Migración y fuego cosmopolita en la poesía de Rafael Urrea Soto

Tanto Rafael Urrea Soto, como yo, a principios de este siglo, migramos hacia el silencio de los lenguajes artísticos, él recogiendo la tradición de la imagen en movimiento del cine y yo los de las artes visuales expandidas, él a partir de la génesis de sus búsquedas en la tradición de la imagen barroca del surrealismo y el realismo mágico, y yo, a partir de la conceptualidad de la poesía visual-concreta latinoamericana contemporánea (Haroldo y Augusto do Campos, Oswald de Andrade, etc.), en un diametral giro que llevó a Urrea hacia el norte: Medellín y New York, y a mí, hacia el sur: Popayán, Quito y Brasil.

Ambos caminos de profundización en las traducciones inter-semióticas y en las transestéticas multimediales, que abrían posibilidades de conectar mas eficazmente con la explosión de los lenguajes poéticos del nuevo siglo. Rafael Urrea se hace guionista, documentalista y realizador cinematográfico, yo, curador y escritor en diversas claves transestéticas colaborativas y decoloniales; ambos conservando la poesía como corazón y lenguaje de la experiencia.

Rafael Urrea Soto.

Lejos de la tersura de Palabras grises y otras cenizas (1990), en País de cintas rojas (2004), Rafael Urrea (Manizales, Colombia, 1969),  claramente perfilado desde un realismo crudo,  nombra la violencia, el homicidio, el desplazamiento por su nombre, en planos cerrados, con sonido ambiente y sin edulcoración de banda sonora alguna: “Y hay quienes van a la guerra/ vuelven cargados de sonrisas/ las de los muertos, /las de los cadáveres/ regados en extensos/ salones / de hospitales e iglesias”.[1]  En la misma clave y tono que habría de consolidar años mas tarde de la mano de su maestro en su “exilio”, el poeta imprimió sus perturbadores dibujos con precisión, delineó el gesto violento del agresor, capturó y dijo de la contundencia del golpe mortal, el desgarro de la carne y del alma provocado por la “blanca” arma, y amplificó el grito desesperado de quienes fueron  lanzados al abismo: “Volvieron por la cosecha de maíz/ y algunas niñas para sus oficios./ Pasaron un sábado y se llevaron a las mujeres/ mataron a algunas delante de sus niños,/  quemaron el rancho.”[2].

Este tono impetuoso, trepidante, casi iracundo, resultaba demasiado estridente para su medio, una zona del país que ve la crudeza de la guerra por televisión, tomando cafecito tipo exportación desde aireadas terrazas con vista a un paisaje que amortigua cualquier conmoción, que considera de mal gusto, escaso talento y falta de estilo, ver y escribir sobre masacres y genocidios, sobre sicarios y malandros. Sin embargo, por el codificador poético y el ojo cinematográfico de Urrea, solo discurrían, inconteniblemente, estremecedoras imágenes de lo fúnebre, paisajes duros y escatológicos: “La muchacha del barrio se fue con los paras, /el día de su muerte, una flor violeta le creció entre las manos.”[3]

País de cintas rojas, Revista de poesía el gato naranja, 2004.

Urrea Soto, migra, movido por la insatisfacción estructural al sentir que Cumanday, como espacio de creación, era insuficiente y asfixiante. Pero también, porque la tolerancia a otros lenguajes, menos conservadores, en su ciudad natal, no era posible, no se habían desarrollado los códigos, ni los canales, ni la estructura, ni la plataforma para avanzar hacia el cine y la imagen en movimiento. Hay un punto en el espíritu creador en el que la estrechez (espacial y física, pero también mental, comunicacional y semiótica) se vuelve constreñimiento y fuerza la migración: “La migración entendida como un irse de la tierra propia a una tierra ajena y extraña (a menudo hostil), un lugar al que se llega lanzado, expulsado de otro, ignoto y sin destino conocido, …”[4]

Entonces, Medellín y Nueva York le permiten la expresión de una incontenible voluntad de experimentación con la vida y el lenguaje. Urrea migra, del poema sutilmente elaborado a la luz del surrealismo, hacia el poema crudo, al signo abrupto y directo, descarnado; y de allí salta a la fusión de la estética literaria con la cinematográfica dando total prelación a la imagen, y activando, de esa forma, los vehículos ontológicos, canales semióticos y los dispositivos necesarios para una descompresión vital, operada desde el exilio existencial y literario, entonces “… las técnicas al mismo tiempo que bloquearon el campo propio, también activaron otros campos que las hicieron resonar bajo otros códigos y en otros lugares.”[5]

El mismo tono, pero desarrollado y potenciado en los tórridos ambientes de la creación colaborativa, bajo la tutela de Víctor Gaviria, envuelve las llamas del Caleidoscopio de Venus (2020). Un flamígero libro que arde en llamas, como su autor. En él, hecha candela a su poesía, la lleva al punto de ebullición, al fundirla inconfundiblemente con la prosa, gracias a la re-configuración de la imagen cinematográfica, en imagen poética-literaria. Proceso creativo que se vale de la mediación de los lenguajes de la pantalla de cine, que funge de puente consciente e inconsciente, entre la encendida imagen del prehistórico candil (tulpa para nuestros más remotos antepasados), y los ardorosos centelleos de las pantallas de todo tipo.

A través de una regulada poética del fuego, Rafael Urrea Soto tramita simbólicamente la fuerza explosiva de sus instintos, dado que, desde el psicoanálisis del fuego, “quienes se sientan junto al fuego se identifican con las llamas; el parpadeo inspira pensamientos sin propósito práctico, y, a través de estos pensamientos, se pierden en el fuego. El fuego, entonces, es una imagen de la fusión de los instintos de autoafirmación y vida, y de auto abandono y muerte.” [6]

Urrea Rafael, Caleidoscopio de venus, Los cuadernos de East Village, 2020.

La pantalla del caleidoscopio (versión sensible-mental del fuego artificial de la antigua tulpa), describe cómo Urrea se lanza a las llamas, una y otra vez, hasta consumirse, libera y pinta las formas y los temas en una actualización de presencias latentes, desde lo mas inconsciente; por tanto, no desaparecen sino reaparecen los motivos crudos y estremecedores, casi snuff, presentes ya en País de cintas rojas: la consumación en el fuego de la experiencia, el incendio y la ráfaga de ametralladora (soy testigo) sobre el asfalto de la vida que se camina, inhalando el fosforo de la pólvora del revólver que entra por la ventana y llega hasta el cuarto del migrante, en una  descripción fina de la devastadora incandescencia de la vida (¿auto?) destruida.

Entonces, la pira arde, y el punto máximo de ebullición se desencadena a través de un plano-secuencia en “Willie Punk”, en donde: las llamas avanzan y se desplazan del ardiente nido de deseos de Dalia fuego (envuelta en la candela de the Plasmathics que hace explotar un automóvil sobre el escenario), hacia la descarga de puñaladas y balas que cocina la agónica sangre de hombres caídos en la escena underground newyorkina del poema.

El caleidoscopio hace paneos y travellings, acercamientos y focalizaciones de la violencia y la miseria, realiza, no una  filmografía sino una grafía visual, imágenes de la miseria humana a través de palabras;  el poeta  alumbra y quema,  somete a la expiación del fuego de la cámara subjetiva, el lugar en donde “… los perros son inmensos y la gente camina de prisa, a bajar a la garganta de grava, donde el humo negro y los sonidos infinitos se tragan a la gente, donde se ven los muchachos desgarbados, sin zapatos, correr a sacar debajo de los puentes su alimento. Donde el sol quema y las mujeres raspan las paredes para ilusionarse, para vivir de algo, donde el olor de la quema de basura te hace llorar, después te hace dar rabia, en contraste con un niño que sale con sus botas de caucho, una gorra de dormilón y un busito azul de rayas.” [7]

Rafael Urrea con Víctor Gaviria en el estreno mundial de “La mujer del animal” (2016).

Esta migración ontológica de Urrea Soto, “no se da en términos de paradigmas narrativos, no es un cambio de escuela literaria o de teoría de la comunicación. El cambio es transformacional a nivel ontológico en el campo de la sensibilidad”[8], porque el salto transfigurativo ocurre plenamente cuando se transforma la estructura perceptual que alimenta la creación y se traslada a la obra. La vida que arde necesita desarrollar otras formas de expresión, la vida cotidiana se transforma sustancialmente, porque, en la practica, se percibe el mundo de otra manera, orientan otros sentidos y se resuelve la creación desde otros modos de hacer.

Entonces, Urrea Soto, por ejemplo, se lanza al documental y plasma con luminosa fuerza el alma del migrante y del exiliado, la melancolía que palpita bajo los timbales y campanas de la fiesta cubana en New York. En Imposible azul: la rumba cubana en el Central Park de New York (2021), Urrea se con-funde con la volcánica alma de los cubanos, se abraza al otro migrante y universaliza la alegría de vivir desde la mas honda tristeza; en el Central Park, en medio del frenesí de la fiesta, la melancolía de los de abajo encuentra su alborotada poética; tránsito hacia una sensibilidad cosmopolita, con el sello de quien da la cara a los traumas de un país, como a “hongos radioactivos”  que no cesan de producir “ Masacres en blanco y negro”.

Referencias

[1] Urrea Rafael, “Y en este nuevo siglo”, en “País de cintas rojas”, Edición electrónica.

[2] Urrea, Rafael, “No vendrán nunca más” en “País de cintas rojas”, Edición electrónica.

[3]“Nad” y “E” en 16 mm. “País de cintas rojas”. Edición electrónica.

[4] Valencia, Mario, “Transfiguraciones, mudanzas ontológicas de la sensibilidad en la literatura digital latinoamericana, Popayán, 2017, pag. 43.

[5] Valencia, Mario, “Transfiguraciones, mudanzas ontológicas de la sensibilidad en la literatura digital latinoamericana, Popayán, 2017, pag. 47.

[6] Bankston Carl, L. “El psicoanálisis del fuego” de Gaston Bachelard, EN EBSCO, 2022. Disponible en: https://www.ebsco.com/research-starters/literature-and-writing/psychoanalysis-fire-gaston-bachelard#the-psychoanalysis-of-fire-by-gaston-bachelard)

[7]Urrea Rafael, “Caleidoscopio de venus”, Los cuadernos de East Village, 2020, pág, 15

[8] Valencia, Mario, Transfiguraciones, mudanzas ontológicas de la sensibilidad en la literatura digital latinoamericana, MAIA, Popayán, 2017, págs. 93-94.

* Escritor

Psicosis 4.48, la tragedia contemporánea en su más cruda versión

Crítica teatral.
Grupo: La Luciérnaga Teatro.
Dirección: John Mario Sepúlveda.
Actuación: Katherine Toscano.
Obra: Psicosis 4.48
Obra presentada en el Festival de Unipersonales “Un cuerpo, muchas voces”, realizado por la sala de teatro El Escondite.

El texto original es de Zara Kane, en gran parte autobiográfico, nace de un estado depresivo, lucido y delirante, una especie de autopsia mental o grito adolorido de alguien que se debate entre la vida y la muerte. 4.48 es la hora en que Zara se despierta y desaparecen los efectos de los fármacos, la hora de la liberación total, en la cual vuelan las almas atormentadas a buscar el descanso eterno.

En el centro de la obra está la “enfermedad mental”, entre ella de manera muy especial la tendencia suicida, si puede llamarse así. Y precisamente su autora documenta allí todo su padecer personal… logra su objetivo final… segundo acto de la obra.

Esta pieza no es precisamente un divertimento, se sufre, se siente allí todo el caos interior del depresivo, el amanuense hace un ejercicio de “escritura automática”, da fe de todo lo que siente, documenta los ciclos y describe el horror, el fastidio y la mierda que tiene que vivir producto de lo que es llamado: “enfermedad mental”.

No es la intensión del grupo trabajar asuntos de “salud mental” ´o “pedagogía en salud”, hay un interés general, estético, social y no específico. Sin embargo, en palabras de Mario, el teatro lleva un mensaje y procura un interés social, se refiere a aspectos de gran preocupación humana. Psicosis es una versión de la obra original, tratada en aspectos determinados de acuerdo al contexto y asumida con el rigor profesional caracterizado por La Luciérnaga.

La obra es una especie de exorcismo, donde la autora saca todos sus demonios y expone de una manera absolutamente realista lo que puede vivir una persona en condiciones similares. Tal vez la obra misma requiera un examen psiquiátrico, o tal vez haya que des-psiquiatrizarla y mejor observar el mundo que produce ese tipo de “libretos” y fenómenos en cantidad industrial.

La interpretación es muy convincente, es creíble y Katherine hace un trabajo muy versátil, pues en sus personajes logra una dinámica interesante, por el juego y el cambio entre la máscara y el personaje natural, parecen escindidos, logran identidad propia. Allí es presentada, de alguna manera, la tragedia contemporánea en su más cruda versión con la muerte como protagonista. Zara, el personaje, cae de la camilla, como metáfora que le permite aun abrir los ojos. El teatro le dio la opción que la vida le negó. El estado de consciencia es perpetuado por el teatro, como un exorcismo dónde se hacen visibles las voces y el arte milenario sigue cumpliendo su función: darle cuerpo, palabra y atmósfera al sino fatal, fuerza impersonal y cósmica…

… Y aunque es tragedia total, hay un momento cómico cuando corren el riesgo de intervenir sobre la platea y a través de un espectador van hacia el público, hacen la “ronda médica” con los pacientes, enunciando sus diagnósticos y exhibiendo la droga y las enfermedades comunes en los hospitales psiquiátricos, es un juego que distrae y relaja la pesadez de la escena, ante la improvisación teatral y el rigor institucional se genera un momento divertido.

La dramaturgia misma es un exceso de realidad, no hay interés en elaborar la metáfora, no hay distancia estética, es el discurso obsesivo y penetrante, no vale lo analógico, es una forma directa, un estilo literal, sin efectos, es lo experiencial traducido al texto. La estructura juega a lo fragmentario, son personajes, voces, máscaras, en estados transitorios, ilusorios y letales.

El teatro es el lugar de los conflictos no resueltos y precisamente estos son temas álgidos en la actualidad, y al tratar a las personas, se tratan los síntomas, cuando las causas proliferan y el caldo de cultivo está en el vacío existencial, en las pantallas, en la velocidad, y en la afición a la alquimia natural y la añoranza del paraíso.

Mi compañera de butaca guardando la compostura y como cierre de escena expresó: “… pero es como para salir corriendo… el suicidio no es recomendable, no hemos terminado el semestre aún…”

* Crítico teatral

 

Aoife Itziar Bernal Mcgee. Cinco libros que me están atravesando este año

 

OFRECEMOS esta serie literaria en la que autores de columnas de opinión de la región, hombres y mujeres, nos invitan a leer cinco de sus libros preferidos, independientemente de géneros y categorías, nacionalidades, épocas, características temáticas y estilísticas.

AOIFE ITZIAR BERNAL MCGEE. Filósofa. Master Universitario en Estudios Avanzados en Inglés en la Universidad de Salamanca y la Universidad de Valladolid, candidata al Doctorado en Lenguas y Culturas de la Universidad de Huelva. Profesora Universidad de Caldas. Codirectora Feria del Libro de Manizales.

Cartografía de cinco heridas que no estaba buscando

Llevo semanas leyendo de una forma extraña, como si cada libro supiera del anterior, como si alguien —no yo— estuviera decidiendo el orden. Empecé el primero porque alguien lo vio y pensó en mí. Seguí con el segundo por una curiosidad muy mía, casi heredada. Llegó el tercero de la mano de alguien que me advirtió que no saldría ilesa. El cuarto me lo dieron como quien entrega algo que le costó. Y el último apareció solo, caminando, sin que lo buscara. No elegí esta temporada de lectura, ella me eligió a mí y solo al final entendí por qué todos estos libros insistían en lo mismo. Me llevaban a mirar lo que normalmente se deja al margen, lo que no entra en ningún atlas oficial, lo que la historia, la familia o la costumbre deciden que es menor. Por eso, mientras los leía, no podía dejar de pensar en la cartografía que este año propone la Feria del Libro de Manizales, un mapa que no mide ciudades, uno que mide lo que nos habita por dentro.

Ellas editan de Margarita Valencia y Paula Andrea Marín Colorado (Ariel, 2019)

Hay libros que llegan porque alguien que te conoce los ve antes que tú y, al verlos, te ve. Ellas editan llegó así, alguien cercano lo encontró y pensó en mí sin que yo hubiera pedido nada. Hay algo desarmante en eso, que otro cuerpo reconozca en un libro un lugar que es tuyo antes de que tú mismo lo sepas.

El libro recupera la historia de mujeres que editaron, publicaron y sostuvieron proyectos culturales en Colombia, casi siempre desde sitios que nadie se ocupó de señalar. No se trata de una lista de nombres para memorizar, es algo más parecido a una genealogía que no sabíamos que teníamos. Se trata de manos que decidieron qué historia merecía existir, mucho antes de que alguien se preguntara quién estaba detrás. Leerlo es sentir que una parte de la propia vida —no solo la de quien escribe esto, sino la de cualquiera que alguna vez sostuvo algo sin que se lo reconocieran— estaba ahí, esperando ser nombrada.

Un lugar pagano de Edna O’Brien (Errata naturae, 2017)

De esa búsqueda de lo invisible salté a Un lugar pagano por algo que es, a la vez, curiosidad y herencia, se trata de la necesidad de encontrar las palabras exactas para nombrar lo que se siente al volver a un lugar que es propio sin haber nacido ahí. Hay dos palabras, de dos lenguas que tampoco son las mías, que se acercan: el hiraeth galés, esa nostalgia por un hogar al que quizá nunca se pueda volver del todo, y la ghorba árabe, el extrañamiento de quien vive lejos de su tierra incluso cuando la lleva puesta. Este libro me prestó, si no las palabras exactas, al menos la certeza de que ese sentimiento sin nombre en español tiene compañía en otras lenguas y eso ya es una forma de consuelo.

O’Brien escribe esta novela autobiográfica en segunda persona, como si se estuviera hablando a sí misma desde la distancia; se trata de una niña que crece en la Irlanda rural de los años treinta y cuarenta, entre el peso de la Iglesia, el silencio de las mujeres de su casa y un padre que decide todo lo que se puede decidir sobre un cuerpo que no es el suyo. No es una novela de trama, es una novela de atmósfera, del calor asfixiante de lo que no se puede decir en voz alta hasta que ya es demasiado tarde para quedarse callada. Reconocerme ahí, en ese paisaje que conozco y habito, pero que no es del todo mío, fue entender algo más amplio y es que hay una forma de crecer que comparten muchas mujeres, sin importar dónde, la de entender que el amor por su gente no les impide, también, tener que irse.

Un detalle menor de Adania Shibli (Hoja de lata, 2019)

De la opresión que se vive en la intimidad de una casa pasé a una que se vive a la escala de la historia entera. Un detalle menor me lo dio alguien que me conoce bien, alguien que me advirtió, antes de pasármelo, que no iba a poder leerlo sin desbordarme en llanto. No era una exageración.

La novela se construye sobre un hecho real, a saber, en 1949, soldados israelíes capturan, violan y asesinan a una joven palestina beduina en el desierto del Néguev y la entierran ahí mismo, como un incidente sin nombre en medio de una guerra. Décadas después, una mujer palestina contemporánea descubre por azar una mención mínima a ese crimen —ocurrido, descubre con escalofrío, exactamente veinticinco años antes de su propio nacimiento— y se obsesiona con reconstruirlo. Shibli no necesita levantar la voz para que el libro duela, lo escribe con una frialdad quirúrgica que es, en sí misma, una forma de denuncia porque muestra cómo el poder decide qué cuenta como tragedia y qué queda reducido a un «detalle menor». No se llora por lo que el libro dice, sino por todo lo que decide no decir y que una completa solo, con el cuerpo entero, por ser una historia compartida.

Mayday de Jackie Kay (Picador, 2024)

Después de una herida tan antigua, llegó un libro que habla de duelo, pero también de cómo seguir cantando. Mayday me lo dio alguien para quien este poemario marcó la vida entera y entendí por qué en cuanto lo abrí.

Kay, que fue poeta nacional de Escocia, escribió estos poemas tras la muerte de sus padres, militantes comunistas y sindicalistas que le enseñaron que el amor y la lucha política podían ser la misma cosa. El título tiene dos caras, por un lado, MayDay, la señal de auxilio que se lanza cuando algo se está hundiendo y, por el otro May Day, la fiesta del trabajo que sus padres celebraban con el cuerpo entero. Hay un poema en el que está en la ambulancia con el cuerpo recién muerto de su madre y el celular de un paramédico suena con una canción que su madre habría encontrado graciosísima; hay otro donde la imagina convertida en pájaro, posándose cerca solo para que ella la note. No es un libro que consuela desde lejos, es un libro que se sienta a tu lado y te toma la mano mientras te recuerda que el amor, incluso roto, sigue siendo una forma de resistencia; mensaje que resulta urgente en estos días.

Un ramo de malas hierbas de Alex Nogués (A buen paso, 2024)

Y, para cerrar, después de tanto duelo y tanta herida, un libro que llegó de la única manera en que deberían llegar las cosas buenas: caminando, sin buscarlo, con una amiga al lado, en medio de una feria del libro.

Un ramo de malas hierbas es, literalmente, eso, un paseo. Nogués va recogiendo plantas que nadie cultiva ni cuida —la borraja, la bolsa de pastor, el sauco— y cuenta su historia, sus usos, sus secretos, mientras las ilustraciones de María Pascual les dan un cuerpo que casi se puede tocar. Es un libro pensado para volver a él, no para terminarlo de una sentada. Y leerlo después de cuatro historias sobre lo que el mundo decide ignorar —mujeres, países, cuerpos, duelos— se siente casi como una declaración de principios y es que hasta lo que llamamos «mala hierba», lo que crece sin permiso en los márgenes de la acera, tiene una vida entera adentro, esperando a que alguien se agache a mirarla.

Una cartografía compartida

Si algo tienen en común estos cinco libros es que ninguno mide el mundo por sus ciudades ni por sus fechas oficiales. Lo miden por lo que duele, por lo que se calla, por lo que insiste en crecer aunque nadie lo riegue. Son mapas de otra clase, trazados con cuerpos, con silencios habitados, con vínculos que sostienen o que rompen.

Por eso no puedo separar esta lista del trabajo que me ocupa este año. La 17ª Feria del Libro de Manizales se llamará Cartografía de la intimidad y será exactamente esto, siete días para explorar los territorios que compartimos sin saberlo —la fragilidad, el deseo, la memoria, la soledad— y para recordar que los libros han sido, desde siempre, el instrumento más preciso para trazar esas rutas invisibles. Hablaremos del cuerpo como geografía propia, de los archivos emocionales que guardan las cartas y los diarios, de las voces que nacieron de la fractura y aprendieron a convertirla en dignidad. Nos preguntaremos qué le queda a la intimidad cuando todo se vuelve público y aprenderemos también del silencio, de lo que se insinúa antes de decirse. Porque leer es un acto íntimo, sí. Pero en cuanto se comparte, deja de ser solo nuestro. Y si estos cinco libros me enseñaron algo es que la intimidad más verdadera no ocurre en soledad, sino en el momento exacto en que dos personas leen el mismo libro y descubren, sin haberlo planeado, que hablaba de ellas.

Lea más libros recomendados: https://quehacer.co/nuestros-opinadores-recomiendan/

Una ferretería de Corea del Norte: brevísimas reflexiones sobre Volúmenes del presente de Juan Sebastián Oliva

Hace poco mi algoritmo de Instagram me recomendó un reel que mostraba una tienda en Dubai, a simple vista colmada de una variedad de productos de la canasta familiar, que comercializaba versiones squeezable de artículos de grandes empresas de abarrotes. Los nombres de Colgate, Ariel, Coca Cola, Nutella, Ajinomen, entre muchos otros, acaparaban los estantes del negocio. Aunque en un primer vistazo su apariencia pudiese generar la ilusión de que se trataba de víveres comunes y corrientes, la opacidad de sus superficies, sus bordes carentes de ángulos y el gran tamaño de los empaques evidenciaban que aquellas eran falsificaciones ¿Tendrían permiso de uso de marcas? En los comentarios de la publicación los usuarios opinaban que tal emprendimiento era un despropósito, que no tenía sentido, que era una fachada para lavar dinero y que lo único que producían era basura difícil de degradar para el medio ambiente. Coincidía con las réplicas, salvo quizás las que afirmaban que así eran los supermercados de Corea del Norte ¿Sabía alguien a ciencia cierta cómo eran los almacenes del régimen de Kim Jong-un?

No resulta difícil trazar aparentes paralelos entre aquella tienda medioriental y la exposición de grado, Volúmenes del presente, del artista Juan Sebastián Oliva, inaugurada el lunes 4 de mayo a las 6:00 p.m. en el primer piso del Centro Cultural Universitario Rogelio Salmona, en una sala contigua a la entrada del joven Museo Universidad de Caldas y con curaduría a cargo de Sebastián Rivera, profesor del programa de Artes Plásticas de la Universidad de Caldas y asesor de tesis de Oliva. La muestra exhibía réplicas hechas en cerámica de herramientas de uso cotidiano tales como atomizadores, mosquetones, alicates, tijeras, tubos y un pequeño tarro de popper, alivio cómico dentro del solemne recinto; también se encontraban expuestos algunos de los moldes que sirvieron para producir aquellas réplicas de arcilla. Quizás la pieza que generó más revuelo, conjeturado por la cantidad de stories que vi sobre ella en Instagram, era un reluciente y agrietado atomizador a tamaño real, adornado con barnices y añadidos que simulaban muy convincentemente la textura del moho y la descomposición, demostrando la notable pericia de su autor con el manejo de la cerámica y los engobes.

En cuanto a las temáticas tratadas por la muestra, encontré que se proponían dos líneas oficiales al respecto. La primera, difundida por Rivera a través del texto curatorial que hizo para la exhibición, planteaba que el proyecto de Oliva era “un pequeño sabotaje a la lógica utilitaria” que le da sentido a las herramientas dentro de la sociedad contemporánea: si un alicate no sirve para agarrar, cortar o doblar entonces ¿merece que se le dé atención alguna? señalando a su vez que la materialidad de las obras, un medio delicado como la cerámica, representaba una propuesta “donde lo industrial se vuelve frágil, donde lo rígido se vuelve poroso, donde lo exacto se permite el error” (Rivera. S, comunicación personal, 4 de mayo de 2026).

La segunda perspectiva la ofrecía la cuenta de Instagram del MUC (2026) en una publicación, subida el 28 de mayo a modo de cierre de la exposición, donde se citaba el texto La belleza del objeto cotidiano del autor japonés Soetsu Yanagi, concretamente un extracto en el que este, primero hacía un elogio de la creación artesanal: “La mano es el don más precioso que la naturaleza ha concedido a la humanidad. Sin ella, la belleza no existiría”, para luego proceder a lamentarse por la proliferación de la manufactura automatizada a cargo de las máquinas. El post sugería una mirada distinta a la aludida por Rivera, una centrada en la dicotomía entre lo manual y lo industrial, en donde lo más importante no es preguntarse por la razón de ser en el mundo contemporáneo de una herramienta que no puede cumplir función alguna, sino reflexionar sobre el valor de la creación análoga en una época en la que prima la rapidez y la mecanización.

Ahora bien, yo me aventuraría a proponer una tercera mirada de la muestra como un espacio donde simplemente se resalta el valor estético que poseen los objetos de nuestro día a día. Porque probablemente la mayoría de nosotros usamos atomizadores a diario, pero cuántos nos hemos detenido a detallar su diseño, las diferencias que existen entre el atomizador para limpiar la mesa del comedor, el que mantiene húmeda la arcilla en el taller de cerámica, el que rocía alcohol en las máquinas del gimnasio, el que desinfecta los consultorios médicos, el que humedece el cabello en las peluquerías. Considero que Volúmenes del presente es, antes que nada, un elogio a la disciplina del diseño que invita a contemplar la belleza de los objetos en general, más allá de su carencia o no de utilidad y de la forma en la que estos fueron manufacturados.

Dicho esto, me hubiese encantado que Oliva se hubiese atrevido a experimentar más con el espacio de exhibición, a saber, cambiando alguno de los enchufes o de las luces por copias hechas en cerámica (siguiendo obviamente protocolos que garantizaran que no existiesen riesgos de electrocución para los asistentes) o tal vez proponiendo un diálogo directo con la materialidad de la estancia: las paredes, puertas o el suelo. Incluso, hubiese sido interesantísimo que el artista hubiese planteado el montaje de la exposición como un ejercicio performático abierto en el que las piezas de su autoría terminasen mezclándose y dialogando con las herramientas de ensamblaje del MUC.

Pese a sus similitudes, a diferencia de la tienda de conveniencia de “juguetes” dubaití, la muestra de Oliva sí que me gustó y me parece muy valiosa, no sólo porque se aleja y de alguna forma crítica las lógicas mercantiles de producción y consumo masivo que dan como resultado, entre otras cosas, el nacimiento de aquella tienda viral del Medio Oriente, sino porque, a nivel local, sus cuestionamientos van más allá de los cómodos lugares comunes a los que la mayoría de estudiantes del pregrado de Artes Plásticas recurren al momento de proponer su proyecto de grado: lo íntimo, el hogar, la pérdida, el duelo, el cuerpo, el archivo personal, etc.

Aunque en últimas lo verdaderamente importante es preguntarse si Volúmenes del presente evidencia cómo se ven las ferreterías de Pionyang. Pero eso ya tendrá que explicárselo Oliva al Bowibu.

REFERENCIAS:
Museo Universidad de Caldas. [@museo.muc]. (28 de mayo de 2026). ✨Soetsu Yanagi, en La Belleza Del Objeto Cotidiano, dice: “El arte popular debe ser, necesariamente, un arte manual. [Fotografías]. Instagram. https://www.instagram.com/p/DY4s5ZFFirf/?img_index=1

* Tesista Artes Plásticas Universidad de Caldas. Integrante del Semillero de Mediaciones y Teorías del Arte Contemporáneo.

La trayectoria musical de Lorena Uzuriaga: un testimonio de vida

Desde la terraza del noveno piso del Centro Cultural del Banco de la República, compartimos la inspiradora historia de Lorena Uzuriaga, una joven artista que, gracias a su talento, virtuosismo y gran disciplina, ha conseguido sobresalir en diversas facetas de su carrera musical. Su trayectoria abarca desde la producción musical hasta el canto, tanto en grupo como en solitario, la composición, la interpretación de instrumentos, la danza, además de desempeñarse como docente y destacarse, a su vez, en el ámbito de la gestión cultural.

Soy oriunda de Manizales. Tengo tres hermanas: Luisa con quien crecí y Yuly y Andrea por parte de mi papá. En mi familia no existe una tradición musical, pero desde pequeñas, Luisa y yo jugábamos a cantar juntas, a hacer armonías, y fue en esos momentos donde nació mi pasión por la música.

Recuerdo que estuve en la banda de marcha de mi colegio; comencé con los platillos y luego pasé a la lira. Aquello me hacía inmensamente feliz. Más tarde, participé en el curso básico de música en Bellas Artes de la Universidad de Caldas, y esa también fue una experiencia maravillosa para mí. Desde entonces la música ha sido una constante en mi vida. Después de graduarme del colegio no tenía muy claro qué profesión elegir. Entré a estudiar Derecho, pero la música siempre permaneció latente en mi corazón. Hasta que un día decidí arriesgarme y dedicarme a ella por completo. Fue una decisión valiente, porque muchas personas me cuestionaban preguntándome cómo iba a sostenerme. Mi respuesta siempre era: “Ya encontraré la manera”.

Gracias a una beca, me mudé a Bogotá para estudiar Producción musical en la Universidad de los Andes. Durante ese tiempo comencé a participar en presentaciones y grabaciones junto a compañeros en distintos lugares. Luego de un año de haber culminado mi carrera decidí regresar a Manizales, ciudad donde empecé a trabajar en Batuta como profesora de producción musical y canto. También fue allí donde comenzó mi recorrido con Tambor Hembra como cantante y productora musical. Esa experiencia marcó profundamente mi vida y me ayudó a crecer en muchos niveles, especialmente a defenderme en el escenario.

Como cantautora desde el año 2019, hago mis propias composiciones y actualmente formo parte del live band de Julián Cardona, explorando géneros como música electrónica, afro, house y melodic. Ha sido un universo completamente nuevo y emocionante para mí. La dinámica de la música folclórica es muy distinta a la del pop o al ambiente de los DJs en las fiestas nocturnas; desde los horarios hasta las energías, todo cambia de un espacio musical a otro.

Me considero muy afortunada y le agradezco a Dios por todas las oportunidades que he tenido. No ha sido un camino fácil; al principio hice muchas cosas gratuitamente para construir mi portafolio, pero esos pasos fueron necesarios para despegar. Con el tiempo gané experiencia, maduré mentalmente y se me abrieron puertas. Hoy puedo decir que vivo bien económicamente, gracias a mi trabajo en la música, y al apoyo incondicional de mi familia.

Mis canciones están disponibles en plataformas digitales, pero reconozco que vivimos tiempos retadores debido a grandes avances tecnológicos, como la inteligencia artificial. Me impacta ver cómo competimos con herramientas o artistas que producen enormes cantidades de contenido en plazos imposibles para los humanos. Mi ritmo creativo es distinto: está marcado por lo que puedo hacer tanto emocional como desde las finanzas. No tiene sentido competir con las máquinas porque seguimos caminos muy diferentes. Aunque es crucial adaptarse al panorama actual, creo firmemente que debemos ser fieles a nuestras raíces; no podemos permitir que las demandas del mercado nos desvíen de nuestra esencia artística y humana.

Recientemente, el Congreso de la República aprobó la Ley de la Música, oportunidad que considero una bendición. Aún necesito estudiarla a mayor profundidad, pero ya he oído de detalles alentadores, como incentivos específicos para apoyar a las mujeres en la música y fondos destinados para impulsar las presentaciones en vivo. Esto último me parece fundamental ya que siento que estas actuaciones son esenciales dentro de la industria.

En lo personal, antes me aterraba subirme sola a un escenario. Me sentía vulnerable, como si no fuera suficiente llenar ese espacio con mi voz y mi guitarra. Sin embargo, de tanto practicar, fui superando ese miedo. Con cada presentación entendí que no se trata de alcanzar la perfección, sino de disfrutarlo y compartir lo que amas hacer. Hoy en día alterno entre presentarme sola con mi guitarra y actuar junto a mi banda, lo cual me encanta porque puedo compartir escenario con amigos extraordinarios: Juan Manuel Ocampo en la percusión, Javier Loaiza en la guitarra, Jerónimo Salazar en el teclado, Diego Oyola en la batería y Oscar Castaño en el bajo. Me siento profundamente agradecida de poder tocar con músicos tan talentosos; su energía convierte cada concierto en una experiencia única e inolvidable.

 

 

 

Memoria y Sabor a Jazz

El Centro Colombo Americano consolida su espacio como el epicentro del género en la región con el Festival de Jazz Universitario, cuya reciente edición se llevó a cabo del 2 al 6 de junio. Este año, bajo el nombre de Colombo Big Bands Fest, el evento se dedicó a los ensambles de gran formato. Los asistentes disfrutaron de la presencia de la Big Band de la Universidad de Caldas, bajo la dirección de Javier Esteban Muñoz; la Big Band Teatro Colsubsidio, dirigida por Felipe Rey; y la Milestones Big Band, con la dirección de Ricardo Narváez. Además, el público vibró con las presentaciones de Décima Quartet y Tolú Jazz.

Este festival es un verdadero testimonio de resiliencia y gestión cultural. Sacar adelante este evento año tras año ha sido posible gracias al trabajo colaborativo e institucional del Centro Colombo Americano, el Banco de la República, la Universidad de Caldas y la Universidad Nacional de Colombia Sede Manizales. Esta unión estratégica ha permitido mantener un modelo donde la entrada para todos los conciertos y actividades académicas sea libre. Sin depender exclusivamente de recursos oficiales, estas instituciones han garantizado el acceso democrático a la cultura, democratizando el jazz y fortaleciendo el sentido de pertenencia por este arte en la región.

El festival no solo presenta música, construye carreras. Los talleres y laboratorios del pasado transformaron a los estudiantes en los directores, arreglistas e intérpretes que hoy lideran sus propias agrupaciones. El festival ha sido su escuela, permitiendo que las nuevas generaciones de artistas locales muestren su talento ante un público cada vez más conocedor y receptivo.

La agenda combinó los conciertos con un componente académico esencial: conferencias y conversatorios abiertos al público, donde expertos profundizaron en la circulación de este género y su relación histórica con otros ritmos. Se destacaron espacios como la conferencia “Astor Piazzolla y el Jazz”, dictada por Julio César Samper Olaya, y la charla sobre la “relación de la música cubana y el jazz”, con el maestro Alejandro Fernández, como los Conversatorios “Influencia del jazz en la salsa”, liderado por Carlos Velásquez y Germán Arias, “Circulación del jazz en Latinoamérica”, con Paulo Sánchez y Ricardo Narváez.

El Colombo Big Band Fest cierra sus puertas este año dejando una certeza: el jazz en Manizales no es una moda pasajera, sino una tradición institucional que sigue transformando vidas nota a nota.

Aguardiente Amarillo de Manzanares lleva la alegría a las fanzone de “La Casa de la Sele”

Durante el máximo evento deportivo del año, la fiesta del fútbol se vivirá en “La Casa de la Sele”, las fanzones oficiales que tendrá la Federación Colombiana de Fútbol en Bogotá, Medellín, Cali, Barranquilla y Bucaramanga, y en las que se podrán disfrutar los partidos de la Selección Colombia que se realizarán 17, 23 y 27 de junio.

La Industria Licorera de Caldas (ILC) llevará la alegría a estos espacios con su marca Aguardiente Amarillo de Manzanares, para que los asistentes puedan vivir una experiencia inolvidable con la transmisión en pantalla gigante, música en vivo, zona de comidas y encuentros con leyendas del fútbol nacional.

“Con mucho orgullo anunciamos muestra vinculación a esta iniciativa ya que el fútbol es una pasión que nos une a todos. Tendremos venta de Aguardiente Amarillo y diferentes activaciones con este producto que es sinónimo de esa alegría auténtica que nos define como colombianos”, anunció Diego Angelillis Quiceno, gerente general de la ILC.

La entrada a “La Casa de la Sele” será gratuita, pero con boletería que distribuirán los patrocinadores y aliados, y se espera una asistencia cercana a las 250 mil personas. Los sitios en los que se ubicarán las fanzone oficiales son: Bogotá (Parque El Tunal y parque Fontanar del Río), Medellín (Coliseo Iván de Bedout), Barranquilla (Gran Malecón), Cali (Parque de la Retreta), y Bucaramanga (Estadio Américo Montanini).

“Queremos que ‘La Casa de la Sele’ sea el lugar donde se celebren los mejores momentos del torneo porque en este mes, Amarillo somos todos”, expresó Angelillis Quiceno.

Otras actividades y experiencias

Para que los aficionados puedan vivir al máximo la mayor fiesta del fútbol, la Industria Licorera de Caldas también desarrollará una estrategia 360 en la que el Aguardiente Amarillo de Manzanares es el principal protagonista en los diferentes canales de consumo, como uno de los productos con mayor crecimiento en el mercado de licores.

“Vamos a tener presencia en todo el país en tiendas, restaurantes, bares y discotecas con las Zonas Amarillas que van a estar brandeadas y con elementos de merchandising como copas, camisetas, balones, etc, de Aguardiente Amarillo de Manzanares y Ron Viejo de Caldas, como los mejores acompañantes de las emociones y los goles en este mes”, concluyó el gerente general de la ILC.

Boletín de Prensa.

Ritmos colombianos marcaron la fiesta del Jazz en el Colombo Big Bands Fest 2026

Cinco Bandas de Jazz exaltaron la fusión y diversidad de nuestros ritmos de Colombia y de Latinoamérica, en una explosión de alegría para el disfrute de todos.

El Colombo Americano de Manizales, con el apoyo de aliados que año tras año apoyan la iniciativa de mantener vivo el espíritu del Jazz en nuestra ciudad, ofrecieron entre el 2 y 6 de junio una variada programación de conciertos, charlas y conversatorios con entrada libre, cumpliendo el propósito de fomentar la evolución del género y complacer a un público entusiasta que acompaña el proyecto desde 2010.

El médico y experto en músicas contemporáneas, Julio César Samper, destacó el esfuerzo que hace la directora del Colombo Americano, Clarita López y su equipo, “es de admirar. El no tener un apoyo directo como los años anteriores de los EE.UU, que patrocinaba dos o tres grupos universitarios de jazz cada año, no fue limitante para que con compromiso de ciudad realizara un festival de big bands todas colombianas con una gran altura musical permitiéndonos disfrutar y comparar inevitablemente la calidad de cada una, con gran satisfacción al escuchar gratamente las tendencias y vislumbrar un buen futuro para cada una de ellas. No descuido la parte de formación de públicos y estudiantes con las 4 charlas que se presentaron. El resultado general digo yo es muy bueno, estimulante, deseando que el año entrante nos sorprenda Clarita con otro festival de jazz y nuevas sonoridades”.

Personas de todas las edades, incluyendo público que ya conocía el festival y muchos nuevos adeptos, acudieron y disfrutaron del Colombo Big Bands Fest 2026, que este año dedicó su programación a la música colombiana con invitados de varias regiones del país, y a ilustrar cómo el Jazz ha influenciado otras músicas de nuestra América Latina, como el tango, la salsa, y la música cubana.

El Colombo Americano de Manizales ya empieza a prepararse para el Festival 2027, que promete el regreso a Manizales de notables escuelas y programas de formación en Jazz de los Estados Unidos que participaron en algunas de las ediciones anteriores, tales como Berklee College of Music, la Universidad de Alabama, entre otras, y se espera retomar el Jazz Camp, que ofrecerá talleres de formación en Jazz a jóvenes intérpretes del género de la ciudad y del departamento de Caldas.

Este Festival se realiza gracias al apoyo de aliados como la Universidad de Caldas, la Universidad Nacional de Colombia y el Banco de la República, instituciones que desde 2010 apuestan a la divulgación cultural, la formación de públicos y la dinamización de la agenda cultural de nuestra ciudad. Gracias a todos ellos!

 

Ciudad Impresa: imágenes que siguen haciendo preguntas

Un ojo de un perro blanco me mira directamente y parece que entra hasta el fondo de mis pensamientos. Puedo imaginarme su cuerpo desde esa mirada que penetra en cualquier esquina, de cualquier barrio. Esta es una de las imágenes que se encuentran sobre la mesa en una reunión a la que Ciudad Impresa ha invitado a varias personas para reconstruir el fotolibro que está próximo a imprimirse con Matiz Editorial. Estas páginas son producto del Programa de Aceleración para Emprendimientos Culturales y Creativos, Viveros creativos, un espacio donde durante seis meses participaron de capacitaciones y mentorías, para al final ganar un incentivo que permite la creación de este dispositivo, entre otros procesos, para condensar un recorrido largo, complejo y colectivo.

Las fotografías pasan de mano en mano. Se comparan, se mueven, se agrupan. Algunas permanecen. Otras desaparecen. Alguien anota una idea en el margen. Otra persona tacha una palabra. Una página cambia de lugar. Una secuencia se rompe. El libro apenas existe en un primer borrador, pero ya respira.

Pienso entonces que una imagen tiene una fuerza extraña. Hay cosas que las palabras rodean y explican. La fotografía, en cambio, a veces llega de golpe. Resume. Condensa. Señala. Ataca directamente. Una imagen puede contener una tarde entera, una herida abierta o una forma de resistencia.

Mientras el país vuelve a discutir nombres, candidatos y promesas, Ciudad Impresa lleva años haciendo otro tipo de política. La de sentarse a escuchar donde casi nunca llegan las cámaras. La de quedarse cuando ya pasó la urgencia. Siete años parecen poco tiempo. Pero son suficientes para demostrar que una fotografía puede abrir conversaciones que de otro modo nunca ocurrirían.

Durante sus inicios, Ciudad Impresa trabajó junto a organizaciones barriales de Manizales realizando montajes de fotografía de gran formato en el espacio público. Ha participado de espacios para hablar sobre el territorio desde la imagen, donde rebuscan en archivos barriales otras memorias de la ciudad. Pero también ha estado presente en momentos específicos de la historia reciente: durante el paro de 2021 exploraron formas de llevar al espacio público las imágenes de las manifestaciones a través del fanzine, el collage y otros dispositivos de circulación colectiva. Al mismo tiempo, han construido procesos más íntimos y afectivos, desde bitácoras y talleres con instituciones donde se repiensa lo cotidiano.

En sus fotografías se ven personas que ya no están, transformaciones que ocurrieron lentamente y huellas que suelen pasar desapercibidas. Incluso la pandemia, que para muchos parecía un tiempo suspendido, aparece como evidencia de que la vida comunitaria nunca dejó de construirse: pantallazos, mensajes y documentos que daban forma a ideas y retomaban conclusiones.

Esta reunión no se siente únicamente como la edición de un libro. Se parece más a un juego sobre lo que pasó, lo que cambió y lo que debe permanecer. Porque un fotolibro nunca es solamente un objeto, es apenas la parte visible, debajo de sus páginas hay años de discusiones, amistades y afectos acumulados.

Escuchando a Ciudad Impresa pienso que los proyectos autogestionados tienen vida propia: Crecen, mutan, atraviesan momentos de tensión. Aprenden, se equivocan y encuentran nuevas preguntas. Sobre todo, necesitan redes para sostenerse. Ningún proceso colectivo permanece siete años por la fuerza de una sola persona, sino por las muchas manos que lo empujan, lo discuten y lo cuidan.

Además, si hay algo que los procesos colectivos terminan enseñando tarde o temprano, es que nadie permanece para siempre. Las personas llegan, se van y cambian de rumbo, pero algo queda circulando… una pregunta, una metodología, una forma de mirar. Los colectivos dejan rastros que continúan expandiéndose mucho más allá de quienes los conforman en un momento determinado, como un eco que nace y se mezcla con las esquinas de otros barrios, las paredes de otras instituciones y la mirada de otros perros.

Durante años se ha hablado de la ciudad desde aquello que no tiene: grandes instituciones, grandes presupuestos o grandes escenas culturales. Sin embargo, ese mismo vacío obligó a muchas personas a inventar otras formas de hacer. A trabajar más cerca de los barrios, de las comunidades y de los afectos. A construir redes antes que estructuras.

Ciudad Impresa es una muestra de algo más amplio, apenas la punta visible de una montaña de proyectos de educación popular, creación artística y trabajo comunitario que existen en Manizales. Experiencias que a veces parecen pequeñas, pero que llevan décadas construyendo formas distintas de habitar la ciudad.

Por eso, cuando se mira con atención, la pregunta cambia de qué le falta a Manizales, a qué ha sido capaz de producir desde esas condiciones. Muchas de las prácticas que hoy aparecen en los discursos de las grandes ciudades —la autogestión, el trabajo situado, la mediación, la educación popular, la construcción colectiva de conocimiento— llevan años ocurriendo aquí desde colectivos, procesos barriales, artistas, organizaciones e instituciones que aprendieron a trabajar juntos.

Ciudad Impresa hace parte de esa historia. No como una excepción, sino como una de sus múltiples manifestaciones.

Cuando nos citaron a este espacio nos pidieron que lleváramos libros que nos inspiraran o que quisiéramos compartir. Y mientras las fotografías cambiaban de lugar sobre la mesa, esos otros libros empezaron a entrar en los diálogos. Alguien señalaba una secuencia de imágenes. Otra persona mostraba una técnica para encuadernar. Aparecían referencias, preguntas y ejemplos. Lo que comenzó como una reunión para editar un fotolibro terminaba abriendo espacio para muchas otras apuestas. Como suele ocurrir en los espacios colectivos, una idea llevaba a la siguiente.

En algún momento Ciudad Impresa propuso grabar parte de la conversación para uno de sus microdocumentales, uno de sus últimos trabajos, dedicado a personas y procesos que admiran, acompañan y consideran fundamentales para comprender las imágenes que habitan. La idea parecía sencilla, pero produjo una pequeña tensión divertida: de repente nos volvimos conscientes de nuestras palabras, de las pausas, de los comentarios a medio terminar. Y creo que eso decía algo importante sobre la reunión, no se trataba solamente de construir un libro, sino de preguntarnos qué parte del proceso merece ser recordada; entender que la memoria estaba tanto en las fotografías y las páginas impresas, como en los comentarios, los desacuerdos y las asociaciones inesperadas que hacen posible que algo exista.

Al final de la reunión las fotografías siguen sobre la mesa. También los libros, las anotaciones y algunas conversaciones que quedaron abiertas. El perro blanco continúa observándome desde una de las imágenes. Quizá por eso sigue mirándome. Porque algunas fotografías no terminan cuando uno deja de verlas. A veces apenas empiezan allí.

Microdocumental disponible en https://www.instagram.com/p/DWaWiQhjA1u/
@ciudadimpresa

* Artista plástica. Investigadora.

Receta para cocinar una universidad intergeneracional

A un año de creación de la Universidad Intergeneracional, programa pionero en el país liderado por la Universidad de Caldas, ha certificado a la fecha cerca de 2.000 personas mayores en diversas áreas del conocimiento que van desde historia, género, arte, ciencia y tecnología hasta producción de alimentos, entre otros, convertida en “una estrategia clave para promover el intercambio de saberes, reducir brechas generacionales y fortalecer la cohesión social”, según reza en el informe presentado a la comunidad: “Un año entre generaciones”.

Testimonio de estas afirmaciones es el siguiente “Manifiesto de una experiencia compartida” del primer diplomado del proyecto, Lectura y Escritura Creativa bajo la dirección de la profesora Olga Lucía Jaramillo, leído por algunos de sus estudiantes durante el acto:

En la receta para cocinar una universidad intergeneracional, estos son los ingredientes:

” Una universidad pública dispuesta a abrir sus puertas y a recuperar en su quehacer su raíz etimológica, reunido en un todo. Varias luchas generosas de democracia para que nadie vuelva a confundir el aprendizaje con un privilegio económico.

” Una mesa larga, casi infinita, capaz de invitar a aquellos banquetes griegos donde los filósofos ejercen la ceremonia de discutir sobre la belleza, el amor, la filosofía, la política y el desconcierto de estar vivos. Un padre que trabajó toda la vida para agradar a sus hijos y que por primera vez cruza la puerta a la universidad como estudiante. Una mujer que regresa décadas después de haber obtenido su título y descubre que volver a estudiar también es una manera de desafiar el tiempo y de desobedecer a la idea de que la universidad solo pertenece a los jóvenes.

” Un hombre que decide abandonar la contemplación pasiva de los días para volver a ejercitar la curiosidad y el placer de aprender. Una persona joven y una mayor que descubren que las generaciones pueden dialogar sin competir entre sí y sin restar valor a la experiencia ni a la novedad. Personas dispuestas a leer, escribir, bailar, tejer, cocinar, pintar, dibujar, cultivar, conversar, crear y compartir aquello que saben hacer mientras aprenden de los conocimientos y experiencias de los demás.

” Puñados abundantes de paciencia, escucha, curiosidad y ganas de continuar conversaciones que parecían aplazadas desde hace décadas o de iniciar nuevas que enriquezcan el diálogo intercultural. Una ración generosa de historias, canciones, recetas, libros, flores, movimientos, colores, texturas, memorias y saberes construidos a lo largo de la vida.

” Ahora vamos con la preparación.

” El primer paso. Abra las puertas de la universidad. Comience por eliminar la pregunta más inútil de todas. ¿Qué edad tienes? Permita la entrada de quienes nunca pudieron estudiar, de quienes quieren volver a hacerlo, de quienes aplazaron sus sueños para sobrevivir y de quienes crecieron alimentando el mito de que la educación, al igual que una lata de atún tenía fecha de caducidad. Mezcle generaciones en un mismo salón. No separe a las personas por fecha de nacimiento, género, procedencia o cualquier otra etiqueta.

” Segundo. La receta mejora cuando alguien de 20 escucha a alguien de 70 y ambos descubren con cierta sorpresa que todavía tienen algo que aprender mutuamente. Cuando alguien del campo intercambia una flor con alguien que trae un confite empajado en la ciudad. La sazón se potencia con la variedad.

” Tercero. Agregue distintos saberes. Incorpore palabras y silencios, libros y conversaciones, agujas e hilos, pinceles y colores, flores y jardines, música y movimiento, recetas y aromas. Revuelva hasta comprender que el conocimiento tiene muchas formas y que todas ellas pueden dialogar.

” Cuarto. Permita la creación. Dejen que las personas imaginen, experimenten y se equivoquen. Permita que unas escriban historias, otras diseñen arreglos florales, otras descubran el ritmo de una danza, otras pinten su mensaje imaginado o recuperen una receta heredada. Toda creación es también una forma de conocimiento.

” Quinto. Cocine a fuego lento. La educación intergeneracional no es una competencia contra el tiempo. Necesita tiempo para marinar las ideas, practicar habilidades, equivocarse y descubrir que aprender nunca ha sido una carrera contra el reloj.

” Sexto. Incorpore experiencias de vida. Añada trabajos agotadores, maternidades, duelos, pueblos violentos, paisajes bucólicos, amores tardíos, dolores antiguos y sueños que sobrevivieron a los años. Revuelva todo hasta que cada persona encuentre el valor de compartir aquello que la ha convertido en quien es.

” Séptimo. No elimine las diferencias, déjelas convivir dentro de la misma olla. Las miradas distintas enriquecen las conversaciones, amplían la comprensión del mundo y transforman la manera de interpretar la realidad.

” Octavo. Sirva en comunidad. Porque en una universidad intergeneracional el aprendizaje se materializa en comunidad, en la escucha de la experiencia acumulada y por acumulado, en la conversación, en el intercambio de saberes y en la posibilidad de descubrir que lo que cada persona conoce adquiere un nuevo valor cuando se comparte. Aquí no se percibe la lucidez individual como una conquista aislada, sino la construcción compartida de conocimientos. Esa certeza de que comprender mejor el mundo también implica comprender mejor a quienes lo habitan.

” Noveno. Conceda algunas estrellas Michelin al empeño de los cocineros, a la calidad de los ingredientes y al plato terminado. Añada como guarnición un diploma que dé testimonio de las ilusiones, aspiraciones y metas cumplidas.

” Décimo. Celebre y disfrute del banquete. Reúna a familiares, amigos, compañeros y maestros alrededor de la mesa. Brinde por los aprendizajes, las amistades, los descubrimientos y los sueños que encontraron una segunda oportunidad. Sirva con generosidad y recuerde que esta receta puede prepararse tantas veces como sea necesario.

” Manifiesto de una experiencia compartida. La experiencia de la Universidad Intergeneracional confirma el valor de una educación que propicia el encuentro entre generaciones, saberes, oficios, expresiones artísticas y experiencias diversas.

” A lo largo de este proceso, el diálogo, la creación, la práctica compartida y el aprendizaje colectivo se han convertido en herramientas para fortalecer los vínculos comunitarios. Ampliar las perspectivas de comprensión del mundo y reconocer que el aprendizaje es una posibilidad que acompaña toda la vida. Cada curso, taller, diplomado y espacio de encuentro demuestra que nunca es tarde para comenzar algo nuevo ni demasiado temprano para aprender de quienes han recorrido otros caminos.

” En las aulas, los talleres y los espacios de creación, las diferencias llegan desde barreras para convertirse en oportunidades de intercambio y enriquecimiento mutuo. La Universidad Intergeneracional es, ante todo, una comunidad que reconoce el valor de cada experiencia humana y que entiende la educación como un bien común, un lugar donde las personas se encuentran para aprender, enseñar, crear y construir memoria colectiva”.

RESULTADOS DEL PRIMER AÑO UNIVERSIDAD INTERGENERACIONAL

Darío Arenas Villegas, Vicerrector de Proyección Universitaria de la Universidad de Caldas, dependencia encargada de producir el proyecto, agradeció al ecosistema intergeneracional. “Nos hemos venido convirtiendo en una gran familia”. Y estas son las razones que esgrimió para hacerlo: “Uno, que después de un año estemos aquí juntos, como una gran alianza de ciudad y como una gran alianza de territorio. Dos, que hoy la historia nos la estemos contando no solo desde las directivas, sino que la cuentan los estudiantes y los profesores en su propia voz. Y tres, que estemos celebrando que hoy la Universidad Intergeneracional sea el programa que más personas mayores, con un modelo de intergeneracionalidad, marque la pauta en el país”.

75 % de los estudiantes mayores de 60 años, el otro 30 % menores de 60 incluyendo jóvenes y niños, entraron en una conversación bidireccional muy potente por la experiencia de quienes la han vivido, empieza de una manera, pero termina de formas absolutamente inesperadas, según lo relataron algunos de ellos.

A continuación los principales resultados de este primer año de la Universidad Intergeneracional:

  • Cerca de 2.000 personas certificadas (más del 75% de ellas mayores de 60 años).
  • Cuatro cohortes académicas gratuitas desarrolladas.
  • Más de 60 cursos de formación de 48 horas en modalidad virtual y presencial, así como el primer diplomado en lectura y escritura creativa.
  • +100 docentes vinculados al programa.
  • +50 módulos de orientación psicosocial como parte del modelo de educación integral completando 250 horas de intervención en temas como duelo, manejo de las emociones, autogestión, entre otros.
  • 500 participantes de las actividades desarrolladas como parte de la agenda de ocio cultural activo y creación intergeneracional.
  • 85% de los barrios de Manizales alcanzados, además de veredas y municipios de Caldas.
  • Un intercambio académico internacional con la Universidad de Guadalajara, México.

La Universidad Intergeneracional surge en respuesta directa a una realidad sociodemográfica urgente. Según el Observatorio de Planeación y Territorio de la Alcaldía de Manizales, cerca del 21% de la población de la ciudad tiene hoy más de 60 años, una cifra superior al promedio nacional. Las proyecciones del DANE indican que para 2042, esa proporción ascenderá al 27%, convirtiendo a Manizales en uno de los territorios con mayor proporción de personas mayores en Colombia.

Es por lo anterior que el proyecto, además de su carácter innovador y de los positivos resultados en este primer año, enfrenta también retos fundamentales para reducir barreras de acceso a la educación de toda la población, según llamó la atención el Vicerrector Arenas Villegas: crear una red entre las universidades del país que contemplen programas similares; ampliar la cobertura en barrios socio económicos marginados y zonas rurales del territorio; agregar nuevos aliados para garantizar más efectividad en los programas y cursos; fortalecer la modalidad virtual, oferta que ha permitido la participación de personas mayores de otros sitios de Colombia y del exterior.

 

 

 

 

Los valores reales

Al leer a Franz Kafka siempre pensamos que como se dice, eso es solo la imaginación del escritor, cuando narra todo esos laberintos de diversas oficinas que aparentemente no sirven para nada más que para crear confusión y desespero de quienes tienen que someterse a esos interminables trámites oficinescos, pero será Luis Fayad quien nos los acerca y contemporiza en una historia también kafkiana o en este caso Fayadesca.

Luis Fayad (Bogotá, 16 de agosto de 1945) escritor y poeta colombiano de ascendencia libanesa, reconocido por destacar la literatura en realismo e imaginación. Estudió Sociología en la Universidad Nacional de Colombia, trabajando al mismo tiempo como guionista para radio y televisión, además de iniciar su carrera como periodista, que le ha llevado a vivir en varias ciudades europeas, como París, Barcelona, Estocolmo o Berlín, donde reside. De su obra publicada se tienen las novelas: Los parientes de Ester, 1978, Compañeros de viaje, 1991, La caída de los puntos cardinales, 2000, Testamento de un hombre de negocios, 2004 y Regresos, 2014.

Su obra se localiza casi siempre, en Bogotá de la cual hace memorables descripciones no solo de sus calles, avenidas y uno que otro laberinto para ir de esa manera descubriendo barrios, plazas, parques y sitios emblemáticos con ricas caracterizaciones. Igualmente se solaza presentando todo tipo de personajes típicos de todas las condiciones socioeconómicas con oficios desde menesterosos hasta gerentes generales, pasando por toda clase de burocracia, de ventas ambulantes o de increíbles actividades o proezas para sobrevivir en ese caos retratado.

La crítica a la administración pública, apática al atender al ciudadano es constante, al igual que a las políticas que posibilitan y favorecen las desigualdades y las discriminaciones con su indiferencia por las carencias de los más necesitados a quienes solo les resta una vejez miserable llena de limitaciones pues las oportunidades se han posibilitado no justamente para los más urgidos.

En su último libro Regresos nos presenta la situación que afrontó el antropólogo Ernesto Gonzaga con un posgrado en Canadá, quien después de veinte años decide regresar a ocupar un cargo que parecía a su medida y con el cual tendría su futuro despejado y así lo manifestó.

Las dificultades disminuyeron después de graduarse, pero no desaparecieron, con la maestría consiguió trabajos temporales de profesor por encargo, uno en la Facultad de Arqueología, y oficios al margen, como bibliotecario y corrector de pruebas de monografías sociológicas. Los contratos de los años siguientes no fueron malos pero su tiempo limitado no le permitía cotizar para la jubilación–. En los últimos años me          financiaron una investigación, la hice sobre los indígenas del Amazonas.

El trabajo en el ministerio le permitiría conseguir una casa para que vinieran a vivir con él, su mujer y sus hijos, además de poder comprar un carro para desplazarse con más facilidad. El trabajo realmente era poder desarrollar su tesis sobre los indígenas del Amazonas y eso le venía como anillo al dedo, pero una cosa piensa él y otra las circunstancias que rodean unos organismos aparentemente con una buena planeación en las actividades que les competen y otras las consecuencias de una priorización de los escasos recursos gubernamentales, de lo cual fue víctima inmediata, pues su cargo inicial y finalmente, tenía una duración de tres meses, al final de los cuales iniciaba un tortuoso proceso burocrático para la prórroga del dichoso contrato.

Lo hicieron sentarse frente a la mujer con el ruego de que tuviera paciencia. Los papeles no estaban a la mano y, como disculpa, ella dijo que de la otra oficina no los habían enviado a tiempo. Pero fue amable y lo felicitó por la categoría de su puesto y le deseó suerte con la prórroga. Le entregaron un sobre con tres formularios que debía devolver rellenos en tres oficinas diferentes. Él se sorprendió de que ese día no lo mandaran a hacer mas diligencias. La mujer le dijo que por lo pronto se encargara de ordenar los papeles, en su casa o durante el trabajo, sin apresurarse. Una semana iba a ser el tiempo más corto de las primeras vueltas.    

Un trámite que parecía simple llegó a complicarse hasta el punto de necesitar asesoría para su diligenciamiento y ni se diga para conseguir todos los anexos a incluir para cada ejemplar a dejar en diferentes oficinas plenas de personas encargadas de entorpecer aun más esas entregas y creando cada vez nuevos requisitos, horarios, colas para cada averiguación y así colmar la paciencia del más calmado.

Mientras tanto, y aun sin vencer el tiempo de su contrato inicial, los inconvenientes empezaron a aflorar pues las condiciones económicas hacían variar continuamente el desarrollo de los proyectos asignados como en su caso, en donde el trabajo a desarrollar en el Amazonas ya no tenía recursos, como si la planeación no se tuviera en cuenta o si, pero sin contar con los recursos necesarios.

Las relaciones con sus compañeros de trabajo, dada la hipocresía que caracteriza al ser humano o los celos por la permanencia en los cargos públicos por la inestabilidad política que los caracteriza y las envidias de todo tipo aunadas, a los celos profesionales, se volcaban sobre el primer aparecido que trataba de usurpar jerarquías y derechos establecidos, desconociendo de esa manera el conocimiento especializado, constituían otra presión insoportable.

Cada vez que estaba en la calle por alguna de las diligencias propias de su prorroga o por el recorrido entre su apartamento y la oficina, o por las visitas a algunos nuevos amigos, se maravillaba de ese abigarramiento que presentaban las calles llenas de personas unas andando desaforadamente, otras plantadas en una esquina a la espera de lo inesperado y otras con su paso cansado por los años o por la angustia que arrastraban. En esa esquina confluían oficinistas libres de la jornada y clientes que entraban y salían  de los almacenes, vendedores ambulantes en el cruce de los semáforos, loteros y labriegos y aldeanos desplazados, y unos malgeniados que caminaban a empujones aunque tuvieran el paso libre.

Su aporte en la oficina a los jóvenes recién vinculados, mientras se definía su contrato, variaba continuamente pues primero era prioritario un proyecto sobre explotación técnica de maderas que luego lo cambiaron por otro de pesca marina y luego desembocaron en una explotación carbonífera, todo fruto de la inepta dirigencia de todos los niveles, la caótica asignación, recorte y desviación de escasos recursos, la confrontación entre la burocracia y la tecnocracia en donde prima la política.

Para sobrevivir en esa caótica incertidumbre de un nuevo puesto o una posible prórroga del contrato inicial, tuvo la entereza de aceptar nuevos desafíos que no tenían nada que ver con su formación académica, y fue, por medio de los conocidos que le presentaba la vida, como pudo colmar su tiempo desempeñándose como tutor de niños de primaria, conductor de camioneta, acarreador de frutas y verduras y otros oficios muy dignos y a través de los cuales pudo apreciar al verdadero ser humano lejano de vanas pretensiones pero con anhelos por cumplir, así encontró y disfrutó la compañía de seres inmejorables que le permitieron retomar su regreso a pesar de la aprobación de su nuevo cargo pero sin el proyecto del Amazonas, lo cual lo habría convertido en un empleado sin ilusiones.

* Profesional en Filosofía y Letras Universidad de Caldas.

 

 

El “Conatus”[1] poético de Francisco Gómez Campillo

(El valor de la crítica)

La poesía de Francisco Gómez Campillo (Itagüí , Antioquia, 1968 , es reflexiva y meditativa, alterna estos dos modos de pensar y de ser. La elucubración elaborada que no esconde vestigios modernistas, disputa su concentración con la contención y brevedad del poema reposado y corto de sus Tankas y sus coqueteos con el haiku.

Con respecto a la primera forma de ser y crear, poéticamente, Gómez Campillo pareciera exponer aquel tipo de inteligencia que postuló Alfonso Reyes en sus debates sobre la inteligencia americana al momento de discernir el fundamento de nuestro sentir y pensar,  inmerso en el dilema cosmopolitismo euro-occidental vs pensamiento propio: “De ambos recibimos inspiraciones (…). De un modo general, la inteligencia de nuestra América (…), parece que encuentra en Europa una visión de lo humano universal, más básica, más conforme con su propio sentir.”[2]

La segunda forma de realización del poeta payanés (de origen antioqueño), sería una inclinación “natural” a la serenidad y el reposo, al rumiar lento y al cultivo del aquietamiento, estimulada tanto por medios ordinarios (en la meditación del caminar y moverse en bicicleta), como al seguir la senda de William Burroughs y Bruno Mazzoldi al adentrarse en el mundo de los estados no-ordinarios o alterados mediante la ingesta de enteógenos; ambas estrategias de creación y de expresión del mismo bailarin taoísta que: “/Danza/Dentro/De la/Complejidad/De ser/El múltiple/Bailarín/Que danza/Dentro/De la/Música/Que está/Dentro/De sí misma/Sonando/Como/Suena/El cielo/Vacío/Y luminoso/Que en los/Ojos/Del bailarín/No cesa.”[3]

Francisco Javier Gómez Campillo

La tenebrosa dualidad de su estar-siendo, explica no solo la disparidad formal de su obra (escindida entre sus “canciones cortas” y sus elaborados y densos poemas existenciales), sino también parte de las claves de su intensa “lucha por la vida”; lo que denominaré: su voluntad de conatus.

La clave, y los códigos antropo-estéticos del régimen nocturno que despliega La tiniebla luminosa (Bogotá, 1993), son de origen romántico alemán y escenario favorito del surrealismo francés y de lo que, de las dos corrientes, llegó a Latinoamérica. Como lo afirmó Quessep sobre este libro, allí se encuentran los “dolores, el purgatorio, la verdad y la belleza”[4];  un cúmulo de figuras simbólicas nocturnas[5] que concilian los contrarios, como lo postula su paradojal título: “tiniebla luminosa”, donde el poeta  fusiona lo bueno y lo malo, el día y la noche, la luz y la obscuridad, el sueño y la vigilia, en ciclos ambiguos y cambiantes que disuelven lo “real” y liberan la portentosa energía vital  que desata el choque de los opuestos antes de conciliarse, como un ciego que  solo “ve”: “…sombras infinitas/infinitos pozos de agua oscura/(…)/rostros que solo emiten gritos/ (…) Tinieblas desesperadas en busca de luz/ (…) Lámparas ciegas que gritan…”[6]

En relación dialéctica negativa, en El viento y los colores, Gómez Campillo se sube a la esquina más alta de su libro y lanza una manifestación: “Sé que estoy vivo”. Y, años mas tarde, en un sofisticado ensayo sobre la poeta venezolana Yanuva León, comienza declarando: “Se escriben poemas a condición de estar viva. Pero se está viva a condición de hacer vivir el poema.” [7]

La tiniebla luminosa, Colcultura, Bogotá, 1993.

Las difíciles formas de “La tiniebla luminosa” contrastan intensamente con la transparencia y levedad de “El viento y los colores”[8], lo que da cuenta, y revela, una puesta en abismo de una existencia en tensión que subyace como furioso pulsar de la vida. De la enmarañada trama de fuerzas e impulsos latentes que ponen en pie, a diario, al poeta.

Desde un extremo hasta el otro, la poesía de Gómez Campillo, transmite la vibración del conato del ser en pugna por su existencia, las atmósferas de sus versos rea-activan imaginativamente en el lector tormentas de sombras, seres extraviados, éxtasis y agonías, delirios e iluminaciones. Desde La tiniebla luminosa se yergue un Yo,  y si,  un Ego, un soplo inmaterial que  flota inmerso en un denso cuerpo de agua que lo arrastra a la magnanimidad de lo desconocido, porque  “Desde el punto de vista de la teoría del  “…egoismo esencial que subyace a todo lo existente, defendida tanto por Hobbes a través de su principio del conato, como por Spinoza en su teoría de las pasiones (…) “cada cosa se esfuerza, cuanto está a su alcance por perseverar en su ser”[9]

El viento y los colores, Universidad del Valle, 2005

En pleno trance de conato, un día cualquiera, Gómez Campillo entró al laberinto de Spinoza. El mismo laberinto que siglos atrás visitaron Giordano Bruno, Pascal, Leibniz y todos los teósofos del siglo XVII, que quisieron demostrar (racionalmente), la existencia y naturaleza de Dios. En el año 2018, el poeta presentó su proyecto de investigación doctoral titulado “Po-ética del lenguaje en Baruch Espinosa”, investigación pensada en un diálogo profundo, con otro “cofrade” proscrito de Espinosa: el suicida de Partbou, Walter Benjamin.

Al dividir en dos partes el termino “poética”, convirtiéndolo en: po-ética, su autor acentuaba fuertemente la pretensión del desarrollo de una filosofía moral, desde el interior de la experiencia poética misma: “La expresión «po-ética» que intentaré llenar de contenido filosófico- escribió Gómez Campillo en su proyecto de investigación doctoral -, quiere remarcar y aprovechar la presencia de la palabra «ética» al interior de la palabra «poética»”[10]. A ese laberinto se lanzó, y el minotauro se lo tragó. Esa fue la última vez que vi al académico. Unos años más tarde, un abrazo nos reunió en algún rincón de la ciudad, pero él ya no era el mismo; el académico había sido “arrojado” a la exterioridad[11]: frente a mi, solo vi el poeta expoliado, retornando de los suburbios.

Baruch Espinosa

Cuando un intelectual es marginado de la academia, para el ethos moderno[12], el impacto que tiene, equivale a la expulsión de la “santidad académica”, al exilio hacia la abisal tiniebla, al lugar social del despojo del mérito y la “virtud” que sostiene a un intelectual que vive del trabajo de educar en los “templos del saber”; en tal situación, la fragilidad de  la “virtud” es socavada por el enemigo rumor: porque “Si un rumor/Te forma,/Un rumor/Te diluye,/Un rumor/Te traspasa (…) Rumor/Primero/Y último,/Rumor/O muerte”[13]. Las fauces de la noche vestida de rumor se tragan la luz.  La máscara blanca de la “ciudad letrada”, devora a su hijo, como lo hace el temible Saturno, en la inenarrable noche de Goya.

Como se sabe, el filósofo judío sefardí de origen español, nacido en Amsterdam y muerto en la Haya, que influye y apasiona al poeta, fue desterrado de la sinagoga con el siguiente anatema: “Excomulgamos, maldecimos y separamos a Baruch Espinosa, con el consentimiento de Dios bendito y con el de toda esta comunidad; delante de estos libros de la Ley, que contienen trecientos trece preceptos (…); que sea maldito de día, maldito de noche; maldito cuando se acueste y cuando se levante; maldito cuando salga y cuando entre; que Dios no lo perdone; que su cólera y su furor se inflamen contra este hombre  y traigan sobre él  todas las maldiciones escritas en el libro de la Ley, etc..”[14]

Adjetivos nada “sacros”, gélidamente burocráticos, sentenciaron lo propio para el poeta payanés, al ser separado del santuario de la moderna “sinagoga del conocimiento”. En una muestra explosiva de un acontecimiento que ilustra el complejo rizoma vital y el sentido de su existencia poética, devenida conato.

La conciliación de opuestos que el poeta logra, en su obra, en uso del régimen nocturno, le permite visualizar y, por qué no, anticipar las caídas del alma humana, incluida la propia, dado que “(…) Entre la noche y oscuridad cósmica y la noche humana psicológica, mística o religiosa hay unos lazos de relación tan profunda, que es lo que hace que también hoy, en un mundo más conceptual que el semítico, el lenguaje de lo nocturno siga prestando un gran servicio para expresar realidades profundas del ser humano.”[15]

Una poesía rica y atormentada, elusiva y profunda marca el ritmo de este trihiller de terror en el que se convirtió la vida del autor que, en pleno conatus, como el ladrón que ha robado el absoluto en su poema, como el  transgresor al que instiga y anima complicemente, cruzando los tiempos, se escurre a toda velocidad por la calle del cacho y grita a si mismo: “Corre duro,/No te dejes/Agarrar ladrón,/Es tuyo/Lo que has/Robado,/Que tus piernas/No fallen,/Dios es/Un policía,/Oye sus/Horribles/Sirenas/Dando aviso/A la humanidad,/Corre duro/Hacia ese/Punto/Donde correr/Es el sol/Absoluto/Que has/Robado,/Es tuyo ladrón,/Corre hacia/Donde correr,/Corre,/Absolutamente.”[16]. Francisco Gómez Campillo, desatado, y libre (tal vez), brazos al aire en acompasados y festivos movimientos giratorios, cual juego de veletas propinando fuertes golpes de abanico para mover el viento y los colores, y mantener encendida la llama del fuego de la vida.

De quien he escrito hasta aquí, hoy ya no queda casi nada. En “Miseria de la poesía colombiana” (2017), “Objetos fractales porno” (2020) y “La poesía me importa un pito”, Campillo se instala decididamente en la post-poesía, expande su contraído posmodernismo, migra hacia el silencio de la imagen, libera su ironía y se place en la irreverencia, experimenta hasta el límite: nace un Francisco II, o reaparece el francisco 0.0., el oculto, pero latente transgresor que caminaba por los claustros bajo el peso y la sombra del académico “correcto”. Pero esto es harina de otro costal, tema para otro capitulo.

REFERENCIAS

[1] Conatus en latín: “esfuerzo; empeño; impulso, inclinación, tendencia; empresa; afán”, es una inclinación innata de algo a seguir existiendo y a desarrollarse.

[2] Reyes, Alfonso América, en “America el pensamiento de Alfonso Reyes”, F.C.E, Mexico, 2012, pag, 122.

[3] Gómez Campillo, Francisco, “El viento y los colores”, Universidad del Valle, 2005, pag, 37.

[4] Cf. Quessep Giovanny, Rincón del bibliófago, Magazín Dominical, el Espectador, SF.

[5] Durand, Gilbert, Estructuras antropologías de lo imaginario, 1991.

[6] Gómez Campillo, Francisco Javier, La tiniebla luminosa, Colcultura, 1993, Bogotá, pág. 9.

[7] Colegio de señoritas edición 93, noviembre 28 de 2025. Disponible en: https://poesia.uc.edu.ve/colegio-de-senoritas-de-yanuva-leon-por-una-micropolitica-del-poema/

[8] Del que su “camarada” y colega Cesar Samboní dice: “La palabra constituye el espacio donde habita el poeta, es allí donde se entiende y se esclarecen sus asuntos esenciales. El viento y los colores es en relación a esa palabra, la apertura hacia una levedad zen que se manifiesta como una disminución de peso en la sustancia formal del poema” (Samboní, Cesar, en “El viento y los colores”, Universidad del Valle, 2005, contra carátula).

[9] Peña García Vidal, 2017: 16, en Valencia, Mario, “Sanación en la creación: Posibilidades y límites del cuidado de lo sensible” en “Estéticas para el cuidado de lo sensible”, Universidad Distrital Francisco José de Caldas, 2021, pag.65.

[10] Gómez Campillo, Francisco, “Po-ética del lenguaje en Baruch Espinoza”, proyecto de investigación doctoral, 2018.

[11] Gómez Campillo, Francisco, “El viento y los colores”, Universidad del Valle, 2005, pag, 22.

[12] Echeverría, Bolívar, “Discurso critico y modernidad”, Ediciones desde abajo, Bogotá, 2011.

[13] Gómez Campillo, Francisco, “El viento y los colores”, Universidad del Valle, 2005, pag, 37.

[14] Vidal Peña, en “Ética demostrada según el orden geométrico”, Spinoza, Baruch, Tecnos, Madrid, pag.29.

[15] Noche, oscuridad, tiniebla y Dios JOSÉ DAMIÁN GAITÁN, Revista de espiritualidad, Julio-Sept de 1998 (57), Madrid, págs., 399-430, pag. 402. Disponible en https://www.revistadeespiritualidad.com/index.php?Seccion=verportada&Id=8

[16] Gómez Campillo, Francisco, “El viento y los colores”, Universidad del Valle, 2005, pag, 47.

* Escritor.