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Manizales y Tango

Por: Pedro Felipe Hoyos K. *

Fecha de publicación: 29/01/2025

Cuando el Tango besó a Manizales ella cerró los ojos y miles de emociones, como mullidas nubes de verano sobre un cielo azul, se movían lentamente hacia el confín de su corazón cubriéndolo todo.

Fuertemente tomó sus manos tratando de entender que era lo que le fascinaba de este afable amante que de repente entró en su vida. Pensaba que le parecía el tango exótico, venido de tan lejos, pero de alguna forma conocido.

Era tan diferente a los tradicionales bambucos. Su baile, un raro retazo de las danzas de las cortes reales europeas, era emocionante y exigente y proponía una intimidad entre la pareja que rayaba en lo permisivo.

Pero lo que más le gustaba de su nuevo compañero eran las letras que susurraba a sus oídos. Dulces, fatales, reales y saturadas de pasión viril que creaban un sinnúmero de asociaciones en la mente de la joven, nunca antes pensadas y menos vividas. Estas letras las repetía ella con ímpetu religioso durante toda la semana, hasta el día de un nuevo encuentro, donde otras frases ampliaban la gama de emociones que con el tiempo se condensaban en conceptos, convirtiéndose en el acervo afectivo de esta inseparable pareja.

Él, con mirada de héroe griego en misión de resolver tareas enormes y como quien recorre el mundo como si estuviera atravesando un patio, abrasa con pasión a la amada porque sabía que no habrá mañana. Su propósito era conquistar el mundo, y de esa meta no lo apartarían unos ojos oscuros ubicados debajo de unas cejas perfectamente arqueadas, y tampoco la sonrisa franca de un corazón joven. Acostumbrado a ese tipo de turbulencias, él sabía como mantener la calma y no perder el enfoque.

Ella, intuitiva, sabia de la fuerza de su amante y no tuvo otra alternativa que aceptar el signo que descubrió casualmente en la profunda mirada de su amante. No tuvo influencia en la decisión de partir que siguiendo la tradición fundacional que a cada nuevo habitante le asignaba un solar en el pueblo para que este se afincara; Manizales para que el tango se quedara para siempre, le asignó no solo un solar, sino toda un calle para que este tuviera espacio donde habitar.

En las tardes ella se sentaba en en el corredor trasero de su casa perdida en un barrio hecho en guadua y barro, entre ropa colgada a secar y materos de begonias, a contemplar las montañas azules y verdes que le servían de corte al majestuoso Cumanday que, soberbio, se despojaba de las nubes que lo cubrían y así poder mostrar su blanca hermosura de joven príncipe.

Soñaba con los ojos abiertos y recordaba momentos felices; no oía el bullicio de la ciudad. No percibía el pito del ferrocarril cuando entraba al túnel cerca a la estación, ni a los voceadores que ofrecían leche fresca y pan recién horneado y no oía los ruidos de los carpinteros con sus martillos y serruchos que reconstruían la ciudad incinerada.

Dejó el apasionado tango una fórmula para solventar a los corazones en pena: La cadencia de su música, engastada en regulares compases, le permite al danzarín disolver en cada paso pesares que a su vez esparce con sus movimientos deshaciéndose de ellos, especialmente con los pies que atacan a los sufrimientos mas urgentes, que, al parecer, los son todos. Acelera la canción el ritmo, intuyendo que hay un nudo, y concentra corcheas que se esfuerzan en expulsar tristezas, dejando el alma más liviana. Es don de la música conciliar antagonismos, y al que busca perfectamente le ayuda a descifrar la complejidad de la vida.

Cuando lloraba no pensaba en nubes que solía dividir en grupos, como en un caleidoscopio que las corrientes de aire se encargaban de mover creando fugaces figuras de considerable tamaño, sino, en su mente recorría las calles empinadas de la ciudad, que ostentaban la humedad de una reciente lluvia, que, en algún momento recorrieron juntos. Veía los edificios nuevos que reemplazaron a los que el fuego consumió y que llevaban bellos ornamentos en sus fachadas como tatuajes y grandes rejas en fino hierro que se asemejaban a olas del mar que chocaban contra los mismos muros que las sostenían.

Sus labios finos, que custodiaban unos dientes perfectos, modulaban frases en voz muy baja:

“Las ciudades son solo calles porque las casas son producto de nuestra imaginación. Las calles son delgados espacios que nos permiten huir de la soledad dejando atrás ataduras que la arquitectura denomina puertas, ventanas, techos o cuartos. Mi casa y la calle que veo son dos mundos que conviven de alguna forma. Creo que son grandes animales de leyenda, como dragones, pero que se alimentan de cosas diferentes.”

Creía ella que tocar una puerta con un aldabón, en una de esas grandes casonas, era el ritual preciso para pasar de un mundo a otro, en el cual, para el asombro del solicitante, el tango sonaba en ambos.

Él ya no estaba con ella, pero no la había abandonado.

* Historiador. Escritor. Editor.