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Portal de la esquizofrenia

Por: Germán Sarasty Moncada*

Fecha de publicación: 04/02/2025

Byung-Chul Han quien nació en 1959 en  Seúl, es un filósofo y ensayista surcoreano experto en estudios culturales, profesor de filosofía y estudios culturales desde 2012 en la Universidad de las Artes de Berlín. Escribe en alemán y es considerado como uno de los filósofos más destacados del pensamiento contemporáneo por su crítica al capitalismo, la sociedad del trabajo, la tecnología y la hipertransparencia. Inicialmente, estudió metalurgia en la Universidad de Corea, luego filosofía en la Universidad de Friburgo y literatura alemana y teología en la Universidad de Múnich. En 1994 se doctoró en Friburgo con una disertación sobre Martin Heidegger. En 2000, se incorporó al Departamento de Filosofía de la Universidad de Basilea, donde completó su formación.

Los títulos de sus libros hablan por sí mismos de sus inquietudes y preocupaciones, veamos algunos: La sociedad de la transparencia, La salvación de lo bello, La expulsión de lo distinto, El arte de la falsificación y la deconstrucción en China, Psicopolítica, Buen entretenimiento, Hiperculturalidad, Ausencia, La agonía del Eros, Topología de la violencia, La sociedad del cansancio, En el enjambre, Infocracia. En la presentación de su obra La sociedad del cansancio, se afirma:

            Han (Byung-Chul) caracteriza a la sociedad actual como un paisaje patológico de trastornos neuronales, tales como depresión, trastorno por déficit de atención con     hiperactividad, trastorno límite de la personalidad y agotamiento (burnout). Afirma que no se trata de «infecciones» sino de «infartos», que no son causados por un fenómeno negativo de inmunología en las personas sino por un «exceso de positividad».​

Actualmente estamos ante una sociedad organizada de una manera más adecuada para los resultados, ya no priman los  esquemas de vigilancia y castigo o recompensa, ahora la obediencia no cuenta, pues se tiene personas empoderadas en su trabajo que logran resultados no compitiendo entre ellas, sino consigo mismas, además seguras de que ese es el mejor esquema, pero lo que no han contemplado es ¿a qué costo?

Obviamente hay que creer en sus propias capacidades, pero sin abusar de ellas, sin extralimitarse, pero eso es lo que no tiene freno, y así, va minando no la parte física del ser humano, sino más preocupante, la parte mental, además muy sutilmente. Se ha pasado del obedecer por temor, al empoderamiento, con el convencimiento de poder hacerlo todo, lo que ha conllevado a individuos agotados, fracasados y depresivos. ¡Atroz!.

El crecimiento desmesurado de los sistemas de información, comunicación y producción, exigen una persona atenta en forma permanente para: analizar resultados, mejorarlos, ponerlos a punto y utilizarlos al  máximo; es un trabajo agobiante, al cual está sometido el ser humano y cree estarlo haciendo bien, pero son los mismos sistemas los que califican su eficiencia para utilizarlos. ¡Complejo!

En toda actividad existen enemigos, pero cada vez más difíciles de detectar para contrarrestarlos, veamos lo que ocurre:

            Según la genealogía baudrillardesca de la enemistad, el enemigo aparece en la primera   fase como un lobo. Es «un enemigo externo, que ataca y contra el cual uno se defiende construyendo fortificaciones y murallas». En la siguiente fase, el enemigo adopta la forma de una rata. Es un enemigo que opera en la clandestinidad y se combate por medios higiénicos. Después de una fase ulterior, la del escarabajo, el enemigo adopta por último una forma viral: «El cuarto estadio lo conforman los virus; se mueven, por    decirlo así, en la cuarta dimensión. Es mucho más difícil defenderse de los virus, ya que se hallan en el corazón del sistema.

Esa violencia llamada viral a la que se somete el ser humano es la causante de los afecciones mentales como trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH) y el síndrome de desmielización ósmica (SDO), a los cuales se exponen las personas con estos modelos de trabajo en donde ya no se padecen los esquemas disciplinarios, sino que estamos en la sociedad del rendimiento en donde cada persona se convierte en un emprendedor de sí mismo. El sí se puede, constituye la motivación.

Hemos pasado de una sociedad del rendimiento, en donde el trabajo se realizaba bajo supervisión directa, de manera represiva y con incentivos por logros, a una mayor productividad, ahora con un enfoque diferente y, en un ambiente de aparente libertad en donde la mayor satisfacción está en la realización. Pero no habrá un placer pleno, pues nunca se alcanza un objetivo definitivo, por eso habrá que rendir cada vez más. Se compite contra sí mismo y al tratar de superarse habrá más exigencia, hasta el colapso en donde coinciden autorrealización y autodestrucción, una competencia absoluta, que conduce al burnout o síndrome de desgaste laboral.

Aquí no existe campo a la negatividad, implica un exceso de positividad, no es el querer hacerlo todo, es el querer y creer que todo lo podemos realizar, es la incapacidad de decir que no  a los retos que implican un esfuerzo descomunal. La incapacidad de negarse a hacerlo todo, sin siquiera considerar que supera nuestras capacidades.

La positividad del poder ha trascendido a la negatividad del deber, así se establece el convencimiento de la competencia consigo mismo, cada vez tratando de lograr algo mas, superando los desempeños anteriores y esto es perverso, pues desencadena problemas mentales y constantes frustraciones.

            El exceso de trabajo y rendimiento se agudiza y se convierte en autoexplotación. Esta es mucho más eficaz que la explotación por otros, pues va acompañada de un sentimiento de libertad. El explotador es al mismo tiempo el explotado. Víctima y verdugo ya no pueden diferenciarse.

Ante tanta cantidad de información, comunicación y cargas de trabajo, que crecen de manera abrumadora, se requieren nuevas técnicas para administrar el tiempo y la atención de esos sistemas, y aparece como una panacea el multitasking, que no constituye en sí ningún progreso, pues es una habilidad para lo cual no está capacitado el ser humano, es una técnica para la supervivencia en la selva.

            Un animal ocupado en alimentarse ha de dedicarse, a la vez, a otras tareas. Por ejemplo, ha de mantener a sus enemigos lejos del botín. Debe tener cuidado constantemente de no ser devorado a su vez, mientras se alimenta. Al mismo tiempo, tiene que vigilar su descendencia y no perder de vista a sus parejas sexuales. El animal salvaje está obligado a distribuir su atención en diversas actividades. De este modo, no se halla capacitado para una inmersión contemplativa: ni durante la ingestión de alimentos ni durante la cópula.

Esta mecanización al límite del ser humano, esa atención dispersa a la que es sometido con el multitasking, impide una atención profunda, pues esta se reemplaza progresivamente, y esa dispersión causada por el acelerado y continuo cambio de foco entre diferentes tareas, fuentes de información y procesos, a la larga no es conveniente para la salud mental, se convierte el ser humano en otra máquina de la cadena de producción, sin capacidad de pensar razonada, concentrada y tranquilamente. Una persona piensa en lograr cada vez más objetivos por inalcanzables que parezcan, nunca está satisfecha, pues no hay para ella objetivo definitivo, le es inalcanzable esa realización.

            El imperativo de rendimiento lo fuerza a rendir cada vez más. Por eso, nunca se alcanza un punto de gratificante reposo. El sujeto narcisista vive con una permanente sensación de carencia y culpa. En definitiva compite contra sí mismo, y por eso trata de superarse a sí mismo hasta que se derrumba. Sufre un colapso psíquico que se designa como burnout o “síndrome de desgaste laboral”.

El trabajo es muy necesario y razones sobran para justificarlo, pero la diversión, el ocio contemplativo, las bellas artes, la lectura, el ejercicio y demás actividades lúdicas son los complementos necesarios para darle verdadero sentido a la vida, aunque allí también hay tropiezos.

            Las obras de arte son originalmente manifestaciones de una vida intensa, sobreexcedente y rebosante. Hoy se ha perdido la intensidad de la vida, que ha sido desbancada por el consumo y la comunicación. Incluso el eros ha cedido a la pornografía. Hoy todo se nivela y se pule en su reducción a un nivel absolutamente nulo. Justamente esa pulidez permite que se acelere la circulación de la información, de la comunicación y del capital, incrementado la productividad y la eficacia.

Vivimos inmersos en un medio que cada vez agredimos más, de allí las anunciadas intervenciones de racionamiento, primero de agua, luego de energía, de movilidad y quien sabe que otras más vendrán. El ruido ha desplazado al silencio, la ordinariez a la elegancia, el consumo superfluo, al necesario, lo artificial a lo real, la masificación a la originalidad, el desorden y la basura a la organización y el decoro, además hemos perdido nuestra capacidad de asombro, como si nos diera pena volver a sentirnos niños. Todo esto nos agrede y no solo debemos procurar por no incrementarlo, sino más bien ayudar a conservar lo positivo, todo por nuestro equilibrio mental y la conservación del medio ambiente, nuestra casa.

Esa permanente dedicación al trabajo, impuesta gracias a la tecnología, amplía el ámbito del trabajo, a un campo de trabajo virtual. Deberíamos darnos cuenta de que hoy, al haber absolutizado el trabajo, el rendimiento y la producción, hemos perdido la festividad y el tiempo sublime. Sin darnos cuenta, toda gira a su alrededor, a tal punto se ha llegado que se han establecido en el trabajo pausas laborales para poder reanudarlo con más energía.

Y así la vida va perdiendo sentido e intensidad y la hemos colmado con el consumo y la comunicación, lo cual también nos ha hecho perder la capacidad de asombro, pues casi todo se puede lograr con las nuevas tecnologías, sin que nos parezca admirable. Hemos revertido la frase de Sartre “el infierno son los otros”, más bien, nos hemos convertido en un infierno para nosotros mismos. Hemos perdido el rumbo, en aras del trabajo.

Profesional en Filosofía y Letras Universidad de Caldas.