Por: Germán Sarasty Moncada*
Fecha de publicación: 06/09/2024
LA COMPAÑÍA CRIOLLA fundada en 2009 en la ciudad de Buenos Aires, Argentina, con la dramaturgia y dirección de Emiliano Donisi y la actuación de Roberto Peloni, nos traen su obra El brote, que además de tener su parte didáctica, pues nos ilustra sobre muchos aspectos del teatro, desde la concepción de las obras, los ensayos, las puestas en escena, los recursos tanto físicos, como intelectuales, etc., también nos muestra el lado más oscuro del ser humano, que no solo se ve en el teatro, sino en la vida misma.
Se trata de un extenso monólogo, que muchas veces deja sin respiración a Beto, el actor, quien debe interpretar no solo su papel, sino el de los demás y a la vez servir de extra, para lo que se requiera, ya sea iluminación, sonido, vestuario, reemplazo de actores, improvisador permanente, etc. Esto le ha permitido entender todos los entresijos de esa profesión a la que ha aprendido a amar, pero que también le ha traído frustraciones, al no poder lograr que le asignen papeles protagónicos.
En la descripción del oficio y sus diversas tareas se nota la precariedad de los elementos que deben utilizar, la recursividad e imaginación que deben tener para ajustar el vestuario de una obra a otra, simplemente con pequeñas adiciones en tiras de tela, o cambio de la forma de llevar las túnicas u otros implementos, es el saber servirse de lo que hay, sin tener que hacer nuevos gastos. Lo mismo ocurre con los actores y actrices y para eso están las máscaras, los maquillajes, los tocados y cualquier otro artificio para poder hacer pasar por ejemplo como Ifigenia, hija de Edipo y Yocasta, a una actriz sexagenaria.
El pobre Beto de tanto memorizar parlamentos de diferentes obras, de tanto tratar de discernir cual es la verdad de la ficción, de tanto interpretar diferentes y disimiles personajes, además de saberse los parlamentos de los otros protagonistas, termina sin poder saber siquiera quién es él en realidad, pero eso si teniendo muy claro lo injustos que han sido con él al no valorar su talento para representar a los principales, papeles que muchas veces por intrigas, le han sido usurpados.
Por tratar de solucionar a su manera la situación y así lograr el papel que le corresponde, termina primero creando problemas dentro del grupo, pues los parlamentos ofensivos que debe interpretar contra su supuesto rival, tanto en la obra como en la realidad, terminan siendo de un dramatismo inverosímil y eso al final ayuda al grupo, pues esas escenas casi reales de odio, entre ellos, ese intercambio de insultos, a veces fuera del libreto, gusta al público y esa pugna interna atrae nuevos espectadores, el grupo trató de justificarse aduciendo un brote, pero no necesitaban justificarse, lo supieron explotar.
La reivindicación se le presenta una vez que listo a salir en escena el actor principal, éste queda afónico y piden un vaso con agua, que diligentemente Beto le llevará pero con las pastillas diluidas que toma la sexagenaria para conciliar su sueño. El protagonista se toma el agua y cae en la somnolencia. No saben qué hacer, el se ofrece y lo aceptan, lo visten con las ropas que quitaron al otro y cuando iba a irrumpir en escena, el otro se recobra. Él no dejará usurpar de nuevo su protagonismo y recurre de nuevo a la receta aumentada, pero lo sorprende el personaje y allí hay una lucha con la cual Beto termina de director de teatro en la cárcel de su ciudad.
Las emociones reales de la vida y las ficcionales del teatro muchas veces se confunden y nos hacen obrar en la realidad como si creyéramos que es la ficción. El teatro del absurdo y sus consecuencias penales.
Profesional en Filosofía y Letras. Universidad de Caldas*
Foto Andrés Valencia.