Aunque la acción de las autoridades trate de restablecer el orden y el control para la tranquilidad ciudadana, a diario nos enteramos de nuevos actos criminales que nos hacen estremecer, muchas veces por su crudeza y por su persistencia. Lo puntualiza el editorial de El Tiempo del 3 de mayo así:
“En Bogotá, la sensación de inseguridad está alimentada por el flujo de imágenes con asaltos espectaculares y balaceras a plena luz del día. En Barranquilla, el alcalde Alejandro Char expresó recientemente su preocupación por el aumento de la extorsión y la inseguridad, además de las amenazas de las que ha sido víctima. En Cali, esta semana, de nuevo el terrorismo se hizo sentir con una buseta bomba en inmediaciones del Batallón Pichincha, mientras que en Medellín el aumento de los robos propició un operativo de grandes proporciones en el centro de la ciudad.”
La sevicia como maldad extrema que vemos en la realidad, algunas veces sobrepasa la ficción a la que nos tienen acostumbrados los escritores de novela negra y que nos narran en sus obras, como tantos hechos presentados por Mario Mendoza en sus libros, el último de los cuales La hora de los lobos, publicado este año, está lleno de odios, delitos, venganzas, traiciones y todo aquello que no creería uno fuera obra de un ser racional. Mendoza (Bogotá, 1964) es licenciado en Letras y especialista en Literatura Hispanoamericana por la Fundación José Ortega y Gasset de Toledo, España. Además, cuenta con una maestría en Literatura. Es autor de más de veinte obras entre novelas, cuentos y ensayos.
Nos presenta el recorrido vital de Bruno Guerrero desde su niñez hasta su edad adulta, mostrando cómo se gesta la vida de un delincuente influenciada no solo por las carencias económicas, la falta de verdaderas oportunidades de desarrollo, las injusticias a las que son sometidos los menesterosos y las oportunidades que la mala vida puede deparar, que luego se constituyen en trampas que conducen a estados más precarios que aquellos de los cuales se quiso salir.
Vivía con sus padres en un miserable barrio con calles sin pavimentar, insuficientes servicios públicos y vecinos tan pobres como ellos. Su padre un obrero en huelga luchando por los derechos sindicales, su madre en silla de ruedas, después de un accidente laboral del cual la empresa no respondió, se dedicaba a la costura y él a su estudio en un colegio de sacerdotes salesianos. Con apenas nueve años, su padre fue asesinado para presionar el levantamiento de la huelga y a la semana siguiente Rómulo, el amigo de su papá fue decapitado. Los trabajadores se rindieron y la normalidad volvió a la fábrica. Bruno tuvo que ir casa por casa a pedir algo para el entierro de su padre, fuera de doloroso, humillante. Fue enterrado como un indigente en una fosa común, ningún compañero de la fábrica pudo ir por temor a ser fichados por los dueños de la empresa. Luego se sabría que la banda de Los ninjas de quienes se decía usaban espadas, fueron los autores.
Fuera de su estudio se dedicó a aprender artes marciales y a leer con avidez. A sus quince años su colegio fue invitado por otro del norte a una competencia de taekwondo lo cual le dio oportunidad de conocer algo diferente de su entorno: parques, aire limpio, avenidas pavimentadas, elegantes almacenes, atractivos restaurantes y toda la sofisticación a la que ellos no tenían acceso. Por la escasa preparación deportiva, la deficiente alimentación y todos los demás contrastes el resultado fue desastroso:
La competencia fue una humillación total. Perdimos en todas las categorías y ninguno pasó de su primer combate. Nos hicieron pedazos. Al final regresamos al bus del colegio en silencio y con el ánimo en el suelo. Los ganadores ni siquiera nos dirigieron la palabra. No preguntaron por nuestros nombres ni de dónde veníamos, nada. Éramos unos monigotes, bolsa de cuero que les habíamos servido para patear y entrenar un rato. Quedamos con la moral destruida. Ninguno dijo una sola palabra en el trayecto de regreso al agujero en que vivíamos.
A toda derrota se presenta una alternativa y fue así como logró por su profesor de gimnasia conseguir una beca en el Instituto de Recreación y Deporte para aprender Tai Chi con el maestro Wang, un chino que llevaba treinta años viviendo en Colombia y tenía un grupo de solo diez personas. Su primera recomendación: La clave no está en los pies, sino en el cuerpo entero. Pesamos mucho. Hay que aprender a ser más aéreo, más sutil, menos denso…Estamos rodeados de lobos, están a la izquierda y a la derecha. Están dormidos. Si los despertamos, se lanzarán sobre nosotros y nos devorarán…
En el colegio había conocido a Alberto Múnera, un niño muy amanerado que con los días decidió volverse Salomé y siguieron siendo buenos amigos; le comentó que a su pareja lo habían también decapitado y ella sabía quienes habían sido, pero por temor callaba. Eran los mismos que habían matado a otro conocido de Bruno, y le habían propinado una paliza a él y a un amigo, además de quitarles las bicicletas, un combo de matones con ínfulas de guerreros orientales que usaban kimonos y practicaban artes marciales. Yo sabía que un hermano de mi amigo Silvio, era uno de ellos según me dijo: Él es un sayayín, un guerrero urbano. La calma se rompió cuando desapareció Salomé sin dejar rastro, Bruno se apersonó y siguió sin que se diera cuenta al hermano de Silvio.
Luego, siempre guardando una distancia prudente, lo seguí hasta un callejón cerrado que quedaba en la ladera de la montaña. Era una zona de indigentes y drogadictos callejeros llamada El Infiernillo. Era legendaria porque toda el hampa del sur de Bogotá movía negocios en ese barrio. El hermano de Silvio se saludó con un par de malandros y entró en una calle cerrada y en custodiada por unos gorilas que estaban recostados en las esquinas. No me atreví a cruzar esa frontera urbana y me devolví sin llamar la atención.
Cuando finalmente después de una rigurosa y secreta preparación se tomó control por parte de las autoridades, fue muy deprimente y azaroso todo lo encontrado, agentes y policías secuestrados y torturados, niños y niñas robados y prostituidos, profesionales, artistas, dueños de fincas y comerciantes que se encerraban tres y más días a soplar todo tipo de substancias alucinógenas, la viva perdición, sin vergüenza.
Con la certeza de que el hermano de Silvio hacia parte de ese corrompido estado de cosas, Bruno planeó cobrarle lo hecho a Salomé, lo esperó en un sitio solitario, que tenía unas escaleras de cemento muy largas, de ciento doce peldaños, se ubicó en la cima pues sabía que siempre tomaba esa ruta. Lo saludó por desconcertarlo. No le di tiempo de nada más y lo golpeé en el esternón con la mano abierta en un movimiento fugaz que se llama Tui Shou. No alcanzó a reaccionar. Se cayó de para atrás y empezó a rodar escaleras abajo…
La vida siguió su rumbo y Bruno encontró nuevos oficios, esta vez en una discoteca en donde por sus habilidades marciales calmaba a los revoltosos y además allí proporcionaban todo tipo de drogas, ayudaban a cobrar deudas o planeaban venganzas, hacían desaparecer a indeseables, etc. todo un explosivo coctel. Todo exceso conducía a situaciones inéditas y la imaginación no alcanzaba a imaginar la maldad que se incubaba en esas perdidas mentes. La sofisticación de las torturas como medios para lograr delaciones no conocía límites.
De la discoteca pasó a la cárcel, en donde utilizó y perfeccionó sus habilidades, conoció a un narcotraficante a quien protegería de sus enemigos, se ganó su confianza y después de una espectacular fuga sería su sucesor, después de su muerte, al lado de la hija de ese narco, Zafiro, la cual lo conmovió más que la de su propio padre.
La noticia me cogió fuera de base y de inmediato sentí que algo se me desgarraba por dentro. No sabía por qué le había cogido tanto cariño a ese hombre. Supongo que se debía al hecho de que mi relación con Max no fue la relación de un padre con un hijo. En cambio, en la cárcel Atila y yo nos habíamos jugado el pellejo juntos y él decidió protegerme y darme una segunda oportunidad en la vida…
La triste historia de quien nada tuvo y cuando tuvo no pudo disfrutarlo. Todas las personas que quiso y lo quisieron le fueron arrebatadas en circunstancias a veces muy dolorosas. Las venganzas que planeó y ejecutó tampoco le dieron la calma que siempre persiguió y nunca logró en forma permanente. Un alma en pena que luchó por todos los medios por encontrar algo tan volátil como la felicidad o al menos la tranquilidad, pero no lo logró.
* Profesional en Filosofía y Letras Universidad de Caldas.

