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La última bohemia

Por: Martín Rodas *

Fecha de publicación: 12/08/2024

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En la París del siglo XIX los artistas, poetas y escritores formaban comunidades dedicadas a debatir sobre aspectos relacionados con sus creaciones, en medio de ambientes etílicos, prostibularios y consumo de sustancias sicotrópicas. El ajenjo o duende verde era la bebida preferida, licor supremamente fuerte que provocaba delirios y, a veces, la muerte. Muchos de estos personajes pertenecían a la burguesía, pero jugaban a ser pobres y se deleitaban con sensaciones extremas. Toulouse Lautrec instalaba su caballete en los lupanares y sus modelos eran las mujeres que trabajaban en estos lugares, mientras los escritores malditos intoxicaban sus cuerpos al límite para lograr momentos de éxtasis. Montmartre y el Moulin Rouge eran los escenarios que enmarcaban este carnaval delirante.

En muchos lugares del mundo se replicaron estas prácticas y los grupos de bohemios se instalaron en bares, cantinas y parques para seguir un ritual mágico de tertulias interminables día y noche y consumo de licores, elixires que motivaban las conversaciones.

En Manizales también se retomó esta tradición y el siglo XX estuvo marcado por grupos de intelectuales, artistas y personas del común que utilizaban estos espacios marginales para ejercer el goce de la tertulia y la buena compañía al calor de las copas, porque la existencia a palo seco no tiene gracia. En los años 80 y 90, fui partícipe asíduo de estas reuniones, nos encontrábamos permanentemente en la carrera 23 y en los parques, día y noche, a celebrar la juventud, a estudiar, a conspirar.

Por esos años los negocios de billares, café y trago amanecían y uno podía quedarse en ellos toda la noche. En mi época fue la taberna Kien, Tico Tico y La Bamba en Arenales por el barrio San Antonio, Chipre, los “salseaderos” como La Fania en el Parque Olaya, La Bahía con sus serenateros y la deliciosa chuleta, La Cigarra, El Osiris, El Polo… sin fin de sitios de felicidad, y el territorio más importante que era el eje de ese torbellino vital: el Parque Caldas. Nuestro deambular empezaba o terminaba siempre en este emblemático lugar y en el era siempre compartir con la diversidad de quienes disfrutamos la calle o la habitan. En aquella época no existían los riesgos actuales, o no tanto, que yo tenga memoria.

En este escenario había grupos diversos: estudiantes, profesionales caídos en desgracia, mujeres tiradas al ruedo, locos vociferantes, artistas, chirrincheros… de todito… el parque era un goce… como lo es ahora, pues para mí no ha dejado de tener aura mágica. De estos grupos, uno estaba constituido por personas con historias largas y trágicas, que al decir de los chismosos, o por mitos urbanos, venían de familias prestigiosas y que cayeron en desgracia por diversas circunstancias y por el exceso de fiesta, porque estas prácticas son peligrosas, lo digo por experiencia propia, pues el mantenerse a raya y no caer en el abismo es difícil.

En la actualidad, es uno de los pocos grupos de bohemios que todavía habitan el parque desde hace muchísimos años, persistiendo contra viento y marea en una vida que escogieron y a la cual se aferran con obstinación. De ellos, resaltaba Evelyn, quien no abandonaba su rinconcito junto a los contertulios. Era la última bohemia, la única, persona imborrable en mi memoria, a quien nunca traté pero que me acompañaba en la distancia en las visitas que hago al parque. Hace pocos días, ella se quedó dormida para siempre en la banca que hizo las veces de morada y cama. No estaba sola, sus fieles compañeros estuvieron ahí para darle el último adiós y yo, desde esta columna quiero hacerle un pequeño y sentido homenaje, porque sé que ella, como yo, amó este lugar mágico y sagrado.

* Poeta, anacronista y pintor; editor de «ojo con la gota de TiNta (una editorial pequeña e independiente)».

Fotografía Parque Caldas. Carlos Mario Uribe