Por: Germán Sarasty Moncada*
Fecha de publicación: 01/07/2024
Jon Fosse dramaturgo y novelista nació el 29 septiembre 1959 en Haugesund, ciudad portuaria al oeste de Noruega. Estudió en la Universidad de Bergen, donde obtuvo un grado de maestría en literatura general. Se ha desempeñado como periodista, consultor literario y profesor en la Academia de Escritura de Hordaland. Conocido como “el nuevo Henrik Ibsen” o “el Beckett del siglo XXI”, ha escrito novelas, cuentos, poesía, ensayo y obras de teatro, es considerado uno de los grandes dramaturgos contemporáneos. Su obra ha sido traducida a unos cuarenta idiomas.
Actualmente vive en un apartamento cuyas ventanas se abren sobre el mar y los fiordos. Y ese decorado en donde la intimidad del hogar y la inmensidad del mar se mezclan y confunden le sirve exclusivamente para la elaboración de sus textos y admite su fascinación por él: “la muy fuerte emotividad de la gente, su terrible tensión, nacida del contacto con un paisaje que les proporciona un agudo sentido de la belleza que son incapaces de describir”.
En octubre del año pasado fue galardonado por la Academia Sueca con el Premio Nobel de Literatura 2023, con la siguiente justificación: por sus obras innovadoras y su prosa que dan voz a lo indecible… Se trata de un autor que en su reducción radical del lenguaje y la acción dramática, expresa las emociones humanas más poderosas de ansiedad e impotencia en los términos más simples y cotidianos… Su obra combina fuertes vínculos locales, tanto lingüísticos como geográficos, con técnicas artísticas modernistas.
El pasado siete de diciembre pronunció su conferencia en la Academia Sueca de Estocolmo, en la cual aclara su forma de escribir, pensar y vivir. Veamos algunos apartes:
Y cuando se trata de prosa, Mikhail Bakhtin tiene razón al argumentar que el modo de expresión, el acto mismo de contar, tiene dos voces. Para simplificar: la voz de quien habla, de quien escribe, y la voz de quien se habla. A menudo estos se deslizan unos dentro de otros de tal manera que es imposible saber de quién es la voz. Simplemente se convierte en una doble voz escrita, y eso, por supuesto, también forma parte del universo escrito y de la lógica que contiene. Cada obra que he escrito tiene, por así decirlo, su propio universo ficticio, su propio mundo. Un mundo nuevo para cada obra, para cada novela.
Pero un discurso silencioso, o un lenguaje silencioso, habla principalmente de la totalidad de una obra. Ya sea una novela, una obra de teatro o una producción teatral, lo importante no son las partes en sí mismas, sino la totalidad, que también debe estar en cada detalle –o tal vez me atreva a hablar del espíritu de la obra. Totalidad, un espíritu que en cierto modo habla tanto de cerca como de lejos. ¿Y qué oyes entonces, si escuchas con suficiente atención? Se oye el silencio. Y como se ha dicho, sólo en el silencio se puede oír la voz de Dios.
Y el acto de escribir es para mí escuchar: cuando escribo nunca me preparo, no planeo nada, procedo escuchando. Así que si debo utilizar una metáfora para la acción de escribir, tiene que ser la de escuchar. Por lo tanto, casi no hace falta decir que la escritura recuerda a la música.
Otra cosa, quizás un poco extraña, es que cuando escribo, en cierto momento siempre tengo la sensación de que el texto ya está escrito, está ahí fuera, no dentro de mí, y que sólo necesito escribirlo antes de que llegue el momento. De vez en cuando puedo hacerlo sin hacer ningún cambio, otras veces tengo que buscar el texto reescribiéndolo, recortándolo y editándolo, e intentar sacar con cuidado el texto que ya está escrito.
Su obra aborda temas universales como la memoria y la muerte, explorando cómo el pasado y el presente se entrelazan para reconfigurar la experiencia humana. Su profundidad filosófica y su exploración de lo existencial, son admirables, pues nos permiten trastocar lo real con lo imaginado, lo vivido, con lo deseado y lo cierto con lo probable. Emplea una escritura que desafía la narrativa tradicional, fusionando la tensión formal y dramática. Por ello puede describir desde lo banal, hasta lo sublime con una lucidez admirable. Su escritura se caracteriza por la repetición de términos y la ausencia de puntuación, creando un ritmo y una atmósfera distintiva. Más que una reflexión sobre la vida y la muerte, invita al lector a cuestionar la existencia misma y las estructuras de tiempo y memoria, promoviendo una reflexión más profunda y existencial.

Abordar la obra de este gran escritor, puede hacerse a través del teatro, el ensayo y la novela y siempre encontraremos algo que nos conmueva. Como muestra he optado hacerlo a través de una de sus novelas Melancolía, la cual escribió en 1995-1996, y fue publicada en español en el 2023. Allí se remonta a 1853, en Düsseldorf en donde nos describe la triste vida del pintor noruego Lars Hertervig, quien llegó ese año a la Academia de Bellas Artes de esa ciudad alemana a estudiar bajo la tutela de un gran pintor Hans Gude. Allí arribó siendo solamente un pintor de fachadas y estancias, en Stavanger, Noruega, pero tuvo la buena suerte de contar con un benefactor a quien le llamó la atención su dedicación al trabajo y su sensibilidad artística, era Hans Gabriel Buchholdt Sundt. Estando en su residencia le mostró varios cuadros de su colección y esto sintió:
¡Nunca antes había visto un cuadro tan bello! ¡Los colores como los más bellos del cielo! ¡La luz más bella entre todas las luces! Y el cuadro, con la luz, tan grande, y con un marco anchísimo y el lienzo que se mueve cuando lo toco, se cimbrea, pongo con cuidado el dedo contra uno de los bordes del cuadro y entonces el lienzo empieza a vibrar con los colores y su luz, y yo me quedo allí contemplándolo…
Esa admiración que experimentó lo trastornaría y cambiaría de rumbo su vida, ya que Hans Gabriel, no solo le proporcionó el ingreso en Alemania a la Academia, para formarse como pintor paisajista, a sus veintitrés años, sino también el alojamiento y la manutención requeridos. Así llegó como inquilino de un cuarto de estudiante, a la casa de una viuda, la señora Winckelmann, con una hija adolescente, Helene y un tío protector. Muy pronto comenzó a obsesionarse por la muchacha y ella tal vez sin proponérselo lo fue aceptando, a tal punto que él llegó a decirle al oído que eran novios y ella no lo desanimó. Además cuando tocaba piano él creía firmemente que lo hacía para su disfrute.
Seria para él, su primer y único amor, razón por lo cual lo tomó como real, y luego lo fue idealizando y sublimando, pero la imposibilidad de concretar el mismo con la joven de quince años, lo trastornaría definitivamente. El primer deslumbramiento lo experimento cuando estando solos, él logró estar muy cerca de ella.
…contempló aquel pelo, aquellos ojos y aquella boca que tenía delante, simplemente se quedó allí, mirándola, y entonces fue como si la luz de sus ojos lo envolviera, como un ardor, no, ¡no como un ardor! ¡No como un ardor, sino como una luz! Si la luz de sus ojos lo envolvió como una luz. Y en aquella luz él se transformó en otro, dejó de ser Lars de Hattarvagen para convertirse en otro, todo su desasosiego, todos sus temores, todas sus penurias, que siempre lo habían llenado de desasosiego, todo lo que añora, todo se colma con la luz de los ojos de Helene Winckelmann…
La carga emocional de ese amor imposible, para un alma tan sensible como la del artista, lo irán perturbando de tal manera que no sabrá distinguir entre lo real y lo imaginario y habrá varios episodios en los cuales se le irá acrecentando su debilidad mental. Esa luz que el vio en ella, era la que estaba necesitando para dar a sus cuadros esa sensación de una verdadera realidad y a fe que en su creación pictórica esos claroscuros, esa luz difuminada y esa sublimación en su arte pueden ser apreciadas hoy en día, en las galerías donde se ha expuesto su obra.
Al descubrirse su relación, será expulsado de la habitación en donde estaba alojado y se agudizará mas su problema por la ausencia de su idealizada Helene, a tal punto que los desvaríos en que cae, lo llevarán a un declive sin fondo que cada vez lo ira sumiendo en una lamentable decadencia mental que lo harán internarse, a los veintiséis años, en un sanatorio. No se sabe si la vio o la imaginó, pero luego de la aparición de la ausente, expresó:
Y yo te miro, y veo tu vestido blanco que empieza a convertirse en algo blanco, tu vestido se convertirá en algo blanco que empieza a moverse, tu vestido, y entonces lo blanco se mueve hacia mí, lo blanco se acerca y entonces veo una tela blanca y negra delante de mí, y la tela se mueve hacia mí, de pronto se aleja. Y entonces se divide. Y la tela se mueve hacia mí, luego se aleja. Las telas son de color blanco, de color negro. Las telas se mueven hacia mí, luego se alejan. Las telas se mueven, no paran e moverse, y se acercan a mí.
Como se aprecia no son solo las descripciones, sino la manera de expresarlas lo que denotan un daño mental grave y que no tiene reversa. Lo triste es que el pintor se iba dando cuenta de su hundimiento, pues se sentía inseguro con sus creaciones, a pesar de los conceptos alentadores de su tutor y maestro, quien había logrado vender algunos de sus cuadros a asociaciones de arte. Aunque en el fondo sabía que era un buen pintor, siempre pensaba que los demás alumnos de la escuela, no lo eran. Para calmarse, para dejar de oír voces interiores, dilucidar sobre lo real y lo imaginario, debía hacer esfuerzo por liberarse de ideas y pensamientos que trataban de invadirlo y le evitaban la concentración y el silencio interno que necesitaba, pero ese esfuerzo era descomunal para su mente ya debilitada.
Con gran maestría recurre el escritor a los continuos diálogos interiores de su protagonista, a la evocación de los recuerdos que revive en un presente inexistente. Su paso por el sanatorio, a los veintiséis años, es descrito de tal forma que no cabe duda de su esquizofrenia, en un lenguaje como teatral, en donde las escenas se trasponen, los diálogos se repiten, o se truncan, las acciones no tienen justificaciones, el pasado evocado se trastoca con el presente imaginado en un cerebro muy deteriorado, todo esto en un ambiente decadente y lúgubre, en el cual no se ve posibilidad de recuperación. Ahí sí, la mezcla de la vida y la muerte, los recuerdos y las idealizaciones, los sufrimientos y las alegrías, están en continuo flujo y así definitivamente encontrar el sosiego necesario, y el silencio interior, es imposible. ¡Qué lamentable!
Los últimos años del pintor, quien murió a los setenta y dos años, son rememorados en la segunda parte del libro, por una de sus hermanas. Pasó muchas necesidades económicas y el descubrimiento y valorización de su obra artística se produjo en la exhibición de Cristianía de 1914, doce años después de su muerte.
Germán Sarasty Moncada. Profesional en Filosofía y Letras Universidad de Caldas.