Por: Mario Armando Valencia *
Fecha de publicación: 01/10/2026
(El valor de la crítica)
“-Querido, usted ya conoce el terror que siento por los caballos y los coches. Hace un rato, mientras atravesaba el bulevard, apresuradamente, dando saltos entre el barro, a través de ese caos tornadizo donde la muerte llega de golpe por todos los costados a la vez, mi aureola, al hacer un movimiento brusco, resbaló de mi cabeza y cayó al macadam de la calle. No tuve valor para recogerla.”
(“La perdida de la aureola”, Baudelaire, Charles, Poemas en prosa, Áncora Editores, Bogotá, 1993, pág. 130).
La trayectoria que va de la literatura tradicional (clásica y moderna) hacia la literatura contemporánea, está determinada por el sisma de la industrialización de la literatura, la muerte de la novela y del arte en general. En medio de estas traumáticas transformaciones, provocadas por el paso de la sociedad industrial hacia la postindustrial, quedó atrapado el artista, el poeta. Quiere decir esto, que la realización individual y profesional del “vate” se perdió en la vorágine de la sociedad capitalista y sus genealogías.
Hablo de desgarres evolutivos, que determinaron los modos de ser del poeta moderno y postmoderno, y sus formas de relacionamiento con la sociedad y el poder. Mutaciones que van del “artista-vate” protegido por mecenazgos (siglo XIX y antes), hacia el post-poeta devenido empresario u operador cultural, estructuralmente subordinado y ocupado en su auto precarización, pasando por el gestor (aficionado) sujeto a hilos de poder de políticos, empresarios culturales y burócratas.
El campo literario, en este marco, determinó la naturaleza, la “solvencia” (material y social) y la “distinción” del poeta, signada por su inestabilidad estructural como creador. El sujeto quedó escindido entre la imperiosa sobrevivencia digna, condicionada por indicadores económicos, y las dinámicas que debía satisfacer para los proveedores o facilitadores estructurales (estatales y privados), que apalancan el “emprendimiento”, y la autonomía indispensable para el trabajo de gestión cultural y de creación. La obra en su conjunto (la artística propiamente dicha y (+) la producción de estructuras simbólicas para la construcción social), pasaron a ser gobernadas por las “circunstancias” socio-culturales y económicas dominantes del medio.
En este marco socio-estético, la obra integral de Carlos Mario Uribe Álvarez (Manizales, 1968), ejemplifica esta inestablilidad estructural, es decir, un estado vital y estético en el que, según Pierre Bourdieu “Se produce a partir de entonces una autentica subordinación estructural…”[1] Momento en el que, la inestabilidad ocasiona pérdida de equilibrio: social, cultural y moral, que se expresa en el poeta, en patrones de conducta y acción caracterizados por un relajamiento extremo que termina resolviéndose en una ontoestética de la seducción.

Carlos Mario Uribe Álvarez
Proyectada desde el origen, por subjetividades poderosas, entes y redes de intereses: empresarios, políticos y burócratas, que consideran, per se, sus actividades “mas allá del bien y del mal”, la inestabilidad produce un sujeto estético “débil” que actúa desde un relativismo extremo, en una versión antagónica del intelectual orgánico, esta vez reconvertido en intelectual (poeta) funcional, carismático, provocador y lúdico.
Esa inestabilidad es claramente identificable en la obra (integralmente considerada: gestión cultural y (+) obra poética) de Uribe Álvarez, cuando pasó de ser un poeta “puro” a convertirse en un poeta-operador cultural postfordista, una versión degradada por el capitalismo, del “autor productor” que visualizó Walter Benjamin como “poeta orgánico”. El balance sociocultural en su obra refiere, por una parte, a la casi nula existencia de los resultados de impacto cultural de mas de una década de gestión como director de la Fundación “La nave de papel” y director del “Festival Internacional de Poesía de Manizales”, y de otra, a la transformación de los contenidos y estructuras de su producción artística (poesía), que antes expresaban un fuerte hermetismo (recurso literario posible, gracias a la total autonomía de creación de la que disponía antes el poeta), lo que le permitió, en su momento, auscultar a fondo los claroscuros de la condición humana y su marginalidad, hasta las producciones actuales: procesos, proyectos, acciones estéticas, y escritura blanda, basada en formas liquidas, [2], translúcidas, dedicadas a exaltar nombres y cuerpos, a consagrar pequeñas y selectas personalidades y animar escenarios bizarros noir, en una espectacularización general de experiencias estéticas de todo tipo, sin fondo conceptual, desprovistas de curaduría rigurosa, ni norte que lleve los procesos en dirección de algún propósito serio en el campo social, cultural y/o político.
Ésta, a mi modo de ver, involución del proceso creativo liberador del antes negado, que retrocedió de la insubordinación estructural del poeta marginal, hacia la subordinación estructural del poeta-micro-empresario, encuentra su versión simbólico-estética en los cambios acaecidos en su socio-estética. La inicial presencia de la visión urbana, su acento (trascendental) mediante un despliegue de sentido poético que retiraba la luz al desafuero personal, e instauraba el enigma para proponer un encuentro misterioso con su lector, presente en sus primeros libros, se transformó en puesta en escena y animación estética al servicio de la sacralización de apariencias, el encantamiento de la simulación, la ironía lúdica, la sobre erotización de la realidad, todo ello, al servicio de acontecimientos, cuadros y tramas sociales.

Carátula, Final del viaje, Manigraf, 2000.
El barroco trascendental, hermético y esotérico, que domino la poesía de Carlos Mario Uribe Álvarez, cedió, en el lapso de algo más de una década, al coqueto seductor social de la escena literaria, asumiendo estratégicamente que: “La seducción es más fuerte que la producción. Es más fuerte que la sexualidad, con la que no hay que confundirla nunca. No es un proceso interno a la sexualidad, a lo que se la rebaja generalmente. Es un proceso circular, reversible, de desafío, de sobrepuja y de muerte.” [3]
Fenómeno que un observador desprevenido, podría atribuir a cambios de estilos y contenidos (en la vida y en el arte), normales en un escritor, pero que, desde la sociología de la literatura, se explican como resultado integral de las formas de relacionamiento que el poeta asume frente a las tramas del poder (el campo), y como resultado estético del proceso de adhesión e incorporación a nuevos micro-círculos sociales específicos.
Lo urbano crítico y trascendental de “Los textos de la Estrige”, de “Los espejos Mortales” (desconozco si estos libros de Uribe Álvarez, que leí sobre pruebas finales hace ya muchos años, aún perviven como tales), y de los cuales, algunos de sus poemas aparecieron finalmente en “El final del viaje” (2000), ignoraban decididamente la técnica de seducción simbólica integral, en aras de la exploración de una literatura que trascendiera registros, evitando naufragios socio-libidinales.
La pesada atmósfera generada por el caos de la ciudad, la gravedad del cotidiano y el rigor de la vida desgarrada, se expresaban mediante vigorosas metáforas sobre la angustia humana: “Hay cosas aquí/Días tórridos, bocas agrias/ con sus propios abismos/ Repentinos gritos de marinos ebrios/ descubriendo otra isla en su cerebro”, en busca de la imposible forma del paisaje del no-paisaje: “El silencio aclama una ciudad en ruinas/ la hierba muerde y avanza sobre cúpulas y catedrales derruidas”, o plasmaban una pintura literaria rallada de escepticismo, en blanco y negro, negadora de todo pigmento en clave seductora, que sólo proyectaba la densidad de la vida : “Hay/ quien sabe de las caricias/ de quienes guardan tardes en sus ojos/ aunque saben de las caricias de la luna/ y esconden en agrio cinismo/ el horror de la ciudad contemporánea.”
Estos contenidos, tonos y formas se sostenían con intermitencia, en la obra de Uribe Álvarez hasta muchos pasajes de “El pez rojo” (2019), para cuyo prologo escribí: “Por lógica de probabilidades y deseos íntimos, Carlos Mario Uribe será muy seguramente el último poeta de tiempo completo vivo que yo habré de conocer…”; vaticinio que no solo se cumplió, en relación al medio literario, sino con relación a él mismo, pues, después de éste libro y de otros acontecimientos trágicos en su vida personal, el poeta “de tiempo completo”, es decir: el creador insubordinado que aun no había sido reducido por el campo literario, ni navegaba en los perfumados hedores de la sociedad literaria, desapareció cuando decidió dar la espalda a su locus de enunciación.

Carátula, “El pez rojo”, Editorial “La nave de papel”, Manizales, 2019.
Sostenía Stevenson, citado por E.R. Curtius que “todo libro es en sentido intimo, una carta circular a los amigos”[4]; yo diría que la obra de todo autor (poeta-narrador) constituye, al final, una carta a su sociedad, en un círculo que se mueve a manera de espiral que nunca se cierra, lo cual significa que la “carta” no funciona como atadura o mordaza, ni de los amigos ni de esa sociedad; sino, por el contrario, convoca la voz interpretativa e interpelativa, de esos amigos y de esa sociedad, para meditar sobre el texto abierto inicial y contribuir a una comprensión general de la sociedad. En otras palabras, ese libro/obra-carta, no cierra un vínculo de complicidad, ni sella el diario del autor, ni se hace candado para un catálogo de secretos, sino resuena en el pensamiento e incita a la reflexión y al diálogo crítico.
Si alguna función le queda al “arte” y al pensamiento, es la de convocar lecturas, revolcar conciencias, animar transformaciones, no adhesiones ciegas, ni a hombres ni a “cifras literarias”, cuya penumbra cuidan celosamente quienes comparten ese alfabeto secreto. El ideograma literario, así como la mejor literatura social de clase media: José Agustín, Parménides García, Gustavo Sainz (la Ola mexicana, en general, por ejemplo), afincaron su valor en la propuesta de sistemas socio-simbólicos que, aunque referencialmente precisos, tenían la característica de poder impactar anomalías concretas: injusticias, opresiones, exclusiones y marginaciones. Ese otro tipo de poeta “marginal” de clase media, explora y denuncia la sordidez de esa clase media, un tipo muy distinto de la “sordidez lumpen”, pero, al fin y al cabo, sordidez.
Este tipo de poeta marginal (autor-productor crítico), al ser producto de la inestabilidad estructural, no ambienta, no edulcora la anomalía estructural, ni rebaja su mezcla hasta volverla golosina de “fiesta urbana”. Cuando la obra (orgánica) de un poeta, entendida como ese círculo no-cerrado (espiralado) devenido carta personal y social, sacrifica la conciencia crítica, cuando se entrega al idilio con la galería y el balcón, al into de wild de apartamento, pierde todo su sentido y potencia. El de Uribe Álvarez, no es un caso aislado, lamentablemente, son la mayoría de los poetas-micro-empresarios funcionales de hoy, sobre todo en las pequeñas ciudades colombianas (unos más, otros menos) es, tristemente, el destino recurrente de ese sujeto estético (artista post), blando, que se ve obligado a ser un creador de la auto precarización, ese “vate” que tan magistralmente denunció Simón Mesa Soto en su película “Un poeta”; y no me refiero al personaje “Óscar”, sino al personaje que representa al poeta-empresario, dueño y organizador del festival. Porque los “Óscares” de la poesía, son el costo “a fondo roto”, que impone el sistema.
Sor Juan Inés y Nicanor Parra (enfrentados a distintos campos histórico-literarios y a sociedades disímiles), hicieron explotar secretos, no estilizaron oscuridades, como no lo hizo la música de Janis, ni la arquitectura mudéjar, ni los infiernitos literarios de Andrés Caicedo o Jorge Hernán Flórez Hurtado.
El sistema tritura poetas, la cultura diluye talentos, la sociedad los consume.

Carátula, “Derivas del cuerpo”, editora Johana Patiño, coordinación editorial “Ojo con la gota de tinta”, Manizales, 2016.
REFERENCIAS
[1] Bourdieu, P. Las reglas del Arte, Anagrama, Barcelona, pág. 82.
[2] Baugman, Z. Modernidad líquida, F.C.E. Argentina, 2002.
[3] Baudrillard, Jean, “De la seducción”, Ediciones Cátedra, Madrid, Barcelona, pág. 47.
[4] Curtius, R.R, Marcel Proust y Paul Valery, Losada, 1941, pág 7.

* Escritor.