Por: Martín Rodas *
Fecha de publicación: 29/04/2025
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Me fascinan las piedras!… En la evolución humana ellas han sido fundamentales maestras y herramientas de sabiduría y conocimiento desde hace miles de años, tantos que si consideramos la presencia del homo sapiens en el planeta Tierra, de los trescientos mil años que se considera surgimos como especie, el 95 % de estos estuvo sustentado en el trabajo de la piedra. Nuestra sociedad actual es efímera, leve, como lo planteaba Italo Calvino, somos cáscaras de huevo frágiles que no soportarían un evento catastrófico natural, social o político. Las piedras sí.
Las piedras se clasifican en ígneas, metamórficas y sedimentarias, lo cual depende si son formadas por el fuego, las presiones de las capas tectónicas o el lento endurecimiento de los sedimentos. Mediante el proceso natural de la petrificación podemos ver surgir la magia de los fósiles, esculturas forjadas en el crisol de la materia y el tiempo que inmortaliza a los seres vivos, son portales.
En la historia de las religiones su presencia es abrumadora. Recordemos la historia bíblica en Números 20, del castigo a Moisés por golpear en el desierto la roca Horeb en vez de hablarle, como lo había indicado Dios, para darle agua a su pueblo. Por este motivo no pudo entrar a la Tierra Prometida. Porque las rocas hablaban, tenían su propio lenguaje que hacía parte de la magia que estaba presente en todos los actos de esas culturas simbólicas y sagradas. Y eran el papel de la época, porque las Tablas de la Ley, entregadas también a Moisés (¡pobrecito!), fueron escritas en piedra.
En el primer milagro atribuido a Jesús (Evangelio de Juan 2:1-11), que sucedió en las bodas de Caná, Galilea, las vasijas en las que él convirtió el agua en vino… ¡para mí su mejor milagro!… eran odres pétreos. Tiempo después el mismo Jesús le dijo a Pedro: “Pedro, tú eres piedra, y sobre esta piedra edificaré mi iglesia”, y esa piedra es hoy la base de una de las instituciones más poderosas del mundo.
Otras religiones también han utilizado las piedras como parte de su mitología. Joseph Smith, fundador de los Mormones, cuenta que se le apareció en 1823 un ángel llamado Moroni para revelarle la existencia de un libro escondido escrito en planchas de oro que contenía el relato de antiguos habitantes de este continente sobre su origen y procedencia, según el ángel el libro contenía la plenitud del evangelio eterno entregado por El Salvador a estas personas. Según Smith, siguiendo las instrucciones del ángel, encontró el libro en una montaña cerca al pueblo de Manchester, Estado de Nueva York, bajo una piedra de tamaño considerable, depositado en una caja de piedra, junto a la cual había dos piedras en anillos de plata, las cuales eran videntes y le permitieron traducir el libro. La historia de estos locos delirantes siempre me ha fascinado, como narración literaria, lástima que pasó de la leyenda a la institucionalidad de una secta con un poder económico tremendo.
Y en el islam, tienen a la Piedra Negra que está inserta en la Kaaba y que según la tradición es un meteorito que el Ángel Gabriel entregó a Abraham. Se dice que esta piedra descendió a la Tierra más blanca que la leche, pero los pecados de los hijos de Adán la volvieron negra. Los peregrinos que acceden a ella deben besarla con unción, pero nunca con adoración. Cuando Mahoma la besó dijo: “No me olvido que eres una piedra y no puedes hacerme ni bien ni mal” (el profeta hablándole a la piedra, porque también escuchan, según esta narración). Esta piedra está rodeada, como las piedras videntes de los mormones, de un anillo de plata… ¡tremenda historia!, pero lástima que se haya perdido su magia en medio de la búsqueda del poder, la dominación y el fanatismo.
La vida de las piedras es lenta y sin afanes… dura y duradera, y así, en el transcurrir de la historia siempre han estado los monolitos: la Roca Tarpeya cerca al Capitolio en Roma; la piedra clave de los arcos romanos; la “primera piedra” que se colocaba al iniciar las grandes construcciones de la antigüedad y cuyo ritual todavía se realiza hoy en día; la piedra angular, etc. Por todo el mundo hay monumentos milenarios en piedra. Las pirámides de Egipto, los templos en la India, en la China, Maravillas como Göbekli Tepe, el primer templo de la humanidad, las pirámides en México como Tenochtitlán y las construcciones ciclópeas de los Incas como Machu Pichu. Y la mayoría de estos lugares tienen propiedades mágicas para las comunidades. Se ha descubierto que en Stonehenge (Reino Unido), las rocas, según su procedencia y color, emiten frecuencias de sonido distintas en armonías que pueden ser curativas, lo que hoy en día llaman sonoterapia.
No podemos dejar de mencionar en este recorrido de la historia adoquinada a la “piedra filosofal” de los alquimistas, la cual estos seres misteriosos han buscado desde los albores de las civilizaciones y que era la clave para convertir el plomo en oro, lograr la inmortalidad y la iluminación.
En nuestra América, en la época de la invasión europea, son muchas las historias de la relación de los habitantes originarios con las rocas. Se cuenta que Bochica, un anciano sabio, ayudó a los indígenas Chibchas durante una gran inundación causada por su esposa Huitaca. Él la castigó convirtiéndola en lechuza y abrió las rocas con su bastón mágico para que el agua fluyera y formara el Salto del Tequendama.
Cuando Francisco Pizarro se encontró por primera vez con Atahualpa y uno de los frailes le entregó la Biblia al soberano inca, éste la acercó a su oído y luego la arrojó al suelo, pues el libro no le decía nada, porque para ellos los objetos sagrados hablaban y por eso consideraban a las piedras como dioses…, las rocas sí tenían voz.
Las piedras han dejado huella en mi consumo de expresiones culturales populares, desde el cómic de Los Picapiedra, serie televisiva que veía en blanco y negro de niño, así como escuchar de joven “rock” en español y a los grandes grupos de rock and roll como los Rolling Stones… esta es una prueba de que las “rock”-as hablan y también cantan.
Ahora, acerquémonos a nuestra comarca, en donde la presencia de las piedras es cotidiana, pues somos región de montañas rocosas, como lo es el Nevado del Ruiz (esa roca gigante que humea y a veces lanza fuego) y la cordillera, en la cual se emplaza uno de los pueblos más antiguos de Colombia, Arma, en donde conocí, hace muchísimos años los túneles de rocas ciclópeas hechos por los Armas, indígenas que resistieron la invasión española y los utilizaban para escapar de la barbarie. Es una historia que pocos saben y que sorprende cuando se ha tenido la posibilidad, como en mi caso, de ver estas construcciones megalíticas en nuestro territorio.
Lo mismo sucede con la piedra del cacique “Pipintá”, en el Alto del Poso, municipio de Pácora. Esta enorme roca se dice que contiene el tesoro del cacique, que fue escondido para que los españoles no se apoderaran de el. El tesoro afortunadamente nunca se ha encontrado y un hecho histórico que marca esta roca es que allí fue “ajusticiado” por sus propios compañeros, bajo las órdenes de Sebastián de Belalcázar, el mariscal Jorge Robledo, quien anduvo por estas tierras fundando pueblos y masacrando tribus indígenas.
En el actualidad, podemos apreciar joyas pétreas en Quinchía y Riosucio, con el nuevo y sorprendente descubrimiento de La Ciudad del Tiempo, un extenso campo de piedras talladas con petroglifos y que apenas están en estudio, pues estuvo oculta por los habitantes de la región en la época de la guerra reciente que afectó, y todavía afecta, esta bella región del Occidente caldense y de Risaralda. Cerca de allí está el cerro Batero, una imponente piedra, pletórica de mitos y leyendas, que como balcón nos permite divisar pueblos y montañas de las cordilleras central y occidental. Y que no falte el Cerro del Ingrumá, piedra gigante guardiana tutelar y sagrada de ese pueblo encantador, endiablado, embrujado y mágico que es Riosucio.
Ahora, llego a Manizales para referirme a ella y su relación con las piedras, pues su nombre proviene precisamente de las piedras de “maní”, que podemos ver por doquier y “sales”, otro mineral que también proviene de la disolución de piedras de sal. En esta ciudad las piedras y yo tenemos una historia común, pues mis manos las acariciaron en épicas jornadas revolucionarias y de resistencia durante las manifestaciones estudiantiles y sindicales de los años 70 y 80, ellas fueron parte de nuestras armas de lucha frente a los fusiles y el bolillo; en vez de “Picapiedras”, éramos “Tirapiedras”.
Y es que esta urbe, señoras y señores, era una ciudad de piedra, de calles adoquinadas, como las encontré cuando nos vinimos de Neira a vivir aquí. Había casas de piedra, muros de piedra, calles empedradas, en fin, piedras por todos lados, con su hermosa estética. Hoy esta cualidad convierte a cualquiera ciudad del mundo en patrimonio… aquí nos da vergüenza. Todavía subsisten unas pocas manifestaciones de este tipo. Es emblemático por ejemplo el famoso “edificio de piedra en Chipre”, y los muros de algunas residencias en barrios como Versalles y Milán. Hasta hace poco había construcciones con muros de piedra como el Colegio Redentorista, el cual revocaron, supongo porque a los curas ya les pareció que era feo. Recuerdo la iglesia de San Joaquín, en donde hace muchos años, cuando yo era acólito, esta se levantaba sobre un bello muro de piedras de maní, las cuales fueron cubiertas con cemento por el padre José Domínguez Gómez, un cura progresista al cual admiré y admiro, pero a quien no le perdono ese pecadillo.
Por último, y como motivo de este escrito, plasmo una denuncia inútil y nostálgica… de tonto románticoide… que surge desde mi corazón cuando fui testigo del cambio que se dio en la plazoleta de la antigua Estación del Cable, hoy Facultad de Arquitectura de la Universidad Nacional, en donde fue reemplazado el empedrado por el vil cemento, precisamente en un sitio de academia arquitectónica en donde se supone que deben preservar el patrimonio que hoy por hoy nos hace merecedores por la Unesco de la distinción como Patrimonio de la Humanidad… sé que ya no se puede hacer nada y que mi voz es apenas un leve quejido que pasará desapercibido. De todos modos, como en mis épocas de guerrero “tirapiedra”, lanzo este guijarro, porque estas cosas que suceden en mi Manizales del Alma… ¡me sacan la piedra!
* Poeta, anacronista y pintor; editor de «ojo con la gota de TiNta (una editorial pequeña e independiente)».
Fotografía: Nevado del Ruiz. (Foto del Servicio Geológico Colombiano).