Por: Quehacer Cultural
Fecha de publicación: 10/03/2025
Desde hace tres años, los barrios San José, El Solferino y Bajo Andes en Manizales, han sido el punto de encuentro para reconstruir su memoria junto a sus habitantes. A través de fotografías, sonidos y creaciones plásticas, este proceso ha llevado a tejer relatos sobre la vida cotidiana, las transformaciones del barrio y las formas en que se han contado sus historias. El 5 de marzo de 2025, el auditorio del Centro Cultural Banco de la República acogió un panel especial que reunió a algunos fundadores y fundadoras de estos sectores de la ciudad para presentar los avances del proyecto “Memorias de Barrio”.
La iniciativa busca documentar y dar visibilidad a las historias, tradiciones y luchas de estas comunidades. Según lo explicó Gilsan Quintero, líder comunal, el proyecto surgió el año pasado como resultado de una juntanza entre varias organizaciones: Fundación Cultura Viva del Bajo Andes, Huellas de Vida del barrio Solferino, y Fundación Comunativa Ciudad Impresa y Colectivo Corporación Nodo del barrio San José.
Con el apoyo del Banco de la República, comenzaron a consolidar investigaciones de más de 15 años relacionadas con artes, oficios, comunicación, periodismo barrial, fotografía, bio-construcción, salud comunitaria, cuidado y alimentación. “Nos dimos cuenta de que no se habían registrado las memorias de los últimos 15 o 20 años en muchos barrios de Manizales, y que estas historias eran desconocidas”, comentó Quintero.
El año pasado se llevaron a cabo encuentros para recopilar estas vivencias, se sistematizaron procesos y se organizaron talleres participativos con adultos, niños y niñas en diversas comunas. Las actividades incluyeron collages, poesía y rescate de tradiciones culturales. Para este año, el proyecto tiene como objetivo compartir los resultados mediante exposiciones pedagógicas, charlas y conversatorios. “Comenzamos con la memoria de los fundadores y fundadoras en el Banco de la República. Queremos acercarnos a esas personas que pusieron los primeros ladrillos y explorar cómo han visto crecer sus comunidades, qué se ha perdido con el tiempo, qué ha faltado y cuáles han sido sus alegrías. Es un homenaje dedicado a ellos”, afirma Quintero. El proyecto también contempla espacios para la juventud en el CCU Rogelio Salmona y para niños en la Plaza de Mercado.
El cierre del ciclo incluirá la publicación de un documento que registre estas experiencias y dé cuenta de las trayectorias de las organizaciones sociales. Esto permitirá que más ciudadanos conozcan los procesos y a las personas detrás de las iniciativas comunitarias. Quintero destaca el impacto que esta intervención ha tenido dentro de las comunidades: “Las organizaciones que trabajamos juntas estamos logrando apartar a niños y niñas de la droga y otros riesgos presentes en sus entornos. En esencia, este proyecto es una oportunidad para transformar vidas y ejemplo del poder transformador de la memoria colectiva y del trabajo comunitario para preservar las historias que han forjado identidad en estos territorios”.

Testimonios que cuentan una historia compartida
Algunos participantes del panel compartieron sus relatos sobre los inicios en sus barrios:
Mi nombre es Jairo Zapata, vengo del Solferino, fui una persona invasora del barrio, llegué del barrio Galán y cuando llegamos no había agua, ni luz, ni alcantarillado, nada de servicios, tampoco servicio público de transporte. Automáticamente todos nosotros nos unimos, hicimos convite para entrar el primer carro. Un joven que tenía una máquina en el barrio, porque trabajaba con la Caja de Vivienda Popular, nos hizo el favor por $70.000 de trazar una carretera desde la quebrada a la parte alta del barrio. De ahí en adelante es un recordatorio muy largo y muy, muy lindo. En ese entonces entró una enfermedad muy brava que se llamaba gastroenteritis, y me tocó volverme para el barrio Galán con mis hijos. En el 85 volví al Solferino porque la Caja de la Vivienda Popular nos adjudicó una casita, comenzamos a trabajarla pues nos la entregaron con 30 centímetros de pantano en el piso, pero gracias a mi Dios estamos allá, de lo contrario quien sabe dónde estaríamos. Como no teníamos agua, la pobre señora recogía la ropa de ocho a ocho, de sábado a sábado, para lavarla en a la parte alta donde estaba el agua limpia. Nosotros llegábamos a las 5:00 a.m. y cerrábamos el lote con sábanas, la señora lavaba y nosotros estábamos afuera con machete en la mano para que nadie entrara. Legalmente en esa época nadie respetaba a nadie. Poco a poco cogimos el camino merecido, terminamos las casitas y ahora estamos viviendo muy bueno, gracias a Dios.
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Lilia, también fundadora de Solferino: “Mi historia es muy larga y especial. Invadí un lote junto con otras familias; poníamos plásticos para protegernos mientras dormíamos. Yo trabajaba durante el día y por la noche volvía a continuar con esta rutina de supervivencia. Lavábamos nuestra ropa y nos bañábamos en la quebrada. Ahora el barrio ha cambiado mucho; es lo mejor que tenemos hoy. Es una historia muy linda.
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Buenas tardes, mi nombre es Marta Lucía Loaiza de la comuna San José, de una comuna que ha sido muy golpeada, pero soy una mujer que ha querido mucho la comuna, tanto así que desde el 2004 empezamos Fundación Comunativa Huertas Urbanas. Cuando iniciaron el macroproyecto San José las casas quedaron muy débiles y a los niños no les dejaron donde recrearse, empezando porque tumbaron todas las escuelas. Mi esposo estaba conmigo en ese tiempo, y cuando empezó el macro desastre, porque esto fue un macro desastre, a él le dio un infarto y se me murió. Teníamos un estanquillo en grande, nos quebramos, porque ya de vender diario 600, 700 mil, un millón de pesos diarios quedamos vendiendo $30.000. Yo quedé sola y muy desprotegida en una casa muy grande. Mi hijo Juan David Delgado, él es músico, estaba en ese tiempo en Bogotá, se vino a hacer el duelo. Me dijo, madre, ahora que quedó usted tan sola y tan desprotegida, por qué no me deja poner una fundación aquí. Yo le dije ni riesgos, cómo voy a llenar esto de muchachitos, no, no, no, a mí eso no me gusta. Al fin se vino con María Andrea, y con Gilsan Quintero empezaron con la Fundación Comunativa. Así mi casa se volvió el hogar de todos los niños y de todo el barrio. Ha llegado gente de Pakistán, de Corea del Sur, Marruecos, Indonesia, EE.UU., etc. Yo digo, Comunativa es un lugar de apoyo de ciudad, de Colombia y del mundo entero.
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Muy buenas tardes, mi nombre es Jorge Ómar Rodríguez Ospina, de la comuna San José de la ciudad de Manizales, de donde orgullosamente vengo a contar quiénes somos, cómo somos y qué hacemos. La importancia no es quién soy yo, lo importante es quienes están allá y quienes llevan 16 años dentro de un fallido macroproyecto, en un abandono social del Estado. No quiere decir que por esto la comuna San José de la ciudad de Manizales sea precaria en calidad humana, que la comuna San José de la ciudad de Manizales sea un antro de ladrones y prostitutas, o que vivan mejor los perros y los gatos que sus habitantes, como lo dijeron algunos bandidos en la comisión quinta del Senado cuando fueron a vender el macroproyecto. No es así, la comuna San José tiene calidad humana, tiene perrenque, tiene empuje y está viva. Alguien decía alguna vez en el Concejo de Manizales, irresponsablemente, un réquiem por la comuna San José porque no hay nada que hacer. Yo veo acá unos compañeros, unos adalides, unos guerreros que se unieron al sentir de Jorge Omar Rodríguez para que hoy esa comuna San José, que quiso ser desaparecida del mapa que quiso ser enterrada viva, siga luchando y siga palpitando con pálpitos de vida, 16 años después de haber sido atropellados y 16 años después de haber sido desconocidos como ciudadanos del territorio nacional. Se nos violaron nuestros derechos constitucionales y más más grave aún, nuestros derechos humanos. Somos trabajadores, luchadores y somos guerreros incansables de sol a luna, porque nos levantamos en la mañana cuando el sol apenas asoma y si tenemos que trabajar cuando la luna ya quiere dormir, así lo hacemos y así lo haremos.

