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La vida entre sismos

Por: Javier Humberto Arias Ospina*

Fecha de publicación: 21/08/2026

 Desde mis tres o cuatro años de edad, tengo fijas algunas imágenes de eventos y situaciones, corroboradas por mi madre, como estar en un patio interior de tierra de una vieja casona de bahareque y ver a varios adultos corriendo de un lado para otro, igualmente ver a mi madre descender presurosamente por unas escalas de madera y llegar desesperadamente hasta el lugar donde me encontraba y  cargarme, cubriéndome completamente la cabeza y rezar implorando para que cesara el movimiento de la tierra y el golpeteo de las cosas a su alrededor.

La verdad, yo en medio del rifirrafe, alcanzaba a ver con agrado la manera en que se movían unos vetustos materos adornados de bellos geranios y helechos crespos y una lámpara con un pequeño techo metálico de color verde, que colgaba de una varilla y estaba amarrada a una guadua en una vieja pared de esterilla, la que también se movía y chirriaba, se oía un sonido grave como ronquido de moribundos y luego una especie de revoltijo de chatarras.

Pero lo más histriónico y chistoso fue presenciar el momento en que una de las señoras que vivían en aquella casa, se arrodillaba en el patio de tierra a unos dos metros de distancia del punto donde yo estaba parado con ojos de infantil asombro. Esta mujer, de unos cuarenta años de edad, de tez morena, lucía una cabellera blanca y trenzada que le llegaba hasta la cintura, vestía una falda larga como de un satín morado con estampas de flores de azalea. En una especie de soliloquio, gritaba al cielo unas frases apocalípticas que invitaban a las demás personas que se encontraban allí a arrepentirse de sus pecados y odios, pues eran, según ella, los signos inequívocos del fin del mundo y en el que seríamos todos juzgados como pecadores e impíos. A mi corta edad no entendía sus rezos y premoniciones, quizás sin saberlo, solo podía disfrutar de su divertida representación.

Al cabo de mucho tiempo, cuando recordé a mi madre esas imágenes de los primeros años de mi vida, ella me contó que se trató del terremoto sucedido en el año de 1962 y el cual se sintió fuertemente en Manizales y en toda Colombia.

Este evento, nos contaba frecuentemente mi madre, ocurrió el día 30 de julio a eso de las 3 de la tarde y dejó un saldo de dos muertos en la ciudad. Uno de ellos, el reconocido hombre de la música Guillermo González Ospina, autor de la letra del pasodoble Feria de Manizales, como consecuencia del golpe que recibió en su cabeza al caerle uno de los guijarros de pared o revoque desprendido de uno de los edificios, al salir corriendo despavorido en busca de refugio. En este terremoto resultó severamente afectada la Catedral de Manizales. Curiosamente se cuenta que el compositor González Ospina, días antes, en una tertulia que llevaban a cabo en un café llamado Tropicana, había presentido su muerte, pues había sentido premonitoriamente el terremoto en el que seguramente él moriría, como así ocurrió. El otro muerto fue un hombre que falleció de un infarto ocasionado por el pánico. Contaba mi madre que en la región fueron cerca de cincuenta muertos el saldo trágico de dicho terremoto y la destrucción de varias edificaciones, especialmente en las ciudades vecinas de Pereira y Armenia, ambas aún municipios del Departamento de Caldas.

Curiosamente, la víspera del terremoto del pasado diez de agosto del presente año, también, esa noche de domingo, comencé a experimentar una extraña sensación de presentimiento de algo tenebroso y devastador. Solo yo era capaz de guardar en el silencio ese estado de conmoción, pues comunicarlo a alguien no constituiría más que las exageraciones de un hombre sexagenario, que regresaba con las imágenes fijadas en la memoria prodigiosa de hace más de sesenta años, cuando el pavoroso terremoto de 1962 significó para sus ojos de inocencia infantil, solo un revoltijo de chatarras con las que se anunciaba el fin de los tiempos y muy distante de la que, se dice, sintió Simón Bolívar en el año 1812 en el terremoto que destruyó a Venezuela, ocasionando unos diez mil muertos, recién consolidada su independencia de la corona española y ante lo cual, con el desespero del hombre con vocación del espejismo de poder humano exclamó: “Si la naturaleza se opone, lucharé contra ella y haré que me obedezca”. Obviamente, mi presentimiento fue la del terremoto y nada más. Era una atmósfera pesada, un aire calenturiento, sofocante, una especie de movimiento incesante en el mundo infinitamente pequeño, ese mundo invisible a los ojos, pero presente en los poros de la piel, el aire que se respira, en las imágenes que rondan el pensamiento. De hecho, durante la noche desperté varias veces con la sensación de ver caer el mundo. Como siempre, pensé que era otra de las percepciones Kafkianas de estos tiempos, que crean la ficción de sentirse un escarabajo para iniciar otra jornada plena de cotidianidad o, en su defecto irracional, el caer en el abuso cada vez más frecuente de muchos impostores, al arroparse de iconografías religiosas, para hacerse notar como elegidos, tan de moda en estos tiempos que corren.

Y, efectivamente, a las siete y treinta y cuatro minutos de la mañana, ese Diez de agosto de 2026, comenzó otra especie del fin del mundo, un estremecimiento del suelo terráqueo, que nos tuvo en la realidad del caos e incertidumbre durante un minuto y medio, dejando a su paso la destrucción material y de vidas en campos y ciudades de Colombia. Por supuesto, al ir pasando esos segundos largos de terror y sostenidos por las ganas de vivir ante el fracaso, comencé a experimentar una especie de soledad compartida entre los llantos y el pánico de hombres, mujeres, niños y mascotas. Era otro terremoto que nos recordaba de nuevo, la fragilidad de la vida.

También en esos instantes, uno siente reducir el mundo a un metro cuadrado en el que todo parece derrumbarse indefectiblemente hasta quedar la absoluta oscuridad y el ruido telúrico, escabroso del inframundo. Después de minuto y medio fatídico, la ciudad ya era otra. Su paisaje urbano y natural lleno de optimismo y frescura, se fue llenando del polvo gris huracanado que revoloteaba con desenfreno y parecía perseguir las sirenas de ambulancias y ruidos de motores de autos en estado de aceleración, escapándose de los edificios que perdían su poder ingenieril ante la fuerza de la gravedad y lloraban con sus grietas de paredes y roturas de vigas y columnas, hasta derrumbarse junto a los sueños de sus habitantes que perecieron entre los escombros. Los otros, afortunadamente, en gran mayoría, pudieron sobrevivir Y claro, esos ojos aterrados de pobladores que con su mirada al cielo imploraban otra oportunidad para levantarse con vida y optimismo ante esta nueva prueba del poder de las fuerzas naturales frente a la fragilidad de los íconos humanos del poder y la vanidad.

Pero como ha sido la historia de nuestra bella ciudad, comenzó a despertarse, al mismo tiempo, ese gran testimonio cívico típico Manizaleño de humanismo que, con la solidaridad, también hace despertar la fortaleza y fraternidad ante el dolor de la tragedia. En ese contingente de optimismo, resiliencia e identidad con todo un pasado de una cultura edificante de valores vitales, todas y todos los habitantes debemos asumir que es nuestra hermosa Manizales, el centro del propósito colectivo de una nueva puesta en escena de sus hijos e hijas que juntos renacemos y crecemos, esa práctica poética cotidiana que un gran amigo suele  llamar “Las micro poéticas” vitales en medio de la dificultad, sin miramientos doctrinarios de ningún tipo, ni ideologías religiosas o políticas. Es el afecto aglutinante y sentimiento de compromiso ciudadano a la que nos convoca Manizales, una vez más, como reza uno de los hermosos versos de nuestro himno: “Manizales beso tu nombre que significa Juventud”.

 Manizales, agosto 19 de 2026

* Mg en Educación y Cultura. Actor, director de teatro. Integrante Teatro Portátil