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Los valores reales

Por: Germán Sarasty Moncada*

Fecha de publicación: 01/06/2026

Al leer a Franz Kafka siempre pensamos que como se dice, eso es solo la imaginación del escritor, cuando narra todo esos laberintos de diversas oficinas que aparentemente no sirven para nada más que para crear confusión y desespero de quienes tienen que someterse a esos interminables trámites oficinescos, pero será Luis Fayad quien nos los acerca y contemporiza en una historia también kafkiana o en este caso Fayadesca.

Luis Fayad (Bogotá, 16 de agosto de 1945) escritor y poeta colombiano de ascendencia libanesa, reconocido por destacar la literatura en realismo e imaginación. Estudió Sociología en la Universidad Nacional de Colombia, trabajando al mismo tiempo como guionista para radio y televisión, además de iniciar su carrera como periodista, que le ha llevado a vivir en varias ciudades europeas, como París, Barcelona, Estocolmo o Berlín, donde reside. De su obra publicada se tienen las novelas: Los parientes de Ester, 1978, Compañeros de viaje, 1991, La caída de los puntos cardinales, 2000, Testamento de un hombre de negocios, 2004 y Regresos, 2014.

Su obra se localiza casi siempre, en Bogotá de la cual hace memorables descripciones no solo de sus calles, avenidas y uno que otro laberinto para ir de esa manera descubriendo barrios, plazas, parques y sitios emblemáticos con ricas caracterizaciones. Igualmente se solaza presentando todo tipo de personajes típicos de todas las condiciones socioeconómicas con oficios desde menesterosos hasta gerentes generales, pasando por toda clase de burocracia, de ventas ambulantes o de increíbles actividades o proezas para sobrevivir en ese caos retratado.

La crítica a la administración pública, apática al atender al ciudadano es constante, al igual que a las políticas que posibilitan y favorecen las desigualdades y las discriminaciones con su indiferencia por las carencias de los más necesitados a quienes solo les resta una vejez miserable llena de limitaciones pues las oportunidades se han posibilitado no justamente para los más urgidos.

En su último libro Regresos nos presenta la situación que afrontó el antropólogo Ernesto Gonzaga con un posgrado en Canadá, quien después de veinte años decide regresar a ocupar un cargo que parecía a su medida y con el cual tendría su futuro despejado y así lo manifestó.

Las dificultades disminuyeron después de graduarse, pero no desaparecieron, con la maestría consiguió trabajos temporales de profesor por encargo, uno en la Facultad de Arqueología, y oficios al margen, como bibliotecario y corrector de pruebas de monografías sociológicas. Los contratos de los años siguientes no fueron malos pero su tiempo limitado no le permitía cotizar para la jubilación–. En los últimos años me          financiaron una investigación, la hice sobre los indígenas del Amazonas.

El trabajo en el ministerio le permitiría conseguir una casa para que vinieran a vivir con él, su mujer y sus hijos, además de poder comprar un carro para desplazarse con más facilidad. El trabajo realmente era poder desarrollar su tesis sobre los indígenas del Amazonas y eso le venía como anillo al dedo, pero una cosa piensa él y otra las circunstancias que rodean unos organismos aparentemente con una buena planeación en las actividades que les competen y otras las consecuencias de una priorización de los escasos recursos gubernamentales, de lo cual fue víctima inmediata, pues su cargo inicial y finalmente, tenía una duración de tres meses, al final de los cuales iniciaba un tortuoso proceso burocrático para la prórroga del dichoso contrato.

Lo hicieron sentarse frente a la mujer con el ruego de que tuviera paciencia. Los papeles no estaban a la mano y, como disculpa, ella dijo que de la otra oficina no los habían enviado a tiempo. Pero fue amable y lo felicitó por la categoría de su puesto y le deseó suerte con la prórroga. Le entregaron un sobre con tres formularios que debía devolver rellenos en tres oficinas diferentes. Él se sorprendió de que ese día no lo mandaran a hacer mas diligencias. La mujer le dijo que por lo pronto se encargara de ordenar los papeles, en su casa o durante el trabajo, sin apresurarse. Una semana iba a ser el tiempo más corto de las primeras vueltas.    

Un trámite que parecía simple llegó a complicarse hasta el punto de necesitar asesoría para su diligenciamiento y ni se diga para conseguir todos los anexos a incluir para cada ejemplar a dejar en diferentes oficinas plenas de personas encargadas de entorpecer aun más esas entregas y creando cada vez nuevos requisitos, horarios, colas para cada averiguación y así colmar la paciencia del más calmado.

Mientras tanto, y aun sin vencer el tiempo de su contrato inicial, los inconvenientes empezaron a aflorar pues las condiciones económicas hacían variar continuamente el desarrollo de los proyectos asignados como en su caso, en donde el trabajo a desarrollar en el Amazonas ya no tenía recursos, como si la planeación no se tuviera en cuenta o si, pero sin contar con los recursos necesarios.

Las relaciones con sus compañeros de trabajo, dada la hipocresía que caracteriza al ser humano o los celos por la permanencia en los cargos públicos por la inestabilidad política que los caracteriza y las envidias de todo tipo aunadas, a los celos profesionales, se volcaban sobre el primer aparecido que trataba de usurpar jerarquías y derechos establecidos, desconociendo de esa manera el conocimiento especializado, constituían otra presión insoportable.

Cada vez que estaba en la calle por alguna de las diligencias propias de su prorroga o por el recorrido entre su apartamento y la oficina, o por las visitas a algunos nuevos amigos, se maravillaba de ese abigarramiento que presentaban las calles llenas de personas unas andando desaforadamente, otras plantadas en una esquina a la espera de lo inesperado y otras con su paso cansado por los años o por la angustia que arrastraban. En esa esquina confluían oficinistas libres de la jornada y clientes que entraban y salían  de los almacenes, vendedores ambulantes en el cruce de los semáforos, loteros y labriegos y aldeanos desplazados, y unos malgeniados que caminaban a empujones aunque tuvieran el paso libre.

Su aporte en la oficina a los jóvenes recién vinculados, mientras se definía su contrato, variaba continuamente pues primero era prioritario un proyecto sobre explotación técnica de maderas que luego lo cambiaron por otro de pesca marina y luego desembocaron en una explotación carbonífera, todo fruto de la inepta dirigencia de todos los niveles, la caótica asignación, recorte y desviación de escasos recursos, la confrontación entre la burocracia y la tecnocracia en donde prima la política.

Para sobrevivir en esa caótica incertidumbre de un nuevo puesto o una posible prórroga del contrato inicial, tuvo la entereza de aceptar nuevos desafíos que no tenían nada que ver con su formación académica, y fue, por medio de los conocidos que le presentaba la vida, como pudo colmar su tiempo desempeñándose como tutor de niños de primaria, conductor de camioneta, acarreador de frutas y verduras y otros oficios muy dignos y a través de los cuales pudo apreciar al verdadero ser humano lejano de vanas pretensiones pero con anhelos por cumplir, así encontró y disfrutó la compañía de seres inmejorables que le permitieron retomar su regreso a pesar de la aprobación de su nuevo cargo pero sin el proyecto del Amazonas, lo cual lo habría convertido en un empleado sin ilusiones.

* Profesional en Filosofía y Letras Universidad de Caldas.