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La elusiva realidad

Por: Germán Sarasty Moncada*

Fecha de publicación: 03/02/2026

Paul Benjamin Auster (Newark, Nueva Jersey; 3 de febrero de 1947-Nueva York, 30 de abril, de 2024) fue un escritor, guionista y director de cine estadounidense, traductor, novelista, poeta, ensayista, profesor universitario, autobiógrafo, dramaturgo, músico, libretista, crítico y editor. Sus textos han sido traducidos a más de cuarenta idiomas. Nombrado Caballero de la Orden de las Artes y las Letras de Francia en 1992 y Premio Príncipe de Asturias de las Letras en 2006. Estudió literatura francesa, italiana e inglesa en la Universidad de Columbia de Nueva York. Comenzó a traducir a autores franceses tales como Jacques Dupin y André du Bouchet y como parte de su trabajo viajó a París, donde regresó en 1967 para evitar ir a la guerra de Vietnam.

En 1976 escribió su primera novela: Jugada de presión, con escaso éxito editorial. La muerte de su padre le proporcionó una pequeña herencia que lo sacó de apuros económicos y lo inspiró para escribir La invención de la soledad.

Como no cree en la causalidad, se considera un escritor del azar y la contingencia, de lo fortuito, por eso en sus libros aparecen a veces hechos casi inexplicables, a los cuales hay que buscar muchas veces sin lograrlo, alguna razón. Además su erudición hace que el lector analice con cuidado hechos aparentemente insignificantes, pero cargados de aspectos históricos o socioeconómicos que contienen respuestas o mensajes.

Su obra se destaca por tratar de encontrar sentido a la vida, cuando a veces parece que ésta no lo tiene, explorar las razones de ser de situaciones aparentemente sin ella, la búsqueda de un significado y de una identidad personal. Su estilo es aparentemente sencillo, gracias a su trabajo y conocimiento de la poesía, pero esconde aun así, una compleja arquitectura narrativa en la cual sin motivo aparente cambia de enfoque en la historia o trata de confundir al lector poco atento, da explicaciones de la forma de narrar, del oficio del escritor y de la escritura misma, de historias dentro de la historia y de espejismos entre personajes y narrador, combinación del pasado y el presente, apuntando al futuro, o de mezcla de historias, todo un arsenal de recursos para captar nuestra atención.

De esta manera parece ser un poco oscuro, pero lo que es, es un filósofo en búsqueda del sentido de la vida y la elucidación de los hechos que él mismo ha creado. Una de las muestras de su exigente trabajo lo constituye su obra La trilogía de Nueva York, que consta de tres relatos aparentemente sin conexión, pero ésta irá apareciendo. Son La ciudad de cristal (1985), Fantasmas (1986) y La habitación cerrada (1986), en el fondo constituyen el estudio de la naturaleza humana, una introspección para el conocimiento propio y una búsqueda de identidad y la razón de ser del hombre.

La esencia de La ciudad de cristal es la de un padre que ha sido encarcelado trece años por haber ejercido violencia familiar a su hijo, desde sus tres hasta los doce años, habiéndolo encerrado en un cuarto obscuro, aislado completamente, tratando de que así lograra acceder al lenguaje de Dios, según sus investigaciones lingüísticas. Acaba de salir de la cárcel con la pretensión de matar a su hijo.

La esposa del ya no tan muchacho pues estuvo, hasta hace dos años interno en un hospital por doce años, en donde ella durante cinco fue su logopeda y para rescatarlo de allí buscó la forma de poderse casar con él. Por equivocación resultó contratando como detective privado a Daniel Quinn quien había sido en un tiempo escritor y ahora de incógnito como William Wilson, escribía novelas de detectives. La orden fue: -Quiero que le vigile cuidadosamente. Quiero que averigüe qué se propone. Quiero que le mantenga alejado de Peter. -En otras palabras, un trabajo de sabueso distinguido.

Ahora Quinn se daba cuenta en el laberinto en que se había metido pues en sus recorridos siempre había considerado, que eso constituía el medio en donde vivía:

Nueva York era un espacio inagotable, un laberinto de interminables pasos, y por muy lejos que fuera, por muy bien que llegase a conocer sus barrios y calles, siempre le dejaba la sensación de estar perdido. Perdido no sólo en la ciudad, sino también dentro de sí mismo. Cada vez que daba un paseo se sentía como si se dejara a sí mismo atrás, y entregándose al movimiento de las calles, reduciéndose a un ojo que ve, lograba escapar  a la obligación de pensar. Y eso, más que nada, le daba cierta paz, un saludable vacío interior. El mundo estaba fuera de él, a su alrededor, delante de él, y la velocidad a la que cambiaba le hacía imposible fijar su atención en ninguna cosa por mucho tiempo. El movimiento era lo esencial, el acto de poner un pie delante del otro y permitirse seguir el rumbo de su propio cuerpo.

Al tiempo de haber asumido su rol, se sintió desconcertado pues consideraba que el papel fundamental era el de observador de detalles y entre mas acucioso se fuera, los resultados serían palpables. Bien sabía que el comportamiento humano podía comprenderse al analizar concienzudamente lo que había en los gestos, ademanes, tics, afirmaciones y silencios; siempre existía una coherencia, un orden y una motivación. La forma como cierra este primer relato conserva lo incomprensible del mismo: En este punto la historia se vuelve oscura. La información se agota y los sucesos que siguieron a esta última frase nunca se sabrán. Sería estúpido incluso aventurar una hipótesis.

El segundo relato Fantasmas, de entrada se muestra enigmático, pues los personajes se identifican con nombres de colores y así el detective Azul es contratado por Blanco para vigilar a Negro, para lo cual alquila un apartamento en el tercer piso a todo el frente de donde vive Negro. Al comienzo todo es rutinario, mismos horarios, mismos sitios de caminadas y de lugares de alimentación. Al comienzo Azul establece formas de vigilancia que le dejan mucho tiempo para pensar mientras simplemente observa al otro, pero termina observándose el mismo:

Por primera vez en su vida le parece que le han dejado a solas consigo mismo, sin nada a que agarrarse, nada que le permita distinguir un momento del siguiente. Nunca ha pensado mucho en su mundo interior, y aunque siempre ha sabido que estaba allí, ha sido un territorio desconocido, inexplorado y por tanto oscuro, incluso para sí mismo. Se ha movido rápidamente por la superficie de las cosas hasta donde puede recordar, fijando su atención en esas superficies sólo con el fin de percibirlas, valorando una y pasando a la siguiente, y siempre se ha conformado con el mundo tal cual era, sin pedir más a las cosas que su presencia allí…. Ahora, de repente, con el mundo apartado de él, sin nada que ver excepto una vaga sombra llamada Negro, se encuentra pensando en  cosas que nunca se le habían ocurrido, y esto también ha empezado a inquietarle.

En su trabajo de detective ha ensayado muchas opciones y ahora tiene la oportunidad de utilizar la imaginación como instrumento de investigación, se plantea hipótesis, busca asideros, encuentra disonancias, hace ajustes y aproximaciones buscando corroborar sus intuiciones y así va en una cadena que cree es la acertada, hasta que algo fortuito desbarata sus elucubraciones y debe volver a intentar, pero cada vez se da cuenta que no solo es el observador, sino que está siendo observado por su objetivo. Todo esto le refuerza el que: … las oportunidades perdidas forman parte de la vida igual que las oportunidades aprovechadas, y una historia no puede detenerse en lo que podría haber sido.

El final del relato intempestivamente termina con un final abierto al lector así: Y a partir de ese momento no sabemos nada.  

Completa La trilogía de Nueva York, el relato La habitación cerrada, en el cual un amigo de infancia de un escritor desconocido e inédito, es contactado por la esposa de quien ha desaparecido dejando instrucciones para que su obra manuscrita sea evaluada por su antiguo compañero y haga con ella lo que considere.

Como es un columnista reconocido, con extrañeza, pero con sumo interés asume la tarea no solo de evaluar la obra de su antiguo camarada, sino que se propone buscarlo para aclarar la situación, además, termina tratando de elaborar una biografía de quien ha resultado un fenómeno literario, pero empieza a tropezar con planteamientos existenciales que le van complicando su quehacer:

Existimos para nosotros mismos quizá, y a veces incluso vislumbramos quiénes somos, pero al final nunca podemos estar seguros, y mientras nuestras vidas continúan, nos volvemos cada vez más opacos para nosotros mismos, más y más conscientes de nuestra propia incoherencia. Nadie puede cruzar la linde que le separa de otro por la sencilla razón de que nadie puede tener acceso a sí mismo.

 Su labor como biógrafo lo ha absorbido de una manera tal que lo ha llevado a sitios donde nunca había estado, tratando de esclarecer pistas que ha ido encontrando, situaciones aparentemente inexplicables, personas que conocieron en diversas situaciones al novelista, visita accidentada a la mamá de su amigo, que termina después de una cena con licor, de una manera poco apropiada, etc. Todo esto le ha ido creando una confusión que lo va trastornando emocionalmente de una forma increíble, esa inmersión en su personaje lo desestabiliza:

Estaba reconstruyendo la historia de la vida de un hombre. Estaba reuniendo información, recogiendo nombres, lugares, fechas, estableciendo una cronología de sucesos. Por qué persistía en ello es algo que todavía me deja perplejo. Todo se había reducido a un solo impulso: encontrar a Fanshawe, hablar con Fanshawe, enfrentarme a Fanshawe una última vez. Pero nunca podía pasar de ahí, nunca podía concretar una imagen de lo que esperaba conseguir con tal encuentro. Fanshawe me había escrito que me mataría, pero esa amenaza no me asustaba. Sabía que tenía que encontrarle, que nada estaría zanjado hasta que le encontrase. Esto era el dogma, el primer principio, el misterio de fe: lo reconocía pero no me molestaba en cuestionarlo.    

Por salud mental, el columnista termina desechando el trabajo de escribir la biografía. Sabe que la vida nos lleva por diferentes senderos, nos entrecruza con situaciones inesperadas y debemos por tanto estar preparados para lo inaudito y obviamente con la esperada muerte que nos acecha constantemente, pero solo nos asesta el golpe de una manera imprevista. Obviamente este tercer relato deja muchas posibilidades al lector y el libro logra cautivar a tal punto que en mi caso, para poder tratar de entender sus planteamientos, leí dos veces sus trescientas treinta y cinco páginas. ¡Valió la pena!

* Profesional en Filosofía y Letras Universidad de Caldas.