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Los tiempos del tren y el cine

Por: Javier Humberto Arias Ospina*

Fecha de publicación: 22/02/2026

En ese tiempo, yo tenía unos siete años de edad.

El lado suroriental del barrio, estaba bordeado por las líneas del ferrocarril, en un tramo de unos dos o tres kilómetros. La ruta del tren provenía de Chinchiná y entraba por las veredas de Villamaría, llamadas Ríoclaro y Llanitos. El tren ya cerca al barrio Aranjuez, hacía una parada para surtir de agua a la Locomotora desde un gran tanque metálico. Por esos días, El Tren de Caldas, ya estaba en sus estertores.

De madrugada, se escuchaba el pito de la locomotora y se veía la columna del humo que salía por la chimenea, un humo endemoniado y negruzco que dejaba su estela en el azul del cielo y se confundía en las alturas con las nubes blancas, dando la sensación por unos instantes de una tela gris que cubría el radiante día. El paso del tren fue una experiencia que duró poco tiempo. Varias veces en la mañana, con mi hermano y otros amiguitos de la “Manzana”, pegábamos el oído a los rieles fríos de hierro, para sentir el estruendo que a lo lejos anunciaba el pronto pasar de la locomotora y su tira de vagones de pasajeros.

Y efectivamente, cuando se empezaba a sentir un ruido como de golpes y cosas pesadas en movimiento, entonces, era seguro que, al cabo de uno o dos minutos, se veía aparecer del lado occidental la imponente máquina de color negro y entonces, se observaba un cono de humo caliente elevándose al cielo. Primero pasaba la Locomotora y luego seguían varios vagones de carga de color rojizo, generalmente repletos de bultos, hierros y al final muchos racimos de plátano, banano, hortalizas, frutas y demás productos agrícolas de la región. Finalmente aparecían los tres o cuatro vagones de pasajeros, estos viajeros eran en su mayoría campesinos procedentes de las veredas de los vecinos municipios de Chinchiná y Villamaría.

Los vagones eran muy pintorescos, tenían ventanas de marcos de madera de color verde militar y paredes de color amarillo, el techo de un rojizo como el de las tejas de barro. Llevaban impreso las marcas de “Cisneros” y Ferrocarriles Nacionales de Colombia, en otros aparecía Ferrocarril de Caldas.

Entre los fierros que servían de acoples de los vagones se veían siempre a dos o tres hombres, con sus uniformes grises, que servían de guardias y cargadores. A veces nos pegábamos del tren en su parte trasera y viajábamos unos dos o tres kilómetros, antes de que los guardias nos sorprendieran. En una de esas pegadas, al tirarme a la carrilera, pisé los residuos candentes de carbón en brasa que la caldera de la locomotora iba tirando entre los rieles y se me quemaron los pies. Varios de los niños más grandes me llevaron cargado a la casa, entre el ardor y la inflamación de unas ampollas que crecían ante mis ojos llorosos y el pánico de quienes me auxiliaban.

Entonces, mi madre con toda premura, junto a las otras señoras vecinas, me aplicaron sobre las ampollas un sin número de remedios caseros, entre los que no faltaron los baños con ramas de Altamisa, café molido sobre las quemaduras y telarañas que arrancaban de los rincones de las casas con todo el convencimiento curativo y acto seguido, envolvían mis pies con estas frágiles telas arácnidas.

Mi madre una vez superada la emergencia, hizo pública la amenaza de la fuetera o castigo que me iba a dar por haberme expuesto a estos peligros. Entonces, pasaron varios días y yo no hacía otra cosa que mostrarle las quemaduras y entonces ella, con sus remedios y amor de madre, fue olvidando este asunto que su niño, el menor de sus siete hijos, había cometido.

Aún hoy,  no logro explicarme, a la luz de la medicina con sus tratamientos de antibióticos y penicilinas, la fortuna que tuve de no haber contraído cualquier tipo de infección, pero esos menjurjes caseros me aliviaron al cabo de unas cuantas unturas y curaciones con yodosilato y sobre todo  la fe, con la que mi madre me hacía las lavativas de los pies: aguasal hervida y luego rezaba el Rosario con nosotros, todos los días a eso de las seis de la tarde, también a la consagración de las familias a las misas cotidianas, por las que había que pagar una cuota o “Estipendio” de unos dos o tres pesos anuales, al cura párroco del barrio. Creo que esos rituales entre lo sacro, la ciencia y lo profano provocaban juntos una fuerza sanadora incontenible.

Coincidió luego, se decía por aquellos días, que a algún loco le dio por convencer a algún otro más loco, para que viniera directamente desde el mismo Hollywood hasta Manizales, una pequeña aldea perdida en los Andes suramericanos, para filmar una escena de una película llamada Los Aventureros, utilizando la Estación del Tren como uno de los escenarios escogidos. Efectivamente, la película comenzó su rodaje, creo en el año 1966, pero solo fue estrenada en el año 1969 y en sus imágenes promocionales figuraba como director el nombre de Lewis Gilbert.

Entonces, en el Barrio se regó el chisme, entre las señoras que me habían ayudado con sus remedios caseros y rogativas, que varios de los niños que frecuentábamos hacer la pilatuna de pegarnos al tren, habíamos quedado “en cinta”, pero especialmente el momento en que se me quemaron los pies. Y que seguramente, seríamos actores famosos cuando la película se pudiera ver en los teatros del mundo. Mi decepción fue grande; años después siendo ya todo un adolescente al ver la película en el Teatro Olimpia, en función de matiné. A propósito, este era un hermoso Teatro de Ópera de arquitectura clásica italiana, inaugurado en 1930 y demolido en 1978, sin que existiera en ese entonces un atisbo de conciencia patrimonial ni en las autoridades y mucho menos en el resto de la población.

Volviendo a la película, la expectativa era ver la escena en la que supuestamente aparecería yo, como todo un héroe saltando del tren. Pero se me fue desvaneciendo este espejismo cuando asomó en la pantalla la secuencia filmada en la Estación férrea de Manizales. Con gran atención, en la pantalla del Teatro Olimpia en función de matiné, apareció la imagen del tren, que yo conocía muy bien. Se ve subiendo una de las cuestas montañosas, si… esa imagen hermosa de las montañas forma parte de mis emociones profundas, pues es la memoria de caminitos, bosques y manantiales, y el ruido de pájaros, y las guaridas y huellas de los mamíferos andinos, y el mundo multicolor de mariposas y el aire pletórico de vida, plenitud y arraigo, de ese hermoso lugar de una infancia rodeada de imaginación y sueños, que ves y vives, como realidad que brota a cada instante, ante tus sentidos, poblada de seres con sus asombros y magias existenciales..

La escena principal filmada en la Estación de Manizales tiene esta secuencia:  El tren viene muy cargado de armas y equipamientos militares, con sus soldados vigilantes y apuntando con sus armas por las ventanas. Una segunda toma, es el momento en el que la locomotora pasa el túnel, y se muestra en primer plano la Estación del Ferrocarril de Manizales. El Tren pasa el túnel, en medio de las nubes de vapor de la locomotora. Inmediatamente se muestran las escenas del arduo combate. La Locomotora avanza en medio de explosiones de granadas y abaleos de ambos lados. Caballos con sus jinetes armados corren por la estación en medio de los fuegos en una confusión que deja muertos de uno y otro piquete de combatientes, con imágenes dantescas de caballos muertos en el piso y cuerpos heridos y moribundos de soldados de los dos bandos y unos victoriosos aventureros a caballo, estilo vaqueros de las películas del viejo oeste norteamericano. Todo era la auténtica escena de asalto, en la que se veía a dos piquetes militares enfrentados ferozmente, pero el piquete de militares que estaba en la Estación, era apoyado por un grupo de tres aventureros, que dirigían el ataque al tren produciendo el estruendo de las balas o abaleo con la resistencia del piquete de soldados, hasta hacer descarrilar o chocar el aparato en medio de las llamas. Se trataba de un hecho ocurrido en una República ficticia de Suramérica, llamada Corteguay. Todo ocurrió debido a que uno de los personajes, Dax Senos, tenía una venganza desde niño, al haber presenciado el asesinato de su madre y hermana, a manos de soldados del gobierno de Corteguay, y había regresado a vengarse.

El protagonista, era el actor Ernest Borninne, quien hacía de guapo de la película y finalmente se salía con las suyas sin despeinarse y se daba por terminado el asalto al tren de las fuerzas gubernamentales por parte de las fuerzas de resistencia. Este actor era muy famoso por esos días en el cine y en la reciente Televisión colombiana aún en blanco y negro, en una serie llamada Viaje al Fondo del Mar, que dominicalmente podíamos ver, cuando nos invitaba a su casa algún amiguito de la cuadra del barrio, pues tener la TV en los hogares era todo un privilegio. Nunca vi aparecer  en la película la imagen que me rondaba en las noches antes de dormir , mi gran salto desde el último vagón del tren a la carrilera y entonces, ser recibido como héroe por parte de todos los habitantes del barrio,  en medio de la pólvora y los fuegos artificiales que irrumpían en el amanecer de un cielo completamente despejado, como pude fantasearlo durante varios días en aquellos bellos años infantiles, pero sí me quedó la imagen de poder estar actuando de guapo alguna vez en mi vida.

La experiencia del tren duró poco tiempo. De un día para otro la carrilera quedó en silencio, los rieles y vía del ferrocarril se fueron oxidando y otros desaparecían en las noches, convirtiendo las líneas férreas en un lugar mueco, desolado y peligroso, que fue tomando el nombre de” la carrilera”, donde los habitantes empezaron a dejar basuras y excrementos humanos y de otros animales. Después mi madre nos contaba que el abandono del tren se debía a que habían levantado los rieles por culpa de las élites, cuyos políticos habían dado las órdenes. Y eso me parecía verdad, no porque a esa edad entendiera los meandros del poder y la política, sino porque con asombro noté que cuando mi madre me llevaba al mercado de la galería, podía ver los mismos rieles oxidados y las traviesas colgadas, exhibidos en las chatarrerías por unos hombres morenos y fornidos cuyos ojos de trasnocho mi memoria fotográfica de niño reconocía sin dudar al instante. El asunto era que, en varios trayectos de la vía férrea al quedar abandonados, eran asaltados por inescrupulosos que arrancaban los fierros oxidados y las finas traviesas de las maderas de las selvas chocoanas y eran vendidos en las galerías de las poblaciones por donde pasaba el tren.

Foto tomada de Internet.

Esta crónica hace parte de las “memorias de una ciudad que nos ha visto  crecer… vivir… soñar…”, del autor.

* Director de teatro, dramaturgo, actor.