, pasacalles, volantes y otras expresiones comunicativas que nos permitieran dar a conocer los atropellos e injusticias cometidas en la universidad.
Nuestras compañeras de lucha de esa época eran las María Cano, las Flores del trabajo, quienes desde su posición de estigmatizadas por las familias, la sociedad y el poder, desafiaban valientemente todos los prejuicios. Los movimientos feministas surgían contra viento y marea, pues incluso en los grupos de izquierda predominaba un patriarcado, liderado por machos que seguían sin miramientos las líneas dictadas por los partidos.
Y ni qué decir de las familias, para quienes tener una de sus integrantes en algún grupo antisistema era terrible desgracia. Por eso, aunque la anécdota de doña Pureza parezca graciosa, refleja lo que generalmente se pensaba de una mujer liberada: que era “puta” y “mariguanera”… pero el peor prejuicio se daba en lo ideológico, pues estar del lado del pueblo y sus luchas era considerado con el calificativo más despreciable: “guerrillera”. Doña Pureza, en su moral católica, prefería una hija transgresora desde la sexualidad y el consumo de sustancias psicotrópicas, pero nunca desde el compromiso político y social.
Así eran aquellas épocas, que me traen hermosos y duros recuerdos, una escuela de la vida para mí tan importante como las aulas, pues en esas asambleas, en esas marchas, en esas protestas, con mis compañeras y compañeros de lucha, aprendí saberes que no se encuentran fácilmente en la educación formal.
Hoy los estudiantes, profesores y trabajadores están en resistencia frente al nombramiento burócrata y amañado de un rector en la querida Universidad Nacional de Colombia, utilizando las herramientas que les da la experiencia de situaciones pasadas. Se reúnen en asambleas y marchan reclamando sus derechos democráticamente y con acciones populares. Es un buen indicio de que el movimiento estudiantil está vivo y que a sus reclamos se suman voces desde vertientes sindicales y políticas afines. Ahora más que nunca resuena en mi memoria el reclamo de doña Pureza defendiendo a su hija detenida: “muy puta y muy mariguanera…”, pero cambiaría su frase al final: “… y luchadora sí”.
* Poeta, anacronista y pintor; editor de «ojo con la gota de TiNta (una editorial pequeña e independiente)».