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La capacidad de aguante del espectador, del ciudadano, es llevado al límite

Por: Rubén Darío Zuluaga G. *

Fecha de publicación: 02/10/2025

CRÍTICA TEATRAL
57 FESTIVAL INTERNACIONAL DE TEATRO DE MANIZALES
GRUPO: YELLOW FACTORY Y OBLIVIO TEATRO
OBRA: DICIEMBRE

Con una adaptación al contexto colombiano de la obra original del dramaturgo chileno Guillermo Calderón, observamos un relato que enfrenta tres hermanos: contradicciones, polémicas y afectos, donde se exploran razones profundas de la existencia humana, familiar y social. Es una obra intensa, vibrante y que tal vez, no se ahorra ningún exceso, en todos los sentidos: el espacio se los traga, los supera, siempre están corriendo, gritando, tirando y golpeando las puertas. Son dos horas de espectáculo, en las cuales el texto verbal nunca para y muchas de las veces es atropellado, no se escucha, apenas puede leerse el gesto, acciones sueltas, retadoras, desafiantes.

Bien podría identificarse en la obra cierta “estética de la estridencia”, pues desde que inicia, uno duda si quiere permanecer ahí o coger las de Villadiego (léase escapar), pero para salir es necesario atravesar la escena y meterse entre los intérpretes, por lo tanto hay que esperar y aguantar un poco, pues la temática es agresiva, sin embargo, una íntima sospecha me tranquilizaba: esta incomodidad es intencional, por lo tanto esto va para alguna parte, es decir, al final entenderé porque tengo que aguantar una atmósfera tan pesada y podré salir de la confusión.

Seguramente la metáfora que subyace en todo el intríngulis de la obra es la polarización política y social que se sufre en Colombia hace muchos años y para ello se hace ficción de una guerra en el año 2033, tres hermanos, dos tíos, una novia; dos falsos embarazos, un soldado cuyo dilema es si vuelve a la guerra o se esconde, según propuesta de una de las hermanas. Y por supuesto, las hermanas están en polos opuestos y representan los extremos que enfrentan hoy a Colombia, sin posibilidades de reconciliación. Lo que pasa en el Congreso, pasa también en las salas de reunión familiar, se enfrentan posiciones que bien pueden terminar en violencias, y la batahola aguanta todo, menos la Paz.

La obra molesta tanto como la guerra interna en Colombia, sin embargo, parece que se les va la mano en todo, es decir, si es intencional, que lo es, hay un abuso expreso de la capacidad de aguante del espectador, del ciudadano, es llevado al límite: las expresiones verbales, insultos, el caos es permanente, cada uno quiere la muerte del otro. Solo al final hay un pequeño oasis de tranquilidad (en la obra, no en el país), donde las verdades se dicen sin filtros, se escuchan, las mujeres hacen catarsis y así se relajan; el soldado, el hermano menor trae recuerdos familiares: la madre, la niñez, los sueños. El soldado quiere ir al campo de batalla y luchar por Colombia y no ser más botín de disputa familiar…

Obvio, hay allí un realismo exacerbado, heredado un poco de “La Maldita Vanidad”, tal vez falta la prudencia, el justo medio, la ponderación, la ecuanimidad, pero la realidad política va más lejos (será que el teatro se puede autorregular). Tal vez… el artista solo tiene que mostrar, evidenciar una realidad, tal vez… solo pueda ser un lente de aumento, o tal vez… tenga que ser como dice Bertolt Brecht: “ El arte como un martillo para modelar la realidad.

Mi vecina de butaca esta vez no aguantó la pesadez de la obra ni la del país y migró al norte…

* Critico teatral