Por: Prensa FITM56
Fecha de publicación: 04/09/2024
Las luces del emblemático Centro Cultural y de Convenciones Teatro Los Fundadores se encendieron, marcando el inicio oficial de la 56ª edición del Festival Internacional de Teatro de Manizales (FITM).
Durante la ceremonia de inauguración, el director del FITM Octavio Arbeláez, resaltó: “Hoy tenemos la oportunidad de celebrar la quincuagésima sexta edición de este Festival, en que una junta comprometida con su ciudad y la ciudadanía cultural construye metáforas y nos hace pensar en que somos manizaleños y se nota”.
Este año, la selección de algunas obras teatrales fue influenciada por el centenario de la publicación de La Vorágine, la célebre novela del escritor colombiano José Eustasio Rivera. La obra encargada de abrir el Festival fue ‘Habūb, escrituras de arena y agua’, de la compañía nacional La Quinta del Lobo, en coproducción con el Centro Nacional de las Artes Delia Zapata Olivella y la Universidad de los Andes, que reinterpretaron el clásico literario. Esta puesta en escena se destacó por su carácter innovador y disruptivo, tejiendo una dramaturgia que ensambló música en vivo, performance, artistas multidisciplinares y elementos tecnológicos como proyecciones y mappings de gran formato.
Uno de los cinco músicos que participaron en la función inaugural fue el manizaleño y cantante lírico Juan Carlos Echeverry, quien ofreció una reinterpretación del emblemático personaje Arturo Cova, de La Vorágine. “Es el hombre viajero blanco que llega a someter, explotar en este caso a las selvas, y se encuentra con una selva mucho más grande, misteriosa, y que finalmente es tragado por ella”, complementó el actor.
Carmen Gil Vrolijk, directora artística del colectivo La Quinta del Lobo, explicó que Habūb es una obra que reflexiona desde las artes híbridas el contexto de La Vorágine, pero al mismo tiempo visibiliza de forma simbólica la conexión entre el Amazonas en América del Sur y el desierto del Sahara en África. “El nombre viene precisamente de las tormentas de arena que se llaman así, que son las que atraviesan el Atlántico y fertilizan el Amazonas, y Hab en árabe es una partícula muy pequeña, para nosotros la obra es también una reflexión de esas múltiples partículas y voces que construyen el relato del Amazonas”.
En Habūb, el paisaje sonoro estuvo marcado por las voces de los ríos, los susurros de los árboles, el canto de las aves y los ecos de la fauna silvestre, recreando la esencia de la selva. Estas resonancias naturales se mezclaron con las voces de los pueblos indígenas, en un intento de reivindicar su papel, históricamente relegado en la obra original, donde solo se narra la historia de un indígena desde la perspectiva de un hombre blanco. “Visitamos La Chorrera, escenario de un episodio crucial de la novela; allí grabamos imágenes y sonidos de la naturaleza, y observamos las cicatrices que marcan los árboles. Para nosotros, más que nada, era un ejercicio de respeto, evitando cualquier forma de extractivismo o explotación”, explica Gil.
La obra culmina con una letanía de verano, interpretada por la comunidad indígena uitoto de la Amazonía, a través de las voces del cacique Marcelo Buinaje y su sobrino Elio Buinaje, ambos sabedores del pueblo. “Es el cierre como un poco de una metáfora de que esa selva, y esa naturaleza es más grande que nosotros y es eterna”, concluye la directora.
Foto Andrés Valencia.