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Insólito desenlace

Por: Germán Sarasty Moncada*

Fecha de publicación: 05/03/2026

Julian Barnes (Leicester, Inglaterra, 19 enero de 1946), estudió en el Instituto Ciudad de Londres y en la Universidad de Oxford (en Magdalen College), trabajó como lexicógrafo para el diccionario Oxford. Ha sido periodista, y colabora en medios como el New Stateman, Sunday Times, The Observer y New Yorker. Traductor del francés y del alemán de autores como Alphonse Daudet y Volker Kriegel. Se casó con su agente literaria, Pat Kavanagh, quien falleció en octubre de 2008. Su libro El sentido de un final fue galardonado en 2011 con el Premio Booker.

La historia que nos narra Tony Webster desde su juventud y la compañía de sus amigos del instituto hasta su divorcio, jubilación y adultez le permiten en cada etapa de su recorrido vital reflexionar constantemente sobre su devenir, su desarrollo profesional, personal, su convivencia, su vida matrimonial, sus desafíos, errores, omisiones, cambios de rumbo, certezas revaluadas y nuevas perspectivas que es de lo que está constituida la vida. Él mismo enfatiza que no está seguro de si algunas cosas sucedieron, aunque sí tiene certeza de las impresiones que le dejaron, aun si lo recordado no es siempre lo mismo que se ha presenciado.

Con sus amigos Alex y Colin formaban un grupo casi hermético en el cual disfrutaban no solo el aprender, sino el gozar la vida lo mejor que se presentara y de pronto pensar un poco en el mañana, pero sin mayor preocupación ni esfuerzo, estaban para pasarla bien.

En aquel entonces las cosas eran más sencillas: había menos dinero, no existían aparatos electrónicos, la tiranía de la moda era ligera, no había novias. No había nada que nos distrajese de nuestro deber filial y humano, que consistía en estudiar, aprobar exámenes, utilizar nuestros títulos académicos para encontrar un empleo y después forjar un estilo de vida más completo…

Hasta que un día apareció Adrian Finn un chico alto y tímido con la mirada baja y sin expresar lo que pensaba. El interés de los profesores por él fue manifiesto por su sentido de disciplina, su participación en las clases y sus planteamientos filosóficos, era un buen candidato para una beca. Lo acogimos como un nuevo colega dice Tony y muy pronto nos dimos cuenta de su madurez mental, sus principios vitales y su visión de futuro, todo esto empezó no solo a contagiarnos, sino que aprendimos a valorar la vida y a entender que los principios deben guiar las acciones.

A pesar de que nuestros padres y maestros nos recordaban que ellos también habían sido jóvenes y por eso nos entendían, sabíamos que nuestra postura frente a la vida era la adecuada y que nuestro concepto sobre la verdad, la moral y el arte era más claro que la de ellos. Éramos jóvenes.

Muy pronto la participación de Adrian en las clases hizo que se volvieran más interesantes por lo que se lograba aprender de él y nos despertaba no solo admiración sino deseos de leer, investigar y participar, constituía un ejemplo a imitar. Su gran debut fue en una clase de Historia en donde el profesor propuso analizar los orígenes de primera guerra mundial y surgieron desde las posturas más facilistas, pasando por las interesantes y aterrizando en las inquietantes postuladas por Adrian.

Queremos culpar a un individuo para exonerar a todos los demás. O culpamos a un proceso histórico para eximir a unos individuos. O todo es un caos anárquico, lo que produce la misma consecuencia. A mí me parece que hay, hubo, una cadena de responsabilidades individuales, todas ellas necesarias, pero no tan larga como para que todos puedan simplemente echar la culpa a todos los demás… Es uno de los problemas    centrales de la historia, ¿no, señor? La cuestión de la interpretación subjetiva versus la objetiva, el hecho de que necesitamos conocer la historia del historiador para comprender la versión que nos expone.

En medio de tanta diversión, formación y camaradería de improviso surgió una infausta noticia que nos fue comunicada en una asamblea por el director quien con voz triste nos dijo que Robson un alumno de la rama de ciencias había fallecido ese fin de semana en la flor de su juventud, lo cual constituía una gran pérdida para todo el colegio y que todos simbólicamente asistiríamos a su funeral. Eso si no nos dijo nada de cómo había sucedido ese lamentable hecho. Nuestro filósofo de cabecera sentenció “Eros y Tánatos”, que luego entenderíamos al saber que Robson se había suicidado al dejar embarazada a su novia. Más adelante al tratar de analizar con este nuevo detalle y al comenzar a elucubrar sobre la novia, Adrian nos reorientó citando a Albert Camus quien afirmó que: el suicidio era la única cuestión realmente filosófica. Aparte de la ética y la política y la estética y la naturaleza de la realidad y todo lo demás.

Lo que más nos incomodaba de Robson y por eso habíamos sido tan duros con él era que un muchacho tan desaliñado no solo había conquistado una novia sino que además había tenido relaciones sexuales con ella y nosotros no pasábamos de sueños eróticos y masturbaciones cotidianas, sin siquiera encontrar una novia.

Otra de las posturas surgidas en la última clase de historia fue la relacionada con su definición y se compartieron afirmaciones como: La historia son las mentiras de los vencedores, pero también los autoengaños de los derrotados. La misma historia de siempre, la misma oscilación entre tiranía y rebelión, guerra y paz, prosperidad y empobrecimiento. Y el aporte de Adrian: la historia es la certeza obtenida en el punto en que las imperfecciones de la memoria topan con las deficiencias de documentación. Las provocaciones de Adrian, por alguna razón, eran acogidas como torpes búsquedas de la verdad.

Al terminar el colegio vimos que el camino se ramificaba en cuatro pues cada uno debía tomar su destino escogido, después de jurarnos amistad eterna. Adrian obtuvo una beca para Cambridge. Tony se fue a Bristol a estudiar historia, Colin a Sussex y Alex comenzó a trabajar con su padre. Eso si, todos jurábamos ser el amigo más intimo de Adrian.

Me llegó la hora de conseguir novia y encontré a Verónica Mary Elizabeth Ford, estudiante de español, con quien empecé a compartir gustos sobre libros y música, aunque en ambos diferíamos. Nunca supe si era misteriosa o si era yo incapaz de entender a las mujeres. Un fin de semana de las vacaciones me invitó a conocer a su familia que vivía en Kent. No fue una grata experiencia y aunque su mamá me pareció muy cordial, su padre era ordinario y su hermano pretencioso.

Días más tarde tuve oportunidad de presentarle a mis tres amigos, los compañeros de pandilla. Adrian me felicitó por mi novia. Nuestra relación siguió con algunos altibajos y con algo de sexo pero solo caricias, hasta que nos peleamos y hubo ruptura. Algo bien extraño fue que posteriormente y ya solo como amigos tuvimos sexo de verdad. Luego recibiría una carta de su madre no con reproches sino con agradecimientos por haber estado con su hija y comprendía las razones de la ruptura y deseándome lo mejor.

Luego recibí otra de Adrian pidiéndome permiso para salir con Verónica confiaba en que yo lo entendiese y lo aceptara, pues de lo contrario, en nombre de nuestra amistad tendría que reconsiderar sus acciones y decisiones. Y por último, que Verónica había estado de acuerdo en que él me escribiera; de hecho, en parte se lo había sugerido ella.

Mi respuesta inicial fue casi graciosa en una postal del puente suspendido de Clifton envié un par de frases graciosas, pero luego más reflexivo y con el ánimo no sé si de venganza o de frustración escribí algunas cosas que no debí:

… Espero que lamentéis el día en que os presenté. Y espero que cuando rompáis, lo cual   será inevitable,… os quede toda una vida de amargura que envenenará vuestras relaciones posteriores. En parte confío en que tengáis un hijo, porque creo mucho en la venganza del tiempo, sí, hasta la generación siguiente y la siguiente… De modo que no os lo deseo. Sería injusto infligir a un feto inocente la perspectiva de descubrir que fue el fruto de vuestras entrañas, si me disculpáis la expresión poética… Felices fiestas y ojalá la lluvia ácida caiga sobre vuestras cabezas unidas y ungidas.

Mi vida continuó sin mayores expectativas, otras amistades y otras aventuras incluyendo un viaje de exploración a los Estados Unidos en donde recibí la noticia del suicidio de Adrian y su postura filosófica ante el hecho, que dejó consignada en una declaración al juez de instrucción para que lo hiciera público:… la vida es un don otorgado sin que nadie lo pida; que una persona racional tiene el deber filosófico de examinar tanto la naturaleza de la vida como las condiciones en que se presenta; y que si esa persona decide renunciar al don que nadie ha pedido, es un deber moral y humano aceptar las consecuencias de tal decisión.

Después de muchas elucubraciones en solitario y con los antiguos compañeros, buscando una explicación a su decisión, Tony concluyó que el cerebro de Adrian estaba mejor desarrollado que el suyo y que su temperamento era más riguroso y controlable; pensaba lógicamente y después actuaba en consonancia con las conclusiones de su raciocinio en lugar de la forma en que los demás actuábamos cuando tomábamos una decisión instintiva y luego establecíamos un sustento racional para justificarla y a eso mal llamábamos sentido común.

El tiempo seguía avanzando y su vida también. Conoció a Margaret, se casó con ella, llegó Susie a alegrar sus vidas. La vida feliz les duró doce años. Se pensionó y siguió disfrutando su soledad. Lo que hizo lo gozó y tuvo logros y desengaños, pero todo llevadero así los demás no lo juzguen de la misma manera. Pero no le importó porque se dio cuenta de que a medida que los testigos de tu vida desaparecen, hay menos discrepancias y más certezas de lo que eres o crees ser.

Vivimos con suposiciones muy fáciles, ¿no? Por ejemplo, que la memoria es igual a sucesos más tiempo. Pero es algo mucho más extraño. ¿Quién dijo que la memoria es lo que creíamos que habíamos olvidado? Y debería ser obvio que el tiempo no actúa como un fijador, sino más bien como un disolvente.

Para crear más confusión, luego recibiría a través de unos abogados una carta de la madre de Verónica dejándome un dinero y el diario de Adrian, con este texto: «Querido Tony, creo que es justo que tengas lo que adjunto. Adrian siempre habló de ti con afecto, y quizá te parezca interesante, aunque doloroso, este recuerdo de hace mucho tiempo. También te dejo un poco de dinero. Puede que te parezca extraño, y para ser sincera ni yo misma sé muy bien mis motivos. En cualquier caso, lamento la forma en que te trató mi familia hace tantos años, y te deseo lo mejor, incluso desde más allá de la tumba. Tuya, Sarah Ford.

P.D. Quizá te parezca raro, pero creo que Adrian fue feliz los últimos meses de su vida».

Además del dinero, le dejaba el diario de Adrian, pero Verónica se quedó con él. Y tras muchos contactos logró que ella le enviara una hoja del mismo como muestra de su existencia. Tuvo que recurrir a sus mejores astucias para poder conseguir un encuentro con ella y tratar de dilucidar esa misteriosa situación. Tras un par de citas obtuvo nuevas pistas y llegó incluso a desentrañar algo sobre el pasado ya muy remoto de Adrian quien se había suicidado a los veintidós años y ya habían transcurrido más de cuarenta. En la última cita ella lo llevó a una calle en donde aparecieron caminando varias personas con deficiencia mental, acompañados de un supervisor, la saludaron como persona conocida y uno de ellos como de cuarenta años al despedirse de ella le dijo Mary.

Sus pesquisas en varias ocasiones que volvió al lugar le llevaron a saber que ese ser se llamaba Adrian y otras cosas demasiado dolorosas que le llevaron a reflexionar sobre su vida, la forma como había obrado sin pensar en sus consecuencias y ya ni el remordimiento servía de consuelo.

Y así, por primera vez, empecé a sentir un remordimiento más general —algo entre la compasión y el odio a mí mismo— por toda mi vida. Por toda. Había perdido a los amigos de mi juventud. Había perdido el amor de mi mujer. Había abandonado las ambiciones que tuve. Había querido que la vida no me molestara demasiado, y lo había conseguido; y qué lamentable era.

La vida nos es dada para tratar de hacer con ella lo que deseemos. Lo que hagamos o dejemos de hacer tiene sus consecuencias, por eso debemos obrar en conciencia para que esta no nos fustigue luego y debemos abstenernos de realizar aquello que creemos nos perjudicará pues además de los remordimientos tardíos, las desilusiones y las frustraciones siempre nos atormentarán. Es necesario mantener reflexiones constantes para seguir encontrándole sentido a la vida y no esperar hacerlo al final de ella.

* Profesional en Filosofía y Letras Universidad de Caldas.