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Las cuchas tienen la razón

Por: Martín Rodas *

Fecha de publicación: 19/02/2025

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A raíz de mi última columna sobre el monumento a la resistencia en Cali, mi amigo, el historiador y geógrafo Luis Gustavo de los Ríos, me envía un interesantísimo texto que contextualiza y aclara aspectos sociales, históricos, políticos y económicos de esta manifestación artística popular-colectiva. El documento es muy pertinente y de actualidad dadas las últimas manifestaciones muralistas en Colombia que apoyan la lucha de las mujeres en la Comuna 13 de Medellín para encontrar a sus familiares enterrados en La Escombrera durante la Operación Orión. Estos murales se materializan plásticamente en el lema “Las cuchas tienen razón” y cuya primera versión se hizo en Medellín y fue replicada en otras ciudades como Bogotá y Manizales. Algunos sectores que se oponen a estas obras de arte las han borrado, pero sus creadores, colectivos artísticos, inmediatamente pintan de nuevo las paredes y dicen que lo harán las veces que sea necesario, reflejando la lucha que se libra en el arte y la creación desde lo político e ideológico. Les comparto las reflexiones de Luis Gustavo:

Monumento a la Resistencia

De Puerto Rellena a Puerto Resistencia

Querido Martín:

Durante el estallido social que vivió el país en el 2021, motivado por una propuesta de Reforma Tributaria, se levantó el Monumento a la Resistencia en una conocida zona de Cali llamada Puerto Rellena. De resonancia e impacto nacional y al fragor de las distintas y variadas actividades sociales y culturales, esta comuna se propuso levantar una escultura con todas las manos unidas y colectivas.

Es necesario un poco de precisión socio-urbana que nos acerque a un contexto humano, étnico e histórico en el desarrollo de esta localidad.

Como todas las ciudades, Cali tuvo y tiene unos íconos que se constituyen en elementos clave en la formación y consolidación de sus tradiciones populares; sus plazas de mercado, por ejemplo, además de otros sitios distinguidos por sus ofertas gastronómicas, de diversión y, desde luego, por su compleja estructura económica y social.

La plaza (o galería) de Santa Elena es un enorme crisol de entramados humanos en el que conviven las formas más extremas de poder económico, delincuencia organizada e indigencia social.

El Parque o Palacio del Chontaduro, famoso por la oferta gastronómica de productos tradicionales como los champús, la empanada y de este delicioso fruto del litoral que le da nombre al lugar.

El balneario natural del río Pance, sitio de apreciable belleza y referente permanente de la cultura urbana caleña. De el se valieron las orquestas para fortalecer su crecimiento y fomento salsero; lugar, además, imprescindible en la escasa y regular literatura del “oiga, mire, vea”.

Fue a partir de la década del 70 que comenzaron a proliferar alrededor de la glorieta ubicada en el cruce de la autopista Simón Bolívar con calle 38 (vía que conecta con el acceso sur del Distrito de Aguablanca) pequeños puestos de frituras del comestible llamado “rellena” o su sinónimo “morcilla”.

“Lo invito a comer ‘langosta’, prefiero la gruesa”, dicho consolidado a partir de la tradición oral y de gran arraigo en el imaginario e identidad popular, tiene su origen, precisamente, en este sitio, uno de los más icónicos de la ciudad: Puerto Rellena, donde las familias y los grupos de amigos se reunían y reúnen a disfrutar de este banquete.

Al surgimiento de estas toponimias urbanas contribuyó una carga exagerada y profunda de complicidad humana. En medio de toda la risa posible y la alegría infinita, además de la “gorobeta”, era y es un festín sentarse alrededor de un enorme caldero de aceite oscuro a esperar que la “morena de delantal semiblanco” saque el manjar y lo acompañe de papa salada, plátano maduro y yuca.

No son escasas las leyendas de políticos o empresarios que, en medio de una jauría de escoltas, llegaran todos los viernes a saborear las delicias de doña Berta y su fórmula secreta para rellenar las tripas. Puerto Rellena perteneció y les pertenece a los obreros de Yumbo, a los albañiles del Poblado, a los ambulantes del centro, también a la mayoría de los caleños que lo visitan, como un ritual o como una curiosidad.

Los lugares amados los protegemos con nombres que no aceptan el olvido. Puerto Rellena desapareció, como lugar de encuentro de comensales de “tubería negra” hace ya más de diez años, debido a las distintas reformas urbanas y cambios viales. Los intentos de reubicación de los puestos en otros sitios no funcionaron.

Puerto Rellena se ha conformado en el espacio de una comunidad suburbana que preserva un legado de tragedias sociales, encuentros de amor y complicidad popular.

Los barrios Mariano Ramos, República de Israel, Ciudad Córdoba, la Unión de Vivienda Popular, entre otros, suenan en el entorno nacional e incluso internacional, como los que más grupos sicariales aportan a la ciudad. Las pandillas juveniles y las fronteras invisibles son un juego de niños frente a estas organizaciones criminales.

Ser de Puerto Rellena, abriga orgullo y vanidad.

Los barrios cercanos cargan con el penoso “palmarés” de ser los aportadores de personas a las estructuras criminales más agresivas, en una ciudad que se destaca a nivel internacional por estar entre las más violentas del mundo. Son empresas del crimen anexas a los antiguos carteles y que se mantienen al servicio de las nuevas formas de la economía ilegal.

Como el doloroso aporte que nuestro país hace de mercenarios que mueren en las guerras de los imperios, los barrios aledaños a Puerto Rellena siguen entregando sus jóvenes… También en estos sectores y calles “no nacieron pa’ semilla”, solo cárcel y muerte.

Cali le debe a Puerto Rellena parte de su identidad como ciudad. Lugar de confluencia étnica de migrantes y desplazados: los humildes del Pacífico, los arrogantes de Antioquia, los afros de todas partes… esa es Cali y ese es Puerto Rellena.

Comprender por qué se constituyó en el centro más importante del estallido social y de confluencia masiva durante el paro, tiene su relación con esta connotación social y urbana.

¿Por qué el estallido tuvo más acogida y vehemencia en Puerto Rellena y no en barrios más fieles a la tradición de luchas sociales, como el Barrio Obrero, por ejemplo, o Siloé con su pasado de barricadas y fortines?

Puerto Rellena, como nombre, acumula historia. Así esté proscrito socialmente, hecho que desde la ética y la moral lo discriminan, no lo es desde la perspectiva de sus habitantes, porque lo sienten como suyo, como lo único propio, por eso lo defienden y lo acogen con orgullo y sentido de pertenencia.

Es entendible que estas manifestaciones de inconformidad, ajenas incluso a su éxito reivindicatorio, procuren dejar hitos que les recuerden su importancia o, en algunos casos, su fracaso.

La complejidad de la misma lucha se convierte en un mito, que se sustenta y resalta en los propios nombres y conceptos poéticos y líricos para que siempre se mantenga viva la necesidad de seguir adelante. Frases como, “Así se templó el acero”, aluden al coraje, a un llamado a la resistencia y a la perseverancia.

Derrumbar los íconos de la tradición y el poder medieval y dictatorial que se levantan en nuestras plazas y parques, es un principio para descreer de la historia mal contada; no son más que estatuas de políticos arrogantes y perversos, de próceres idealizados por mentiras y culto a sus personalidades.

Previo a construcción del monumento y durante el levantamiento social, se propuso insistentemente el cambio de nombre del lugar de Puerto Rellena a Puerto Resistencia. La propuesta, al fragor de la lucha tuvo, por supuesto, adeptos y opositores.

Al igual que el movimiento, el monumento hace parte del ocaso de una intención popular sin planificación ni organización.

Desde luego, se tejen historias, muchas historias de los campamentos en Puerto Rellena que se sucedieron durante el estallido, donde fueron posibles los convites de integración que sirvieron para darle fuerza, empuje y validez al arte popular, a las expresiones de colectivización de la vida y los sueños a través de la poesía, la pintura, la danza, el cine.

El arte, sin ser un compromiso, puede unir sensibilidades.

Lo que quiero decir es que renunciar a un nombre y a un arraigo barrial, con mucha presencia en el imaginario colectivo, no acata la prudencia.

No es una casualidad que todavía los buses y colectivos conserven en sus avisos el nombre de Puerto Rellena. Sus habitantes conservan en su corazón esa frontera de valor y dolor.

El tiempo tomará partido, decidirá si sus gentes quieren conservar en sus corazones el recuerdo de esos puestos de frituras que también socializaron la alegría y el hambre o, por el contrario, conservarán este monumento que simboliza y testimonia la rebeldía. El monumento existe, los puestos son nostalgia.

Resistir no excluye integrar y es posible mezclar en ese espacio los elementos claves para las nuevas rebeldías que el país y sus pobladores necesitamos.

Son gente buena como todos nosotros, son gente valiente como todos nosotros, con esperanzas y sueños como todos nosotros. También con resignación y miedos colectivos.

Con aprecio,

Luis Gustavo de los Ríos

* Poeta, anacronista y pintor; editor de «ojo con la gota de TiNta (una editorial pequeña e independiente)».

Mural colectivo “Las cuchas tienen razón” en Manizales. (Foto La Patria).