Una multiplicidad de espirales que se acercan y se tocan, le dan forma a la compleja estructura de la obra poética de Alejandra Quintero (Cali, 1960). En la poesía de esta doctora en letras y profesora de Literatura, una multiplicad de ondas temáticas giran sobre si mismas, aparecen y desaparecen, para luego reaparecer, en rápidas y móviles constelaciones de las que solo percibimos resplandores, no la unidad de un tema que se aborda, se desarrolla y agota en la forma lógica y lineal, sino las refulgentes curvas de un bucle que se sobrepone sobre su propia continuación, sobre sus curvas hacia “abajo” o hacia “arriba”; en un cúmulos de “signos en rotación” moviéndose hacia lo profundo o hacia la superficie del otro poema, en donde vemos reaparecer el mismo motivo de uno anterior; o los significados de un libro posterior que, misteriosamente, nos dan la siembra que revela los sentidos latentes en uno previo que ya hemos leído. Así, los motivos de su poesía siempre están en fuga, porque el Dasein del ser-poeta también lo está (sobre todo en fuga ontológica de si misma); por eso ambos, poesía y poeta, están en movimiento fluido de permanente presencia-ausencia.

La obra poética reunida de Alejandra Quintero “Devenir de la ausencia” (2022), se resuelve a través de resonancias intradiegéticas con ella misma, y con nosotros como lectores, sobre los avatares existenciarios que desocultan nexos entre una y otra versión del mundo poético de la escritora; permanentes flujos-reflujos desequilibradores, resultado de la pugna con la vida, que la poeta emite con alta intensidad a su lector, situándolo frente a imágenes de traumáticas reacomodaciones y transformaciones vida/muerte, pulsión de vida y desesperanza, desasosiego y anhelo, el lodo del desamor y su antagónico: el éxtasis y la euforia. Series de duplas ligadas, pero trágicamente inconexas y en desarmonía entre ellas mismas que, en su vertiginoso movimiento espiralado, unas veces revelan un lado de la cara y en otras, la otra. Porque la espiral, no ordena secuencialmente los acontecimientos en el tiempo, no los separa causalmente, ni alinea su sentido: en este tipo de estructura (“loco” crono-topo poético), y en esta forma de ser del ser: el devenir ausencia, como el titulo de su obra lo manifiesta, el pasado, el presente y el futuro coexiste en un juego “siniestro” de apariciones y desapariciones.
Invoco aquí el poema “Existencia”, penúltimo del libro “La mirada de sal” (2004), que funge, para mi, como uno de los portales o entradas fundamentales a este complejo sistema, que acciona no uno sino múltiples pasadizos, ventanas, túneles, válvulas y puertas giratorias y, por lo tanto, opera como origen-delta, dinámico y multicausado, de cascadas de signos poéticos de la obra de Quintero:
XXIX. Existencia
“Sobre la multiplicidad me hago y me deshago.
Construyo
desbarato mis castillos
los laberintos iluminados donde suelo volar.
¡Astros perfectos definiendo el contorno de mi noche!
¡Soledad!
¡Demonios por los que rehago mi juego!
¡Por los que rompo mis ataduras!
Ser otros
todos
ninguno.
Déjalos ser
déjalos ser en su propio paraíso.
Nos abandonaron los dioses.
Crecimos a una orilla del paraíso buscando adentro un dios rebelde.
Hurgando con mirada sin final el río
dejándolo pasar
ser años
huyendo de la sombra que siempre caminó a nuestro lado.
Siempre el sueño nos reveló otra verdad que al despertar se extinguió encandilada con el día.
Y tuvimos que aceptar figuras de trapo a cambio
y ancestrales dinosaurios colgando de los árboles
y enormes frutos rodando bajo los cascos de los caballos.
Después de muchas noches he vuelto a soñar.
Quienes hace mucho tiempo no veía volvieron con un lenguaje que creía olvidado.
Y volvió el fuego de las dos de la tarde en calles empolvadas.
Desérticas dos de la tarde
agobiantes dos de la tarde cuando no hay esperanza de sombra
anónimas dos de la tarde en que pedí a mis pasos establecer su propio rumbo para no tener qué pensar.
Y cuando fui en el sueño cuerpo que se deja llevar
otros dentro de mí hablaron
otros reclamaron ser golpeando mi corazón y mi espalda desde adentro
otros
ángeles y demonios
otros
pidiendo romper mis ataduras.” [1]
Traigo, e izo este poema-símbolo, lo mas visiblemente posible, para dejarlo sembrado como índice y clave de interpretación de la onto-estética de Elvira Alejandra Quintero.
Este fragmento de la obra de la poeta, que constituye, para mi, un manifiesto ontológico, me permite observar el fondo abisal de sus constelaciones de vivencias, pues como ella lo afirma: “No me interesa fantasear, persigo la realidad existencial, eso tiene que ver con la profundidad de la indagación existencial individual y ese choque con los elementos de la realidad histórica en que nos movemos (…) pasar de la vida a la palabra es un trabajo fuerte, que mi poesía logre ser fiel, que no sea mentirosa, sino que logre construir la imagen de ese desgarramiento, del asombro, del desconcierto.” [2]
De este modo, la poeta se auto constituye como lo primeramente interrogado, desde la pre-comprensión de sí, como ser arrojado y fragmentado, dando lugar a re-flexiones circunvaladas y a las rotaciones a las que antes me he referido: bucles líricos girantes, devenidos meditación sobre el tiempo como origen, recuerdo, nostalgia, mecánica de cronos y kairos, y sobre el espacio, cuánticamente doblado en ciudad, barrio, esquina, casa, hogar, campo, territorio. Resultado filosófico de un pensar-se, entendiendo lo que dice Heidegger, que: “Sin embargo, o precisamente por eso, el Dasein es ontológicamente lo más lejano. Ciertamente a su modo más propio de ser le es inherente tener una comprensión de este ser y moverse en todo momento en un cierto estado interpretativo (***) respecto de su ser.”[3]
Desde el origen de ambas agrupaciones de motivos, encuentro marinada en una profunda melancolía, el magma de una poesía atormentada que busca desesperadamente la unidad, impulsada por el anhelo metafísico de comunión con el origen, de restauración del vinculo con la otredad, de una posible (siempre fallida) re-unión con el mundo a través de una eventual “fe” en la “iluminación”, a su vez, producida por un laborioso trabajo con la palabra y la belleza.
Con ese telón de fondo y en medio de ese atormentado tour de forcé ontológico, percibimos como se activa, y se instala, en la poética de Quintero, la fragmentación como principio de incertidumbre en su vida, y como clave creativa de su obra.

Ahora encontramos la develación. Los canales por entre los cuales fluye esa existencia en estado de fragmentación, producto de múltiples obstrucciones, han acumulado tanto oxigeno que, al aumentar circunstancialmente la presión, la válvula de regulación creadora, a la más mínima apertura, explota y libera el fluido, esparciendo esquirlas sobre la superficie simbólica que privilegia la existencia de Quintero: el poema. Entonces, en un estertóreo devenir, este “percepto” (la fragmentación como principio dinámico de su existencia, y como clave creativa de su obra ), se expresa en versos episódicos, párrafos impensados, alusiones y manifestaciones sobre: El doble, la visión fragmentada e idílica del padre, el origen de la desesperación, el fenómeno bifronte apego/desapego, la precipitud, el final y el comienzo como muerte permanente, la vida en caída, el paraíso perdido de la infancia, la cara oculta (penumbrosa) de la dicha, la irreversibilidad existenciaria, el sinsentido del tiempo, entre otros cúmulos de imágenes-mundo.
Al auto-percibirse en fragmentos, a la vez lejanos y cercanos, la comprensión de sí, exige la disposición permanente hacia una actitud meditativa que busca asir lo des-integrado y devolverlo a su unidad, y para ello, se empeña en develar las claves de los mecanismos que gobiernan la existencia, y al mismo tiempo, elaborar un imago como sistema (una poética), de articulaciones, tramas y veladuras, a través de las cuales, da cuenta del sentido pre ontológico de sus heridas: “La escritura siempre fue para mi la expresión de un acto de buscarme, en el sentido de que toman forma las ansiedades, las preguntas que siempre han tenido que ver con el estar, con el mal estar del estar; porque, aunque sé que hay bien estar, en gran medida pesa mas el mal estar…¨[4]. Por eso la poesía de Quintero está permanentemente inclinada hacia la reflexión. Porque la poeta esta en permanente comparecencia ante sí misma, pasando, en cada obra transitoriamente terminada, del estado de comprensión al de contemplación.
Quiere decir esto, que el ser, trágicamente, no logra recobrar la unidad, pero la poeta, en su contemplación, si puede acceder a los significados profundos e implicaciones vitales de la imposibilidad del intento, y a la complejidad de sus sentidos: “Sinceramente -nos dice- creo que hay algo que buscamos con la poesía y con la escritura, y es la valentía; lograr la valentía que en la vida material solemos no tener. ¿Qué me ha impedido? la cobardía. De lo que me he dado cuenta, con el paso de los años, es que había cosas que me planteaba de una manera y que no eran así, que había otra forma. De alguna forma hay cosas que son más livianas de lo que las percibía antes. (…) en la juventud había mucho laberinto que con los años se va limpiando y las preguntas ya no son esas.”[5] . Así, la existencia, como devenir-angustia, continúa, pero el conocimiento sensible-poético calma, por eso mismo, la poeta siempre aplaza la huida definitiva, porque sabe que no hay nada definitivo.
Referencias
[1] (Quintero, Elvira Alejandra, “Devenir de la ausencia”, Vinciguerra, Buenos Aires, 2022, pág. 195).
[2] Quintero, Alejandra, entrevista con Mario Valencia, Julio 24-2026, Popayán.
[3] Sic. Heidegger, Martin, Ser y tiempo, Trotta, Madrid, 2016, pág. 36.
[4] Quintero, Elvira Alejandra, entrevista con Mario Valencia, Julio 24-2026, Popayán.
[5] Quintero, Elvira Alejandra, entrevista con Mario Valencia, Julio 24-2026, Popayán.
* Escritor.