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Latitud Cero, lecciones de equilibrio

Por: Ricardo Gómez G.*

Fecha de publicación: 10/11/2025

“El barrio queda abajo”, es la primera oración del libro, para instalar al lector en un espacio geográfico y social. Es la escena de “la cueva de fuego donde vive doña María”, donde hacían las arepas del barrio cuando Mario Armando era niño. Así, el lector desde el comienzo es atrapado por una pluma cálida, un espacio acogedor, en un barrio humilde de una ciudad de los Andes colombianos, espacio que luego evoluciona al sur del país y del continente.

La novela (¿la autobiografía?), Latitud Cero, lecciones de equilibrio (Ediciones Hespérides, 2024), de Mario Armando Valencia Cardona, se ubica en Kumanday, el nombre que quimbayas y carrapas dieron al Nevado del Ruiz, cuyo significado es padre mayor (vea usted como todo es sicológico). Kumanday en realidad es Manizales, la ciudad donde queda el barrio El Carmen, donde nació el autor, lugares que son narrados con soltura, con naturalidad, pero sin localismos; presenta con virtud estética los dolores de una infancia y juventud duras. También hay espacio para el buen humor, especialmente cuando desnuda a algún intelectual local.

La primera mitad narra su vida universitaria, en la Universidad de Caldas, la bohemia tranquila de la ciudad, momento que es, al mismo tiempo, un periodo de catarsis y de despedida de su padre, el que “todos los días salía a vender la suerte”. Posteriormente, en Popayán y en el ombligo del mundo, la obra redondea su reflexión sobre el destino, el autoconocimiento y crecimiento personal.

Y, a pesar de que el libro narra una infancia llena de carencias económicas, no se inscribe en lo que ahora está de moda, el pobrecismo. Es decir, ni exalta ni sacraliza la pobreza y por tanto no está escrito para presentarse en una categoría moral superior. Por el contrario, es un libro valiente porque se sale de cierta moda política y estética y, más bien, la critica con legitimidad, porque el autor no es sólo un narrador, es igualmente un pensador que, al cuestionarse a sí mismo y también al pensamiento latinoamericano en boga, “se sitúa por encima de sí”, cambia su esencia y desgarra su propia conciencia, como lo exigen los filósofos alemanes (Nietzsche y Heidegger).

Es una catarsis personal; y, por supuesto, queda el lector con la idea de que en realidad es una autobiografía de excelente factura, una vida novelada, centrada en la elusiva búsqueda de la autorrealización personal. El autor, que se presenta en la solapa como “filósofo del arte y la cultura en la Universidad del Cauca”, no cesa, en sus propias palabras, de buscar, y a veces, encontrar “el sentido de las rutas” que se le presentan en la vida. Su recorrido vital podría ser el de un típico profesor de cualquier universidad pública del país, sin grandes sobresaltos.

Pero, y allí está su valentía, Valencia no se conforma con una cátedra y un cubículo de investigación. Expresa con buena prosa su inconformidad hasta consigo mismo y busca su propio camino. Así, la autobiografía (¿la novela?), es una profunda crítica al “pensamiento social”, a los discursos que se pelean “el emblema de la decolonialidad”, a quienes tienen, en el fondo, “rabia contra occidente” y acaban en el activismo, sin profundidad, los “falsos gurúes”.

La obra, entonces, llega al mismo lugar que “Delirio Americano”, el libro de Carlos Granes, que desnuda el victimismo del arte y la política latinoamericanas durante el siglo xx. Valencia, como Granés, encuentra en el “racismo invertido… bajo la apariencia de radicalismo democrático”, retos que no hemos superado, un “zumo de iras”, y no una reflexión ni una capacidad constructiva, solo el mero rechazo.

Es un trabajo original, de buena factura intelectual. Vale la pena.

Nota: alguien me dice que los escritos en los que comento libros son en exceso elogiosos. Mi respuesta y mi criterio es sencillo: los libros buenos, que bueno apoyarlos, promover su lectura.

* Rector de la Corporación Universitaria Iberoamericana.