Tanto Rafael Urrea Soto, como yo, a principios de este siglo, migramos hacia el silencio de los lenguajes artísticos, él recogiendo la tradición de la imagen en movimiento del cine y yo los de las artes visuales expandidas, él a partir de la génesis de sus búsquedas en la tradición de la imagen barroca del surrealismo y el realismo mágico, y yo, a partir de la conceptualidad de la poesía visual-concreta latinoamericana contemporánea (Haroldo y Augusto do Campos, Oswald de Andrade, etc.), en un diametral giro que llevó a Urrea hacia el norte: Medellín y New York, y a mí, hacia el sur: Popayán, Quito y Brasil.
Ambos caminos de profundización en las traducciones inter-semióticas y en las transestéticas multimediales, que abrían posibilidades de conectar mas eficazmente con la explosión de los lenguajes poéticos del nuevo siglo. Rafael Urrea se hace guionista, documentalista y realizador cinematográfico, yo, curador y escritor en diversas claves transestéticas colaborativas y decoloniales; ambos conservando la poesía como corazón y lenguaje de la experiencia.

Rafael Urrea Soto.
Lejos de la tersura de Palabras grises y otras cenizas (1990), en País de cintas rojas (2004), Rafael Urrea (Manizales, Colombia, 1969), claramente perfilado desde un realismo crudo, nombra la violencia, el homicidio, el desplazamiento por su nombre, en planos cerrados, con sonido ambiente y sin edulcoración de banda sonora alguna: “Y hay quienes van a la guerra/ vuelven cargados de sonrisas/ las de los muertos, /las de los cadáveres/ regados en extensos/ salones / de hospitales e iglesias”.[1] En la misma clave y tono que habría de consolidar años mas tarde de la mano de su maestro en su “exilio”, el poeta imprimió sus perturbadores dibujos con precisión, delineó el gesto violento del agresor, capturó y dijo de la contundencia del golpe mortal, el desgarro de la carne y del alma provocado por la “blanca” arma, y amplificó el grito desesperado de quienes fueron lanzados al abismo: “Volvieron por la cosecha de maíz/ y algunas niñas para sus oficios./ Pasaron un sábado y se llevaron a las mujeres/ mataron a algunas delante de sus niños,/ quemaron el rancho.”[2].
Este tono impetuoso, trepidante, casi iracundo, resultaba demasiado estridente para su medio, una zona del país que ve la crudeza de la guerra por televisión, tomando cafecito tipo exportación desde aireadas terrazas con vista a un paisaje que amortigua cualquier conmoción, que considera de mal gusto, escaso talento y falta de estilo, ver y escribir sobre masacres y genocidios, sobre sicarios y malandros. Sin embargo, por el codificador poético y el ojo cinematográfico de Urrea, solo discurrían, inconteniblemente, estremecedoras imágenes de lo fúnebre, paisajes duros y escatológicos: “La muchacha del barrio se fue con los paras, /el día de su muerte, una flor violeta le creció entre las manos.”[3]

País de cintas rojas, Revista de poesía el gato naranja, 2004.
Urrea Soto, migra, movido por la insatisfacción estructural al sentir que Cumanday, como espacio de creación, era insuficiente y asfixiante. Pero también, porque la tolerancia a otros lenguajes, menos conservadores, en su ciudad natal, no era posible, no se habían desarrollado los códigos, ni los canales, ni la estructura, ni la plataforma para avanzar hacia el cine y la imagen en movimiento. Hay un punto en el espíritu creador en el que la estrechez (espacial y física, pero también mental, comunicacional y semiótica) se vuelve constreñimiento y fuerza la migración: “La migración entendida como un irse de la tierra propia a una tierra ajena y extraña (a menudo hostil), un lugar al que se llega lanzado, expulsado de otro, ignoto y sin destino conocido, …”[4]
Entonces, Medellín y Nueva York le permiten la expresión de una incontenible voluntad de experimentación con la vida y el lenguaje. Urrea migra, del poema sutilmente elaborado a la luz del surrealismo, hacia el poema crudo, al signo abrupto y directo, descarnado; y de allí salta a la fusión de la estética literaria con la cinematográfica dando total prelación a la imagen, y activando, de esa forma, los vehículos ontológicos, canales semióticos y los dispositivos necesarios para una descompresión vital, operada desde el exilio existencial y literario, entonces “… las técnicas al mismo tiempo que bloquearon el campo propio, también activaron otros campos que las hicieron resonar bajo otros códigos y en otros lugares.”[5]
El mismo tono, pero desarrollado y potenciado en los tórridos ambientes de la creación colaborativa, bajo la tutela de Víctor Gaviria, envuelve las llamas del Caleidoscopio de Venus (2020). Un flamígero libro que arde en llamas, como su autor. En él, hecha candela a su poesía, la lleva al punto de ebullición, al fundirla inconfundiblemente con la prosa, gracias a la re-configuración de la imagen cinematográfica, en imagen poética-literaria. Proceso creativo que se vale de la mediación de los lenguajes de la pantalla de cine, que funge de puente consciente e inconsciente, entre la encendida imagen del prehistórico candil (tulpa para nuestros más remotos antepasados), y los ardorosos centelleos de las pantallas de todo tipo.
A través de una regulada poética del fuego, Rafael Urrea Soto tramita simbólicamente la fuerza explosiva de sus instintos, dado que, desde el psicoanálisis del fuego, “quienes se sientan junto al fuego se identifican con las llamas; el parpadeo inspira pensamientos sin propósito práctico, y, a través de estos pensamientos, se pierden en el fuego. El fuego, entonces, es una imagen de la fusión de los instintos de autoafirmación y vida, y de auto abandono y muerte.” [6]

Urrea Rafael, Caleidoscopio de venus, Los cuadernos de East Village, 2020.
La pantalla del caleidoscopio (versión sensible-mental del fuego artificial de la antigua tulpa), describe cómo Urrea se lanza a las llamas, una y otra vez, hasta consumirse, libera y pinta las formas y los temas en una actualización de presencias latentes, desde lo mas inconsciente; por tanto, no desaparecen sino reaparecen los motivos crudos y estremecedores, casi snuff, presentes ya en País de cintas rojas: la consumación en el fuego de la experiencia, el incendio y la ráfaga de ametralladora (soy testigo) sobre el asfalto de la vida que se camina, inhalando el fosforo de la pólvora del revólver que entra por la ventana y llega hasta el cuarto del migrante, en una descripción fina de la devastadora incandescencia de la vida (¿auto?) destruida.
Entonces, la pira arde, y el punto máximo de ebullición se desencadena a través de un plano-secuencia en “Willie Punk”, en donde: las llamas avanzan y se desplazan del ardiente nido de deseos de Dalia fuego (envuelta en la candela de the Plasmathics que hace explotar un automóvil sobre el escenario), hacia la descarga de puñaladas y balas que cocina la agónica sangre de hombres caídos en la escena underground newyorkina del poema.
El caleidoscopio hace paneos y travellings, acercamientos y focalizaciones de la violencia y la miseria, realiza, no una filmografía sino una grafía visual, imágenes de la miseria humana a través de palabras; el poeta alumbra y quema, somete a la expiación del fuego de la cámara subjetiva, el lugar en donde “… los perros son inmensos y la gente camina de prisa, a bajar a la garganta de grava, donde el humo negro y los sonidos infinitos se tragan a la gente, donde se ven los muchachos desgarbados, sin zapatos, correr a sacar debajo de los puentes su alimento. Donde el sol quema y las mujeres raspan las paredes para ilusionarse, para vivir de algo, donde el olor de la quema de basura te hace llorar, después te hace dar rabia, en contraste con un niño que sale con sus botas de caucho, una gorra de dormilón y un busito azul de rayas.” [7]

Rafael Urrea con Víctor Gaviria en el estreno mundial de “La mujer del animal” (2016).
Esta migración ontológica de Urrea Soto, “no se da en términos de paradigmas narrativos, no es un cambio de escuela literaria o de teoría de la comunicación. El cambio es transformacional a nivel ontológico en el campo de la sensibilidad”[8], porque el salto transfigurativo ocurre plenamente cuando se transforma la estructura perceptual que alimenta la creación y se traslada a la obra. La vida que arde necesita desarrollar otras formas de expresión, la vida cotidiana se transforma sustancialmente, porque, en la practica, se percibe el mundo de otra manera, orientan otros sentidos y se resuelve la creación desde otros modos de hacer.
Entonces, Urrea Soto, por ejemplo, se lanza al documental y plasma con luminosa fuerza el alma del migrante y del exiliado, la melancolía que palpita bajo los timbales y campanas de la fiesta cubana en New York. En Imposible azul: la rumba cubana en el Central Park de New York (2021), Urrea se con-funde con la volcánica alma de los cubanos, se abraza al otro migrante y universaliza la alegría de vivir desde la mas honda tristeza; en el Central Park, en medio del frenesí de la fiesta, la melancolía de los de abajo encuentra su alborotada poética; tránsito hacia una sensibilidad cosmopolita, con el sello de quien da la cara a los traumas de un país, como a “hongos radioactivos” que no cesan de producir “ Masacres en blanco y negro”.
Referencias
[1] Urrea Rafael, “Y en este nuevo siglo”, en “País de cintas rojas”, Edición electrónica.
[2] Urrea, Rafael, “No vendrán nunca más” en “País de cintas rojas”, Edición electrónica.
[3]“Nad” y “E” en 16 mm. “País de cintas rojas”. Edición electrónica.
[4] Valencia, Mario, “Transfiguraciones, mudanzas ontológicas de la sensibilidad en la literatura digital latinoamericana, Popayán, 2017, pag. 43.
[5] Valencia, Mario, “Transfiguraciones, mudanzas ontológicas de la sensibilidad en la literatura digital latinoamericana, Popayán, 2017, pag. 47.
[6] Bankston Carl, L. “El psicoanálisis del fuego” de Gaston Bachelard, EN EBSCO, 2022. Disponible en: https://www.ebsco.com/research-starters/literature-and-writing/psychoanalysis-fire-gaston-bachelard#the-psychoanalysis-of-fire-by-gaston-bachelard)
[7]Urrea Rafael, “Caleidoscopio de venus”, Los cuadernos de East Village, 2020, pág, 15
[8] Valencia, Mario, Transfiguraciones, mudanzas ontológicas de la sensibilidad en la literatura digital latinoamericana, MAIA, Popayán, 2017, págs. 93-94.

* Escritor



















