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Reivindicación del padre

Por: Germán Sarasty Moncada*

Fecha de publicación: 02/08/2024

En el 2015, para la versión XII del Concurso Nacional de Novela y Cuento, organizado por la Cámara de Comercio de Medellín, el primer puesto correspondió a un joven escritor, Gilmer Mesa (Medellín, 1978), nacido en Aranjuez, barrio de la comuna 4, en donde ha vivido siempre. Su barrio ha sufrido varias transformaciones, desde un sitio de desplazados de la violencia rural, luego un sitio marginal, después, en los noventa, una cantera de delincuentes en los aciagos años de la violencia que propició y protagonizó el llamado cartel de Medellín, hasta nuestros días, como un sitio muy pintoresco, ya incluido en el desarrollo socio económico requerido para su tranquilidad y prosperidad.

Este Licenciado en Filosofía y Letras, y magíster en Literatura de la Universidad Pontificia Bolivariana de Medellín, de la cual ahora es profesor, al igual que, en otras dos universidades, ha ganado reconocimiento por sus obras literarias, entre las que se destacan La cuadra (2016), Las Travesías (2021) y Aranjuez (2023). Su temática ha sido la violencia en los barrios populares de Medellín, y su manera de abordarla se ha basado en sus propias experiencias, pues los personajes que aparecen en sus libros han sido sus conocidos, vecinos, amigos y contradictores, no es biografía, pero si vivencias muy personales.

Como el mismo lo ha manifestado en varias entrevistas, trata de mostrar en su obra la dualidad contrapuesta entre el país político, propio de la burocracia y sus intereses,  y el país nacional, en donde resuena un grito mudo y desatendido de un pueblo lleno de necesidades. Trata de  mostrar las otras capas sociales, sin estereotipos, su vulnerabilidad, sus carencias y angustias, sin distorsionar la realidad. Tal vez tratando de ajustar esa visión descrita por el periodista Masha Gessen, cuando afirmaba: nos acostumbramos a una brecha creciente entre la realidad como la experimentamos  y la manera como ésta, nos es reflejada por políticos y periodistas.

También podemos apreciar en su obra lo expuesto por Reinaldo Spitaletta en El Espectador del 23 de julio de este año, en su columna que denominó, La cultura traqueta:

La denominada “cultura traqueta”, que puede ser, más bien, una suerte de “incultura” o una carencia de premisas estéticas, filosóficas y de otros saberes para poder comparar y construir “criterio”, es una manifestación de vulgaridad absoluta, que tiene sus orígenes en las mafias del narcotráfico, el paramilitarismo, la narcopolítica y otras aberraciones que hoy pueden ser propias de los significados y características de ser colombiano.

Parece que cada día aumenta la admiración por lo burdo, por lo desechable, por lo que dé muchas utilidades metálicas, pero sin requerir hondas elaboraciones, ni tejidos      complicados. Qué va, gonorrea, te vamos a dar chumbimba, pirobo. Y si lo soez va cantadito, mejor. Lo decía no sé quién, en Colombia, para salir de pobres, hay que tener buenas tetas y dar bala. Así vamos.

De la misma forma como Paul Auster, con la muerte de su progenitor, quiso rescatar los recuerdos de la lejanía de su padre hacia él, y para reflexionar sobre la memoria, la paternidad, la soledad y las formas de estar en el mundo, escribió La invención de la soledad, Gilmer Mesa cuando se percató de la lenta muerte en vida de su papá, a quien tanto quiso y de quien tanto cariño y apoyo recibió, muerto de ira, desespero y desasosiego, emprendió la escritura de su libro Aranjuez, con el que además trata de reivindicar  la posible mala idea que pudo quedar de todo su vecindario en La cuadra, su primera novela, en donde describe los personajes más tenebrosos de su barrio.

No alcancé a despedirme de él, cuando llegue al hospital llevaba media hora de muerto, aunque quien dejó de respirar ese día, a quien no conseguí decirle adiós, ya no era mi padre, solo su cuerpo tumefacto y pútrido; él, mi papá, el hombre que me crio, me acompañó y veló por mí toda la vida, había muerto hacía mucho tiempo preso de la demencia, cuando el alzhéimer, un infarto y una isquemia lo dejaron postrado y      desorientado en una cama, sin poder moverse y desconociendo paulatinamente a todos y a todo, navegando en brumas de olvido y carcomiéndose en vida.  

La novela escrita, como afirma su autor, en tiempo real, muestra el paulatino deterioro de su padre, un hombre que como conductor de camión era todo un fortachón, capaz de cargar varios bultos de cemento a la vez, al igual que levantar una vaca de las que transportaba en su vehículo, además de ser un verdadero caballero, o mejor un señor, en el sentido de la palabra. A su padre lo amaba, admiraba y respetaba, a diferencia de otros muchachos del barrio que preferían haber tenido otro padre, no borracho, vicioso, aporreador, o a ese a quien nunca conocieron. Preocupado por la educación y formación de sus hijos, no solo con sus enseñanzas, sino con su ejemplo y sus sabios consejos.

“No se le olvide nunca mijo que un hombre tiene que hacer lo que tiene que hacer como hombre”, en ese escueto aforismo sintetizaba lo que había sido su forma de estar en el  mundo: un “hombre”, así genérico, era para él y los de sus clase aquel que respondía a lo que le tocara sin miramientos, que daba la cara  a los problemas haciendo lo que tuviera que hacer por los suyos, echándose al hombro la responsabilidad de sus actos y la de los suyos.  

En una apasionante narración que de entrada nos atrapa, nos lleva de la mano en el espacio y el tiempo que recorrió desde niño, hasta su atormentada adolescencia, sus éxitos, sus fracasos, los artífices de estos y aquellos, sus frustradas aspiraciones y sus cambios de opinión reflexiva al contemplar  y vivir el destino de los demás, de una manera no solo cercana, sino escabrosa y llena de temores y carencias. Ese deambular por ambos escenarios, le permitió tomar lo mejor de cada lado y así fue desarrollando no solo su narración, sino su destino:

Memorias de mi invariable vecindad con la tragedia desde joven, incluso cuando traté de alejarme de los sitios sombríos, cuando esquivé a las gentes sórdidas y sus actuares rufianescos y pérfidos, y me fui a las antípodas, me junté y busqué compañía de  muchachos alejados del hampa, excluidos del bandidaje, esquineros limpios, de esquinas claras sin vocación de asesinos, callejeros de barriada… niños apuestos y promisorios…

De todos ellos escribió sus historias llenas de tristes desenlaces, es que a los buenos les pasan muchas cosas malas.

…apenas estuvo en la acera un grito llamó su atención desde el balcón, al levantar su cabeza escuchó Te odio, perro hijueputa, me voy a matar por vos, antes de ver a  Marianita lanzarse al vacío…

…espesó el silencio cuando Clarens, rompiendo la quietud del momento sin otra cosa en su cabeza que la destrucción, levantó el arma, el Chino se encontró con su mirada turbia y alcanzó a decir Perdón, antes de que sonaran tres disparos…

…salieron corriendo con las armas en vilo mientras Colombia hacia lo propio en busca de las basuras de la esquina contraria, le dieron alcance en una docena de zancadas y sin detener su carrera le pegaron seis tiros en la cabeza.

En ese micromundo que como muestra estadística nos refleja la realidad dura y pura, las carencias, las aficiones, los vicios, las virtudes, los logros y frustraciones de una población tan disímil, pero en el fondo con las mismas personas anónimas con las cuales nos cruzamos a diario y con las cuales lo imposible, constituye, lo cotidiano. Con una arbitraria denominación aparecían clasificados en dos grupos los muchachos del barrio: los pillos y los sanos, sin que necesariamente fueran exclusivamente lo uno o lo otro, de todas maneras en ambos grupos tanto los protagonistas, como sus víctimas, en el fondo conservaban lo mejor y lo peor del ser humano y a su modo tenían su propia ética y estética.

El vivir inmerso en ese crisol que servía tanto a los unos como a los otros, le permitió escoger el camino más adecuado y seguir permaneciendo como habitante activo de su barrio. Ese trasegar por esos dos mundos paralelos en donde todos vivían de afán y juventud, tantas desapariciones, tanto vicio, tanto resquemor, tanta angustia, le forjaron el carácter y le permitieron amalgamar historias desperdigadas, creando así su propio universo literario y así ser lo que es.

Como Gilmer dice, de su narración en tiempo real, en la medida del deterioro de su padre, le surgen unos remordimientos lacerantes, manifiestos casi que con angustia y su pensamiento lo vuelca en su escritura: Nadie está preparado para ver enloquecer a su padre, no puedo contemplar su locura sin enloquecer yo un poco, pero mi locura es de rabia, de dolor y de impotencia y esa mezcla engendra amarguras que no logro conjurar, quisiera partirme el cuerpo y dejarle un pedazo que le ayude a cargar sus dolencias , que le repare sus daños, ¿para qué habitar un cuerpo estable cuando no sirve de soporte para los cuerpos de los que amamos?

La realidad que logra plasmar en su relato, la de un barrio popular con habitantes de diversos estratos sociales, de personas que no tienen nada, hasta aquellos que lo han conseguido todo, menos la tranquilidad, los desempleados, los aspirantes a un empleo así sea muy inferior a su formación, los oportunistas que atropellan a los mejor preparados, es decir el mundo como es y no como debiera ser, constituye una muestra de nuestra sociedad, no importa el barrio, la ciudad o sus habitantes, es una radiografía lacerante en donde cabe la reflexión de ¿qué vamos a hacer para tratar de vivir en paz?. Nos cuestiona desde lo más íntimo y familiar.  Debemos no solo reflexionar, sino actuar.

Germán Sarasty Moncada Profesional en Filosofía y Letras Universidad de Caldas.