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¿Qué es pensar la nada?[1] La poética de César Samboní.

Por: Mario Armando Valencia *

Fecha de publicación: 05/05/2026

Pero ¿qué es “Pensar la nada”?, quizás sea mejor hacer una aproximación en negativo, intentar una definición negativa de pensar la nada: en esta perspectiva, pensar la nada no es lo mismo que pensar sobre la nada, lo cual, de ser así, nos conduciría a una aproximación especulativa de tipo metafísico, lo que, indudablemente, nos aleja del contenido y el propósito del libro de poemas de Cesar Samboní: “Pensar la nada”. Tampoco es pensar en nada, pues pensar en ella, como lo enseñó el cartesianismo, hace siglos, seria pensar en algo, totalmente contrario a la realidad de la nada.

A la nada como sustantivo, el poema de Samboní (Bolívar, Cauca, 1972), se acerca, y, por tanto, bordea “mucho” y “todo”. “Mucho” y “todo”, como sustancias y referentes de una realidad nadificada. Pensar en la nada en clave semántica sustantivada, en este libro, significa, entonces, claramente, dos cosas: 1) que el poeta confiesa que realiza un ejercicio de pensamiento y 2) que el objeto (o los objetos) poéticos de ese pensamiento son entes, o entidades degradadas a la categoría de nada, aunque son claramente algo, son:  vida, ciudad, modernidad, esencia de la poesía, oficio de escribir, cuerpo, capitalismo, desnudez, sordidez, presencias reunidas en  síntesis poética y nombradas como “nada”, la “nada” de Samboní.

Con respecto a lo primero, la intención resulta escandalosa: el poeta confiesa que (por lo menos en este libro), se dedica a “pensar”, pecado mortal en el contexto de la poética postmoderna. Y lo segundo, algo grotesco y, en algunos pasajes, escatológico, que ese amplio espectro de la vida actual que he enumerado al final del párrafo anterior, es valorado negativamente, cargado semánticamente de gravedad, pintado en tono mate, desprovisto de todo brillo, en un degradeé intensificado que oscila de la presencia a la ausencia de sentido, en caída libre hacia donde solo hay eso: “nada”. Todo lo cual, plasmado en los treinta y cuatro poemas que configuran el libro, constituye un extenso y perturbador oxímoron.

Heráclito pensó en la nada como la otra cara del ser (con la preposición en antecediendo, no con el artículo la como en el caso que aquí nos ocupa, lo que desplaza el sentido morfosintáctico del en como continente,  contenido y lugar mediato en el que acontece ese pensar,  hacia el articulo la que sitúa el pensar en frente de  el objeto de ese pensamiento: la nada), en la nada también pensó Hegel y con él los poetas románticos alemanes, así mismo lo hicieron Heidegger y Sartre, ambos con el telón de fondo de una existencia asolada por la guerra y la autodestrucción humana. Los poetas desde Parménides hasta Paul Celan, pasando por Hölderlin, Mallarmé, Eliot, Pessoa, Borges, Huidobro y León de Greiff. De modo que, el tema, ni en filosofía ni en poesía, es nuevo, lo nuevo es la actitud. Lo novedoso es que en una época que desprecia el pensamiento y la profundidad, mucho más en el seno de la poesía, reaparezca el carácter y el talante de un poeta que reivindica el “pensar” (la nada) y con ello, despliega una acción critica, a contrapelo del espíritu de la época.

Los contenidos de la “nada” frente a la que se sitúa el pensar poético de Samboní, labran un dialogo intertextual, mediante la codificación semiótica de un sistema de imágenes diseminadas e interconectadas a lo largo de los poemas, a través de constantes estéticas articuladas que componen los “motivos” del libro. Esos sistemas lexicalmente atravesados por un lenguaje directo y “bajo”, de fácil digestión semántica para el lector, cercanos a su cotidianidad, sacrifican una parte de su carga connotativa, en beneficio de su denotación. Esto simplifica el acceso al poema, un valor positivo, en una época que privilegia la sofisticación superficial, repudia lo profundo y denso, y desprecia el significado trascendental.

La vida en este libro, es montaña, agua, respiración, aire, color elemental del cielo, viento, aliento, alimento, fascinación primitiva, candela en la hornilla, vino exótico, viento fugaz, lluvia, hoja sin agua. Un sencillo, pero sólido imaginario de naturaleza primigenia, señalando la vida que persiste en el agotamiento, una vida nadificada, no por falta de contenido, ni vacío interno, sino por la voracidad del desastre en medio del cual, increíblemente, se sostiene, como los asombrosos jardines que irrumpen florecidos por entre las ventanas y rejillas de los derruidos edificios de la Habana.

Ese desastre que circunda la vida, en la poesía de Samboní, es la ciudad; la ciudad como nada es paisaje (pero interno), espacio (pero anulado), ruido, brillo, putas, pavimento, anuncio publicitario, esquina (pero poblada), casa (que aúlla), acido (de motor), iglesia, museo grande, velocidad, autopista, aglomeración, avenida, espejo, piso (pero de tierra), forma (perdida), golpe (invisible), camino y caída, castillo, resplandor, vacío (sin forma), deambular. En una construcción meticulosa de acotaciones y teatralizaciones de esas nadas sustantivadas que cincelan los bordes de siluetas desoladoras, que evocan, inevitablemente, a Baudelaire, pensando por Benjamin, entre las muchedumbres penumbrosas y estridentes del París del segundo imperio.

En el corazón de esa “nada” hecha de capas, aparece la nada como cuerpo desnudo, deshilachado por la alta modernidad y el capitalismo: piel (deshidratada e hiriente), hueso, hígado, espalda, diente, vejez, orgasmo, enemigo, asesino, cuchillo (de terribles dientes), muerto (a cuestas), cuerpos (usados), carne (viva), labio, ojo (sin tiempo), parpado, músculos (tensos), diente (lavado), Ruvastatina, antiácido, ansiolítico, más cuerpo, más piel. Carne desperdigada entre oficinas de bancos, billetes de lotería, bilis de cajeros automáticos.

Sustantivos sometidos a la mordaz torsión semántica del adjetivo que compone sistemas de sentidos y constantes estéticas que hablan de la nada como indigencia del hombre lanzado a la deriva de la ciudad, una ciudad pequeña, periférica: daño colateral, huella desastrosa y marca sombría de la decadencia global. No es el Sena, es el rio Molino, pero es la misma civilización. El pensar del poeta de Bolívar, Cauca, deja al descubierto la desnudez del hombre (mujer) cyborg del espacio urbano de hoy, el nuevo Frankenstein cibernético que camina como Zombie por nuestros andenes, guarneciendo su piel calcificada por el frio, bajo los aleros coloniales, lo que sintoniza en la misma frecuencia de las criticas de Berman a la modernización: “Para Marx, que escribía después de las revoluciones  y reacciones burguesas y que esperaba una nueva oleada, los símbolos de la desnudez y la caída del velo recuperan la profundidad dialéctica que Shakespeare le diera dos siglo antes. Las revoluciones burguesas, al desgarrar los velos de las “ilusiones religiosas y políticas”, han dejado al desnudo el poder y la explotación, la crueldad y la miseria”. (Berman, M: 1982: 106).

Entonces, la nada de Samboní genera su propio lenguaje, la meta-poesía (infaltable en todo poeta profundo), irrumpe en la lírica de Samboní como anti-lírica. La meta-poética (equivalente de la meta-ficción en la narrativa), se desprende de forma natural y lógica, se ramifica desde ese árbol estructural del estado de indigencia y desastre que caracteriza “Pensar la nada”; aparece el nombre (sin nombre), el nombre (de todos), la ceguera a merced de las palabras, la sarna que corroe las palabras, nombrar sin término, el poema de la palabra absurda.

Este “mentar” agresivo (en la semántica de Heidegger), ese golpe de palabra estruendoso, sirve para desarrollar una apuesta literaria escalofriante: lograr factura estética a través del uso procaz del lenguaje. La actualización de la crítica, al “pensar” esa “nada”, de Samboní, encuentra en la irreverencia del fraseo sórdido del “mal hablado”, un sello transgresor, que le imprime potencia a las imágenes y a las escenas. Esto es una puesta en cuestión, directa, de la tradición de la lírica moderna colombiana, a su culto al poema “redondo”, enseñado y cultivado en todos los talleres de poesía, premiado en todos los concursos: el verso limpio, ascético, elegante, queda pulverizado en el poema de Samboní, a través de la deconstrucción de la imagen perfecta, sofisticada, relamidamente bella, herencia (como tantas otras) del débil romanticismo estético que influyó y atravesó el corazón de toda la lírica moderna colombiana, desde Silva hasta el comienzo del Nadaísmo, donde fue neutralizado transitoriamente, pero que pervive en la poesía colombiana contemporánea de hoy, campante y dominante en el reciclaje que han hecho figuras prominentes y dominantes de la poesía colombiana, de ese realismo mágico, (impacto colateral negativo (en la poesía), del domino de  Gabriel García Márquez en  la prosa, reflejado en una lirica de corte sensualista, sobre erotizada, saturada de imágenes imposibles, dulce al ojo y al paladar de la imaginación desbordada, pero sin contenido trascendental, ni concepto, desprovista del “pensar” en lo fundamental. En “Pensar la nada” sucede algo diferente: como resultado de un salto mortal ético y estético, en Samboní, llegamos a un punto en el que “ya no fueron mas sonidos dulces”: elimflobrs, elimflobrs, trombs, trombs, akrafs , akrafs, títulos inútiles, porque un día la escritura se corrió, “un poco a la izquierda /hacia la palabra pesimismo”.

En ese peregrinar por la estética de lo sórdido, en la escucha atenta del poema de  “Pensar  la nada” de la existencia,  de Samboní, ya no asistimos a la misma desnudez del caminante por el Bulevar Haussmann, ni por el puente de Brooklyn en Nueva York, esta poética del desastre, no se resuelve como elogio de los paraísos artificiales del hachís o la morfina, del peyote o la psilocibina; no romantiza los surreales, y casi paranormales, paisajes de los desiertos del suroeste de USA, tan mitificados por la generación Beat.

El ruido del nombre, el estruendo de la palabra en el “mentar” (en el sentido de Heidegger) de este poeta colombiano, tiene su propio sonido y ritmo, su propia paleta: la abismal presencia de la oscuridad de una ciudad perdida en un túnel de tiempo, el olor de la sangre espesa, el filo de la noche con cuchillo y machete, la masturbación en medio de la amargura y la orfandad, el estruendo del vómito, el desahucio y el abrazo hipócrita, todo ello entre bárbaros perfumes, ollas sin fondo, enanos asquerosos, inválidos alucinantes, ojos desquiciados, asesinos, sarna de la tarde, loza por lavar, perros hambrientos, café sobrecargado, visiones forzadas, dragones, arroz escaso y melancolía. Aquí encontramos plasmada la concreción artística de un impulso vital irrefrenable: la realización poética de un mundo cocido desde ese fondo, sin fondo, desde donde se expresa la vida, sin ambages, con fidelidad, hasta la muerte.

Popayán, mayo 3 de 2026.

[1] Samboní César, “Pensar la nada”, libro de poesía, inédito.

* Escritor.