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La “lunática” poesía de Mercedes Valencia Ocampo

Por: Mario Armando Valencia *

Fecha de publicación: 03/09/2026

En los términos de la Antropología y la psicología profunda, la de Mercedes Valencia Ocampo (Chinchina,1954), poeta y filósofa, es claramente una poesía de régimen nocturno, huelga decir: femininidad pura.

En una noche de torvas melodías, rodada, cuesta abajo, por la avenida paralela de Manizales, después de cantar y libar varias de Mercedes Sosa y Silvio Rodríguez, vestida de noche profunda y melancolía, y ubicada por el azar en ese punto donde se encuentran fatídicamente el ínfimo ultimo instante de claridad, y emerge, con toda potencia, la mas intensa sombra, la poeta tomó la decisión de lanzarse a la luna y arroparse con su manto de cristal.

Hizo  todo el recorrido de la carrera de Filosofía y Letras en la Universidad de Caldas, hasta su trabajo de grado sobre el poeta peruano Cesar Vallejo; bajo las inevitables influencias en la década del ochenta, de las reformulaciones contraculturales del posestructuralismo francés, (sobre todo la deconstrucción de los elementos filosóficos constitutivos del poder desde Foucault y Deleuze), en medio de la explosión del rock en español y la emergencia de un cierto tipo de espíritu rebelde (distinto al de mayo del 68), en Colombia, apareció Valencia y se instaló para participar activamente en aquellos lugares de tertulia literaria y política.

Poseedora de un vivaz espíritu emancipatorio, socialmente determinado por el estallido de bombas y magnicidios, y por la violencia del narcotráfico y la subversión que, aunque no se sentían sobre la vereda, si llegaba retumbando desde todos los lugares del país, irrumpió el espíritu nocturno de Mercedes Valencia Ocampo y su escritura, a la vez gobernada formalmente por la jaris griega (algo lógico en una filósofa cultora del clasicismo) y un agresivo desasosiego, propio de su ser en conflicto con todas las formas de poder y amante desaforada de la libertad.

“Berretín, el parque de los poetas”, “De aquelarre citadino”, “Antología” y “Sedas lilas o ¿Sabes algo de los colores del cielo?”, son algunos nombres que nos conducen a obras (o a fragmentos de ellas), de Valencia Ocampo. La única obra completa que permite acceso claro y directo a la poética de esta poeta es “A merced de los andenes y otras lunas”, publicada por el Instituto Caldense de Cultura de Manizales en el año 2000. En ella, el imaginario arquetípico que construye está dominado por su régimen nocturno: es decir, nuestra condición pre humana que arrastra a la inmersión en la sombra, desde cuyo abismo se intenta la comunión con el todo; esa sombra, alude específicamente a la angustia, la muerte, el sin tiempo, lo intimo, el agua, la noche, el erotismo, la “oscura” parte de lo que somos antropo-sicológicamente, cuya otra parte, es la diferencia y la claridad; todo ello simplificado en el arquetipo de La luna.

“A merced de los andenes y otras lunas”, presenta una estructura de calidad desigual, en la que coexisten poemas impecablemente solidos, con intentos fallidos, y extravíos líricos que oscilan entre lo líricamente potente y lo decididamente precario. Un conjunto a través del cual se expresa simbólicamente una polaridad que, “según Bachelard (…), está determinada por un ritmo que va de lo superficial a lo profundo, esto es, de lo directo a lo indirecto, de lo más claro a lo más oscuro, de lo diurno a lo nocturno… (Durand; 1979).”[1]

El polo opuesto, equilibrador del anima (potencia femenina), nocturna y rota, hiperdesarrollado en esta poeta, lo constituye el animus, el logo-centro (potencia masculina), que, al parecer, impugnó Valencia Ocampo desde el propio instante de  su “lanzamiento” a la luna. El animus, lo vivió esta poeta en permanente guerra, como irresoluble contradicción, como peligro y amenaza, sin posibilidad de reconciliación, porque en su temeraria inmersión chocó y entró en conflicto con el mundo logocentrado y falocentrado de la sociedad hegemónica.

Lo anterior implica que el femenino exaltado se enfrenta a una prolífica, pero traumática apertura hacia múltiples realizaciones. No se es, ni se decide ser, solo mujer, sino también escritora, poeta, teatrera, filósofa, polemista, librepensadora, transgresora, errante, etc. No se elige entre un camino u otro, sino se transita simultáneamente todos aquellos caminos que la sociedad dominante no tolera, en coexistencia compatible con lo “claro” y “puro”. Lógicamente, al asumir la compleja totalidad, en contradicción con lo establecido social, moral, y culturalmente, la vida se hace insostenible por la magnitud y las consecuencias de cada choque.

En la profundidad de lo nocturno, todo lo diurno se vuelve herida: “El agua es una herida/ El árbol que de verde se estremece es/una herida/la luz es una herida (…) /solo mi herida es fiel”[2], declara su poema. Habitar el mundo de lo diurno, de los poderes instituidos con base en lo moralmente convencional, de lo claro, lo masculino, desde el alma nocturna pero transparente, no solo es vivir en el riesgo sino a merced del riesgo; de alguna forma se asume una existencia dispuesta peligrosamente a resolverse hasta consumirse, deliberadamente, en el riesgo.

Para una sociedad sostenida por el régimen diurno, el espíritu libre no tiene posibilidades de respetabilidad, la espontaneidad niega la responsabilidad, la aventura es algo peligroso que se opone a todo plan o programa de vida considerado “serio”; la libertad sexual “destruye” la familia, el orden “productivo” sustituido por el caos creativo “pare” la tragedia e instaura el drama porque “hackea” el sistema. Lo nocturno, a la luz del orden social “normal”, es opaco y “sucio”, penumbroso y peligroso; y la poeta sabe de eso, vive en medio de eso y a eso le canta: “Es para la bestia la noche de la estrella/ El sigilo atraviesa la sombra  que altanera/ Con su rayo fecundo ilumina la tierra del azar/ La tragedia desmoronada en pausas el límite/ De espuma que se esconde en sus piernas/ Y atraviesa la espina dorsal que te sostiene/ Como un canto que fluye/ irremediablemente.”[3]

L@s poetas nocturnos (porque son mayoritarios l@s poetas diurn@s), son loc@s que huelen mal. Y no me refiero al poeta “maldito” de catálogo, que actúa desde la performance del desdichado, melancólico y desamparado y, desde allí, sostiene un casting. Me refiero a quien se abrió al pleno delirio, a quien encontró sintonía con otra razón, a quien atravesó el mundo de lo ordinario para vivir en lo extra-ordinario y jamás volvió. Un tipo escaso de poeta, que renunció a la vida de las alcobas y aceptó la escalofriante experiencia de vivir la muerte en los andenes y las sombras.

De esta estirpe resulto ser Mercedes Valencia Ocampo, quien configura su poética desde un imaginario lunar, plagado de arquetipos a través de los cuales “expone la fuerza y los peligros del mundo de las apariencias y de lo imaginativo (…) la vía lunar (intuición, imaginación, magia), distinta de la vía solar (razón, reflexión, objetividad) y cargada así mismo de sentido negativo y fúnebre.”[4]

Desde un simbolismo claramente moderno, soporta su creación y encuentra un espléndido camino bajo el dominio del anima, en una dislocación, que determina las condiciones de creación de su poesía, dado que el arte moderno piensa predominantemente en términos de símbolos: Designar indirectamente, lo cual quiere decir que la significación viene en segundo momento, significa algo sin serlo y siéndolo a la vez, sin buscar lo útil ni funcional y usa formas de pensamientos naturales e intuitivos. Semióticamente se elije lo denso, lo implícito, y se intenta transformar el fenómeno en idea y, a ésta a su vez, en imagen.[5]

Sobre esta estructura antropo-estética, en medio de un cielo falsamente azulito (como la tapa de su libro), y antes de que caiga la noche, aparece “…un águila que me sorbió la vida”[6], “Para decirle al mundo que quisiste ser águila”, en una clara confesión de sus truncados anhelos de trascendencia. Navega su barco, ebria en la cicuta de los amores perdidos, y deshilacha las prendas de su libertad, porque solo así se puede vivir y soñar, desde el ámbito en el que se encuentra: “…cuando no pertenezco a ningún modo de conciencia”[7]

Ese “ámbito” por el que viaja Mercedes Valencia, está totalmente dominado por el miedo; entonces, asombrada ante tanta noche, la poeta, como Virgilio, se hace amiga, y seduce el miedo: “Como será mi miedo/- le dice-/De que color le gustará vestirse/Preferirá boina, sastre o pantalón de lino/ La boca de mi miedo tendrá su protegida sombra…”[8]. Proximidad que, paradójicamente, le permite poner a distancia al miedo, controlarlo, incluso atreverse a ver y meditar sobre el miedo de otros, porque “El miedo tiene su propia estatura” [9].

Al rodear, con maestría budista, el miedo, al bordearlo en su mas profunda comprensión, devenida poema del “DESPERTAR”, como el arrojado que en su devenir pasa de ser algo caído, a convertirse en la caída misma, la poeta se mira y, pletórica de paciencia, comprende que no siente miedo porque ella es el miedo mismo; entonces sabe que resistirá la abatida del miedo mas cercano: “…la propia muerte enamorada de uno.”[10]

REFERENCIAS

[1] Valencia, Mario, Armando, “Beatriz: lo femenino como categoría estética”, Universidad del Cauca, 2006, pág. 107.

[2] Valencia, Mercedes, “A merced de los andenes y otras lunas”, Instituto Caldense de Cultura, 2000, pág, 12.

[3] Valencia Ocampo, Mercedes, “A merced de los andenes y otras lunas”, Instituto Caldense de Cultura, 2000, pág. 14.

[4] Cirlot, Juan Eduardo, “Diccionario de símbolos”, Ediciones Siruela, Barcelona, 2008, pág. 293.

[5] Cf. Valencia, Mario, Armando, “Beatriz, lo femenino como categoría estética”, 2006, pág. 113.

[6] Valencia Ocampo, Mercedes, “Y  VA A CAER LA NOCHE”, en “A merced de los andenes y otras lunas”, Instituto Caldense de Cultura, 2000, pág. 15.

[7] Valencia Ocampo, Mercedes, “DESPERTAR”, en “A merced de los andenes y otras lunas”, Instituto Caldense de Cultura, 2000, pág, 24.

[8] Valencia Ocampo, Mercedes, “DESPERTAR”, en “A merced de los andenes y otras lunas”, Instituto Caldense de Cultura, 2000, pág, 24.

[9] Valencia Ocampo, Mercedes, “DESPERTAR”, en “A merced de los andenes y otras lunas”, Instituto Caldense de Cultura, 2000, pág, 24.

[10] Valencia Ocampo, Mercedes, “DESPERTAR”, en “A merced de los andenes y otras lunas”, Instituto Caldense de Cultura, 2000, pág, 25.

* Escritor.